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Plata o Plomo
Por Alejandro Hope
Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedi... Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedios. No es legalizador, pero tampoco prohibicionista. Cree en racionar el castigo, pero no se le ocurre que la inseguridad se arregla nada más con escuelas y hospitales. Cuando no bloguea, dirige el Proyecto MC2 (Menos Crimen, Menos Castigo\\\", iniciativa conjunta en materia de seguridad pública del IMCO y MéxicoEvalúa. Síguelo en @ahope71 (Leer más)
Prohibir y regular
Por Alejandro Hope
23 de febrero, 2012
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En el recién concluído foro de México Unido contra la Delincuencia, varios de los ponentes se pronunciaron no por la legalización, sino por la regulación de las drogas.  La regulación se planteó como una alternativa intermedia entre el libre mercado y la presunta prohibición total que prevalecería actualmente. La descripción no es enteramente incorrecta, pero esconde un error conceptual de primera magnitud: las drogas ilegales ya están reguladas y lo que parece prohibición no es, en algunos casos, más que una regulación muy severa.

Consideren el caso de la marihuana. Su “prohibición” a escala nacional en Estados Unidos no empezó como prohibición, sino como impuesto. El Marihuana Tax Act de 1937 estableció un impuesto punitivo (de hasta 100 dólares por onza, lo que equivaldría a 1,574 dólares por onza o 55 dólares por gramo en 2012) que arrojó a casi todo el mercado a la ilegalidad. Esa situación cambió en 1971, cuando se incluyó a la marihuana en las listas de control del Controlled Substances Act (en la categoría más severa): allí empezó algo más parecido a una prohibición formal.

Sin embargo, persistió (y persiste) un pequeño volumen de producción lícita. La Universidad de Mississipi está autorizada para producir marihuana con dos propósitos: 1) investigación científica, y 2) surtir a un pequeño programa federal de marihuana médica (que cuenta a la fecha con exactamente cuatro beneficiarios. Ese es el tipo de trivia que me vuelve un hit en ciertos círculos sociales). Nota: no incluyo en la categoría de marihuana legal la producida en los términos de las legislaciones estatales sobre marihuana médica, ya que esa producción es ilegal desde la perspectiva del gobierno federal de Estados Unidos.

La producción legal de marihuana con fines científicos no es exclusiva del país vecino: en México, es posible obtener marihuana (y heroína y cocaína) para propósitos de investigación, en los términos del artículo 238 de la Ley General de Salud, sujeto a la autorización y control de la Secretaría de Salud.

Paradójicamente, las puertas regulatorias están algo más abiertas para otras drogas. Por ejemplo, la cocaína tiene en múltiples países varios usos médicos autorizados. En particular, se le utiliza como analgésico tópico para operaciones de ojos (este es el laboratorio autorizado a producir cocaína farmaceútica en Estados Unidos). Existe de hecho una producción legal global de aproximadamente media tonelada de cocaína al año.

Algo similar sucede con la heroína. En el Reino Unido, por ejemplo, los médicos pueden recetar heroína (conocida técnicamente como diacetilmorfina o diamorfina) como analgésico (otra trivia interesante: hay campos legales de amapola en el sur de Inglaterra). La heroína médica que se entrega a los usuarios dependientes como parte de las terapias de mantenimiento en países como Suiza, Holanda o Dinamarca se produce en condiciones de plena legalidad.

Asimismo, hay un comercio lícito de metanfetaminas. En Estados Unidos, un producto de metanfetamina se vende bajo el nombre Desoxyn, un medicamento controlado que se receta para tratar el síndrome de déficit de atención en niños, la obesidad y la narcolepsia.

Luego entonces, no es que las drogas “ilegales” no estén reguladas, sino que están reguladas a manera de limitar severamente su disponibilidad legal. Esa severidad tiene como consecuencia el surgimiento de un mercado negro donde se cobran precios astronómicos, los cuales previsiblemente limitan el uso, pero no lo eliminan.

Los que están inconformes con el actual estado de cosas (y hay muchas razones para estarlo) no buscan por tanto regular las drogas, sino desregularlas: pasar de un régimen con severísimas restricciones de producción, distribución, comercialización y uso a otro con mucho menores restricciones y controles. Es una posición perfectamente legítima, pero no hay que equivocarse sobre la dirección del cambio buscado.

Para que se entienda el argumento, permítanme una analogía tomada del sector financiero. Originalmente, las AFORES sólo podían invertir los recursos de sus afiliados en papel gubernamental (básicamente en CETES e instrumentos similares). En años recientes, sin embargo, se han sucedido varias reformas para permitirles invertir primero en instrumentos de deuda privada y luego en el mercado de valores ¿Cómo se llama a ese tipo de reformas? ¿Regulación o desregulación?

Esto puede parecer una discusión semántica absurda, pero tiene un corolario de primera relevancia: hay formas de regulación que son básicamente indistinguibles de una prohibición total y otras que son funcionalmente idénticas a un mercado plenamente libre. Por eso, el contenido específico de la regulación deseada no es un detalle menor.

No basta con decir, por dar un ejemplo, que se establecerían impuestos especiales a la marihuana. Hay que responder preguntas más difíciles ¿Cuál sería la base de tributación? ¿El volumen, el valor, la potencia o una combinación de las tres? ¿Qué tasa o monto nominal se establecería? Si el impuesto es excesivo, el mercado se va completo a la ilegalidad; si el impuesto es demasiado bajo, el consumo se dispara por encima de niveles socialmente tolerables.

No es suficiente tampoco afirmar, para el caso de la cocaína, que la droga sería producida por una entidad estatal y se dispensaría en farmacias especializadas a usuarios que obtuvieran una licencia (esta es la propuesta que hace Transform, un think tank británico, en un documento bastante sofisticado, aunque insuficiente, de alternativas regulatorias) ¿Cuantas farmacias podrían dispensar la sustancia? ¿Pocas o muchas? ¿Cuantos usuarios recibirían licencia?  ¿Tendrían que cubrir requisitos clínicos específicos? ¿Se establecerían cuotas cuantitativas por usuario? ¿De que magnitud? ¿Se cobraría por la licencia? ¿Cómo se determinaría su precio? De nuevo, si el modelo regulatorio resulta demasiado restrictivo, se preserva un mercado negro gigantesco; si resulta demasiado laxo, hay una explosión de consumo que socava el experimento completo.

Yo sé que ese tipo de detalles regulatorios no son particularmente divertidos. Inflama más el espíritu denunciar los males de la prohibición que pensar en tasas, cuotas o licencias de operación. Pero, a la hora de la hora, son los puntos finos y no las denuncias abstractas las que acaban determinando los resultados políticos: en 2010, una encuesta de salida levantada en California, luego de la derrota de la llamada Propuesta 19, reveló que 30% de los votantes que se inclinaron por el No estaban de acuerdo de manera genérica con la idea de legalizar o reducir severamente las sanciones al comercio de marihuana, pero se oponían a disposiciones específicas de la propuesta. Los detalles cuentan.

Entonces, si hemos de tener un debate serio sobre drogas, se requiere algo más que slogans y llamados genéricos a regular lo ya regulado. Si alguien quiere un cambio, que lo especifique, que le ponga números y porcentajes, que trace con precisión la línea regulatoria deseada. Todo lo demás es comentario.

PD: A sugerencia de un lector, les dejo las ligas a algunas notas que he escrito previamente sobre este tema: aquí, aquí, aquí y aquí.

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