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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Americana...¿Turista yo?
Por América Pacheco
1 de febrero, 2012
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*Para Pedro, que aún no despierta del mundo mágico.

En alguna ocasión mencioné sobre mi brutal tendencia a perderme hasta en el baño de mi casa. Mi familia y amigos saben que no exagero cuando hago alarde de mi brújula descompuesta o sobre mis anécdotas qué sólo podrían ocurrirle al más oligofrénico de los turistas coreanos, pero sin el salvoconducto de su status de visitante extranjero, lo que me convierte en ciudadano impresentable. La línea 3 del metro sigue siendo para mí un misterio sin resolver y el chingao túnel de la ciencia, el equivalente jocoso del Triángulo de las Bermudas. Son contadas las ocasiones en las que me animo a usar el transporte colectivo metro. Las razones son variopintas y van desde mi pánico a las multitudes, hasta mi célebre temor a ser asaltada (tuve un incidente lamentable hace años y nomás no lo supero).
Sin embargo, cuando viajo, sucede un fenómeno que sólo los fenómenos apreciamos: en la capital de Francia, soy el equivalente humano de una sofisticada brújula soviética con sensores de movimiento infrarrojos. Voilá.

Evidentemente, no siempre fue así. No al principio.

Mi primer viaje a esta ciudad, lo realicé sin compañía alguna. Mi pareja perfecta para cualquier eventualidad o visita a comisarías galas, tiró la toalla. Un mes antes de su viaje a Suiza-París, tuvo que cancelar. Estaba embarazada (magistral improvisación a cargo de mi sobrina Sofí).

De repente, me vi montada en un búfalo salvaje, mientras todas mis fobias y pánicos, hicieron de mis días previos al viaje, un verdadero infierno.

Mi paranoia me obligó a tomar todas las medidas posibles para evitar parecer un turista (haciendo caso omiso de mi inconfundible aspecto mazahua). Me aprendí de memoria las benditas líneas del metro y sus posibles giros de tuerca ( “Plan B” o “Ruta de escape alternativa en caso de incendio”). Según yo, la primera señal que mostraría la maldita flecha roja sobre mi cabeza anunciando mi status de carne de cañón, sería precisamente cuando mirando con ojos vacunos a mi alrededor llegara el instante de sacar el mapa en público. Oh, no…eso jamás me pasaría. Mi objetivo principal de esos días, era pasar inadvertida. Y lo he conseguido con sobrada maestría. Lo digo con el menor atisbo de modestia. . .es mi equivalente de un master en Harvard, lo presumo con empacho ajeno.

Me encanta caminar por esta ciudad como en ninguna otra. Puedo meterme a cualquier callejón, salir del metro a deshoras sin parecer el regalo de navidad adelantado de los amantes del crimen, porque no me da miedo hacerlo, porque camino como si fuera cualquier hija de vecina. Caminé hace días con Anton, por las cercanías del metro Château Rouge
a horas no propias para ninguna señorita decente, sólo por el gusto de comprar un par de botellas de vino que vistieran de lujo nuestra deliciosa cena hecha en casa.

La trinchera del anonimato en estos caminos es muy ventajosa, se aprende muchísimo (no es difícil camuflajearse entre puñados de nacionalidades inimaginables). A los parisinos no les gustan los turistas, por ejemplo. No sé si culparlos. París, es la ciudad más visitada del mundo, cada año alberga la bicoca de treinta millones de seres pendejos que les estorban en los pasillos, que dan bastonazos a traición en la nuca y cuyas enormes maletas, obstaculizan su febril carrera por llegar a tiempo al trabajo. A pesar de que el metro está diseñado con ingeniería a prueba de pendejos (la distribución de mapas, señalización de entradas, salidas y sus conexiones, el cronómetro exacto de arribos y el anuncio de cada estación en los altavoces lo vuelve infalible), uno puede distinguirlos a lo lejos interceptando al ciudadano común, preguntando en suajhilli si tendrían la bondad de mostrarles el camino que los lleve a la Mona Lisa o si conocen la ruta del Código Da Vinci. ¡Dios, qué pinche espanto!

Mis amigos parisinos no comprenden mi inconsciencia por sentirme libre en una ciudad tan insegura como esta y por opinar que su “tráfico infernal” me parezca un absurdo juego de niños (tráfico infernal en París, es el equivalente al que padece Av. Balderas los domingos a las 5 de la mañana)  y conducta irresponsable que no me provoque escozor correr sola para alcanzar el último tren.

Hace dos días, salí de rumba con mi querido amigo Sépand a un bar espléndido “Les parigots” en las cercanías del metro Republique a las 22:00 hrs. Nunca había ido por esos rumbos, salí por la puerta equivocada y no tuve más remedio que preguntarle a un buen samaritano ortodoxo,  por el número 5 de la avenida Château d’Eau. Llegué en 5 minutos, nada mal.

Whisky, cognac, cerveza, obsequios, intercambio de máscaras de luchador y carcajadas, nos hicieron olvidar un poco que el metro cerraría en 30 minutos. Después de pagar la cuenta y perder un hermoso guante, corrimos en rumbos opuestos. Mientras esperaba sentada en un andén de la estación Gare de l’Est un convoy que no le veía hora de llegar, observé a la diestra a un sujeto en alterado estado de ebriedad que cantaba alguna oda a la perdición etílica. Pensé en voz alta: “en cuanto se salga este pendejo, significará que todo ya valió madre”. Después de ver desfilar tres convoys de carga (nunca había visto nada similar) frente a mis narices y al borracho encaminarse tambaleante a las escaleras de salida, supe que los policías que se acercaban justo a mi dirección no tendrían noticias halagüeñas. “¡Señorita, favor de salir, el servicio ha terminado!”. Merde.

Afuera de la estación se encontraban los autobuses que dan servicio a toda la ciudad y que yo nunca había contemplado usar a semejantes deshoras (casi las 2 de la mañana)..un trabajador del servicio nocturno me señaló cuál era el autobús RATP que me llevaría relativamente cerca de mi hotel.

Fue divertido compartir transporte con el mismo borrachín que cantaba con el alma en pena en Gare de l’Est. Él disfrutó mucho mi performance provinciano -que no es otra cosa más que colocarme la máscara del místico…hacía un frío impresentable y yo con vestido, así que nadie me culpe por mi exhibicionismo.

El autobús emprendió su marcha con tres pasajeros. En todo el trayecto quizá fuimos 10, no lo recuerdo bien. Éramos una suerte de la corte de los milagros: borrachos, clochards, deformes, prostitutas..gente de bien. Me acomodé a mis anchas en el gremio al que pertenezco y cuya credencial es reconocida en todos los países del mundo: Bufones Dipsómanos Indestructibles (nunca salga sin ella).

Ustedes nunca han tomado un tour nocturno en la ciudad más hermosa del mundo cuando toda ella está desierta, acompañados de personajes reales, entrañables, con mirada perdida, de apáticas pupilas a las que tanto señorío lo mismo les da; gente con la que no te tropiezas en “les cars rouges” (esos engendros que deambulan por toda la ciudad paseando grupos de gente con déficit de atención). Todos somos cofradía de maniáticos en la madrugada de cualquier punto del orbe. Todos amamos al Sena cuando los molestos turistas se han ido, cuando todo es silencio, cuando sólo existe la quietud en torno a su ribera…todos amamos la sombra de ese autobús público cuyo reflejo luce trémulo en sus gélidas aguas de enero. Todos amamos esta Île-de-Fance.

Cuando bajé de ese autobús, caminé una cuadra meditando las razones por las que amo tanto caminar en estas calles imperfectas de día y magníficas al despuntar el alba. Dormí 10 horas o tal vez 12. La verdad, tampoco lo recuerdo.

América Pacheco, 28, rue Censier, Quartier Latin, París, Francia.

 

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