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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Anthrax: Persistence of pleasure.
Por América Pacheco
26 de abril, 2012
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Para Luis “wikipedia” Castrillón, Alex “antraz” Luna y a Paco “el héroe” Ayala.

¿Recuerdan la última vez que compraron un disco de acetato? Yo lo tengo clarísimo, aunque hayan transcurrido casi veintidós años desde entonces. Eran  los albores de los años noventas, la industria musical estaba siendo deglutida vorazmente por el novedoso formato del disco compacto. Era impresionante entrar a cualquier tienda de discos y encontrar todos los estantes atiborrados de cd´s, mientras los escasos LP´s que se encontraban a la venta se arrumbaban en cualquier gris rincón, cuando  la  mayoría  de  nosotros  no  teníamos un reproductor en casa. En esos años, la única persona que yo conocía que poseía uno de estos aparatos maravilla, era Héctor, el novio de mi prima Carmen. No es de sorprender que su hogar se convirtiera en guarida de la impresentable turba de idiotas que compraban discos sólo para ir a escucharlos a su sala. Eran los mejores tiempos del rock & roll, porque eran míos.

Desde muy chiquilla, y movida por razones perturbadoras, luché por pasar largas temporadas en casa de mi tía Male, todas las que pudiera (desde vacaciones de verano, invierno, semana santa y rematando los fines de semana). La pandilla con la que aprendí a maldecir, cantar, fumar y beber, no me correspondía por derecho propio, sino a mis primos, sin embargo, me arroparon con el mismo entusiasmo con el que se adopta a un chihuahua con déficit de atención. Considero que la herencia más valiosa que conservo de aquellos días, es la que recibí de mi primo Horacio: el gusto por el Heavy y Trash Metal. En esa casa sonaban a desaforados decibeles, bandas como Megadeth, Slayer, Metallica, Judas Priest, Motorhead, AC/DC, Anthrax, Testament, Iron Maiden, Black Sabath, Suicidal Tendencies, Guns n’ Roses, entre tantas, tantas otras.

Lo anterior viene a cuento, porque el último disco LP que adquirí en mi vida, data de esa época, y fue nada más y nada menos que el legendario “Persistence of Time” de la banda Neoyorkina Anthrax.

Debo confesar, que no pensé nunca en quedármelo, de hecho, ni siquiera lo compré para mi. Ese hermoso disco de vinil era el regalo de cumpleaños de Héctor; sí, el mismo proxeneta de reproductores de cd’s que mencioné líneas arriba. Lamentablemente (para el buen Héctor), ese regalo no tuvo acuse de recibo, ni salió ileso de casa de mis primos. Bajo el sostenible argumento de “para qué regalarle un LP a un sujeto que ni a tornamesa llegaba”, accedí sin temor a dios a desenvolver esa belleza. Lo escuchamos completo. Lo repetimos tres veces. Es gracioso recordar el destino que tuvo ese disco…Horacio se lo regaló a Carlos, Carlos lo compartió generosamente con toda la pandilla, y la pandilla lo heredó a Roberto, quién heredaba todo de todos. Persistence of time, dio vueltas durante años, pero jamás pernoctó ni por error en las manos del legítimo dueño. Los años corrieron y dejé de frecuentar a la perturbada pandilla Acueducteña. Se diluyeron tanto los lustros, que terminaron convertidos en décadas.

Hace pocos meses, siendo yo una víctima más de la artera casualidad, descubrí que existe gente con la que comparto el mismo déficit de atención, desvergüenza, deshonor y pésimo gusto musical. Lo brutal del tema, es que tampoco sufren el menor indicio de pudor o sentimiento de culpa por ello. Igualito que yo, y si no me creen, pueden preguntarle con entera confianza a Luis Castrillón, porque tuvo la gentileza de invitarme al concierto que ofreció Anthrax el pasado 18 de abril.

Dicen que los caminos del señor de las tinieblas son insondables, insolubles e insalubres, bueno, pues pudimos comprobar esta sobada teoría horas antes de dirigirnos a la presentación de la banda en el Salón José Cuervo. El Profeta de Satán, encarnado en la impresentable figura de Carlos Velázquez (¿o a quién sugieren atribuir la puntada de chocar de frente con el escritor Coahuilense-Posnorteño en una calle cualquiera de la Ciudad de México?) nos preguntó chabacanamente acerca de nuestros planes de esa noche, le contestamos que acudiríamos a un concierto. Con esa inocencia en la mirada tan propia de los niños o de las bestias sin alma, se alegró pensando que coincidiríamos en el mismo evento: “¡Ah! ¿Ustedes también  van al concierto de Radiohead?”. Nuestra respuesta unísona: “No, vamos a ver a Anthrax” nos granjeó la primera burla de la tarde. . .misma que se repitió a modo de gag canallesco (con preguntas, respuestas y miradas de piedad idénticas) tres ocasiones más.

Dos comentarios de un muy noble compatriota (muy al margen del aderezo de sorna) se llevó las palmas: “¿Anthrax? ¿Tienes 12 años o perdiste una apuesta?” “Bueno, a mí también me gusta Mötley Crue, pero no lo digo en voz alta, todavía me queda un poco vergüenza” me hicieron reflexionar en el tema de este post.

¿Por qué la sorpresa del respetable, ante la afición propia a un grupo de trash metal ¿Por qué el desprecio por gente que prefiere -sin titubeos- emocionarse con los riffts de Scott Ian, que con la languidez bucólica de Tom Yorke? Que no se confunda. No estoy confrontando la calidad, ingenio o trascendencia artística de estos polos tan opuestos como la fresa y el chayote. No existe punto de comparación entre ambas propuestas. La identidad musical es personalísima, cada quien se identifica con su cada cual. Primer apunte: nadie puede denostar un grupo que no conoce; nadie que no tenga la más remota idea de la trascendencia e influencia de una banda en la historia del rock contemporáneo, puede opinar con tanta ligereza; a nadie que desconozca los 30 años (y contando) de trayectoria, le acepto una mueca de desprecio. Respeto un “no me gusta, nunca me identifiqué con el género”, de hecho lo prefiero, porque es honesto.

 Got the Time, mi canción favorita

Anthrax no es una banda cualquiera, se ganaron a pulso ser considerados como uno de los cuatro grandes del Thrash Metal, compartiendo esta distinción con Metallica, Slayer y Megadeth. Scott Ian (líder indiscutible) Charlie Benante, Dan Spitz, Joey Belladonna, y Frank Bello, son los nombres de los músicos más emblemáticos de esta agrupación conformada en Nueva York en 1980. Dos de los álbumes de su discografía, son considerados como dos de los discos más importantes de las décadas de los años 80’s y 90’s: “Among The Living y “Sound of White Nose”. A título personal, yo les agradezco profundamente su aportación en crear un refrescante subgénero, a rescatar al Heavy Metal del guitarrazo fácil, del tedioso acorde simplón, arrancándolo con desparpajo del existencialismo destructivo, del cliché metalero, del lugar común -pero sin huecas pretensiones- demostrando que el trash y el hardcore, podían ser ejecutados brillantemente por los guitarrazos de Scott Ian & Dan Spitz sin perder un ápice, de su apabullante sentido del humor.

No fueron renuentes a experimentar fusiones con otros géneros “irreconciliables”, de tal suerte,  que gracias a la colaboración de Public Enemy, legaron a la posteridad “Bring the Noise”, la más trascendente entrega híbrida de metal-hip hop de los noventas. Abrieron el paso y despejaron el camino a propuestas subsecuentes de la talla de Faith no More, Pantera, Red Hot Chilli Peppers, Korn, etc., derribando de golpe y porrazo, sendos prejuicios en la estrecho criterio del ejecutante y fanático del rock duro. Si bien es cierto que otras bandas como Rage Against The Machine o Beastie Boys, marcaron pauta e historia en cuanto al género, nunca se había visto un contraste tan emblemático. Con ellos se rompió cualquier absurda reticencia.

¿Placer culpable o auto censura?

Hace algunos meses, escribí en mi texto Axl Rose: Sweet Voice Of Mine  que me negué rotundamente a mirar las ruinas en las que se ha convertido Axl Rose, en el Palacio de los Deportes de la Ciudad de México justo el año pasado. Me convencí de ello después de mirar el esperpento de presentación que ofreció en Rock in Río con la renovada banda Guns N´Roses. En contraparte, después de echar ojo a la gira monumental “Big Four” en la que Metallica, Slayer, Megadeth y Anthrax, harían historia no sólo por compartir escenario por primera vez, sino por transmitir la locura vía satélite en alta definición cinematográfica; supe que algún día tendría que ver a Anthrax en vivo. Eran mi asignatura pendiente.

El concierto de la semana pasada fue apoteósico, emotivo, brutal, vibrante y aleccionador  Luis Castrillón, Alejandro Luna, Paco Ayala (finísima compañía para estos enjuagues rocanroleros, es decir, todos ex presidiarios) y la de la voz; contemplamos entre  empujones y celulares extraviados en el círculo mismo de la muerte, la misma entrega y calidad que ofrece Anthrax en el Yankee Stadium. No nos topamos con ese patético y lastimero espectáculo que ofrecen las grandes leyendas cuya luz se ha extinguido por completo, que exprimen hasta la última gota de nostalgia de sus fieles seguidores e inventan giras de reencuentro, para sacar las últimas tajadas posibles a una fama y talento sepultados años atrás. El legendario Joey Belladona sorprendió con espléndida forma y un registro vocal impecable -mejor que nunca- abriendo el espectáculo con Earth on hell sencillo de su nuevo disco Worship music.

Gira Big Four, desde el Yankee Stadium

Cuando se encendieron las luces y escaneamos con morbo a la comunidad asistente al concierto nos llevamos un par de sorpresas. Había dos contrastes notables: fans cuya edad máxima oscilaba entre los 20-25 años, y los cuarentones de aspecto hipster derramados como lánguidas odaliscas en los asientos con mesas del primer piso. Creí reconocer a un par. Eran justo aquellos que suelen burlarse de gente como yo en las reuniones. Es frecuente verlos escuchando en sus ipods o ipads, el nuevo disco de Devendra Banhart. Sus conversaciones musicales se distinguen en desentrañar las motivaciones estéticas de John Zorn, las influencias plásticas de Yu Miyashita, ademàs de recitar la discografía completa de Sonic Youth cual mantra sinaloense. Toman chai latte, y miran con desprecio todo aquello que amaron en su adolescencia, sin embargo, es divertido observar la transformación que ejercen sobre sus organismos unos siete tragos. Uno descubre que se saben las estrofas completas de todos y cada uno de los hits de Bon Jovi, Mötley Crüe, Poison, Aerosmith, Pearl Jam o Skid Row. O peor aún, son capaces de gritar en absoluto estado de ebriedad: “¡A ver a qué hora ponen a Cat Stevens, cabrones!”. Digo, yo también me acuso culpable, señor juez,  y asumo cualquier consecuencia por declarar en este espacio, mi gusto por The Roots, Beck, Depeche Mode, Eek-a-Mouse, Fat Boy Slim, Jack Johnson, Bersuit Vergarabat, The Coasters, Suzanne Vega, Edith Piaf, Subsónica, Tone Loc, Wild Cherry, Jill Scott, Kana, La Capa de Batman, Mano Negra, Moby, Monocordio, Nina Simone y Lola la Grande. Canto las rolas de Julio Jaramillo casi tan fuerte como las de James Brown,  detesto a Radiohead, Björk y a U2 tanto como a la hambruna en África. Además, consideren como agravante, que también sé como se baila la cumbia. Pero la diferencia estriba, en que a mi no me provoca escozor, ni necesito trago de por medio para reconocerlo y firmarlo ante notario público.

Esto no quiere decir que los gustos de las personas no puedan modificarse al paso de las décadas, es natural, incluso, necesario. Pero tampoco es involutivo etiquetar como placer culpable un gusto que debería de provocar cualquier cosa, menos vergüenza.

¿Qué tiene de obsceno conservar los gustos de nuestros años estrambóticos? Creo que denota una grosera obscenidad el negarse a divertirse como si la vida dependiera de ello, como si creyéramos en las profecías mayas. Inicié este texto preguntando si recordaban el último LP que compraron en su vida. Ahora bien, ¿recuerdan cuál fue el primero que tuvieron en sus manos?

Cuando cumplí cuatro años –y ante la estupefacción de mis padres- mi primo Juan, tuvo la iluminación de llevarme de regalo el disco “Dynasty”. Ustedes no lo saben, pero Gene Simmons fue mi primer héroe y Kiss mi banda favorita los primeros 10 años de correrías en este ingrato mundo. Hace un año grité con toda mi energía en el concierto de Kiss en el Palacio de los Deportes. Y volvería a verlos si se me da la gana, una y otra vez. Infancia es destino, como podrán ver.

Algunos días previos al concierto en México, Scott Ian publicó en la red social tuiter lo siguiente:

  “We all get older, we all have responsibilities, some get married & have kids etc.
Why stop listening to the music that makes you happy?”

¿Por qué abandonamos a la deriva al adolescente que se agazapa bajo nuestros párpados y que suele asomarse con timidez cuando se nos escapa al monte -cual cabra desaforada- la conciencia o cuando se asegura que los moros se fueron a masticar cristianos?  

So… Why so fuckin’ serious?

 

América Pacheco.

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