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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Bionic heart
La pandemia nos ha herido de diferentes maneras a quienes la hemos padecido con ferocidad. En mi caso, tuve frecuentes ataques de ansiedad causados por una sobrecarga mental agravada por una tristeza pasmosa.
Por América Pacheco
28 de julio, 2020
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Tropósfera

Son las 12:45 tiempo del centro. Mi avión, al fin alcanzará la tropósfera. Esa capa que contiene mitad del aire de nuestra atmósfera y en la que ocurren los procesos climáticos de nuestro planeta. Esa capa de aire que está sobre la superficie de la tierra. Esa capa que es una de cinco. Esa capa que sostendrá la aeronave y la depositará en la ciudad que he elegido para recomenzar en menos de tres horas. Mientras me acomodo el cinturón de seguridad, noto que cargo a cuestas un presentimiento tan críptico como molesto. Siempre he sido una mujer con sentido arácnido para la desgracia. Sin embargo, no me pasaron el alfabeto morse para descifrar adecuadamente ningún código agorero. Por un breve instante intuyo la fuente, pero prefiero cerrar los ojos porque los tentáculos del cansancio bajan de la nuca hasta el pecho, y me esperan tantos planes y comienzos, que elijo no darle share a ese post mental. Abrazo a ojos cerrados la evasión solo por esta ocasión. Esa curiosa herramienta de temporada.

Entro en coma profundo apenas despega el avión sus ruedas de la pista. Despierto diez minutos antes de aterrizar. X. -mi mejor amiga, mi hermana- llega pronto a recogernos a la entrada principal del aeropuerto. Nos miramos intensamente sin podernos abrazar. A pesar del tapabocas ambas sabemos que sonreímos. Han transcurrido casi seis meses desde la última vez que estuvimos juntas. Y ahora nos toca reunirnos cuando el mundo se ha convertido en un desastre miserable, pero en el fondo tiene relevancia cero. Somos una gloriosa mancuerna con cabelleras de ensueño.

A new life

Hace tres años, X. se mudó a Yucatán y desde entonces la visito al menos una vez al año. La tierra maya corre por mis venas tanto como la profunda convicción de que la cabra siempre tira al monte. Tomar la decisión de tomar un avión y atravesar medio país cuando la mitad de este se encuentra en semáforo rojo no fue una decisión fácil, sino necesaria e intrépida. Mi primer intento por viajar fue una oda fallida. Pisé al aeropuerto Benito Juárez con el alma henchida de ilusión de regresar a la Península y a reencontrarme con todo lo que me había importado los últimos nueve meses. Pero en estricto apego a la escaleta que tiene a cargo contarles mi vida, todo salió mal. A causa de condiciones fisiológicas de única incumbencia de mi epidemiólogo (Saludos, Doctor JC. Cásares) se me fue negada la oportunidad de tomar mi vuelo a Yucatán. Volaris cambió mi vuelo al día siguiente, mientras yo padecía las 24 horas más angustiantes en meses: ¿podría tomar el vuelo sin contratiempos y, al fin, escapar de 113 días de confinamiento? La huérfana idea de volver a interactuar con un ser humano allende el cajero del supermercado se había convertido en mi siguiente nivel de Minecraft. La buena noticia es que conseguí subirme a las nubes el día siguiente. Mérida estaba lista para darme más de un comienzo y una bienvenida.

La pandemia nos ha herido de diferentes maneras a quienes la hemos padecido con ferocidad. En mi caso, tuve frecuentes ataques de ansiedad causados por una sobrecarga mental agravada por una tristeza pasmosa. Cualquier persona que tenga la desgracia de conocerme lo suficiente, sabe que la melancolía no es el sello de esta Casa Cuervo. Ver pasar un día tras otro en continuo estado de aflicción fue erosionando la coraza de acero inoxidable que recubre mis columnas emocionales. Pensar obstinadamente agravó todo. El pensamiento infinito es el indicador esencial de la eminencia humana*. El pensamiento nos guía en la incansable labor de distinguir lo que existe señaladamente humano en el animal humano. Apartarnos de nuestra base animal es posible solo con la ayuda del pensamiento; y la tristeza amparada bajo su ala, vuela en nuestras dolencias mentales no tratadas con propiedad para convertirnos en entidades frágiles. Más frágiles que nunca. Curiosamente, la profundidad del pensamiento expresada con la atonal voz de la tristeza nos ayuda a expresar con templanza nuestros recuerdos y a estructurar atinadamente un futuro radical. De acuerdo con George Steiner, la tristeza es fundamentalmente atribuible a la existencia y que, nos guste o no, es la base del conocimiento y la conciencia. A modo de autocrítica, les puedo asegurar que he escrito las mejores crónicas o ensayos personales envuelta en alguna tragedia íntima.

Llevo algunos días reflexionando los alcances de afectación a nuestra racionalidad a causa de nuestras ficciones auto impuestas. Es fácil perder la brújula de nuestros contrastes, de nuestras biopsias internas cuando nos desbocamos en la pradera de nuestra distorsionada percepción.

Desde que di el primer paso en la Ciudad Blanca creció con fuerza el presentimiento de que algo andaba mal. O quizás lo intuí una semana antes, pero no fui tan lista para interpretar unas señales ahora más evidentes que los síntomas del ébola, pero vaya, la confianza absoluta cobra una renta altísima y requiere de aval con altísima probidad moral al que no puedes encarcelar. El primer síntoma se manifestó a nivel muscular: fui incapaz de nadar con naturalidad. ¿Les ha pasado alguna vez que la ansiedad los paraliza? ¿Han sentido en los músculos la rotunda incapacidad de estirarse sin razón aparente? Los expertos editores de mis andanzas afirman que este fenómeno me ataca cuando el único perfume que soy capaz de oler es el de la incertidumbre. Cada ocasión que intenté nadar, una intensa -y dolorosa- parálisis en uno de mis tobillos y otra en el costado me lo impedían. Entonces, tuve el súbito impulso de saber. Tomé el teléfono para saber. Y supe. Colgué el teléfono con todas las certezas en el bolsillo. Entendí que todos mis planes sufrirían el mismo destino que las gestas heróicas de Jacinto Canek. Pensé que tendría que virar con elegancia -al menos un par de volantazos estratégicos- en mi ruta de permanencia en esta ciudad. Pero a cambio, recuperé una indescriptible paz y calma interior. Me sumergí en la piscina y conseguí nadar sin dolor por primera vez. Y no he parado de nadar desde entonces.

Depresión tropical

Hace poco menos de un mes, la depresión tropical Cristóbal destruyó más de 90 mil hectáreas de cosechas en tierra yucateca. Hubo pérdidas por más de cuatro mil millones de pesos en todo el Sureste a causa del inoportuno meteoro. Y, a pesar de que profeso una devoción malsana por estos fenómenos que extraen su energía de la condensación del aire húmedo, escogí la peor época para instalarme en un clima emocionalmente lluvioso. Poco se ha hablado de lo difícil que resulta organizar el cumpleaños de tu hijo en medio de una tormenta tropical interna. Iñaki es un chico profundamente sensible y también se afectó moralmente por nuestro revés veraniego. Con todos los cachitos que quedaron flotando en la espesura de nuestra nueva realidad, nos esforzamos por regalarle un cumpleaños inolvidable en medio de una lluvia sempiterna. Lluvia que nos ha hecho compañía todos los días de julio.

Una de mis tardes favoritas en estas dos semanas fue sin duda en la que X., K. y yo nos metimos a la piscina con sendos cocteles de mezcal a pesar de que el aspecto del cielo anunciaba una inminente tormenta. El recuerdo de Cristóbal permanece en el ánimo local, así que las chicas advirtieron que nuestra estancia en el agua sería más corta de lo deseada. En lo personal, me importaba tres toneladas de aceite de cáñamo al alto vacío que nos cayera un rayo en la cabeza. Estaba demasiado concentrada en mi condición de criatura del agua después de haberme recuperado del malestar muscular. Cuando el dolor desaparece, la bruma también se va con él. De pronto, la amenaza cedió y comenzó a llover. LLOVER en mayúscula. Al principio hicimos un pálido intento por salirnos, pero decidimos quedarnos bajo la tremenda tormenta. Las tres levantamos los brazos y rostro al cielo para permitirle a la lluvia taladrarnos con fuerza ciclónica. Nos sumergimos boca abajo para sentir la metralla casi dolorosa de las gotas sobre nuestras espaldas con fuerza helada. Agradecí la lluvia, ese llanto de la tropósfera, esa ablución no solicitada, pero indispensable. Ninguna de las tres dijo una palabra por largo periodo, el lenguaje dejó de ser importante de alguna manera. Sólo nos importaba estar vivas y felices bajo la lluvia de Yucatán, tierra bendita. Quizás nos tomamos otro mezcal, la verdad, no lo recuerdo.

Reencuentro

Mi terraza favorita fue durante muchos años la del tercer piso de aquel inolvidable edificio de la calle de Zempoala. F., mi entonces cuñado y yo, salíamos a inundarla de humo de tabaco después de una comilona de campeonato, cortesía de su mujer (quizás la mujer más importante en mi vida después de a la que le debo la vida). Podría afirmar que recibí de F. los consejos más útiles en mi entonces incipiente trayectoria literaria. Me recomendó establecer límites y compromisos con la escritura, pero, sobre todo, disciplina: “Escribe diario, si puedes. Agéndate. Cítate en un lugar o café con la misma seriedad con la que organizas tus llamadas con tus clientes para regalarte el tiempo de escribir, encontrarte”, fue uno de sus principales consejos. El divorcio que vivieron él y X., nos mantuvieron alejados casi tres años. Ambos eran -son- mi familia. Sin embargo, a veces las circunstancias nos obligan a mantener distancias tan necesarias, como dolorosas. Hasta que nos reencontramos en Mérida.

Acordamos vernos en el café Manifesto, justo en el corazón del centro de la ciudad. Lo miré entrar con mi sobrina L., más sabio y delgado. Esta vez no hubo nicotina envolviendo nuestra complicidad, pero a cambio fuimos recompensados con dos tomas consecutivas de temperatura y un litro de gel antibacterial. Nos pusimos al día en diez minutos. Hablamos de pérdidas mutuas, de insalvables pulsiones, y en homenaje a nuestra época de cuñados: de nuestras cicatrices frescas y su correspondiente tinta derramada. Durante algunos días tuvimos la oportunidad de volver a ser familia mediante el viejo truco de la introspección. Otra tarde firmamos el acta constitutiva del Instituto para Devolverle al Pueblo su Amor Propio avalados por el Sindicato Anti-Masoquismo al Servicio del Poder Peyorativo e Instituciones Descentralizadas de Yucatán y sus alrededores. Nos abanderamos con Canserbero y cerramos nuestro pacto de un año sabático de evasión total de lunas amargas. Le conté sobre mis recientes conflictos emocionales y prometí tomarme en serio la mandatoria tarea de construir una presa que mantenga bajo control el flujo de mi dolor y así evitar un nuevo quebranto, una autolesión innecesaria.

A pesar de la suspensión del tiempo entre nuestra última charla en su estudio chilango y la última, en Chuburná, ocurrió de acuerdo a derecho: me recetó varios consejos, el mejor de ellos lo estoy usando en este instante: Tanta tragedia es riqueza si la escribes chulo. Riqueza de la que deja lingotes en la bóveda. De la que hace leyendas.

Al tiempo que escribo estas líneas, el avión de F. Mi atraviesa la tropósfera. Esa capa que contiene mitad del aire de nuestra atmósfera y en la que ocurren todos los procesos climáticos de nuestro planeta. Esa capa de aire que está sobre la superficie de la tierra. Esa capa que es una de cinco. Esa capa que sostendrá su aeronave y la depositará en la ciudad a la que pertenece. Mientras tanto, pongo mi palabra en ofrenda para hacer todo lo que esté a mi alcance, ahora que cargo toneladas de tristeza -esa materia prima virtuosa- que servirá para expandir mi pensamiento en infinito y convertirlas en un objeto de riqueza incalculable.

Y bien se sabe que siempre cumplo mis promesas.

El corazón es un chinga tu madre. La barranca en donde de arrojan de cabeza tus conceptos a morir.

Fausto Alzati.

 

@amerikapa

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