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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Brama
Por América Pacheco
12 de junio, 2012
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Para mi puntual fabricante de orgasmos…Ab mio pectore.

Hace dos semanas recordé mi novela erótica favorita:”La revocación del Edicto de Nantes (La révocation de l’Edit de Nantes), del escritor y artista plástico Pierre Klossowski (París, 09 Agosto, 1905). Aún me considero afortunada al dar por inaugurada -hace casi dos décadas-, mi iniciática lectura en terrenos transgresores con esa exquisita joya literaria capaz de lubricar al más virtuoso de los inocuos, gracias a las sicalípticas andanzas de la inolvidable Roberte (personaje inspirado en la esposa del autor: Denise Morin Sinclair), y al tiempo mismo, maravillarme con esa vieja edición que exhibía sin pudor, las deslumbrantes ilustraciones autoría del mismo Klossowski.

Lo anterior viene a cuento porque hace dos semanas llegó a mis manos otro libro de temática erótica: “Brama”, la última novela del escritor David Miklos (Texas, 1970). El dato simbólico e íntimo que descubrí en esta última es la virtuosa influencia artística klosswskiana, en su trazo narrativo, agradecí con el alma las referencias conceptuales. El dato curioso que une a estas novelas devoradas en mis insomnes y legendarias madrugadas en distintas épocas, pero al mismo horario –además de su connotación erótica- es que ambas pertenecen a la colección “La sonrisa vertical”, de Tusquets editores. Luis G. Berlanga, reseña exquisitamente la naturaleza de esta colección que rescata y maravilla a la tantas veces olvidada clientela de literatura erótica que muchos llevamos dentro: «Queremos dar aire que respirar, porque el deseo es salud, y sobre todo queremos recuperar el culto a la erección, al hedonismo, a las fértiles cosechas que una buena y gozosa literatura puede ofrecernos. Y, a través de nuestros libros, a través de nuestra y vuestra sonrisa vertical, constatar que el escribir sobre lo biológicamente apetecible es algo inmanente a todos los tiempos, a todas las geografías, a todos los hombres».

Mis queridos y sucios lectores, me gustaría bramarles un poco, la espléndida novela de Miklos.

De acuerdo con la Real Academia Española de la Lengua –y en términos meramente semánticos-, bramar significa: 1.- manifestar con voces articuladas o inarticuladas y con extraordinaria violencia, la ira de la que está poseída una persona. 2.- Dicho especialmente del viento o del mar violentamente agitados: Hacer ruido estrepitoso.

Brama es más que ira y violencia orgánica. Brama es una novela narrada en primera persona, con tesitura de distintas voces que intercalan entre sí la estafeta del relato, que nos descubre con puntual sincronía (mediante el uso de frases acompasadas y punzantes) el erotismo en su estado puramente salvaje, porque se refleja en arquetipo perfecto: dos hermanos opuestos, dos antagonistas disconformes en su paradójica igualdad: András y Béla. Hermanos de nombre bisílabo, poético, rítmico, de musicalidad casi andrógina. Su historia se saborea, se huele, se representa en toda su variopinta textura. Casi podemos escucharla, cantarla, porque cada uno de los narradores nos coloca en la virtuosa necesidad de echar a andar todos nuestros sentidos y hundirnos en la decadente-humeante-llama-amorosa-del-horror-dolor de una estirpe de la que nunca conoceremos el apellido.

Erotismo gráfico. Resabios viscosos, hedores caducos. Dentelladas salvajes. Magulladuras impregnadas de semen. Piel expuesta. Sexos sangrantes. Piras mortuorias. Casas atiborradas, pero vacías. Bibliotecas vacías, pero repletas. Cronología impecable que salta en el tiempo -sólo para situar contexto-, aunque el lector intuya desde la página 2, sin antecedentes previos,  que lo que tiene ante sus ojos, no puede ser otra cosa más que un relato trágico. Stop motion en siete actos, representados por sus siete protagonistas: András (el endeble hermano menor), Béla (el voraz primogénito), Milena (la cuñada objeto), Marina (la obsesión infantil), Tíbor (el patriarca), Moira (la del molusco exquisito) y el testigo principal: la casa (mi personaje favorito),  a quien le corresponde abrir y cerrar la narración del incendio de todo, de las llamas de nada, del despojo, de la exposición de vísceras, del paréntesis final.

Los hermanos se odian (ninguna novedad literaria, claramente), crecen enfrascados en saturnal cruzada -no por la herencia paterna que sirve de pretexto para enfrentarlos-, no, el móvil de esta contienda es la revancha sin culpa. El sexo es el único vehículo de comunicación posible entre ellos, porque el sexo funciona como anómalo disyuntor de la hecatombe familiar. Béla interpreta al personaje cruel, al macho alfa. El primogénito que representa con masculinidad irritante, una excesiva e insoportable virilidad; cuya única fuerza-debilidad reconocida por si mismo, radica en sus cojones; por lo que decide “castrar” los propios al hermano menor, haciendo de él una nulidad algorítmica.

András, es el hermoso, frágil e incontinente. De naturaleza contemplativa, romántica,  idealista, sometido a la crueldad sin límites del hermano que le arrebató todo lo importante en su vida, desde cada mujer que quiso, hasta el fruto materno que le correspondía por derecho de nacimiento. La contumaz eyaculación precoz provocada por sus traumas de infancia, lo convierten en un “juguete descompuesto en manos de Béla” tal y como lo describe malignamente su cuñada Milena.

Brama es una novela con ritmo de lograda elocuencia, conferida con maestría por sus muertos, por las hojas secas. La elocuencia silenciosa la emana la alfombra, los objetos inanimados de las ruinas; mientras sus personajes vivos, habitan sin voz, acuartelados por el moho inclemente. El arpegio final se antoja libertario, o esperanzador, o tal vez no. Pero el lector sabe más que todos porque el autor le invita a escuchar con atención el cántico de las cigarras que copulan en el jardín, a traducir las metáforas de los montes de hinchazón que exuda, de la desoladora oquedad de una biblioteca con más historia en su alfombra que en sus enciclopedias, de las cenizas antiguas, pero también de las nuevas, del aroma pertinaz a mar podrido, de los timbres sin resonancia y de los bagajos colgantes, tesoros trémulos e insospechados juguetes tributo.

Los hermanos  no son otra cosa que hijos del tedio y de la copula feroz. Soplos divinos de infernal aliento que usan a sus mujeres para inmolarse con testigos, a jugar con el hielo, con la verga y el clítoris. Con la sangre y con la mierda.

Dejemos, pues, que ustedes, potenciales lectores de esta novela recién salida del horno, jueguen con sus personajes y sigan el camino narrativo trazado con maestría por el autor. De alguna u otra manera, es lo que dejaron hacer los padres de estas bestezuelas destructivas: jugar. No garantizo resultados prácticos, pero sí poéticos. Sumérjanse en las insaciables aguas de la lujuria. Bramen.

“Ante esa horrible debilidad que nos viene de la llaga abierta en nuestra alma intacta en el origen, por ese chancro temible que ustedes llaman la responsabilidad, esta brecha por la que se hunden en nosotros los aullidos de esas miríadas de víctimas, este huracán que nos lanza fuera del ser, que nos sacude y nos hace perder pie sobre esa plataforma tan estrecha que el ser reservaba a nuestra expuesta persona -porque no somos más que expuestos antes de volvernos audaces- ¿quién entonces, si pudiera, no colmaría esa brecha, aunque tenga que vivir como un monstruo sereno, nacido ya muerto a la piedad?”

-Pierre Klossowski- La revocación del Edicto de Nantes.

 

América Pacheco.

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