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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Cien años de soledad veinticinco años después
La leyenda cuenta que Gabriel García Márquez concibió la estructura ósea de su obra cumbre en un viaje a su tierra natal, por lo tanto, elegir releer aquel viejo amor literario durante el último retorno al segundo hogar, sofocó de nostalgia una voz a la que le costó mantener elocuencia y templanza a lo largo de una narración que se prolongó por horas. Tantas horas.
Por América Pacheco
14 de mayo, 2014
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Libro 100

Tendrían que pasar veinticinco años para que su nombre asaltara a traición mi memoria de modo tan nítido, como si en la víspera mi apatía lo hubiera ignorado en la lista de llamadas perdidas del celular: José Luis Ramos. Por razones que por ahora no vienen a cuento mencionar, me di a la tarea de releer Cien años de soledad de Gabriel García Márquez durante el trayecto en carretera de mis pasadas vacaciones de semana santa. Al tiempo que nuestro auto recorría a vuelta de rueda los casi 400 kilómetros que mantienen al margen la Ciudad de México de San Miguel Allende, leí a mi familia en voz alta la obra mayor del Premio Nobel Colombiano Gabriel García Márquez. Y es aquí donde estriba la importancia del recuerdo de José Luis.

Corría el año de 1989. La niña rara que siempre fui, comenzó a dejar de ser niña -pero no rara-, durante el primer año de secundaria. Pertenecí al grupo “C” hasta tercer año y José Luis al “B”; nunca tuvimos amigos en común, no compartimos el mismo piso durante los tres años de tortura escolar, ni jamás coincidimos en alguna actividad extra muros. Fuimos víctimas del caprichoso azar. No existe alguna otra explicación que justificara que la estrafalaria chica de chamarra de piel estampada con parches de Guns n´Roses y el estudiante introvertido hasta la invisibilidad -empero el más brillante de todo el plantel- , cultivaran un lazo de entrañable complicidad. Fue él quien en un auténtico acto de piedad a la vergonzosa rebeldía de pacotilla de su camarada del grupo C, puso en mis manos en ceremonioso préstamo Cien años de soledad. Su generoso ofrecimiento: “Léelo, si no te gusta, tienes autorización de arrojarme al lago del Bosque de Aragón” fue un trato imposible de rehusar. Es perfectamente claro que cumplí mi promesa lectora y tampoco hubo necesidad de rescatarle del fondo de ningún lago. No me faltó el valor de sumergirlo de una patada al lago donde solíamos pasar horas enteras charlando de narraciones aterradoras de H.P Lovecraft, por la sencilla razón que amé Cien años de soledad hasta que Rayuela, de Julio Cortázar, vino a echar por tierra la lealtad devota por la innegable novela favorita de mi jodida adolescencia. José Luis esperó hasta nuestra graduación de secundaria para otorgarme el perdón por jamás devolverle su libro favorito a pesar de 30 meses de tenaces súplicas.

La leyenda cuenta que Gabriel García Márquez concibió la estructura ósea de su obra cumbre en un viaje a su tierra natal, por lo tanto, elegir releer aquel viejo amor literario durante el último retorno al segundo hogar, sofocó de nostalgia una voz a la que le costó mantener elocuencia y templanza a lo largo de una narración que se prolongó por horas. Tantas horas.

La relectura del libro que representó la graduación literaria (antes de cien años, mi lectura sólo sabía nutrirse de poesía y cuentos cortos) de una adolescente irreconocible ya por su versión adulta no es de fácil digestión. Es inevitable el asalto de prejuicios con sus juicios que distraen al lector de experimentar genuina apreciación de la novela. Lo notable es que ni la conexión de Macondo con el paralelismo histórico de la geografía rural del terruño colombiano, las viscerales acusaciones de plagio, o los ríos de tinta que han chapaleado alrededor del autor a lo largo de cuarenta años en innumerables alabanzas, ensayos, críticas e ilustrativos comparativos con otras obras de diametrales épocas, han sido capaces de arrebatarle a esta obra su poderosa trascendencia emocional. Cien años de soledad es un enorme pedazo literario de musicalidad inconfundible cuando se le aborda en voz alta; la fonética y la inimitable partitura de Macondo obsequia al oyente una tonada que cala profundo en el subconsciente. Al margen de la riqueza de cada una de las páginas de la novela, los dos párrafos que simbolizan su obertura y colofón la colocan en la cumbre dentro de las obras más trascendentes de la literatura hispanoamericana del siglo XX.

JABUENDIA

El célebre párrafo preliminar: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía, hijo de José Arcadio, recuerda aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, sirve de ancla al lector para asistirle en recordar que la intrincada génesis de la estirpe Buendía, por muy salpimentada de fantasía que a ratos parezca, posee una motricidad narrativa que ha de llevarlo sin respiro hasta el último párrafo a descifrar el misterio de los pergaminos proféticos. La sorpresa con la que el lector se enfrenta en la última página es inevitable, porque más tarde que temprano termina por percatarse del ardid anafórico que le guiñó con sutileza a lo largo de sus veinte capítulos imaginarios.

Junto a José Luis exploré fascinada la descendencia Buendía-Iguarán, con la intención de encontrar signos o mensajes ocultos en cada Arcadio o Aureliano que nos revelaran alguna obviedad trágica, algún premonitorio de infelicidad. Éramos un par de idiotas ajenos a las fuertes críticas que señalaron a Cien años de soledad como una novela engaña bobos de descarada influencia Faulkneriana. Hoy me alegro de nuestra limitadísima cultura y orfandad de sapiencia; porque la carencia de prejuicios es la única ruta posible para devorar la novela cumbre de Gabriel García Márquez y quedar a merced de la impenetrable ciénaga que mantenía a Macondo libre de malicia, cobijada en inocencia. A Pilar Ternera, con su risa que espantaba a las palomas, a Melquíades con sus diminutas manos de gorrión, al patriarca José Arcadio Buendía, pero sobre todo a la del pétreo corazón: Amaranta Buendía y su sangre turbia e incestuosa, les correspondía nuestro fervor a prueba de sortilegios, ascensiones, pescaditos de oro, pelotones de fusilamiento, esteras voladoras, golondrinos, pestes del insomnio y maldiciones/cola de puerco.

Amaranta

Evocar mi turbulencia juvenil sedada sin remedio estos 25 años, para confrontarla a la evolución intelectual adquirida al paso de los lustros, trajo como resultado una profunda irregularidad de juicio. Comprendí perfectamente la necesidad de abordar este ejercicio con recelo para obtener la apreciación literaria objetiva. Lamentablemente carezco de facultades críticas capaces de convencer ni a mi madre. Nada pudo evitar que mi voz se quebrara en el momento justo del último sueño del patriarca. El desenlace onírico de su deambular entre laberínticas habitaciones con paredes de espejos que no fueron otra cosa más que alegoría hipnótica del olvido de quienes le permitieron pudrirse en vida bajo el castaño, logró conmoverme como a la estúpida chiquilla de primero de secundaria toda ella deslumbrada por la delicioso perjuro del incesto, prendada de la fragmentación estructural en la prosa del escritor colombiano una vez más. He leído lo suficiente de Gabriel García Márquez para sostener a título personal, que la exquisita composición narrativa de Cien años de soledad estuvo condenada a no ser superada ni por él mismo. Cien años de Soledad es a su narrativa lo que a la novela representó el diluvio que cerró los ojos de Úrsula, que devoró la otrora luminosidad de Macondo. Excepto El General en su laberinto no encuentro en la venerada obra del autor más que dosis desorbitadas de oxímoron. El ventarrón apocalíptico cuya furia devastó Macondo para dar cumplimiento a la última profecía de Melquíades: “la ciudad de los espejos (o espejismos) desaparecería de la faz de la tierra y borrada de la memoria de los hombres”, también se llevó consigo la genialidad literaria del autor, cuidadosamente abrigada en caña brava.

Habían transcurrido quizás cuatro horas de narración, cuando llegamos por fin a San Miguel de Allende. Emprendimos nuestra primera caminata en el corazón del hermoso Jardín Juárez, cuando mi pequeño hijo de nueve años -quien escuchó estoico el relato de las estirpes condenadas a cien años de soledad, quienes no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra- rompió nuestro brumoso silencio con un grito emocionado al descubrir, justo frente a nosotros, una turba de viajeras conocidas con el nombre científico de lepidópteras que merodeaban las exuberantes flores y cuyas delgadas membranas volátiles exhibían una tonalidad fronteriza a la de su cabellera:

-¡Mira, mami! ¿Así eran las mariposas de Macondo?

Asentí con la cabeza, aún hipnotizada por su descubrimiento. Abracé intempestivamente a mi pequeño con una rarísima opresión en el pecho. De inmediato eché mano del teléfono celular en búsqueda de lo que presentí, era un hecho consumado. Me bastó leer dos breves notas, para regresarlo al fondo de mi bolsa de mano.

Murió Gabo. balbucée conmovida.

Me quedé en silencio un par de minutos. Recordé a José Luis, a su libro jamás devuelto. Hace tantos años que le perdí la pista que me pregunto ¿dónde habrá parado aquel libro que emocionada presté a mi madre y que mi madre prestó a no sé quién? Cualquiera podría reconocerlo porque mi entrañable amigo se tomó la molestia de dibujar en la página dos con su caligrafía preciosista, el árbol genealógico desde el patriarca José Arcadio hasta el último Aureliano poseedor de la maldición del incesto.

Tomé de la mano a mi pequeño para emprender nuestra caminata por las empedradas calles rumbo al centro de otra ciudad, claro, también mágica. Antes de perder de vista el Jardín Juárez, giré mi rostro para contemplar atónita la significativa visión de aquella jardinera guanajuatense, ornamentada por el acoso batiente de diminutas mariposas amarillas.

 

América Pacheco.

mariposas amarillas

 

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