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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Confines
La antesala de mi regreso a México transitó aparentemente en calma, pero por dentro hervía una caldera con lava. Traté de permanecer en sosiego y con juicio las últimas 8 horas. Imagínate que conoces al hombre de tus sueños y tienes que abandonarle en medio de una pandemia.
Por América Pacheco
19 de marzo, 2020
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“In life’s confines I try

In life’s confines I try to let my soul refine

Till you break down, love

Do what the lovers do

Till you cant go on no longer

Let it roll like the lovers do

Let it go”

Confines, Black Pumas.

 

 

 

Segovia, España. Foto: América Pacheco.

Deberes ecuménicos arrastraron mis pasos de vuelta a Madrid. El más importante de ellos consistió en compartir techo, espacio, alegrías y desatinos con el hombre que conocí durante mi otoño madrileño. Escribir las 29 palabras anteriores fue fácil. Llevarlas a cabo le costó a mi vida más que eso. Incluyendo mi trabajo. Pero ese es huevo de otra canasta.

Durante 28 días y sus noches tuve la oportunidad de tener una vida doméstica como cualquier otra. Excepto que los horarios en los que desempeñé responsabilidades laborales se apegaron a los de México; es decir: trabajé de lunes a viernes de 16:00 horas a 02:00 am. Estoy segura de que nunca había descubierto tantas canas en la cabellera como durante mi estancia en el barrio de Acacias.

Alex -mi pareja- salía a trabajar por la mañana mientras yo atendía asuntos personales. Entre ellos, entregar a la flamante nueva editora de este corazón, la primera introducción del tercero de mis libros. Escribir un cuento de terror para un proyecto que se cocina a fuego lento entre otras actividades que solamente verán la luz si la Diosa Fortuna decide tocar mi puerta los próximos meses. A partir de las 3 de la tarde, Alejandro y yo hicimos nuestro mejor esfuerzo para cohabitar y conocer la mejor versión que se encuentra disponible en nuestra app store del alma. A nuestro favor puedo decir que el saldo fue positivo. Soportó la hinchazón descomunal de mis ojos todas las mañanas y yo lidié con su obsesión por recoger la mesa cuando aún llevaba bocado de comida en el aire con el tenedor. Cocinamos juntos e hicimos un equipo extraordinario para reírnos del mundo a costillas de sus habitantes más idiotas o vulnerables a nuestro retorcido sentido del humor. Como aquella vez que noté que él tiene una habilidad escabrosa para imitar el sonido que producen los semáforos cuando el verde peatonal está silbando: piu, piu, piu, piu. Se me ocurrió que debería de imitar disimuladamente ese sonido la próxima vez que encontráramos a un ciego. Solo para ver qué pasaba. The funny thing fue cuando caminó frente a nuestras narices un pobre hombre ciego al momento justo de imaginar en voz alta el caos que provocaríamos. Nuestros planes homicidas quedaron pendientes para mejor ocasión que no estuviéramos tan ahogados de risa. Se sabe que el diablo les da las peores batallas a sus mejores guerreros.

Salimos juntos al Mercadona (la cadena de supermercados más popular en Madrid) para surtir la despensa del hogar, compramos al chino de junto el vino tinto que nunca faltó en muestra mesa, nos emborrachamos como cosacos en Malasaña, nos peleamos en un taxi de madrugada, comimos la peor cena en lustros en un restaurante cuyos únicos platillos son elaborados con aguacate, acudimos al cine a ver una película malísima y olvidable, hicimos malabares para mantener a salvo a queridísimo borracho que amenazaba con romper todo a su paso una noche de cena con amigos, miramos los cuatro capítulos disponibles de la nueva temporada de Better Call Saul y lloramos abrazados al finalizar el cortometraje Le ballon rouge metidos en la cama. Mercedes y Fidel -sus padres- abrieron las puertas de su casa para recibirme con auténtico gusto y nos prestaron el auto para escapar una mañana cualquiera a Segovia. Daniel y Coral (hermano y cuñada, respectivamente) nos permitieron beber juntos para celebrar en petite comité el cumpleaños de Dani, quién -por cierto- es el ilustrador autor de La pareja suicida. Cómic que merece que todo mundo eche un vistazo.

En fin, hicimos todo lo que una pareja normal pone y dispone hasta que nos alcanzó el Coronavirus.

Happy together. Foto: América Pacheco.

Al principio, todo trotaba relativamente normal en nuestra pista. Lo único que nos inquietaba es que los noticieros habían convertido sus transmisiones en meros voceros del fenómeno mundial. No se hablaba de otra cosa. Nuestra naturaleza suspicaz nos hizo dudar por un momento si realmente estábamos siendo manipulados o sobre informados sobre un tema que nos parecía tan ajeno como la tercera luna de Saturno. Hasta que Italia comenzó a mostrar números alarmantes. Una tarde en la que acudí sola a Mercadona me llamó la atención que, a diferencia de otros días, la gente no usaba los carritos verdes y diminutos para cargar sus víveres dentro del supermercado. Ahora, la mayoría de la gente usaba los carritos que todos usamos en el Costco. Recuerdo que durante la cena se lo comenté a Alex, pero no le dio mayor importancia. Tampoco yo, honestamente.

De hecho, considero que tardamos un poco en darle debida importancia a la escalada de pánico que comenzaba a asomarse en otros sectores del continente, que tuvimos la osadía de viajar a Barcelona un fin de semana y acudir a la marcha del 8M que se realizó en la ciudad catalana sin precauciones. Nos sumergimos en la oleada verde y morada con total tranquilidad. Aproximadamente dos días antes de tomar el vuelo que nos llevaría a nuestros 4 días en París con hotel pagado y compromisos plenamente establecidos con amigos parisinos, comenzaron a mostrarse las primeras compras de pánico en todos los Mercadona de Madrid. Las filas comenzaron a ser tumultuosas. El miedo comenzó a tomar de la mano a la ciudad. Las cifras de contagio seguían creciendo, pero aún con discreción.

Salimos al aeropuerto de Barajas con destino al Charles de Gaulle con auténtica zozobra. Estuvimos a punto de abortar la misión de tal manera que, después de hablar con Fidel (quien recomendó no volar) nos trepamos al avión en un acto tan irresponsable como temerario, muy pocos minutos antes del embarque. Honestamente, nunca podré terminar de agradecer a Alex por haber tomado esa decisión conmigo, solamente él y nadie más conocía la poderosa razón que justificaba ese viaje. Sabía de mi promesa empeñada y me ayudó a cumplirla. En compensación, apoyé la medida de regresar a Madrid antes de tiempo dos días después. Los voceros de gobierno español habían trascendido a medios que el presidente impondría decreto de Alarma Nacional al día siguiente y no conocíamos detalles de las implicaciones e impacto que tendrían sobre nuestras cabezas, pero, Italia era el referente más claro: seguro se impondrían regulaciones de movilidad. Nuestro regreso a Madrid nos cambió por completo. Las calles lucían sacadas de la película de Danny Boyle 28 days later. Nuestra zona es céntrica como pocas, justo frente a Lavapiés, el barrio que nunca duerme. Pero esa tarde parecía que tomaba la siesta después de un siglo.

Barrio de Lavapiés en soledad absoluta. Foto: América Pacheco.

Las horas que pasamos frente al televisor esperando un comunicado en vivo que no hacía más que retrasarse se convirtió en fuente de ansiedad. Mantuvimos contacto con los padres de Alex en todo momento porque cuando estás viviendo una crisis sanitaria sin precedentes, necesitas mantener el cordón rojo amarrado a tu cintura que te conecta con los que no desearías perder nunca. El presidente habló al filo de las 21.30 de la noche. Pidió a los ciudadanos respetar las medidas que se habían tomado en reunión de ministros, porque de no hacerlo, serían severamente castigados. Las medidas no tenían otro propósito más que ralentizar lo inminente. El contagio era inevitable. La clave consistía en no saturar los servicios de salud o de otra manera, el aparato de salud pública colapsaría estrepitosamente. Dio y pidió dar las gracias a todos y cada uno de los médicos, enfermeras, investigadores que se enfrentaban cara a cara al virus con el propósito primordial de salvar todas las vidas que pudieran. Los españoles respondieron a este llamado copando los bancos de sangre y saliendo a sus balcones a las 21.00 horas en un aplauso multitudinario y conmovedor. Los mexicanos solamente hemos visto muestras de generosidad avasallante frente a sus más recientes tragedias: los terremotos del 85 y del 2017. Ahora yo me encontraba en medio de otra, aunque no ajena. Nadie que haya recibido alguna vez el abrazo de esta tierra podría permanecer al margen moral. Dos días después de que toda España se acogió a la alarma sanitaria establecida, los enfermos se triplicaron. Nos quedamos en shock. A título personal, y sin ánimos agoreros, reflexiono cómo reaccionaría nuestro gobierno ante una crisis de este calibre (fase 3) cuando el presidente de México muestra el menor resquicio de sensibilidad y prudencia ante la pandemia. Si España, acogiéndose estrictamente (excepto los casos aislados que nunca faltan, porque los idiotas no tienen fronteras ni pasaporte único) a los límites de movilidad no está conteniendo efectivamente el índice de contagios, ¿qué podríamos esperar nosotros con nuestro gobierno de opereta? Durante la breve estancia en París, Salah, el recepcionista del hotel de origen argelino me recordó la cínica arrogancia de AMLO. Alex se limpiaba las manos con el gel antiséptico de recepción después de salir por un café, cuando Salah lo miró con una sonrisa burlona:

¿Por qué te limpias? -preguntó con sorna. A lo que Alex respondió un poco ofendido:

-¿Por qué no quiero contagiarme? Salah comenzó a reírse entonces a carcajadas para rematar con una estupidez del tamaño del Louvre:

¡Qué tontería! Yo no tengo dinero, por eso no me voy a enfermar. ¡Los pobres estamos a salvo! El Coronavirus es una enfermedad de ricos, y solamente los que tengan mucho dinero morirán. Remató dejando a Alex boquiabierto. Imposible no asociar esta muestra de idiotez del recepcionista con la que el presidente mexicano nos avergüenza cada mañana.

La antesala de mi regreso a México transitó aparentemente en calma, pero por dentro hervía una caldera con lava. Traté de permanecer en sosiego y con juicio las últimas 8 horas. Imagínate que conoces al hombre de tus sueños y tienes que abandonarle en medio de una pandemia. Y ni siquiera puedes despedirte pasar a su lado los últimos momentos porque no pueden viajar dos personas al mismo tiempo. Bajamos hasta la entrada del edificio cuando el Cabify nos avisó de su arribo. Estábamos desechos. Mientras el amable conductor colocaba la maleta en la cajuela nos abrazamos y lloramos casi a gritos. Alex es un hombre muy alto y grande. Su abrazo descomunal dejó sin aire los pulmones y el rostro casi morado y completamente cubierto de lágrimas. Subí al automóvil y lo miré ahí parado, desconsolado. En la entrada de nuestro hogar.

Traté de recomponerme con rapidez, honestamente, no deseaba salpicar de pena un taxi que serviría seguramente para transportar a alguien más pronto. La movilidad en transporte había decrecido en un 50%. Sabía que los recursos eran pocos. Pero entonces me llamó Mercedes, y ahí me derrumbé una vez más. La inesperada llamada de la madre de Alejandro tuvo el mismo impacto que si me hubiera tragado una granada sin seguro. Lloré y le agradecí el gesto de despedirme y desearme buen arribo a la patria en una situación tan lamentable. Le mandé amor auténtico y le prometí volver. Y todos saben que mis promesas deben tomarse con criterio y seriedad. Ni bien colgué con la hermosa madre del hombre que amo cuando me llegaron los mensajes de Daniel. Prácticamente nos escribimos hasta que bajé del taxi, en la entrada de la Terminal 4. Mientras redacto el final de esta crónica pienso en qué condiciones me vería el conductor de Cabify que antes de entregarme la maleta dijo: “Todo va a mejorar, ya verás. Vas a regresar pronto y todos estaremos bien”. No pude ver su rostro porque llevaba una mascarilla que la cubría por completo, pero por la acuosidad y brillantez de sus ojos, les juro que sonreía.

Hasta pronto, Madrid.

América Pacheco, Aeropuerto de Barajas, Madrid. 16 de marzo de 2020.

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