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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Criaturas del agua
América desde el Distrito Federal y Gerardo desde Chicago se han dado a la tarea de confesar y compartir su lucha contra los demonios del agua y el cuerpo ajeno, sobre todo aquel cuerpo ajeno que se aparece en pelota picada sin provocación previa ni invitación respectiva.
Por América Pacheco
15 de abril, 2014
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swimming-pigs

Un texto a cuatro aletas por América Pacheco y Gerardo Cárdenas

Aviso a navegantes: en los anales de la peculiaridad humana deben escribirse capítulos aparte para quienes no nadan, y secciones específicas para quienes salen corriendo ante la gratuita desnudez ajena. Unidos por su devoción a Cthulhu y su esperanza de un caos final que lo arrase todo, estos dos seres terrenales (América desde el Distrito Federal y Gerardo desde Chicago) se han dado a la tarea de confesar y compartir su lucha contra los demonios del agua y el cuerpo ajeno, sobre todo aquel cuerpo ajeno que se aparece en pelota picada sin provocación previa ni invitación respectiva. Aclárese que mientras América progresa en su lucha contra el agua, Gerardo al parecer ha decidido aferrarse a la sólida, confiable y contaminada tierra.

 

Ni sirena ni esclava, simplemente un tonel

No  tengo registro puntual de la fecha exacta en la que estuve a punto de perder la vida en una alberca de 10 metros  de profundidad. Probablemente tenía menos de 10 años, quizás 8 o 9. Mi edad no importa, en realidad. Recuerdo que mis padres de manera irresponsable, dieron su permiso para que la hija que escupieron sus entrañas acompañara a sus vecinos a unas vacaciones de fin de semana. Para empezar, mis padres ni conocían a mis vecinos y tampoco se les ocurrió preguntar el lugar exacto de nuestro destino: Puente de Ixtla, Morelos. Tampoco guardo recuerdos relevantes de esas vacaciones improvisadas, es decir, no sé decir si el pueblucho a donde nos fuimos a meter era digno de afluencia turística europea o si estuve tres días en la cuna del secuestro y crimen organizado, porque todo lo que permanece indeleble en mi mente es la imagen de una niña-pelota (recuerden que en mi infancia era gorda como pelota playera) tragando más agua que un camello pakistaní al interior de la gigantesca y rupestre alberca del balneario al que tuvimos a mal irnos a meter.

Aún me preguntó qué me motivó a mentir y alardear acerca de mis conocimientos en natación, cuando todas las vacaciones de mi familia hasta la fecha habían tenido lugar en la sucursal número 127 del infierno: Tlapehuala, Guerrero, pueblucho polvoriento y desprovisto de un miserable balneario. El punto es que mi ruin mentira provocó que estuviera a punto de una visita a la antesala de la luz al final del túnel; supongo, a la causa de muerte más imbécil que pueda haber registro: ahogamiento por pendejismo extremo.

A diferencia de Gerardo, yo soy Leo, signo de fuego y se supone que la ruta de mi destino es regenteada por el Astro Rey. Pero desde que tengo uso de razón el sol sólo me ha provocado enfermedades, alergias y malestares. Odio, desprecio y maldigo al sol. Razón más que válida para que deteste con todo lo que reside en mí de negrura, a la playa, arena y el mar. Así que gracias a mis peculiares fobias, confieso que mis antecedentes acuáticos se resumen de la siguiente manera: he nadado en alberca 4 veces, mientras que me he remojado en una playa sólo en dos ocasiones. Todo esto a lo largo de mis miserables 38 años de vida.

Mis anteriores líneas no están destinadas a endosarles a ustedes el trabajo que le pertenece en exclusiva a mi psicoanalista; más bien, mi intención es dejar bajo un contexto claro la aventura a la que me sometido hace algunas semanas movida por recomendación de mi neumólogo: comenzar a tomar clases de natación.

Me resistí todo lo que pude. Intenté considerar algunas otras alternativas deportivas, pero este cuerpo mío nació desprovisto de cualquier habilidad atlética. El gimnasio es una absoluta tortura, y mientras viva, jamás me inscribiré en actividades deshonrosas como zumba o yoga. No, ni madres. Preferí -haciendo uso de toda la valentía que poseo-, inscribirme a una escuela de natación. De mi padre aprendí a enfrentar los peores miedos de uno mismo bajándose los calzones y mostrarles el culo de frente, no huyendo como gallina en territorio de lobos hambrientos.

 

I am the Walrus

panda (1)

Mi signo es Escorpión, un signo primordialmente de agua. ¡Vaya una ironía! Es irónico porque a pesar de mi fascinación por el mar, especialmente por el furioso Atlántico, el tormentoso y gris Mar del Norte, o las aguas polares, a pesar de mi fantasía de ser pirata, explorador de los polos, o comandante de un submarino de la Segunda Guerra Mundial, en el agua soy simple y sencillamente un eructo evolutivo, una morsa torpona y reumática que prefiere leer una novela del Corsario Negro bajo la sombra de una palapa, que presumir ante el personal sobre las largas y poderosas brazadas que uno es capaz de dar.

Dicho de otro modo, mis conocimientos de natación son los siguientes: para abajo te hundes, y para adelante más vale que haya una llanta, una tabla, o un oportuno delfín salvador que me lleve a tierra firme.

No entiendo por qué nadar es importante, cuando hay tecnología que nos permite recorrer la superficie de las aguas en un cómodo velero mientras fumamos una pipa, leemos a Lovecraft y descuidadamente le desamarramos el bikini a Mónica Bellucci.

Comparto, entonces, el asombro del Guille, hermano menor de Mafalda, que en su primera visita al mar dijo: ¿todo ezte agua vino a padad aquí cuándo ze pinchó qué coza?

Mi declaración de principios no excluye las varias ocasiones que he intentado aprender a nadar, ya sea por mi cuenta o con ayuda profesional. Los resultados, nulos; y la hilaridad del público, in crescendo.

Tengo al menos la satisfacción que mi querida América Pacheco cojea del mismo pie (o de la misma aleta). Sé que no estoy solo. Y cuando finalmente triunfe el calentamiento global, se derritan los polos, y nos vayamos todos a la refandunfla, ella y yo nos habremos adelantado y los observaremos desde el fondo del mar sacando burbujitas por diversos orificios.

 

Crawl, baby crawl! 

swimming cat

Mi primera sesión de natación fue memorable gracias a dos notables eventos. El primero sucedió justo en la alberca. El entrenador me preguntó si yo sabía nadar, a lo que con toda seguridad y templanza contesté que sí. No quiero que piensen que se trató del mismo ardid pendejo de mi infancia, no, en verdad sé nadar. Y aprendí a hacerlo justo en la alberca de 10 metros en la que estuve a punto de entregar mis crocks al señor. O sea, después de ser rescatada del fondo de la alberca, la hija de mi vecina se empeñó a que yo no iba a salir de ese lugar, hasta aprender a flotar y lograr la proeza de atravesar esa maldita alberca nadando. Seis horas de intentos rindieron sus frutos y yo salí agradeciendo a todos los ángeles del cielo continuar respirando, haber aprendido a nadar y con un odio enfermizo a las albercas.

Pues bien, mi entrenador de natación ajeno a mis traumas e incapacidades, creyó como San Diego a la morenita del Tepeyac mi dicho y me impuso un sencillo ejercicio: atravesar la alberca de 10 metros (aquí es donde yo afirmo que el pinche karma existe y le gusta darnos por el culo) utilizando la técnica de crawl. Fácil. Tres brazadas y a la cuarta, retomar aire con fuerza, con la cabeza a tu costado derecho, luego volver a sumergir tu cabeza en el agua, cuatro brazadas y así, hasta tocar con pared. Lo que nadie previó fue que mi condición física no era apta para resistir cuatro brazadas; a la tercera, paré a mitad de la alberca, al tiempo que escupía trozos de pulmón. Craso error. Mis pies no sintieron el piso, por lo que mis pulmones al no encontrar un ápice de oxígeno, comenzaron a colapsar, mientras mi cuerpo comenzó a hundirse como cadáver de mafioso en aguas del río Hudson. Mi instructor -visiblemente molesto por su ingenuidad barata de creer en mis habilidades- rescató mi maltrecho cuerpo con el propósito de someterme a la segunda humillación del día: colocar un flotador fálico en mis nalgas.

Durante todo lo que restó de mi primer clase fui segregada del grupo de “nadadores” y colocada en el carril de los ancianos. Bueno, de hecho, en la clase de 7:00 a 8:00 está inscrita la liga sub 60 de natación, lo que me convierte en la nadadora más joven del recinto. Peor humillación: fui rebasada en cada una de las prácticas por mis avejentados -y aventajados- compañeros de clase. Sonó la campana, y aliviada, me dirigí a los vestidores con la moral hundida a modo de cabeza de avestruz. Lo que siguió a continuación se convirtió en la segunda anécdota notable del día: los inmundos vestidores.

 

I am excited! 

oso nadando

Había comenzado ya el siglo XXI y la proximidad de mi ascenso al cuarto piso me urgió a buscarme un instructor de natación, no sea que agregase a la carga de los 40 años el estigma de la indefensión acuática. Afortunadamente a pocas cuadras del departamento donde entonces vivía en Chicago había un hospital aproximadamente sueco o noruego, lleno de instalaciones atléticas y sanitarias que incluían una alberca de buen tamaño. Además del tamaño, la profundidad, esa vieja némesis que me impedía meter las patas en el agua si en alguna parte veía un aviso de que rebasaba el metro sesenta (o sea lo máximo tolerable para poder tener toda la cabeza fuera del área y que se pudiesen ver mis ojos de terror).

En la alberca había –supongo que seguirá habiendo—instructores. Estos eran unos anglosajones mozalbetes que seguramente se ganaban unos dólares durante el verano antes de encerrarse en las universidad en turno. El que me tocó, no recuerdo ya su nombre, era como todos: mirada perdida, cabello despeinado, un cierto tufo entre cloro y mariguana, y nombre monosilábico (Pete, Pat, Dick, Matt, Chip, vaya uno a saber).

Llamémosle Chip.

Chip no hablaba mucho. Era obvio que, si se hubiese tenido que sincerar conmigo, hubiese roto en llanto y confesado que su aburrimiento era interminable, y que hubiese preferido hacerse hervir en un perol a fuego lento que darle clases de natación a un gordito cuarentón con acento de Speedy González.

En vez de eso, con un monótono insoportable, me recitaba la rutina del día y cuando me preguntaba si estaba listo para el fun! fun! fun! y yo le respondía que sí, él me decía I’m excited con el mismo tono con el que uno repara en voz alta que las paredes del cuarto necesitan una mano de pintura.

Acto seguido Chip me proporcionaba flotadores, incluyendo una llanta inflable (se ve que se no se hacía ilusiones) y trataba de corregir mi incapacidad innata para el flotamiento horizontal sin, por ello, tocar mi rotundo trasero (lo cual nos hubiera aterrado a los dos y provocado nuestras muertes en el fondo de la piscina).

Pataleaba yo como debe haber pataleado el primer ser anfibio que surgió de las aguas del Devónico. Braceaba. Sacaba y metía la cabeza del agua. Y avanzaba, uno o dos metros. Incrédulo, me aferraba a la llanta y miraba al pobre de Chip, cuyos ojos se enrojecían por el cloro pateado o la proximidad del llanto.

Y así 45 minutos, tres veces por semana. El último día, con el tono con que un padre le dice a su hijo que deje de rascarse los desos porque ya es hora de ponerse a chambear y ganarse el pan, le comuniqué a Chip que su sabia conducción me había convertido en un auténtico tritón. Chip me devolvió su mirada de ciborg sin párpados y desde el agua, donde ya se preparaba para trabajar con un octogenario, me dijo I’m excited y procedió a borrar toda memoria de mí de su disco duro.
Y aquí a la derecha, el hombre de las tres bolas

mujer gorda

Por alguna razón asociada a reminiscencias dolorosas de mi otra vida (la que sostengo se antoja plagada de orgías, voyerismo y sexo con animales), no soporto la idea de desvestirme ante completos extraños. Este trauma es tan marcado, que mi ex-esposo tuvo que esperar un año de vida juntos para que se le permitiera permanecer en nuestra habitación mientras me cambiaba después de tomar un baño. Es en serio. No es vergüenza. No es pena ranchera. Tengo pedos, no soporto miradas extrañas en un cuerpo que sólo es mío y al que considero atractivo en desnudez absoluta tres segundos al año. Además, este complejo también aplica al prójimo: no soporto la desnudez obscena del respetable a quién no tengo el gusto de conocer y no me interesa si fue parido por seres humanos, chacales o ballenas. Ustedes comprenderán que mi primer contacto con mis compañeras de natación en vestidores resultó un acto en extremo perturbador. ¿Qué motiva a una mujer de 65 años a mostrar sin atisbo de pena unos senos descomunales que rebasan el ombligo? ¿Por qué tengo que soportar la visión de otra mujer que decidió improcedente rasurarse el triángulo de la entrepierna en 1986? ¿Qué ley puede obligarme a exhibir mi cuerpo desnudo ante una turba de señoras voyeristas?

No se equivoquen, el rechazo y el casi desmayo que sufrí mi primera vez en el vestidor de la escuela de natación no está asociado a la decrepitud de cuerpos que vieron sus mejores momentos en la década de los setenta. Hace dos años, durante una de mis correrías en el viejo continente, acudí al club deportivo del que es socia mi amiga Florence Ascouet, en Paris, el Aquaboulevard. Aquaboulevard es un moderno recinto deportivo que cuenta con restaurantes, bares, gimnasio, spa, salones con toda clase de disciplinas deportivas, salas de vapor, alberca y demás monerías. Debo confesar que cuando me desvestí en medio de mujeres poseedoras de cualquier tipo de color, raza y medidas, tuvo el mismo efecto: una desagradable sensación de incomodidad y ganas de salir corriendo. Y sépanlo de una buena vez: la celulitis no perdona nacionalidad, posición social o ubicación geográfica; la celulitis es infinitamente más letal y universal que la influenza estacionaria. El sauna fue lo peor que mis ojos han sufrido en toda su trayectoria. Los quince minutos que tuve frente a la negra más espectacular del mundo, el hombre francés con tres testículos y a la mujer turca de 250 kilos sudando como albañiles veracruzanos, pertenecen a los momentos que no deseo ver repetirse en mi futuro próximo o distante. No puedo, me rebasa, me declaró incompetente, tiro la toalla. Virgencita, no, no a mí, por piedad. En mi segunda visita al Aquaboulevard, me limité a tumbarme a escribir en un camastro en el último rincón del lugar. Completamente alejada de cuerpos desnudos, por muy europeos que fueran.

 

Mejor no menearlo, coreano 

hombres en baño

Aclaro una cosa desde el principio: me siento cómodo con mi cuerpo de morsa varada en tierra.

Sí, podría tener más músculo por aquí o por allá, o medir al norte del metro ochenta, o tener más pelo. Pero en general, estoy contento y cómodo. No tengo problema con la desnudez, asumiendo que esta ocurrirá en la intimidad de mi recámara y en presencia de mi mujer.

La cosa cambia cuando hablamos de desnudez en público. Nunca entenderé esta dualidad de los gringos: su terror al cuerpo en la mayoría de las situaciones sociales, y su absoluta comodidad con la desnudez en sitios tan públicos como los gimnasios.

Pero ahí los ve uno, paseando por los pasillos entre las regaderas, el sauna y los vestidores, presumiendo los mismísimos, sacudiendo nalgas que pueden ser masivas o de mejoral, contoneando las arrugadeces o musculaturas como si tal cosa.

Uno es presto con la toalla para tapar lo pudendo; los otros usan la toalla como estandarte de porrista.

Cada clase de natación era la misma angustia: la masiva información visual e innecesaria de numerosos y perfectos desconocidos.

Pocos compañeros de gimnasio me angustiaban tanto como un coreano, bajito, ni gordo ni flaco, de mediana edad, que tenía una especial predilección por el arrime. No con intenciones sexuales, sino para puntualizar la conversación. En plan de decir o querer decir ¿me entiendes, compadre?, el buen asiático arrimaba el camarón excesivamente al sartén ajeno, y uno tenía que dar pasos casi de ballet, o de delantero brasileño, para evitar el marcaje personal. Más de una vez tuve que driblarlo camino de la regadera, él que seguro sólo quería platicar de política, del clima, o de las excelencias de la barbacoa coreana. Estoy seguro que, con la ropa puesta y el colguije suficientemente protegido por al menos dos capas de ropa, sería un tipo estupendo y buen amiguete para las cervezas y el cotorreo. Pero nunca llegamos a ese plano porque no hubiera yo podido quitarme de la mente las imágenes de su amenazadora empelotez.

Pongo por ejemplo que una tarde agarró de interlocutor a un gringo más joven que, resultó, era dueño de un taller mecánico. Nuestro amigo coreano tenía problemas de transmisión. Me refiero a su auto. Y presuroso fue a consultar al mecánico. El único problema es que la consulta fue en pelota picada. El gringo intentaba, cada vez más apuradamente, vestirse. Nervioso, estuvo a punto de ponerse un calcetín en el lugar de la corbata. Y es que el coreano, como si nada, había subido una pierna a la banca donde se sentaba el gringo, de tal manera que su danzante misil le bailaba un poco a la altura de los ojos. El gringo sudaba sangre, lo juran estos ojos que habían visto ya demasiado, mientras el coreano inquiría sobre los precios de un cambio de transmisión de su malhadado Hyundai. Supongo que a esas alturas el gringo ofreció hacer la chamba a gratis a cambio de no ser perseguido por el ágil camote asiático.

Por eso, amigos, romanos, conciudadanos, ni nado, ni voy más a gimnasios.
Quisiera ser un pez…

tigre-nadando-

 

Al momento de escribir estas líneas, han concluido tres semanas de entrenamiento acuático y puedo compartir con ustedes que he tenido momentos terribles, bochornosos, así como reflexiones de tres pesos.

Soy consciente que gracias al coctel de químicos que se le suministran a las albercas (Tricloro -químico necesario para sanitizar y eliminar restos de sudor, cosméticos y microorganismos- , Dicloro -sustancia más cabrona que el Tricloro y que se usa cuando este cabrón no hace bien su chamba-, Algicida -líquido fundamental para evitar la proliferación de algas y organismos parientes de Plancton- y Clarificador -químico que hace posible que la alberca luzca clara y diáfana- al paso de los años acabaré mis días sin piel, cabello y con el aspecto de un hisopo radioactivo. ¿O qué, también ustedes estaban tan imbéciles como su servilleta y pensaban que a las albercas les cambiaban el agua diario?

A fuerza de mis avances en brazada y pataleo, logré que mi entrenador me segregara para siempre de don Pancho, mañoso septuagenario al que tuve que rescatar su dentadura más de una vez al fondo de la piscina. Después comprendí que su intención radicaba en verme las nalgas al momento de zambullirme como buena samaritana. Viejo cabrón.

El cuerpo, los músculos tienen memoria, así que ahora estoy casi a la altura de resistencia de mis compañeras de nado nivel medio, y eso me llena de orgullo. Descubrí que al margen de mis traumas, disfruto enormidades nadar. Mientras avanzo en flecha y mantengo la cabeza dentro de la piscina, abandono la pésima costumbre de pensar. El agua tiene su propio lenguaje y he aprendido a disfrutar de los mensajes que nos envían cuando nosotros, torpes mamíferos no acuáticos decidimos invadir sus dominios. Aprender a respirar es una asignatura esencial para cualquier aspirante a nadador. Respirar con la boca y expulsar el aire por la nariz significa cambiar un chip que tenemos colocado en nuestro cerebro desde el día uno de nuestra existencia. No es fácil dejar de ser un mamífero para intentar emular a un pez. Pero el hacerlo es liberador, porque pretender que tu naturaleza es otra, el intentar comportarte de acuerdo a una naturaleza contraria a la tuya es morbosamente liberador. Cuatro días a la semana, durante una hora, pretendo dejar de ser una rumiante vaca para intentar comportarme como un delfín. Jamás como una sirena, ya que desde los siete años -¡gracias a Hans Christian Andersen!- considero a estas aberraciones de la mitología como patéticas e imbéciles como ninguna otra. Me gusta quitarme los goggles mientras nado con los ojos al ras del agua, porque la bellísima sinuosidad del azul me embriaga, me hipnotiza. Me invade una paz única nadar con el rostro dentro del agua, porque ahí de alguna manera, olvido el miedo. Por instantes equiparo esos momentos de tímida respiración inversa al descubrimiento de este mundo de los recién nacidos. Debe ser perturbador para ellos encontrarse de pronto en este mundo desprovisto de humedad. Me hundo, nado con fuerza y no salgo hasta que el último resquicio de oxígeno ha sido agotado de mis pulmones para emerger de lo profundo con una sonrisa, porque todo está bien, porque la nobleza del agua me perdona, me suspende, me regresa a la superficie con delicadeza. De alguna manera es nacer de nuevo. De cierta forma estoy aprendiendo que al nadar, no estoy únicamente ayudando a mis pulmones a recuperarse de sus vejas dolencias; también le doy la oportunidad a mi cuerpo a descifrar el lenguaje que esconde el agua cuando te sumerges a uno, dos metros de ella. Mi cuerpo ahora se atreve a imitar a otro animal, a uno al que no le hace falta respirar como mamífero terrestre; y lo hace sin miedo, como si tuviera escamas. O tentáculos.

Pero al evocar tentáculos me acuerdo de Lovecraft, y el miedo regresa. Entonces, pataleo, pataleo con tanta fuerza.

 

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