Crónicas de cuarentena: friend request - Animal Político
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Crónicas de cuarentena: friend request
Nuestra generación será recordada como aquella en la que puedes no obtener un trabajo, o perder uno -en el peor de los casos- a causa de un desafortunado tuit. Y también como aquella en la que las parejas necesiten de un acuerdo notariado para no hacerse daño en su timeline.
Por América Pacheco
26 de mayo, 2020
Comparte

Imagen: @giuliajrosa

De acuerdo con las leyes gramaticales de nuestra hermosa lengua, el presente indicativo se utiliza para situar una acción en el momento del habla o en un futuro muy próximo, y es auxiliar para describir una rutina o acciones que se repiten, o para aludir a situaciones estables o permanentes. Conjugar un verbo en indicativo aplicado a la existencia del hombre moderno/blanco/privilegiado podría ejemplificarse con su uso indiscriminado de las benditas redes sociales. Posteo y luego existo, será el estatus que todos los que contamos con un amigo imbécil hemos visto por lo menos una vez en la vida. De acuerdo con el análisis que anualmente lanza al mundo Hootsuite, la mitad de la población mundial usa redes sociales; es decir, 3.8 mil millones de personas utilizan al menos una red social para comunicarse con sus compadres, hijos y vecinos molestos. Las redes sociales y su natural evolución llegaron para vivir en nuestro presente y para aplicarse en el modo indicativo. Nos guste o no.

Hace tiempo leí un profético artículo del Forbes en que se afirmaba que el teletrabajo o home office es la estrategia de administración laboral más inteligente de todos los tiempos. El COVID-19 nos vino a enseñar que, para algunos sectores no prioritarios, se convertiría en la única opción laboral viable. Por su parte, los chicos malos de Frost & Sullivan mostraron un forecast que calculó un crecimiento del 35% de esta modalidad laboral. Pero ojo, este estudio data del 2018; por lo que podemos asegurar que el porcentaje calculado tendrá un incremento exponencial los años siguientes. A menos que Skynet y sus robots destruyan los servidores de todo el mundo, los sobrevivientes de la nueva peste negra estaremos más hiperconectados que nunca.

En mi columna de la semana pasada, conté sobre la medida drástica de borrar las aplicaciones de Twitter y Facebook de mi celular, con el noble propósito de recuperar el sueño y una pizca de sanidad mental. Al momento de redactar estas líneas han transcurrido 168 horas en mi vida en la que he desayunado, comido y dormido sin acceso a redes sociales activas. Todo aquel que sepa a lo qué me dedico sabrá del inmenso grado de dificultad que conlleva una acción de semejante calibre. Tres días de solaz retiro autoimpuesto sería una cuota razonable, afirmarán mis biógrafos. Sin embargo, como cada plan al que dedico esfuerzo, todo se complicó por la sencilla razón que Dios existe y me odia con furor uterino.

Imagen: @giuliajrosa.

El internet que tenían contratado mis padres era insuficiente e incompatible a mis necesidades de consumo, así que contraté a otro proveedor. Los chicos del servicio técnico hicieron maniobras nivel: ¿y si le tronamos el transformador de luz al barrio, güerita? y, pues eso. Salieron huyendo con premura y temor a ser linchados por los vecinos enfurecidos. Antes de media noche, el internet del plan que tengo contratado con Telcel pasó a mejor vida; y después de tardarme dos meses en pagar la factura de los gastos del teléfono en Europa, decidí que no contrataría megas adicionales. Me esperaría a que a la reparación del transformador al día siguiente y miré agonizar la batería del celular con resignación. Me dejé abrazar por las sábanas y comencé a sumergirme en un sueño profundo por primera vez en semanas. Ustedes no creerán lo que pasó después. Por razones que no vale la pena tratar por el momento y que se encuentran asociadas a un capítulo de Hora Marcada, durante algún momento de la madrugada desapareció por arte de magia América Pacheco, servidora y amiga, de las plataformas Facebook, Twitter, WhatsApp e Instagram. Mientras estos pulmones que se han de comer los gusanos roncaban a placer, mi desaparición fue notada por más de una persona.

A las 7:35 de la mañana del miércoles, recibí la primera de muchas sorpresas: la persona que notó antes que nadie (2:00 a.m. tiempo de México) mi desaparición es un amigo iraní que vive del otro lado del mundo. La segunda, un colega del que no me considero cercana (aunque nos simpatizamos muchísimo mutuamente) y que radica a 9,000 kilómetros de distancia, antes de las 3:00 a.m. El tercero, uno de los pocos amigos que adopté en el bajío a las 5:00 antes de que cantara el gallo. Lo curioso es que la interacción digital que tengo con estas tres personas no podría considerarse como constante. Es decir, algunos likes repartidos aquí y por allá de vez en cuando. Un par de de-emes cada mes. Pero no más. Lo conmovedor de que escribieran de inmediato al notar la desaparición de @amerikapa para preguntar si todo estaba bien, fue que se preocuparon genuinamente por mi bienestar. Esto es impagable, sin duda. Existen personas con las que interactúo activamente, los muy desgraciados notaron que este bombón había desaparecido sin dejar nota suicida cuatro días después. Los caminos del señor son inescrutables.

No sé qué motiva a las personas a extrañarte, o en qué momento te convertiste en factor indispensable en su cotidianidad, aunque no te hablen o escriban con frecuencia. También el fenómeno de que las personas que creíste indispensables en tu día a día, mostraron que lo que los une a ti es la costumbre y no la genuina pulsión por abrazarte con mensajes de voz. Mi mejor amiga nunca hace público en ninguna de las redes sociales a las que pertenece el campo de fecha de cumpleaños. Durante la era mesozoica le pregunté la razón y me contestó con una verdad de simpleza contundente: quien te quiere nunca olvida tu fecha de nacimiento. A quien verdaderamente le importas, nunca buscará la fecha de cumpleaños en tu bio.

Las relaciones afectivas y su despliegue en redes sociales son otro cantar y mares de tinta nos han envuelto y revolcado entre sus olas. Una de mis columnas favoritas es “Modern love” del New York Times y lo es porque sus articulistas desde su trinchera multicultural e hiperconectada nos regalan ensayos conmovedores en los que aprendemos como otras personas sufren y aman en tiempos del friend request.

Hace tiempo di una charla acompañada de amigos escritores y discutimos con ferocidad del gran dilema no solo de nuestra generación, sino la de nuestros hijos: ¿es sano tener interacción en redes sociales con tu pareja? ¿Hasta dónde y cómo? A pesar de que han transcurrido dos años desde aquella charla, los involucrados seguimos sin llegar a un concenso. Nada está escrito, no existen reglas inexpugnables ni acuerdos obligatorios. Gente del calibre de J.Lo, Madonna o Brad Pitt se pueden dar el lujo de establecer términos de interacción, etiquetado, publicación de stories o follows bajo el escudriño de un abogado y amañadas cláusulas de confidencialidad. Pero la gente de a pie, como usted y como yo, querido lector, tenemos que surfear en ese mar de incertidumbre y aprender nado sincronizado con otros pobres condenados. He vivido experiencias de todo calibre y que, si algún editor avisado tuviera la suficiente visión, ya me estaría ofreciendo un jugoso contrato.

Tuve un novio que detestaba que lo etiquetara en fotos, o que le escribiera comentarios afectuosos en sus posts públicos. Fue así desde el día uno de nuestra relación. Y yo, que tonta no soy, le invité un café y le pregunté qué pasaba. Me explicó con solemne elocuencia que, para él, las relaciones de pareja debían mantenerse en el ámbito de lo privado y que era una persona muy discreta. Me pidió comprensión y claro que nunca hubo en el mundo una novia más comprensiva que yo. Durante dos años tuvimos una relación intensa en lo privado y de perfectos desconocidos en redes sociales. Hasta que descubrí que su vieja reputación de casanova era la verdadera razón por la que deseaba mantenerme a raya. Tenía demasiados planes B en la cartera. Lo dejé, obviamente y comencé a salir con un chico de Bélgica. Curiosamente, el exnovio comenzó a subir montones de fotos juntos, etiquetarme en poemas y en canciones. Comenzó a traicionar sus principios de discrecionalidad y privacidad con tal de recuperarme porque, según me explicó tiempo después, había entendido que el amor también significa exponerse, ser vulnerable y arriesgar. Otra pareja tuvo un comportamiento digamos, un tanto opuesto. Comentaba todas mis fotos, daba likes y RTs a todos mis tuits e incluso, intervenía en conversaciones ajenas con otras personas sin excepción o respeto al chisme ajeno. Mandaba solicitud de amistad a todos mis amigos y subía carpetas y carpetas de fotos mías. No existía día que no publicara en mi muro una canción o que no demostrara profusamente sus sentimientos. Le tuve que suplicar que parara. Su presencia digital en la mía era equiparable a una cámara de vigilancia ADT. Yo quiero sentirme en una relación normal, no en el mostrador de una joyería kosher. Dije la última vez que hablé con él.

Ay, América, ningún chile te embona. Pues no, no se trata de chiles ni de ensamblajes. Se trata de comunicación, acuerdos, pero, sobre todo, sensibilidad a las necesidades mutuas. Considero tema de interés mundial que cada pareja deba sentarse en algún momento a discutir cómo es la manera más adecuada de sobrellevar su coexistencia digital. Hay parejas que ni siquiera se agregan a redes sociales y les funciona (dicen). Otras, se vigilan 24×24 y en un porcentaje discreto del 90% terminan en divorcio (a ojo de buen cubero). A estas alturas de la cuarentena es complicado establecer acuerdos y límites, cuando la distancia obligatoria ha convertido a las redes sociales como herramienta indispensable para sustituir los paseos, las visitas al cine, los bares y claro, a intimar. Después de evaluar los pros y los contras de las expresiones digitales de afecto interpersonales creí encontrar la fórmula más adecuada, pero a cada fórmula le llega su Heisenberg.

Imagen: @giuliajrosa.

Soy la peor preparada para dar consejos y si esto que diré a continuación suena como uno, que quede claro que la única persona que espero que lo siga soy yo. Lo más importante del comportamiento de pareja en tiempos de COVID y de distancia, es que sea cual sea el acuerdo, este nos haga sentir cómodos. Si las condiciones/acuerdos de comportamiento que les pone su pareja les provoca malestar o tristeza, es momento de analizar si ustedes pertenecen a ese lugar. Todos tenemos derecho de ejercer nuestros límites, pero también de respetar el de otros. A título personal, y considerando que soy una persona afectiva, amorosa y expresiva, no me imagino cómoda en medio de una relación en la que una expresión de afecto pública sea motivo de conflicto. Esos caminos ya los troté y a mis 44 años no concibo que una relación sana me obligue a transitar en un campo minado o a convertirme otra vez en la reina del anonimato.

Retomando la introducción a este texto, considero que desaparecer de las redes sociales es menos complejo que chapalear en ellas. Desaparecer sin rastro puede simbolizar la no existencia en un mundo dónde es indispensable existir de cualquier manera posible. En muchas empresas se rastrea el comportamiento digital de un empleado que aspira por una posición en la organización de marras. Por supuesto que jamás veremos en el feedback de RH como motivo de no contratación: comparte memes de Trump. Pero les juro que los reclutadores ya hicieron ese trabajo.

Nuestra generación será recordada como aquella en la que puedes no obtener un trabajo, o perder uno -en el peor de los casos- a causa de un desafortunado tuit. Y también como aquella en la que las parejas necesiten de un acuerdo notariado para no hacerse daño en su timeline. Nuestra decisión se antoja contundente: ejercemos el presente indicativo de existencia o abrazamos sin pudor el anonimato de un pasado perfecto.

Sea cuál sea la postura que elijan, no olviden darle share a este articulo. No sean así.

@amerikapa

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.