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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Del “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” al “si te vi, ni me acuerdo”
Por América Pacheco
14 de abril, 2011
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“How happy is the blameless vestal’s lot!, the world forgetting, by the world forgot.

Eternal sunshine of the spotless mind!, each pray’r accepted, and each wish resign’d”.

-Alexander Pope

 

Sosteniendo una charla vía tuiter con Marcos Pico ( @marcosipico ),  divagamos brevemente acerca de los fantasmas que incomodan cuando nos encontramos en completa soledad, de la nostalgia que te muerde dolorosamente, de los insoportables recuerdos que desearías que fuesen extraídos de tu memoria y las ventajas de tener el poder de aplastar sueños que laceran profundamente vía lobotomía parcial.

 

Súbitamente salió a colación la película “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” (Eternal sunshine of the spotless mind), filme dirigido por Michel Gondry en el 2004, quién echó mano del onírico guión de Charlie Kauffman, para conseguir un filme intenso, delirante, surrealista, cargado de una enorme capacidad reflexiva, y que terminó por inspirarme para escribir el post de hoy.

 

Para aquel despistado que desconozca este filme, sería complejo explicar la trama sin develar el final que a resumidas cuentas, es el principio.

 

 

Joel (Jim Carrey) y Clementine (Kate Winslet) son una solitaria pareja que se encuentra por casualidad en la estación de tren que los llevará a la cercana y gélida playa de Montouk. Aunque Joel y Clementine parecen –y se saben– dos perfectos desconocidos, paradójicamente no es así. Muy poco tiempo atrás, ambos acudieron a LaCuna Inc. a someterse a un complejo procedimiento experimental, donde el doctor Howard Mierzwiak (Tom Wilkinson) se encargó de borrar selectivamente de su memoria, la intensa relación amorosa que vivieron, así como la existencia del uno en la vida del otro.

 

Esta tesis obviamente no es nueva. No sólo los cineastas o guionistas han planteado la posibilidad de que la tecnología pueda ofrecernos la facultad de borrar de nuestra memoria de forma aislada, los episodios más dolorosos de nuestra vida; incluso, la ciencia misma ha experimentado el complejo laberinto de la mente humana durante décadas intentando paliar traumas psicológicos severos.

 

“Científicos de varios países desarrollan métodos para eliminar los malos recuerdos del cerebro. Ellos dejarían de atormentar a la gente, pero aún no se sabe a qué precio.” *

 

La principal preocupación de los científicos estriba en que el cerebro reciba daños colaterales al someterse a estos procedimientos –esto sin considerar las posturas en contra por motivos éticos y morales-. El filósofo Mathew Liao, de la Universidad de Oxford y el neurocientífico Anders Sandberg exponen lo anterior en un ensayo reciente:

 

“Los recuerdos nos dan la idea de lo que somos. Si somos cobardes o valientes, altruistas o egoístas, generosos o tacaños. También nos identifica con alguna ideología.” *

 

Más allá de cualquier soporífero argumento, yo realmente me pregunto: ¿Qué carajos me gustaría olvidar? ¿y con qué propósito?

 

Si bien es cierto que la memoria es una afilada navaja y puede lastimarte sin piedad, la memoria de nuestro pasado es el cuento, la novela y el ensayo de nuestros pasos en esta tierra. Sin ella no seríamos más que un fardo ambulante que desconoce la fuerza motriz que lo impulsa a volver la mirada a esa lejana ciudad, ignoraríamos la inercia que nos empuja a mirar obsesivamente esa película de Wenders, cada martes de luna llena, o por qué hemos decidido dejar de mentir. Quizás no tendríamos la oportunidad de identificar que cada fisura en nuestro interior sirvió para construir una muralla poderosa e indestructible.

 

Joel, acudió a LaCuna Inc. a que borraran cada recuerdo que tuviera en su memoria de Clementine, porque ella decidió hacerlo primero, no porque él lo deseara realmente. Mi parte favorita del filme es -a mi gusto- uno de los momentos más logrados de la cinta. Durante el proceso de borrado de memoria de Joel (que consiste en ir borrando uno a uno de los recuerdos que tiene de Clémentine y que comienzan desde el más reciente, al más antiguo) llegamos a uno de los más entrañables que tiene de ella, de la feliz época en la que se amaban locamente y se encontraban bajo la sábana roja, desnudos…felices.

 

En este instante, el subconsciente-consciente de Joel decide negarse a olvidarla a pesar de todo, pero el procedimiento es implacable. A punto de ser borrada la última postal de su memoria, ella le susurra al oído: “búscame en Montouk” . . . justamente el lugar donde de manera impulsiva, ambos deciden acudir al inicio de la cinta sin una maldita razón aparente. El resultado al fin cobra sentido: se vuelven a enamorar.

 

Porque puedes borrar a una persona de tu mente. Sacarla de tu corazón es otra historia.

 

 

 

A título personal. me niego a olvidar mis recuerdos y aunque a últimas fechas muchos de ellos sean autenticas navajas, decidí desistir en mi febril búsqueda de LaCuna Inc. en complicidad de Marcos Pico (lo siento, estimado…me bajo del barco).

 

En vez de ello, decidí comprarme un bellísimo baúl antiguo donde coloqué cada recuerdo y cada imagen cuyo único propósito ha tenido lacerar mi vida. Mi nueva adquisición zarpará en el próximo buque cuyo destino es la isla desierta que elegí para pasar los últimos días que me resten por vivir. Para entonces, todo lo que contenga su interior, ya será incapaz de hacerme daño.

 

Sin embargo, aún tengo una inquietud.

 

Si ustedes se enteran que existe una máquina que rescate recuerdos ya olvidados, avísenme por favor. Quiero con toda mi alma recordar la noche del 19 de septiembre de 2009.

 

Esa noche me encontraba en Barcelona, España, en “Las Ramblas” festejando las fiestas de la merced con mi mejor amigo y sus camaradas de todas partes del mundo. África (una hermosa chica española) y yo, nos convertimos en el alma de la fiesta (así como la reencarnación de la pena ajena). La continental metáfora de nuestros respectivos nombres hizo estragos. No recuerdo el partido del Barça, nuestro enloquecido baile, nuestro barullo. Aseguran que nos desnudamos sin pudor alguno, para después hurtar su silla de ruedas a una anciana. Nadie entiende como abrimos un grifo de agua que usan los bomberos, para -manguera en mano-, correr al grupo de flamenco que tocaba al aire libre junto a nosotras. También afirman que golpeamos a dos turcos, que destrozamos las sillas de un restaurante, que cantamos -en lenguas- con dos pakistaníes  y sólo porque aseguran que existe un dios, no acabamos en la cárcel.

 

Mi euforia sólo era equiparable a mi absoluto estado de ebriedad. La obsesión por recordar esa noche, no es gratis. . . horas antes, me habían roto el corazón en un lejano aeropuerto y mi maldita memoria selectiva sólo recuerda el episodio que ya se encuentra guardado en mi flamante baúl antiguo.

 

Quiero recordar mi euforia y esas lágrimas que todos mis amigos aseguran, eran de la más pura y auténtica felicidad.

¿Quién no querría recordar tanta dicha?

“Todos tenemos recuerdos que nos avergüenzan o que desearíamos que no hubieran pasado. Pero los sentimientos incómodos que evocan evitan que cometamos errores en el futuro. Aprendemos por la experiencia y esos recuerdos son los que nos hacen ganar sabiduría” *

Dr. Matthew Lattal

 

América Pacheco.

 

*Fuente: semana.com

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