close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Doo Uap
Por América Pacheco
1 de marzo, 2012
Comparte

 


“t don’t mean a thing, If It ain’t got that swing”

-Gabin-.

Para el Flavor´s Club (que no se acaba ni se destruye, sólo se transforma).

Geografía urbana. Espacios multitudinarios. Habitantes caminando con prisa, desplazándose por las arterias de una metrópoli. Las grandes urbes, esconden miles de millones de historias, historias que no se encuentran debidamente marcadas en los señalamientos, hay que mirar de cerca, con ojos miopes. Bajarte en la estación equivocada motivado por un descuido, puede cambiar la ruta de tu mapa para mandarte –quizá a la luna- sin que lo notes. La conducta humana sostiene un silencioso amorío con su hábitat. La intervención de cada individuo en la composición del medio ambiente es lúdica, creativa. Nosotros, como transeúntes temporales de los caminos, avenidas, túneles, escaleras y estrechas calles, creamos juntos historias bordadas, tejidas y estampadas. Todas invisibles. Todas a la vista. Todas a modo de señales.

Metro Rambuteau.

Perder el ritmo es sencillo, pero perder un día de tu calendario, puede desatar la teoría del caos en pleno, o quizá, regalarte los tres mejores días de tu viaje. Aprovecho este espacio y generosa difusión para denunciar que alguien me robó el miércoles 7 de febrero. Y si no me fue hurtado, lo extravié en algún momento que soy incapaz de recordar. Supongo que después de doce días de ejercer un puntual oficio sibarita, extraviar la escala consecutiva del calendario justifica e invalida con tibieza, la estupidez congénita de cualquiera.

Mi calendario personal me indicaba que era jueves 8 de febrero, así que sin darme cuenta, empalmé dos compromisos el mismo día, pero en horarios y geografías absolutamente opuestas La extrañísima fórmula de comunicación en tres idiomas, un dialecto y lenguaje de señas que sostengo con el artista, contribuyó que él confundiera las 9:30 con las 21:30, o que yo lo hiciera, da igual. El punto es que terminé aceptando de buena gana un desayuno cuando el plan deseable era nocturno.

Recuerdo que esa mañana disfruté la primera nevada de mis vacaciones, mis retinas en verdad extrañaban disfrutar esas baldosas granito decoradas de blanco estalactita. Caminaba sin prisa sobre la rue Rambuteau pateando nieve rumbo al café La Fusse, justo a dos cuadras, en la rue Saint Denis, cuando me detuvo un -“Hola”- y unas botas que también pateaban nieve, pero con menos gracia. Beso, abrazo y pasos acompasados. El café se encontraba tan cerrado y nosotros tan hambrientos, tan muertos de frío, que ejecutamos el plan B: almuerzo en su casa. Él se ofreció a preparar una pasta y yo, a encender el anafre, cualquier cosa, pero rápido.  Al final del día, ese almuerzo express se convirtió en un delicioso orgasmo de platillos persas. Cocinó la hermosa abuela recién llegada de Irán. La sobremesa fue encantadora gracias al tío recién llegado de Los Ángeles que había perdido un vuelo con destino a Portugal. El té con galletas en la salita de estar, inolvidable a causa del padre que tocó intempestivamente la puerta y que nadie esperaba. Deliciosas casualidades. Ingredientes orientales. Intimidad. Hospitalidad. Confianza. Pies descalzos. Cariño que extraño cada día.

Metro Jaurés/ La Byciclette.

Mi amigo Anton Botic me invitó a un bar de nombre La Byciclette que se encuentra a la altura del metro Jaurés; en la calle Chaumont.  Anton, organiza un show acústico improvisado “Folk ´em all” (concepto muy de moda en París) en el que músicos y cantantes profesionales, invitan a participar en sus presentaciones a cualquiera que así lo desee mediante previa inscripción.  Sería mi primera experiencia kararocker, confirmé mi participación de inmediato en la página del evento.

Anton me había dado la dirección un día antes, y cuando la busqué en mi app de mapas y rutas, me di cuenta que sería complicado llegar. Nunca había ido a ese rumbo, nada  me parecía conocido, la línea cinco del metro era un misterio para mí. La estación Jaurés me pareció laberíntica, complicada y potencialmente siniestra, pero al salir a la superficie y después de mirar  a todas direcciones posibles, pensé dos cosas, ahí, parada en medio de la nada: que el interior era la estancia de juegos del Jardín de Niños Pinocho y que el exterior me resultaba sospechosamente parecido al paradero del metro Observatorio, pero con la variante de tener un pequeño canal congelado.  Como mis entendederas fueron capaces de reaccionar, caminé sobre la rue Secretan dos calles, hasta dar con rue Chaumont. Entré a La Byciclette aliviada.

El evento comenzaba a las 20:00 horas, mi tardanza de casi hora y media, me hacía pensar que en el interior me encontraría con una auténtica romería, pero no fue así. Al abrir la puerta me encontré un establecimiento, confortable, originalmente decorado…y semi vacío. Me acerqué al primer rostro amigable del lugar. Le pregunté por Anton. El rostro amigable –y bartender- hizo cara de circunstancia. No conocía a Anton. Elegí  la mesa más cercana a la barra, pedí una copa de vino afrutado y busqué desesperadamente mi teléfono. De sólo tener el teléfono frente al rostro supe que yo era una pendejaza de grandes ligas. La fecha no se equivocaba; era  MIÉRCOLES siete de febrero. Lo de Anton era el JUEVES ocho. Quizá mi rostro dijo más que mil maldiciones. El rostro agradable se acercó a preguntar si todo estaba bien. Derrumbada, opté por pedir de cenar mientras le explicaba la razón de mi errática presencia en el día incorrecto. Su rostro se tornó aún más agradable. Me atendió con especial deferencia, y me regaló más sonrisas que todos los parisinos en los anteriores días. Al terminar mi cena, se acercó a mi mesa un gentil anciano de sombrero, vestido de negro. No entendí ni una palabra de lo fuera que haya dicho. Así se lo hice saber en pésimo francés.

¿hablas español? –me preguntó con marcado acento hispano. –Claro – contesté-, soy mexicana.

-¡Entonces debo sentarme en tu mesa, coño..amo tu país, voy cada año al Festival Cervantino!

El anciano de sombrero negro se llama José Luis González, nació en España,  y es el maestro del tradicional  teatro Guignol de Champs Elysees.  No sólo resultó –efectivamente- todo un fanático de mi país, sino un profundo conocedor de la historia, literatura y política de México. No fue una noche cualquiera. Sin darme cuenta, mi mesa se fue llenando de amigos, de personas cálidas. El rostro amable más tarde me explicaría –después de intercambiar Facebook– , que estando tan alejados de la zona turística de París, ese bar era visitado únicamente por vecinos de la zona; esa y no otra, era la razón por la que se respiraba un ambiente tan festivo, cálido. Todos se conocían, todos se saludaban y brindaban de una mesa a otra, salían a fumar juntos y compartían las mismas bromas, carcajadas. Sin darme cuenta ya era la media noche. José Luis ofreció acompañarme al metro, no sin antes, invitarme a su casa, a una cuadra del La Byciclette, quería mostrarme sus títeres y prestarme un libro. Accedí sin el menor indicio de cautela, esa ya la había extraviado en una mesa, dos horas atrás. Esa noche no era la propicia para recelos. Por alguna razón estaba yo ahí, cuando no debía. Decidí seguir las señales, el camino amarillo.

Me despedí de todo mundo prometiendo regresar al día siguiente. En casa de José Luis tuve la fortuna de conocer, acariciar y fotografiar a sus preciados títeres. Unas joyas de valor incuantificable. Algunos de ellos tienen más de ciento cincuenta años, me costó mucho trabajo soltarlos, dejar de conocer su historia, antigüedad, las cuencas de sus ojos. La vida de José Luis merece cuento y espacio exclusivo, es toda una leyenda.

Caminamos al metro. Al abrazarme me dijo un piropo regio. Le guiñé un ojo. –Te veo mañana, te regresaré tu libro sin  falta- prometí. Por supuesto que le cumplí a ese santo bebedor.

El verdadero jueves regresé a La Byciclette. Anton me recibió con un abrazo generoso, dulce. Su rostro fue un verdadero poema a la estupefacción, cuando miró que saludé a todo mundo con tanta familiaridad, cuando repartí tantos abrazos, miradas de complicidad. Sufrió un ataque de risa cuando supo mi aventura del día anterior. Evidentemente me convertí en la broma de la noche. No me importó. Reí, grité, aplaudí, canté y bebí con alegría histérica. Disfruté una auténtica noche de bohemia parisina. Salí con más amigos que el día anterior. Florence Ascouet me llevó hasta la puerta de mi hotel en su auto y el chico del rostro agradable de extraño nombre, me invitó a salir al otro día.  Acepté.

Les dejo un pedacito de la noche:

Showcase/Pont Alexander III.

Nos citamos en La Byciclette. En cuanto ocupé mesa, me conecté vía skype con mi amiga Gabriela Gómez Macal para compartir la maravilla del ambiente. Se divirtió y disfrutó como si ahí mismo estuviera, le gustaron las lámparas de bicicleta…le gustó el bartender.

Loic Le Bourg y yo emprendimos marcha al club que -prometió- me fascinaría. Cuando pagó el taxi y asomé mi cabeza a la calle, padecí  escalofríos no atribuibles a la temperatura que alcanzaba los 15 grados bajo cero. Estábamos pasada la media noche, frente al Pont Alexander III, el más hermoso y magnifico puente monumento de la ciudad luz. No me importó el viento, ni el frío atroz. Estuvimos mirando el insuperable paisaje hasta el borde de la hipotermia. Nos resultó hipnótica la luz, los pilares, la música, la gente caminando de la mano como si fuera un día soleado, como si la vida y sólo la vida importara.

 Showtime, es EL CLUB.  Se encuentra justo debajo del puente Alexander III. Adentrarse en este lugar es trastocar cualquier tipo de cliché literario que se tenga en mente respecto a la vida bajo los puentes parisinos. Quizá Joseph Roth no soportaría esta visión de distorsionada realidad. Nos sumergimos en la vorágine de música, baile, belleza, locura. No hubo forma de sentarnos en ningún lugar, la turba nos arrastró donde quiso. Lo único que pudimos hacer fue mirar sin charlar. Salir a fumar. Embriagarnos de arte, de mutuo perfume.

Algo hay de cierto: no sólo de clochards se alimentan los puentes, Roth y su “Leyenda del Santo bebedor”, nos sembraron metáforas cínicas, poéticas y demoledoras. Pero los milagros no paran, suceden, todo es posible bajo la bruma y el frío. El Sena sigue siendo testigo de la involución del arte, de la evolución de la vida.

Sólo echen un vistazo a la locura del Showtime:


 

Loic y yo nos vimos por última vez un día antes de regresar a México. Elegimos el café Le Comptoir des arts para comer como chicos grandes. Nos abrazamos en las escaleras del metro, él tenía que escapar a su segunda chamba como DJ, yo debía hacer maletas. Prometimos seguir en contacto, no dejar de escribir. ¿Escribir? seguro, siempre.

Experiencias como estas, que desencadenan propósitos y giros de tuerca en términos de tiempo, espacio, causa-efecto; me resultan poderosas y necesarias. La teoría del caos se desata por desviaciones inusitadas, rediseñando nuevas trayectorias por cada error o intervención que irrumpa el sistema sin golpe avisa. Bienvenido sea a mi vida el caos, mi viaje cancelado a Dinamarca de última hora, mi maleta que regresó con regalos no entregados. Estos días que no debían vivirse en esos trazos de mapa, amplificaron mis variables venturosamente. Si el aire que mi aleteo causó por mi paso en la vida de ese puñado de personas que contribuyeron a regalarme semejante viaje, provoca sismos en latitudes ajenas, asumo el costo, me juego el resultado de la ecuación.

No puedo despedirme sin decir gracias.

Anton, Lalo, Alain, Pierre, Florence, Maëlys, Loic, Familia Danesh, Alex, José Luis, Mustafat, Christine, pandilla bicicletera . . .cada uno a su manera, consiguió hacerme sentir consentida, esperada, adorable, hermosa, chispeante, elegante, insustituible.

Mención especial –claramente- para Monsieur Av Rosen, cuya presencia ha sido constante en cada viaje, desde mi primera crónica publicada, hasta hoy. No tengo ni cómo pagarle por arrastrarme a esa conferencia de prensa para ser testigo ocular de que para mí,  no existen más ideales primer mundistas, por llevarme a conocer verdaderas pérdidas que equilibraron mis prioridades justo cuando era necesario. Le agradezco su caminata incansable en un barrio que no le era familiar, por preguntar en cada esquina, por no parar hasta que dimos –al fin- con ese recóndito lugar donde se preparan las crepas más deliciosas del barrio latino, todo porque mencioné distraídamente que tenía hambre. Por la broma que le hizo a Jairo Calixto Albarrán que nos tumbó de risa, por querer de inmediato a Rafael Tonatiuh, por consentirlo y estar al pendiente de él. No olvidaré que estuvo al tanto de mi cada día, ni sus llamadas diarias, el amor de su madre tan bella, por sacarme de mi tristeza repentina a punta de jalones. Por emocionarse con mis hijos, también con mi felicidad. Por dejar muy en claro sin decirlo, que será mi amigo mucho tiempo. Por demostrarlo, porque un amigo lo hace sin que lo pidas, exactamente como lo hizo él…con swing.

 

À bientôt . . .

América Pacheco.

 

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.