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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Dorada
La mayor virtud narrativa de David Miklos es justamente su ritmo. Avanza entre un párrafo y otro, del mismo modo de las pulsaciones sanguíneas. Recuerda al lector que el recurso más simple para obtener consciencia de su propia vida, sólo es menester llevar dos dedos a la muñeca izquierda y comprobar por uno mismo que dentro de nosotros embulle una infatigable y espumosa existencia.
Por América Pacheco
20 de junio, 2014
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Portada Dorada

 

The future is dark, with a darkness as much of the womb as of the grave.

Rebecca Solnit, Hope in the Dark.

 

Hablar de la última entrega literaria de David Miklos (San Antonio, Texas, 1970), nos obliga a sumergirnos en obligada retrospectiva de su personalísima narrativa, ya que de alguna manera u otra, cada una de sus novelas penden de la misma cuerda, y sería imposible denominarla “literatura huérfana” porque existe una peculiar membrana que resguarda y conecta: todas sus obras provienen del mismo útero creativo. Desde La piel muerta –su primera novela-, hasta Dorada, la más reciente huésped de la colección de narrativa erótica “Sonrisa vertical” de la editorial Tusquets, el lector puede iniciarse en el viaje apocalíptico de un escritor que goza perfumar su perturbadora atmósfera literaria de crueldad y desolación, de incendio, hemorragia, reproducción y salvación: justo desde el centro mismo de la uterina creación humana. Todo está conectado y representado por cabinas-úteros. Viajes plagados de metáforas, de génesis, de exquisita elocuencia orgánica y pausada. La mayor virtud narrativa de Miklos es justamente su ritmo. Avanza entre uno párrafo y otro, del mismo modo de las pulsaciones sanguíneas. Recuerda al lector que el recurso más simple para obtener consciencia de su propia vida, sólo es menester llevar dos dedos a la muñeca izquierda y comprobar por uno mismo que dentro de nosotros embulle una infatigable y espumosa existencia.

 

A una pulsación.

A otra.

Corte.

Otra.

Como el orgasmo.

Cómo el último suspiro.

Cómo el ritmo mismo de la vida.

 

 

Les dejo esta breve y heroica entrevista a David Miklos.

david miklos

 

1.- Dorada y Brama guardan para mí un guiño quizás absurdo o inexistente. Ambas, además de su corte erótico, son novelas cuyo título se compone de un vocablo solitario. ¿Cómo elegiste el título de tu novela?

En el caso de Brama, no fue fácil: el manuscrito original se llamaba “Memoria de las bestias”. En la editorial, dado que la novela se sumaría a la colección de erótica La sonrisa vertical, querían un título más pegajoso y, acaso, sexual. Pensé entonces en “Celo”, pero en España así le dicen al diurex y me dijeron que pensara más. Pronto mi editora y yo llegamos a Brama, que tiene que ver con las bestias y con todo lo que en la novela ocurre. Dorada, por su parte, siempre se llamó Dorada: dorada la ciudad, dorada la mujer, dorada la piel, dorada la cabellera (aunque sea negrísima: importa su brillo), dorada la lluvia, dorada la carne y todas sus connotaciones sexuales.

 

2.-David, Dorada es absolutamente orgánica. ¿Cómo te las arreglaste para que el lector sea capaz de oler tu historia?

Estamos muy acostumbrados, mal acostumbrados, a depender de la vista. La pornografía suele estar vinculada exclusivamente con la vista (y, claro, con el tacto, cuando haces uso de ella, pero de manera, digamos, limitada). El erotismo o la narrativa sexual debe recurrir a los demás sentidos, sobre todo si vas a hablar del cuerpo, más aún si vas a hablar del cuerpo femenino, de sus pliegues y de sus secreciones. El cuerpo femenino es un mar: lo hueles, lo escuchas, lo pruebas, lo sientes en la piel y luego, de nuevo, lo miras. Lo mismo ocurre en Brama, creo. Aunque Dorada es tal vez más hedionda y, a la vez, perfumada.

 

3.- No tendrás rostro fue una novela apocalíptica. Dorada también lo es. ¿Cuál es el vínculo narrativo entre ambas? ¿Lo hay?

Lo hay. Dorada es, más que la segunda entrega de una trilogía, una especie de paréntesis que vincula a No tendrás rostro con la novela que ahora escribo y que es cruel y desalmada, en oposición a la benevolencia del Palomar y sus personajes. Concebí a Dorada como una suerte de respiro onírico (y mojado: repleto de sexo), como una especie de narración liminar, un relato que sirve de frontera entre la esperanza de No tendrás rostro y la destrucción total, sin matices, de la novela que le sigue (y esto sólo lo sabes tú, por ahora). En Dorada se acabó el mundo del protagonista: es un apocalipsis íntimo, con cierto dejo utópico (sexualmente hablando).

 

4.-  Tu Dorada –la Ciudad– me recordó las grietas de otra ciudad apocalíptica: Costarricania, lo que además de erótica, tu novela coquetea soberbiamente con la ciencia ficción. ¿La concebiste en esta tesitura?

Sí, pero es una ciencia ficción pre tecnológica. Es decir: kafkiana. Dorada, la ciudad, es un encierro. Como ocurre con la ciudad de Los inconsolables, de Kazuo Ishiguro, o con el hotel de Barton Fink, de los hermanos Coen (dos de sus influencias, sin duda). Es, Dorada, un mal burdel: puedes entrar pero no puedes salir (en apariencia), como sucede con “Hotel California” de los Eagles y su “warm smell of colitas” (es una broma obligada). Había pasajes ultra modernos en Dorada (como ocurre en No tendrás rostro), pero decidí sacrificarlos, regresar a la condición humana más primitiva, ahora sí, en Aguafuerte y con las hijas de U.

 

5.- Brama trajo imágenes a mi memoria del escritor francés Pierre Klossowski y Dorada al polaco Stanislaw Lem. ¿Estoy tan mal?

Klossowski, sí, totalmente. Y su hermano Balthus. Pero, por encima de todos, Bataille. A Lem no lo he leído, pero a Philip K. Dick, sí.

 

6.- Te veo muy cómodo escribiendo literatura erótica. ¿Habemus trilogía?

La siguiente novela no será erótica, sino tanática. Y se acabó. Exploraré otra vena narrativa, ahora. Aunque no adelanto nada, no se me vaya a pensar precoz. Luego tengo una novela que imagino seria y total y amplia. Pero siempre digo lo mismo y termino escribiendo estas novelas breves y olorosas y todas útero. Ya veremos.

 

7.- Desde La piel muerta, he descubierto en tu  trazo literario un leitmotiv reconocible: el útero materno. La descendencia ignota. Dímelo todo.

Escribo desde el útero: has leído bien. Pero mi útero, como soy hombre, es exógeno. Es, de algún modo, la urna que aparece al principio de La piel muerta, que es a la vez bebé y madre muerta. Y es, también, la caja desenterrada en No tendrás rostro, con el resto de un cordón umbilical como tesoro. Más que de creación (no soy Dios), mis novelas son de procreación: su contenedor es, sí, un útero. La casa de Brama, el protagonista ulterior de la novela, es un útero descompuesto. Y tanto en La gente extraña como en Dorada hay úteros a granel: todo es fertilidad, aunque sus protagonistas, masculinos, estén condenados a la desaparición. Las mujeres heredarán la tierra: basta con ver Jurassic Park para entenderlo. El caos, que es también creación, es femenino: allí tienes a Pandora. Pero divago, de pronto.

 

 

América Pacheco, Ciudad de México, 16 de junio de 2014.

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