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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
El cuento de mi vida
Por América Pacheco
3 de febrero, 2011
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“Dedicado a Víctor Vallejo, porque soportó”

Cuando yo era niña, pocas cosas me hacían feliz. Mis padres eran ausentes por sus respectivas actividades siempre impostergables –aunque no siempre respetables–. Crecí sola y a merced de los nulos cuidados de la muchacha de pueblo en turno.

No puedo decir que no haya sido una niña feliz, incluso pienso que tal vez ningún niño lo sea. La niñez es un bestiario de defectos y virtudes llevadas al extremo, ningún humano es tan soberbio, envidioso, innoble, cruel, puro y bondadoso como un infante. Un niño es vivir al límite las emociones. En mi caso, era la tristeza lo que siempre llevé al límite.

Viví triste por soledad y abuso. Pasé de ser el regalo prometido de mis padres para después ser el objeto invisible que también olvidaron usar. Nunca los culpé, ni aún ahora: estaban demasiado ocupados en hacerse infelices el uno al otro con absoluta devoción. Nunca encontré resonancia en ningún otro miembro de la familia durante mis primeros años.

Recuerdo que convertí mi niñez en un mundo de evasión y fantasía. Todo lo que quería tener y mis padres no pudieron o no quisieron comprarme y que mis amigas del colegio si tuvieron, lo construí yo misma. Yo, con mis propias manos fabriqué –con materia prima más modesta– la réplica casi exacta del cuarto de Erika, mi insoportable compañera de primaria. Y digo casi exacta porque lo único que no logré imitar fueron sus libros. Siempre pensé que sus padres le habían comprado todos los libros de cuentos que han existido sobre la faz de la tierra. Para ser franca, Erika nunca fue de mi agrado. Por el contrario, era irritante, llena de tics nerviosos, ruidosa y en exceso ególatra, pero yo amaba sus libros y siempre me inventaba cosas para acabar en su casa haciendo algún trabajo escolar o jugando un estúpido juego de mesa. Todo por el placer de continuar devorando la enciclopedia de Hans Christian Andersen que decoraba polvosamente su recámara.

En mi casa nunca faltaron libros –que quede claro–, pero nunca me compraron cuentos. Mi padre tal vez pensaba que mi febril e infantil imaginación no necesitaba cuentos de hadas, que con Octavio Paz y su laberinto de la soledad, que Descartes y su discurso del método tendría mi suficiente dote de realismo, pragmatismo y análisis elemental de la conducta humana. Ja.

¿Acaso él nunca pensó que si yo leía “La Sirenita” entendería que renunciar a mi propia naturaleza por el simple amor a un individuo malagradecido sólo obtendría como premio ser convertida no en cenizas, sino en espuma de mar?

¿Acaso jamás pasó por la cabeza del viejo que si leía el “Traje Nuevo del Emperador” entendería a buena hora que la adulación sólo corrompe y que se necesita tener los ojos –más crueles que honestos– de los niños para decir la verdad y desnudar el vicio?

Creo que nunca lo pensó. Pobre…en su remota infancia, sus padres tampoco le compraron un miserable libro de cuentos, vaya, un libro de cualquier tipo.

Siempre odié las cenas de navidad y podría decir que todas eran predecibles, somníferas. La casa de la tía Teresa y el Tío Miguel era la antesala al infierno. Sin embargo, hubo una diferente.

La noche de navidad de 1984 me senté en el sillón de la enorme sala junto al Tío Miguel, estábamos solos. Todos mis primos jugaban en algún lugar remoto de la casa, pero yo, fiel a mi costumbre de alejarme de todas las personas de mi edad, decidí acompañarlo a ver la televisión. Lo que vi cambió mi vida para siempre.

En el canal 11 estaban transmitiendo un especial de cuentos animados de navidad, el primero de ellos “El gigante egoísta” de Oscar Wilde.

Lloré dos horas sin parar.

No me mizo llorar el jardín cercado, la muerte de las flores, la primavera dormida o los niños tristes por ver amurallado su principal centro se gozo y placer que era el jardín del gigante. Tampoco lloré por el escuálido niño de manos y pies sangrantes. Lloraba mares por el Gigante. . . nunca había visto la soledad retratada de esa forma, no era el egoísmo lo que merecía una lección. Lo merecía su soledad.

Descubrí que Oscar Wilde había escrito no sólo el cuento del gigante, sino un libro repleto de ellos. No descansé hasta obtenerlo. Ese libro no lo tenía Erika, lo que es más, ningún libro de los que ella poseía me gustaba tanto como este. Tardé un año en  conseguir las obras completas de OW. A los 10 años había leído hasta la última letra escrita por el genio irlandés. Desde los 11 años supe que, a modo de peregrinación a  “La Meca”, existía un lugar al que debía ir algún día: Pére Lachaise, el cementerio donde descansan los restos del escritor.

En el año 2009 caminé de la mano del hombre que amaba por esos hermosos senderos que se encuentran en el distrito XX de París. El cementerio de Pére Lachaise es único en su tipo y bello como ningún otro que conozca, alberga en su interior más de siete mil tumbas. En muchas, reposan los restos de personajes notables para Francia y el mundo, pude visitar infinidad de ellas, pero yo sólo quería una.

Christophe me preguntó mientras buscábamos la famosa tumba por qué me gustaba tanto ese escritor tan poco apreciado por el sector femenino debido a su ya célebre misoginia, a lo que simplemente le contesté que lo mismo me daba si Wilde practicaba la misoginia o necrofilia, que yo lo amaba entrañablemente no por que su obra parezca a mis ojos como uno de los legados más importantes a la literatura universal, o por haber poseído una de las mentes más agudas, brillantes y exquisitas de su tiempo. No era por ello. Le dije que yo lo amaba porque cuando tenía 8 años, él me rescato del polvo y la tragedia para llenar mi habitación de alegría, de magia y metáfora, porque desde que lo descubrí nunca pudo abandonarme, nunca pudo soltarme, porque me sonrió con esos ojos espléndidos acomodando su sombrero de ala, su fino bastón para llevarme de la mano al mundo del que decidí no salir jamás. Chris besó mi cabello, abrazándome fuertemente durante lo que pareció una eternidad.

Cuando llegamos a su tumba no hice más que llorar y murmurar en voz baja:

“Oscar, la niña a la que le tocaste el corazón una navidad de 1984 vino a besar tu tumba y a agradecerte con lágrimas en los ojos –tributo perfecto– que la arrancaras de su tristeza y soledad cuando nadie más quería hacerlo. Gracias Monsieur Wilde, siempre serás el más grande porque gracias a tí esa niña decidió no crecer, no lo hizo entonces y no lo hará jamás.”

Me alejé de la cripta y prometí volver. Lo he hecho dos veces.

Y regresará la golondrina, golondrina, golondrinita . . .

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