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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
El gran tirano
Por América Pacheco
31 de marzo, 2011
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Para ti papá, grandísimo cabrón.

La primera vez que recuerda haberlo visto, fue a través de una ventana del cuarto piso del Centro Médico. Era un hombre severamente desmejorado, delgado, cabeza a rape, con bata de hospital y mirada perdida. Aún recuerda el débil saludo de su mano derecha. No entendía la razón por la que ya no vivía en casa y tenía que visitarlo a distancia y saludarlo desde el estacionamiento del hospital, era una situación demasiado complicada para ser entendida por una pequeña de 3 años de edad.

 

El hombre de la ventana era su padre.

 

A los pocos días su situación empeoró, los médicos lo desahuciaron después de una delicada intervención quirúrgica. Padecía una enfermedad cerebral que acabó por convertirlo en un vegetal. Los neurólogos le perforaron el cráneo y le hicieron dos orificios para liberar presión y sangre, pero los demonios se quedaron dentro.

 

-“Elva, no tiene caso que continúes de esa manera, sin dormir, ni comer” -le dijo el doctor Báez mirándola con verdadera pena.
“Llévate a tu marido a casa. Morirá pronto, no hay mucho que hacer por él a estas alturas”.

 

Ahora que es adulta y que ha hecho verdaderos esfuerzos por rescatar su más lejana infancia, se dio cuenta que guarda breves imágenes en su memoria de esos tiempos a modo de postales carcomidas por la erosión salvaje del tiempo, pero el llanto contenido de su madre, la frágil mujer que todos llamaban Elva lo recuerda tan nítido, tan potente, tan parecido al ensordecedor lamento de una locomotora antigua.

Pero su padre, siendo fiel a su naturaleza indomable, no murió.

En casa y a la par de su hija comenzó de nuevo. Comer, hablar, caminar y recordar todo lo aprendido en 38 años de vida anterior. Su fortaleza era sólo equiparable a su asombrosa recuperación.

 

Es muy probable que el poderoso vínculo que los une, obedezca a esos días en los que ambos usaban pañales, se tambaleaban al caminar y se negaban a comer la sopa.

 

En un lapso de dos años, “el desahuciado” había recobrado absolutamente todas sus capacidades psicomotoras. Su carácter y esa furia que lo han convertido en leyenda, habían regresado.

 

Una de las primeras decisiones que tomó posterior a su milagrosa recuperación, fue que su hija no sería una blandengue y cursi escuincla más para la estadística. Debía tener muchos huevos. Y en conseguirlo, se esforzó con puntual esmero.

 

Primero, no permitió que usara cabello largo, aretes o cualquier tipo de accesorio femenino. Nunca le compró una muñeca. Los regalos que ella recibía con una frustración pésimamente disimulada, eran bats profesionales de base ball, manoplas, bolas y toda esa parafernalia que envuelve a los fanáticos del rey de los deportes. La obligaba a ver la serie mundial y sembró en su cabeza que Darryl Strawberry debía ser su ídolo, no esa estúpida y lánguida princesa llamada Blanca Nieves. El vocabulario de la niña sufrió preocupantes alteraciones, por ejemplo: “cabrón” “pendejos” e “hijo de puta” se convirtieron en sus frases favoritas, aunque la mención de estas provocaran tanto enojo en su estupefacta madre.

 

Segundo. Le enseñó que la vía ideal para el aprendizaje efectivo, era aquel que iba conducido por el más frío escepticismo. Nunca la llevó a iglesia alguna o permitió que en su hogar casa se practicara ningún tipo de credo. El tabú en casa, era precisamente dios.

 

Procuró llevarla al cine religiosamente cada semana, pero nunca hizo caso a sus llantos y ruegos para que la llevara a ver “Katy la oruga”, en contraste, se encargó de que viera todas y cada una de las películas de Bruce Lee, que palideciera ante la sobria frialdad de Vincent Price, que se enamorara de 2001 Odisea del espacio, que se aprendiera de memoria la estirpe Corleone y que acabara por convencerse que Sean Connery, siempre sería el primer –y mejor- agente 007.

 

No le perdonó en mucho tiempo le hubiera tirado a la basura los discos de Heidi que recibió en su sexto cumpleaños, y le tomó lustros el encontrarle el gusto a los discos de los Beatles que él le ponía obsesivamente. Aprendió a leer con Spiderman porque él amaba los comics del arácnido, aunque ella siempre pidió a oídos sordos que le comprara “Archie” o “Periquita”.

 

Cuando tenía 8 o 9 años, despertaba llorando por las pesadillas que la visitaban cada maldita noche. Su padre pensó que el remedio perfecto para curar sus recurrentes pesadillas, sería llevarla al cine a ver “Alien, el octavo pasajero”. Obviamente las pesadillas no desaparecieron, muy por el contrario, la única diferencia fue que su terror había mutado en la personificación misma del engendro más aterrorizante que había visto en su vida.

 

No podía llorar, tenía prohibido quejarse, mentir piadosamente, mostrar debilidad y tampoco tenía permitido infringir ninguna de las innumerables leyes que él había impuesto con rigor absoluto. La educó con la frialdad más apabullante.

 

Durante su adolescencia, tuvo que soportar estoicamente que amenazara y persiguiera a sus amigos y pretendientes, con el rifle que inexplicablemente le había regalado a los 12 años. . .¿para qué carajos querría ella un rifle?

 

Fue su enemigo más grande, pero cuando tuvo la edad suficiente para utilizar el parque de todo lo aprendido, lo eligió como su primera víctima.
Hace tiempo, encontró dos cosas que le permitieron definir y entender a su padre: un libro y una película. En el libro encontró la definición perfecta para él: era un tirano.

 

En la película, se horrorizó al descubrirlo como el personaje principal. Era sorprendente. . . sus hábitos, sus gestos, sus métodos y hasta su rifle: El gran Torino.

 

Según el libro que encontró, todas las personas se han de tropezar uno o más “tiranos” cuya presencia en este mundo representa en carne y dermis, el antagonismo en su estado más puro. El tirano, nunca debe verse como una maldición o una condena, sino más bien, de aceptarse como el vehículo, la oportunidad más valiosa para superar todo aquello a lo que más se teme. Venciéndolo, el espíritu humano se magnifica, pero para conseguirlo es necesario desarrollar control, disciplina y habilidad.

 

Su padre representó a lo lago de su vida, todo aquello que no quería ser. Sin embargo, la enfrentó siempre a sus miedos y el resultado es que ahora, en su adultez, posee un corazón fuerte y valiente. La protegió de la mediocridad, mostrándole a su manera, que había algo más que esos delirantes fanatismos que se ponen de moda. Su brutal intolerancia a todo aquello que no fuera a su modo, la empujó a desarrollar la paciencia necesaria para tolerar a los peores de su tipo. Sembró en ella un desprecio por la tibieza y la educó para entender al género opuesto tan hábilmente que los hombres siempre han sido sus más y mejores amigos. Le enseñó a no temer jamás al implacable filo de la guadaña, dando muestra de brillante escapismo, al mentarle la madre a la muerte dos veces.

 

Nunca permitió que se dejara seducir por la superficialidad enseñándole que existen objetos, acordes, e imágenes de incalculable valía moral que perduran por siempre.

 

Tal vez no la dejó decidir por ella misma, pero la fortaleció de tal manera, que supo darse cuenta que dentro de sí tenía la suficiente cojonudez para hacerlo porque a la primera persona que venció fue a él. La naturaleza del ser humano acaba siempre por traicionarlo o salvarlo -en el mejor de los casos- así que su primera victoria, la más importante, es que nunca le permitió asesinar su esencia amorosa, cálida, afectiva. Tanto es así que lo ama profundamente por hacer de ella una auténtica joya, única en su tipo.

 

Al paso de los años, entendió que el más grande tirano que ha tenido, había sido su propio padre. Sin embargo, se sabe afortunada porque no todas las personas pueden darse el lujo de saber que para lo que a otros es un enemigo implacable, su gran tirano fue el primer hombre que adoró en su vida.

 

Han pasado treinta y un años desde aquel día que lo vio parado desde esa ventana de hospital. Aún sigue esperando un “te quiero” de sus labios.

 

Probablemente él ha de irse de este mundo sin decírselo, pero lo que la consuela, es intuir que la única razón que lo salvó de la muerte y lo motivó a no dejar sus huesos en ese cuarto de hospital, fue el profundo amor que siempre tuvo por esa pequeña niña de tres años que lo saludaba -toda sonrisa y candor- con su diminuta mano derecha.

América Pacheco.

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