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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
El infiel
Por América Pacheco
13 de noviembre, 2011
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«Y esto no es todo, amiga mía: nuestra alma,
nuestro espíritu y nuestro cuerpo tienen exigencias
generalmente contradictorias;
creo difícil unir satisfacciones tan diversas sin envilecer a unas
y sin desanimar otras, así que he disociado el amor.»

-Marguerite Yourcenar-

 

Para ti, greñuda encantadora.

 

La fidelidad es un mito increíble. Es la leyenda de El Dorado de las relaciones amorosas. Quizá ustedes piensen que cada quién habla como le va en la feria y muy probablemente tengan razón. Sin embargo, sin temor a generalizar de forma irresponsable, puedo asegurar que todos y cada uno de nosotros hemos tenido contacto con su espinosa contraparte: la infidelidad.

 

El problema –si es que deba entenderse como tal- quizá sea de índole biológico, de naturaleza meramente humana. Por ejemplo, existen especialistas como la doctora Katherine Gould, que afirma que las especies de animales monógamas como los delfines, que se conservan fieles toda su vida, tienen una característica peculiar: tanto machos como hembras guardan la misma proporción anatómica; su tamaño es exactamente el mismo. Sin embargo, entre los simios, que guardan más semejanza con los humanos, el macho siempre es de mayor tamaño que sus hembras y cuenta con una predisposición biológica a poseer un variado harem de compañeras sexuales. El género humano, como primos cercanos de esos primates, se ajusta como embadurnado en mantequilla a esta clasificación. Nosotros aparentamos ser monógamos motivados más por un orden moral que por naturaleza. Ustedes y yo sabemos que la realidad es muy distinta.

Cito a la doctora Gould: “Dentro de los primates se encuentran los seres humanos, quienes, según estudios, no están biológicamente condicionados para ser monógamos. Las opiniones están dividas respecto a si los humanos son monógamos por naturaleza y si la infidelidad sería inherente a su condición de primate”.

 

Mi ociosidad sin límites me llevó a encontrar en internet una investigación sueca que me dejó maravillada. Una turba de sesudos científicos han descubierto al gen causante de la infidelidad (tomen nota, canallas).

 

¿Predisposición genética, señor Alelo 334, o raciocinio mata instinto?

 

El Instituto Karolinska de Estocolmo mostró sus últimos hallazgos en torno a sus investigaciones del gen Alelo 334, que funge como catalizador biológico de una hormona llamada vasopresina, cuya tarea principal es controlar las correrías diuréticas de nuestro cuerpo y que al parecer, es la responsable de la infidelidad masculina (no dice nada de la femenina, así que a mí no me reclamen, pregúntenle a los suecos). No hay conclusiones contundentes al respecto, existen un sinfín de debates e investigaciones que siguen su curso mientras ustedes leen estas líneas. Ahora bien, las investigaciones en torno a la monogamia no terminan en el campo de la genética aplicada o la biología; también existen tesis en las que se trabajan en el campo de la sexología.

 

Los sexólogos defienden la versión de que los seres humanos vivimos sometidos por nuestro bagaje moral impuesto por nuestros antepasados, y ven la fidelidad occidental como producto de una condición cultural de control.

 

Según los sexólogos, los hombres y las mujeres sí son capaces de otorgarle a su vida el carácter casi extinto de la fidelidad ya que poseen, además de instintos,  las facultades intelectivas que nos diferencian de los animales. Aquí, obviamente, nos adentramos en los salvajes terrenos del raciocinio vs. instinto, terrenos invadidos por cruentas batallas en las que nadie ha ganado por knock-out. El debate se antoja eterno, ya que persiste desde nuestra aparición en esta tierra hasta el día de hoy.

 

¿Tradición, religión o condición?

 

Cada vez que en el universo resuena la frase “. .y te prometo ser fiel cada día de tu vida hasta que la muerte nos separe”, un hipopótamo enano de Liberia alcanza la extinción definitiva para no ser visto nunca jamás.

 

Lo que me lleva a preguntarme de manera metódica, contundente y sin eufemismos: ¿entonces, para qué nos hacemos pendejos?

 

Exactamente ¿qué es lo que en nuestra estructura social nos obliga a exigir fidelidad hasta que la muerte nos separe a sabiendas que existen probabilidades altísimas de ver rota esta promesa a las primeras de cambio? La fidelidad debe ser probablemente el precepto moral más violado en la historia de las relaciones humanas. Lo curioso es que, aunque todos nos hemos visto afectados por su incumplimiento, seguimos siendo su rehén. ¡Que Freud nos asista!

 

La infidelidad como concepto del engaño y el amor como verdugo

 

Les voy a contar una película y una historia que guardan un curioso paralelismo.

El -a mi gusto- gran actor Robert Downey Jr. estelarizó una cinta conocida en México como “El infiel” (Two girls and a guy, 1997), en la que interpreta a un neurótico al que cuesta trabajo olvidar. Blake Allen (Downey Jr.) es un seductor actor amateur, que es descubierto por sus dos mujeres -obviamente ninguna de ellas sabía de la existencia de la otra- mediante una desafortunada casualidad. La virginal-rubia-espectacular Carla (Heather Graham) y  la cerebral-impetuosa-pelirroja Lou (Natasha Gregson Wagner) completan el trío arquetípico del canalla que lo quiere todo y lo quiere bien a costa del engaño. La duplicidad como elemento de confort. Blake engañó a las dos chicas compartiendo tres días con una, tres con la otra, para descansar –obvio- el séptimo. Lo notable del mentiroso-compulsivo-infiel es que llevaba su naturaleza actoral a su conducta cotidiana, representaba un papel distinto con sus parejas. No tenía opción a equivocaciones: nadie confundiría a Hamlet con Claudio, no señor. El resquebrajamiento emocional de Blake guarda un disfrutable paralelismo con el trágico Hamlet a lo largo de la cinta, lo que merece un aplauso de pie a Downey Jr. sin chistar. Su monólogo, debo confesar, es excepcional.

 

 

“Why do you do this? Is this how you want to live the rest of your life?”, se repite a sí mismo Blake, mientras observa con amargura el reflejo de su rostro ensangrentado frente al espejo.

Blake es sólo un artista mediocre que ha sido devorado por sus carencias emocionales para convertirse en una sombra sin identidad. Absorbe de las mujeres de su vida los elementos humanos de los que carece y desearía poseer. Ellas no son su complemento, son él, porque él ya no es nada. Se ha reducido a nada por autosabotaje.  Blake nos muestra la infidelidad mediante un retrato interesante: la infidelidad como necesidad. Más allá del placer, más allá de la honestidad. La carencia de fidelidad como un autoengaño de aceptación, de alimento, como necesidad de agradar, de fascinar, como una necesidad de placer, de tener un reflejo y que éste sea hermoso. El juego de espejos en el departamento en el que se desarrolla prácticamente toda la trama nos obsequia una lectura interesante: reflejos. El giro final nos invita a cuestionar al verdadero infiel. ¿Quién traiciona más, y a quién? Una de las chicas decide irse, la más lista, la que entiende que ese lugar no es el suyo, que no puede seguir girando sobre esa emoción atroz, porque no es un eje funcional.  Semejantes reflejos no caben en sus parámetros de salud mental porque los triángulos torcidos le impiden avanzar.

 

La historia de la vida real es simple: dos chicas, un mal actor y cuatro años de mentiras. Ellas tan opuestas entre sí como un diamante y una esmeralda. Joyas con reflejos virtuosos de lo que él no será jamás. Una de ellas descubrió que la engañaba por una de esas casualidades que nos invitan a pensar si existen hilos manejados por una entidad siniestra que se divierte provocando caos de humor negro.

 

 

La más lista salió huyendo. La otra se quedó envuelta en el eje maltrecho que no puede girar en paz, se quedó a su lado a pesar de toda la mierda que además de todo tuvo que limpiar sin guantes. Me enteré de que la chica lista supo, por otra escalofriante casualidad, que el interfecto llegó a una reunión de gente en común acompañado de otra que no era la joya que gusta de limpiar miasmas. Él llegó acompañado de la novia de uno de sus mejores amigos. Abracé largamente a la chica que recogió su dignidad tiempo atrás. Tiene toda mi admiración por tener las agallas de hacer lo correcto a pesar de amar con todo su corazón. La quiero por tener la lucidez de descubrir mucho más que una infidelidad. La lección más grande que me dio es que supo sacar de su vida un fétido contenedor de basura repleto de mentiras, malas actuaciones, cobardía, deslealtad y una vergonzosa doble vida justo a tiempo de tajo. Brindo por ella porque vive tranquila y a ella dedico este texto.

 

A título personal, me considero una mujer funcional en términos emocionales, preponderantemente honesta. Más allá de peroratas morales, considero a la fidelidad como algo relativo), por lo que entiendo que seguiré encontrándome a lo largo de mi camino con esta bala que hiere a veces de muerte. Que quizá sea yo la que dispare. Le otorgo una cláusula de inviolabilidad a valores más delicados como la honestidad. Puedo entender la infidelidad de un hombre, pero no puedo justificar la deslealtad, ni permitirle cabida en mi círculo. El apego nos empuja a exigir un compromiso que, por su esencia, se antoja virtualmente imposible. La fidelidad por amor es otra cosa. La pulsión del eros es ingobernable en algunos individuos. El raciocinio es nuestro mejor aliado en este tenor. Qué vicisitudes somos capaces de “soportar” (¿quién nos ha dicho que tengamos que soportar algo, carajo?) y cómo las vamos a adecuar a nuestro modus vivendi tiene tesituras múltiples. Cada quién sabe qué infierno decide cargar. Yo descarto los infiernos, amo vivir en paz.

 

 

La fidelidad es un bien escaso en estos tiempos de canallas y me queda tan claro como el hermoso cielo de Dinamarca. No me gustan los impostores, claro está. A menos que el impostor que toque mi puerta sea el cínico, divertido, atormentado y obsesivo compulsivo de Robert Downey Jr. . .de otra manera, por favor, no insista.

 

América Pacheco.

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