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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Elegía a la memoria
América es chica .zip y yo soy chico .rar, es decir, usamos tecnologías distintas para llevar a cabo la misma tarea de evitar tanta pérdida de información como nos sea posible.
Por América Pacheco
16 de marzo, 2020
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Tu memoria hace a mi corazón latir más fuerte. Y mis ojos lloran lágrimas de sangre, hasta que, de nuevo, encuentre la calma en el sonido de tu nombre”.

Rumi.

 

 

Comencé a perder la memoria en una fecha que ya no recuerdo. Mis recuerdos más longevos no son otra cosa más que postales amarillentas y cuarteadas por la humedad y el polvo de al menos tres décadas. Son más parecidos a una tarjeta de béisbol descuidada que a un cortometraje deteriorado. Los recuerdos de infancia son prácticamente nulos. De la misma manera que el recuerdo del menú del día de ayer. No sé qué hice ayer y, en dos meses, mi memoria habrá borrado cualquier vestigio de los días soleados como de las tormentas de agosto. Y no es queja.

Yo soy chica ZIP. Y para aquellos que hayan vivido en la tierra media los últimos quince años, en términos de informática, un archivo que detente una extensión de este tipo se le llama a un formato de compresión sin pérdida. Sin embargo, sí hay pérdida, aunque en mi caso la pérdida de memoria se ha convertido en un acto de absoluta arbitrariedad selectiva.

El poeta persa Rumi nos enseñó que nuestro universo es de proporciones ecuménicas, sin embargo no es más que la espuma en un océano infinito de una realidad más grande y oculta: «Solo vemos esta espuma, sin saber que no puede existir por sí misma, que hay agua debajo que tiene su existencia en un mundo propio. Cuando eres capaz de atravesar esta superficie y mirar hacia el vasto océano debajo, solo entonces te das cuenta de la ignorancia en la que has vivido hasta ahora, creyendo que la espuma era el océano, mientras que la realidad se encuentra debajo de este velo». A título personal me atrevería a afirmar que, nosotras, las personas que tenemos lagunas insondables en nuestra memoria, lagunas capaces de abarcar desde minutos hasta décadas de nuestra vida somos capaces de comprender con dolor y certidumbre la lucidez del poeta medieval.

Lamentablemente, la clarividencia de Rumi se agotó hace algunos siglos y a nosotras, criaturas errantes del siglo XXI, los médicos diagnostican este fenómeno como un trastorno disociativo de memoria en función de algunos síntomas preferentemente vinculados a un trauma sufrido a temprana edad.

Con frecuencia, esta traumática pérdida de recuerdos vinculados a acontecimientos de nuestro pasado, traumáticos o no, estresantes o felices, son inevitables cuando fuiste objeto de un abuso significativo durante la infancia. Nuestra poderosa mente, en su incansable afán de mantenernos a salvo, provoca periodos de amnesia selectiva, sin embargo los seres humanos somos criaturas falibles y aunque olvidemos nuestros episodios traumáticos, los muy hijos de puta continuarán influyendo en nuestro comportamiento. Pensemos en un chico que olvidó que a los seis años fue asaltado sexualmente en un garaje; podrá no recordar un detalle de la agresión vivida, pero no existirá poder humano que lo obligue a entrar a uno y tendrá escalofríos y pesadillas cada vez que se encuentre cerca de uno. Quienes vivimos las consecuencias de este impacto severo en la memoria también padecemos fatiga, debilidad crónica y vivimos en vigilia por noches enteras. Somos carne de cañón para padecer depresión, desarrollar conductas autodestructivas (abuso de sustancias, comportamiento sexual irresponsable, instintos suicidas, etc.) y acostumbrarnos a la infelicidad si tener claro por qué lo somos. Porque no puede ser de otra manera.

Un barco a la deriva

Vivo a bordo de esta barca que me lleva a la deriva atravesando una laguna. Por más que oteo y escudriño en la distancia con ojos de vigía, no diviso su orilla en dirección alguna; por todas partes me rodea una niebla láctea e impenetrable.

Hay décadas enteras de mi vida, les juro que no exagero, de las que no recuerdo absolutamente nada. ¿Mi infancia? Un puñado de canicas que cayeron de mi mano y rodaron en mil direcciones, perdiéndose en recovecos ignotos. ¿Mis años de secundaria? Pedacitos de un puzzle deshecho del que faltan más piezas de las que poseo. ¿El año pasado? Una bruma, una sospecha, un rumor defragmentado. Cuando mis amigos recuerdan viejas historias de infancia, anécdotas escolares, nombres y apellidos de antiguos compañeros de clase, o simplemente son capaces de recordar el mes y el año en que ocurrió cierta anécdota de la que yo ni siquiera soy capaz de invocar el menor indicio; me maravillo y me corroe una insana envidia.

Suele decirse, o al menos así lo he imaginado siempre yo, que todos los calcetines que inexplicablemente perdemos cada vez que lavamos la ropa van a parar a un mitológico mundo, una suerte de Narnia donde esas prendas extraviadas conviven en ultratumba. Me pregunto si ese cofre del tesoro repleto de información vital, ese mundo donde todos los calcetines de mi memoria se acumulan en una montaña, sigue de alguna manera enterrado entre los pliegues de mis sesos o si estará perdida para siempre; no localizo el mapa del tesoro, ni siquiera sé si estoy en la isla desierta correcta. Y la verdad es que no logro reconciliarme con esta circunstancia por mucho que me esfuerce, por mucho que intente estar en paz con mi naturaleza, con las cartas que me ha tocado jugar en esta maldita partida de póquer que estoy destinado a perder contra mí mismo a no ser que eche la madre de todos los faroles, y no sé si tengo talento para eso porque odio el póquer.

Durante muchos años me convencí a mí mismo de que el uso y abuso de drogas de diversa índole durante mis años de juventud había sido la causa primordial y única de mi proverbial desmemoria. Esta certeza me convertía en único responsable de esta calamitosa circunstancia, pero a la vez le daba pleno sentido a los erráticos mecanismos de este malogrado y olvidadizo cerebro. En algún momento comprendí que no me quedaba más remedio que bregar con la indigencia memorística y terminé haciendo una analogía (por aquello de asignarle a las cosas un valor poético) entre el vacío insondable de mi mente y la “Nada” que, inexorable, devoraba poco a poco el mundo de Fantasía en la inolvidable –me disculpan la redundancia– fantasía juvenil de Michael Ende, y parafraseo: “Se corre el rumor de que en tal o cual lugar existía un lago. Algunos se preguntan si se secó pero, en tal caso, habría un terreno seco y allí no había nada. Otros se preguntan si quedó un agujero en lugar del lago, pero un agujero es algo y allí no había nada. Es como si uno se quedase ciego al mirar ese lugar”. Esto es exactamente lo que me ocurre cuando intento sondear las partes de mi vida que irremediablemente se han borrado. Me embarga una sensación de pérdida que se asemeja a un duelo por esas partes de mí (quizá vidas enteras) ya muertas y sepultadas sin pompa fúnebre alguna. Sigilosas, simplemente se me fueron.

Para personas como América y yo, los viajes son pilares fundamentales en lo que nos define como personas. Los recuerdos que conservemos y retengamos de nuestros viajes no pueden quedarse sólo en el subconsciente, debemos ser capaces de recuperarlos para saborearlos siempre que los necesitemos, son talismanes sagrados, amuletos indispensables. Si somos incapaces de hacerlo, sentiremos que hay un agujero en el fondo de nuestro cofre del tesoro por donde se cuelan una a una las monedas de oro y las alhajas, las sortijas y las gemas más preciadas de nuestro patrimonio personal. Desgraciadamente, cuando intento invocar los eventos que conformaron cierto periplo tan sólo soy capaz de recuperar destellos, burbujas separadas las unas de las otras, fragmentos sin relación temporal entre unos y otros. Esas burbujas se contrastan con los recuerdos de aquellos que quizá nos acompañaron en esos viajes. Esas personas, sin embargo, son capaces de establecer la secuencia de eventos que conforman esas burbujas, que para ellos no son tal cosa, y enunciar el orden en el que se sucedieron unos a otros, como si existiese un hilo evidente entre ellos, y ser capaces de decir si ocurrieron en el mismo día o en días diferentes. La categoría de “día” como marco en el que ubicar los acontecimientos está ausente en mi ordenación mental. Del mismo modo, desconozco las categorías de “mes” o “año”, y en muchas ocasiones soy incapaz de dilucidar si tal o cual anécdota ocurrió hace una o tres vueltas alrededor del sol. Este desorden, parecido al ‘cut and paste’ de Burroughs y Gysin pero sin finalidad expositiva alguna, hace que me resulte imposible recrear un relato personal al que aferrarme. No hay causa ni efecto, no hay un “hilo” narrativo en la historia de mi vida. Si he de ser optimista, pienso que esto me permite reinventarme, empezar de cero siempre que quiera. El entusiasmo en ciertas ocasiones proviene de ser siempre un niño, de experimentar las cosas sin el cansancio del recuerdo, sin la desilusión del viejo lobo de mar que está de vuelta de todo. Yo no estoy de vuelta de ninguna parte, de ningún viaje. El viaje está siempre por hacer, el viaje es siempre el presente en su acepción más nanométrica.

Y yo me pregunto, porque uno ha visto muchas películas de serie B, si una sesión de hipnosis podría ayudarme a exhumar esas fosas, esos baúles repletos de huesos que ni siquiera sé si merecen la pena. Cierta vez, no recuerdo cuándo, acudí a un psicólogo que se empeñaba en hipnotizarme y hacer sesiones de “regresión”. Cuando me aseguró que con aquella técnica podría incluso acceder al recuerdo de vidas previas a mi nacimiento, salí corriendo de aquel despacho como alma que lleva el diablo. Puto des-enterrador, qué miedo me dio. Quiero recordar, pero no tanto, joder.

Yo tan ZIP y tú tan RAR

Por razones poco claras, la amnesia disociativa se desarrolla con más frecuencia y tino en mujeres que en hombres. Principalmente aquellas que han experimentado una violación o maltratos físicos severos. Esta desmemoria disociativa llega generalmente después del trauma y sus víctimas pueden recuperar paulatinamente su película de horror personal al tiempo y de manera espontánea. El trauma que viví a los 5-6 años provocó episodios de amnesia disociativa, pero mi cabeza aprovechó la oportunidad para hacerme el favor completo: de manera completamente selectiva, mi memoria decide desechar al triturador de basura toda aquella información que no considera relevante. Con frecuencia he utilizado una analogía del campo informático para explicar con calma y vergüenza por qué soy como soy: tengo memoria RAM. El acrónimo del concepto Random Access Memory (Memoria de Acceso Aleatorio) es la memoria de un equipo informático que, gracias a las bondades del procesador recibe instrucciones y guarda los resultados del proceso. La memoria RAM es el campo de juegos del software de las computadoras. Es ese cadenero que da acceso -o no- a la memoria madre del equipo: el disco duro. Camaradas, en verdad os digo que mi memoria RAM es veleidosa y estricta. No sé si cobra un cover altísimo, pero es tan selectiva que únicamente permite dejar pasar al disco duro información que será de utilidad y sobre todo, que no va a lastimarme con saña.

Llevo casi tres décadas padeciendo una condición que nunca me ha parecido una discapacidad o desventaja. Cuando comencé a ejercer con cédula profesional el título de hija de la chingada aprendí a soltar todo aquello que piense el mundo de la que suscribe. Adquirir la consciencia de saberte con memoria RAM lleva su tiempo. A veces te percatas cuando un recuerdo aterriza a traición a tu tejado o cuando eres confrontado con inapelable evidencia arrojada a tu cabeza por alguien lastimado en lo profundo, porque las personas afectadas por esta condición tenemos dificultades severas para establecer y, sobre todo: mantener relaciones afectivas. Nadie ha dicho que olvidar sea una tragedia para otros. El cinismo ha hecho de mi un monstruo en este terreno de frágil piso. Me importa poco que con mayor frecuencia las personas se me acerquen con el propósito de reclamarme un olvido imperdonable. Lo siento mucho. Nunca ha sido mi intención olvidar una conversación, un rostro, una noche de carcajadas, un paseo entre las nubes. Si no lo recuerdo, significa que puedo irme a la tumba sin ese episodio y seguiré siendo yo misma. Han pasado ríos y ríos de malos ratos a causa de lo anterior, pero ninguno ha conseguido erosionar la montaña de lo único que realmente importa en mi vida.

La historia sin fin

América es chica .zip y yo soy chico .rar, es decir, usamos tecnologías distintas para llevar a cabo la misma tarea de evitar tanta pérdida de información como nos sea posible. En efecto, nuestras argucias mnemotécnicas son bien distintas a la hora de intentar fraguar recuerdos y evitar que el presente se disipe antes de quedar grabado en nuestro disco duro y clasificado en la carpeta correspondiente para que resulte fácil descomprimirlo en caso de una eventual necesidad. Ella recuerda las primeras veces, las latitudes nuevas, las calles nunca antes pisadas; estrenar sensaciones le ayuda a tallar, a cincelar recuerdos nuevos. Yo le tengo mucho miedo a las agujas, así que pronto deseché la idea de hacerme tatuajes por todo el cuerpo para alcanzar resultados similares. Y al contrario que América, pero irónicamente de forma complementaria, se me da bien recordar las últimas veces. Sobre todo si soy consciente de que van a serlo. Me vienen a la mente aquellas ocasiones en las que tuve que dejar una casa, un hogar, ya fuese buscando la prosperidad o en pos de nuevas aventuras. He vivido en Portugal, en Dinamarca, en EE UU, en España, en el Reino Unido, y cada vez que he abandonado un departamento me he visto bajo el quicio de la puerta rodeado de cajas llenas de cosas, con maletas colgando de mis manos y un taxi esperando fuera, mirando por última vez el espacio que hasta ese momento me había cobijado, el escenario de mi intimidad, el rincón al que un tiempo llamé hogar, el corazón cuya entraña habité y que no era otro sino el mío. Despedirse de uno mismo es, una y otra vez, la misma última vez. Y me es imposible olvidar adioses.

Resulta curioso, volviendo a mi hito fundacional preferido, que La historia interminable haya sido en ocasiones analizada como una analogía de la depresión infantil, porque en realidad no es en las drogas ni en las secuelas de su consumo sino en la depresión clínica y el trastorno de ansiedad que sufro desde hace años donde, sin duda, reside el origen de esta niebla, de esta laguna insondable. En efecto, mi psiquiatra me informó en una de nuestras últimas sesiones que la depresión y la ansiedad interfieren en el proceso de “fijación” de los recuerdos. La ansiedad secuestra tu atención. La depresión te roba la presencia, te priva del ‘aquí y ahora’. No puedes recordar algo si ni siquiera estabas allí del todo, aunque mil testigos (o incluso fotos, evidencias en principio innegables y que se me antojan fake news al enfrentarme a ellas) aseveren que, efectivamente, allí estabas. Los psicofármacos tampoco ayudan demasiado en ese aspecto, todo sea dicho.

El lector suspicaz podrá ahora pensar que dicha depresión fue provocada, en efecto, por las drogas mencionadas antes. Sin embargo, y sin ánimo de quitarle la razón, yo sé que en realidad este trastorno está enraizado en cierto episodio traumático de mi adolescencia que, desgraciadamente, se empeña en ser de las pocas cosas que no logro, por mucho que lo intente, desterrar al olvido. Para ir, como es mi costumbre, a contracorriente de todo el resto del mundo, no son los recuerdos malos los que mi mente se esfuerza en bloquear. Son precisamente esos los que más limpia, fija y da esplendor, actualizando sus drivers siempre que hace falta, y evocándolos justo cuando me voy a quedar dormido, cosa que por lo general me cuesta sangre, sudor y lágrimas. El mal funcionamiento de mi quijotera es manifiesto.

Por si todo esto fuese poco, existe un componente social de todo esto, que suele manifestarse en el enojo de tus familiares, conocidos y amigos que están convencidos de que no les importas, y te repiten una y otra vez aquello de “guey, eso ya te lo he contado”, y piensan que nunca les escuchas, que pasas de ellos como de comer mierda, que eres un egoísta que solo se acuerda de lo que le interesa. Pero lo peor no es eso. Lo peor es convivir con alguien que abusa de ti precisamente porque conoce tu debilidad, tu asombrosa capacidad para el olvido, y la utiliza contra ti porque eres incapaz de recordar cosas que acordásteis, o los términos de una discusión, o incluso el detonante que hizo que esa discusión se iniciase. Lo utilizan para cambiar las reglas de juego a medio camino sabiendo que te quedarás con cara de imbécil, con una sombra de duda rondándote, pero aceptando todo lo que te echen porque no recuerdas un carajo de las condiciones iniciales. Me ha pasado, y meses después me he dado cuenta de ello, demasiado tarde para contestar lo que tenía que haber contestado en su momento. La única ventaja de todo esto es que dispongo de un superpoder, el poder de perdonar. Porque, efectivamente, olvidar es perdonar. Y siempre es liberador no tener pasado con alguien, no tener en la piel el pegamento donde se suele quedar adherido el odio, el rencor, e incluso el remordimiento.

Finalizo este artículo encerrado en una habitación de hotel en París, recluido con América bajo la amenaza de una pandemia global. No recuerdo la primera vez que sobreviví el Apocalipsis con alguien, pero más me vale que esta sea la última. En efecto, no la olvidaré jamás.

Si nos dejan

A diferencia de Alex, las argucias de mi memoria están estrechamente vinculadas a los inicios. A las primeras veces. De tal manera que, cada vez que hago una acción, por pequeña que esta sea, el corazón se me esponja porque sé que ese momento quedará pintado de forma indeleble en frágil muro de los recuerdos. Mientras escribo estas líneas, nos encontramos ambos, uno frente al otro, redactando esta elegía dedicada a la nebulosa que nos asfixia por momentos y que nos libera, otras veces. A nuestro favor puedo decir que, gracias a que ambos somos seres humanos espeluznantemente parecidos, nuestras argucias mentales han encontrado la manera de cohabitar en armonía. Cada día a su lado es una oportunidad única de separar las piezas del ajedrez de nuestras primeras veces. Caminamos por calles que nunca habíamos pisado. Comemos delicias ajenas a nuestro paladar y viajamos juntos a latitudes nuevas, llenos de expectativas y realidades, todas ellas extraordinarias. Nos tomamos de la mano en las ramblas y lloramos juntos rodeados de una ola morada el 8 de marzo en medio de una poderosa manifestación. Nuestra primera manifestación feminista juntos. Y también nuestra primera pandemia y cuarentena. En la antesala de nuestros últimos días juntos, no puedo evitar ponerme los audífonos y subir altísimo a la voz del hijo de Dolores Hidalgo, Guanajuato para cantar en silencio la única estrofa pertinente a estas alturas del apocalipsis: si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida. Ojalá nuestra memoria nos alcance y nos permita hacer a un lado la bruma para mirar el vasto océano que vive bajo nuestros pasos. 

* Texto escrito al alimón por América Pacheco (@amerikapa), cronista salvaje, y Alex García (@frescoyseco), filólogo y profesor resignado.

Madrid, 14 de marzo de 2020.

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