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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Entre dos tierras
Desde finales del año pasado tomé la decisión de aprovechar al máximo las nuevas condiciones que trajo a mi vida laboral la pandemia: trabajar en el huso horario que me venga en gana. Tengo la fortuna de que Madrid me reciba con una casa y buzón de correos con mi nombre escrito en él, así que, ¿qué podría salir mal?
Por América Pacheco
9 de junio, 2021
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En mi adolescencia, fui atormentada por el furor que despertó entre mis compañeros de batalla fiestera la banda española hija del maldito duende. Así que, ustedes comprenderán el escozor que provoca titular esta columna con una de sus canciones estandarte; pero esto es lo que hay y de peores asociaciones la he librado sin hematoma visible.

Desde que la pandemia arribó a nuestra realidad global, he aprendido que nada es para siempre, que el Cruz Azul puede ganar campeonatos, que el estrepitoso fracaso político del Brexit no impulsará otros movimientos separatistas en Bruselas y, sobre todo, que he tenido que aprender a organizar mis horarios laborales bajo las siglas infernales UTC−06:00, S, UTC+01:00, A y UTC−05:00, R. De acuerdo con diversos testimonios notariados, es necesaria una fuerza de dimensiones colosales para contener a esta alma viajera, así que, desde finales del año pasado tomé la decisión de aprovechar al máximo las nuevas condiciones −no solicitadas− que trajo a mi vida laboral la pandemia de moda: poder trabajar en el huso horario que me venga en gana. Tengo la fortuna de que Madrid me reciba con una casa y buzón de correos con mi nombre escrito en él, así que, ¿qué podría salir mal? Pues mucho, la verdad, y podríamos comenzar con el número uno en el hit parade del festival de desgracias al que acude esta alma cada año: desde marzo del 2020, España ha cerrado sus puertas turísticas y conseguir una autorización de entrada a cualquiera de los 26 estados miembros del Espacio Schengen por motivos de turismo o negocios y por un corto período de tiempo se ha convertido en la búsqueda de El Dorado. Bueno, no intenté entrar a 26 países, pero ingresar a España sólo pudo ser posible mediante un permiso especial de la embajada. En un periodo de siete meses, solicité tres permisos, se me denegó uno y envejecí un lustro en el proceso.

Recibí el año nuevo en Pozuelo de Alarcón, deambulé en la nevada más cruda que se tenga noticias en los anales de Madrid de los últimos cincuenta años, sufrí por comprar víveres de primera necesidad durante la helada, visité un hospital de emergencias, pagué 70 euros por un servicio médico que en México hubiera sido necesario donar un riñón, explotó un edificio a pocas cuadras de casa, atravesé cuatro veces el Atlántico en riesgo pandémico, descubrí que el perro salchicha es el más feliz por estos lares (casi todos los perritos mestizos muestran un sospechoso tórax alargado) aprendí a pagar pequeñas fortunas por tortillas de maíz azul o mole poblano, aprendí que es más fácil encontrar un danzante mexica que una farmacia 24 horas, viví conmovida los cien años de Lola, atestigüé que Pablo Iglesias se cortara la coleta y pude ser capaz de sentir en todos mis huesos que puedo ser capaz de anestesiar mi quehacer literario porque sí y sin culpa. Todo, con el poder de mi firma.

Las mañanas son mi momento favorito del día porque, al ser casi imposible continuar durmiendo después de las 7 a.m., puedo elegir mirar el techo dos horas consecutivas, soplarme todos y cada uno de los “por si te lo perdiste” de Twitter, salir a caminar o a comprar tonterías al LIDL. Prefiero leer por las tardes, y de preferencia acompañada. Mi soledad es compatible con la holgazanería no vista por ojo humano desde la huelga de la UNAM en 1999. Por primera vez en veintiséis años, no estoy a cargo de la manutención o cuidado de ninguno de mis hijos y esta nueva condición es tan sorpresiva como inútil para mí. Llevo años profiriendo en cada borrachera posible que, si la maternidad me diera un poco de tregua, sería capaz de escribir tres libros. Al principio, me aterró darme cuenta de que en medio año no he sido capaz de acabar un ensayo, ni ser constante en la actualización de esta columna. Pero después de una charla con el editor más querido por este corazón, Diego Fonseca, entendí una realidad inobjetable: debo aprender también a disfrutar la inacción prolongada. La inspiración llegará después, cuando todos los departamentos del cuerpo y la mente estén abiertos en el mismo horario de oficinas.

He dejado de preocuparme por temas que antes (dos años atrás) eran fundamentales en términos de estabilidad. Me cuesta más trabajo llorar, lamentarme o sentir pena por mí o por otros. Somos tan privilegiados todos los que tenemos la facultad de ejercer nuestra cotidianidad con o sin sobresaltos, que a cualquier eventualidad que cae a mi cabeza le otorgo el mismo peso de una hoja otoñal. Me cuesta tanto entregarme a la tristeza como a la rabia de manera permanente. No sé si estamos condenados, pero estamos aquí, trabajando, viajando, escribiendo y respirando. Nuestra interpretación del mundo ha dejado de mantenerse estática y la manera en la que muta frente a nuestros ojos vale la pena contemplarla sin juicios, ni amargos arrebatos.

Vivo siete horas adelante en el tiempo de mis hijos. Me enternece saber cosas que ellos descubrirán cuando abran los ojos y enciendan su pantalla más cercana. Trabajo de 16:00 horas a 02:00 de la mañana, tiempo de España; mi celular y mi computadora han dejado de ser aparatos compatibles. Uno me cuenta el tiempo de México y, el otro el de Madrid. Mi cuerpo no ha dejado de protestar ante el ataque terrorista al que lo someto. Me ataca con sospechosas alergias y con un sueño que no da tregua en los momentos menos propicios. Nado entre dos atmósferas aparentemente respirables, entre dos planetas completamente distintos; porque eso son México y España: dos mundos irreconciliables que sencillamente comparten porcentajes moderados de ácido desoxirribonucleico. Me gusta mucho vivir en España, aunque el tributo a pagar ante el altar de la distancia sea tan doloroso. Pero cuando me duele mucho, me acuerdo de las cotorras argentinas.

España no aguanta más a las más de un millón de cotorras argentinas que han invadido su territorio. El ayuntamiento local anunció en 2019 un programa destinado a cazar y sacrificar a más de 12,000 ejemplares de esta curiosa ave, que tuvo a mal ser traída por error o vicio a la tierra de Cervantes y que contra todo pronóstico ha comenzado una cruzada a muerte con el ecosistema ibérico. Los biólogos afirman que su mera existencia amenaza la seguridad y biodiversidad de la capital: se reproducen rápidamente (entre 6 y 8 huevos cada año), hacen ruidos considerados molestos (been there, sweet cotorra), transmiten enfermedades a otras aves, se comen su alimento y expulsan a otras especies, como al gorrión. Pero, vaya, la culpa no es de estas odiadas aves, sino de los argentinos. En Argentina se consideran una plaga agrícola, pero en 1986 y a causa de decisiones asociadas a la estupidez binacional, se capturaron bandadas enteras para venderlas en España como mascotas. ¿Resultado? De acuerdo al reportaje de Manuel Ansede para El País de 2019 , no perdieron el tiempo, ni se sometieron a yugos: “una vez en suelo español, las cotorras aprendían a abrir sus jaulas y se escapaban o eran directamente liberadas por sus dueños, ante el griterío que organizan dentro de las casas”. Los periquitos enjaulados (a quienes se presume un origen cordobés) que son mascotas de chicos y grandes en nuestro continente son los nuevos invasores del territorio libre de España. Es común encontrarlas en bandadas libres como el viento y peligrosas como el mar en los parques, azuzando palomas y peleando por comida y territorio. Su resiliencia es poética porque son víctimas de los pendejos del mundo y aquí siguen: reproduciéndose a puños y conquistando de verde las copas de árboles que no les pertenecen; pero sí.

Me gustan muchísimo las cotorras argentinas, casi tanto como volver a este espacio y escribir para ustedes, que nunca me abandonan.

@amerikapa

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