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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Entre Roberto Sosa, Victorio y una enfermedad desnuda
Por América Pacheco
5 de mayo, 2011
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Dedicado a Roberto Marmolejo y a su lucha intensa por vivir un GRAN día a la vez.

 

El martes tres de mayo asistí con entusiasmo a la premiere de la película “Victorio”, ópera prima del novel director Alex Noppel protagonizada por Luis Fernando Peña, Roberto Sosa, Irán Castillo, Manuel Ojeda y Roberto Quintanilla.

La historia que envuelve el destino de los personajes protagonistas no es de manera alguna de fácil digestión; en ella pueden caber el narcotráfico, la corrupción, la prostitución infantil, la marginación, la presencia poderosa de la Mara Salvatrucha en nuestro territorio, pero sobre todo, más que todo, el VIH.

http://www.youtube.com/watch?v=4Q3VAI26R40

Victorio (Luis Fernando Peña) es un integrante proscrito de una marginal célula salvatrucha que de manera fortuita, se involucra sexualmente con Gabriela (Irán Castillo) una taciturna chica narcomenudista, prostituta, portadora del virus de inmunodeficiencia humana; cuya negligencia, frialdad e indolencia acerca del peligro que representa al saberse contagiada y no protegerse, puede ilustrarse en el siguiente diálogo:

– Victorio:  ¿No tienes miedo de que alguien te chingue si se enteran de tu enfermedad?

– Gabriela: ¿Y eso qué? si a mí la vida ya me chingó. . .

La desolación que embarga al espectador ante tamaña sordidez, es eclipsada por el único personaje de la trama que goza de luz, humor, pasión por vivir, dulzura, una estricta educación sexual,  y que con un solo guiño consigue arrancar no solo carcajadas, sino oleadas de auténtica ternura resultado de su soberbia interpretación del trasvesti “Lulú” (Roberto Sosa).

 

Al finalizar la película, salí algo más que melancólica . . .absolutamente desolada. A pesar que del guión de Elizabeth Figueroa se pueden desprender innumerables temas de reflexión y análisis por su contenido de conflictos con altísimo impacto social, decidí echar mano sobre el que más me interesa: el VIH y los estigmas que lo rodean. Es un tema que cala, me duele en lo profundo.

Tengo algo muy claro sobre el tema, mientras no entendamos que el estigma y la discriminación a ciertos sectores -que por ignorancia se continúan asociando a esta enfermedad- sólo continuaremos cerrando los ojos ante un riesgo exponencial obsceno, debemos reconocer al VIH como un Leviatán moderno que espera con cautela a la vuelta de la esquina para engullirnos sin piedad, todos somos Job.

En la cinta se rompe un estigma que disfruté secretamente: Lulú, el trasvesti que sueña en convertirse –por el amor a su pareja, un muy hetero militar- en transexual, es precisamente el único punto de cordura y lucidez que orbita alrededor de los trágicos personajes sin contaminarse de la fatalidad, del odio y por ende, de la enfermedad. De forma curiosa, esta no es ninguna sorpresa. Incluso toca un tema más sutil y del que no se habla con la frecuencia que se debería: la bisexualidad. Existe mucha gente que sin pudor ni vergüenza (¿por qué deberían? me pregunto) se asume como homosexual, pero muy pocas, en contraparte, lo hacen referente a su bisexualidad.

Hace mucho tiempo, me contó un muy querido amigo homosexual, que había tenido algunas experiencias con hombres que se definen a sí mismos como heterosexuales (felizmente comprometidos con novia, esposa y hasta hijos) quienes al momento del escarceo sexual se niegan rotundamente a usar condón bajo el argumento de: “pues si no soy puto” (WTF?), obviamente, mi amigo se ha negado a sostener relaciones con hombre alguno sin preservativo de por medio. Decidir ejercer la homosexualidad o transgénero, por ejemplo, no son más que innecesarias etiquetas inherentes al tema de educación sexual básica. Debemos protegernos TODOS, nuestra muy respetable sexualidad está más allá del bien y del mal.

En la cinta, hay una escena salpicada de gris ironía: un temido narcotraficante, golpea salvajemente a Lulú, escupiéndole con desprecio al rostro: “pinche puto” mirándolo como si su condición fuera un crimen, un monstruo difícil de mirar, cuando sin saberlo, él es el portador del VIH, él es el despreciable, él contagió a su esposa, a muchas más. Lulú está libre, el narcotraficante es el auténtico criminal y vive preso de una enfermedad que contrajo producto de su machismo, su promiscuidad irresponsable.

A veces no somos capaces de dimensionar el impacto de la tragedia de un contagio hasta que el número abruptamente deja de serlo, cuando la estadística adquiriere nombre y apellido. Cuando sufres en la cercanía.

Existe un hombre en mi vida al que dedico este texto, si tuvieran el privilegio de conocerlo quizá podrían amarlo tanto como lo hago yo. Es sus ojos he encontrado el consuelo suficiente para aniquilar mis temores junto a mi estúpida cobardía. Lo alcanzó esta maldita enfermedad siendo él un hombre joven, fuerte, brillante y exitoso. Me gusta tanto verlo caminar, sonreír, atender a sus amigos con ese afecto que traspasa mi piel colándose hasta mi sistema nervioso central, desarmándome. Nunca se lo he dicho, pero también disfruto leer sus status de Facebook cuando publica cuanto corrió cada noche, de la hueva que le provocó terminar el último kilómetro, saber que delicia gourmet cenó la noche anterior, o a qué parte del mundo se dirigen sus pasos. Me gusta leer sus artículos, saber que su carrera de editor va en viento en popa y que lo seguirá siendo porque es un chingón.

Anoche le escribí preguntándole si le molestaría que al dedicarle este texto usara su  nombre verdadero. Su respuesta me desarmó:“No, para nada: no me voy a esconder. Vivo con una infección viral no moral. Haz lo que tengas que hacer, vida mía”

Me gusta pensar que nunca se irá, que va a quedarse tanto tiempo junto a nosotros por la sencilla razón que no le daremos el permiso de abandonarnos. Sus amigos lo necesitamos y esa es una responsabilidad que no puede eludir. Tampoco se lo he dicho nunca, pero aprovecho este espacio para gritárselo en caprichososy negritos caracteres:

Mi amor, mi vida: gracias por haberte aparecido en aquel inolvidable desayuno, en ese restaurante que ahora se ha convertido en uno de mis favoritos, ¿sabes algo? siempre lo asociaré contigo. También agradezco la cálida hospitalidad que en tu casa he encontrado, creo que en pocos lugares como ahí se respira la esperanza en su estado más puro. Eres correspondido, ángel mío, eres parte de mi vida; síguelo siendo por el tiempo que se te de la gana, tienes privilegio de pícaporte en mi corazón. Te tengo, no pienso soltarte.

A ustedes que me leen, de manera especial quisiera pedirles tres favores: el primero es muy simple: cuídense . . . al cuidarse, me cuidan a mi, a sus amigos, incluso, lo hacen extensivo a su familia e hijos.

Detengamos la furia de un virus que nos acecha sigilosamente con el ejercicio implacable de nuestra cabal responsabilidad. El amor no es suficiente para proteger a nadie, se necesita mucho más que confianza para continuar viviendo libres no de todo mal, pero sí de ese mal. El siguiente dígito en la estadística puede ser cualquiera.

El segundo favor, es que le echen un ojito al blog ”Pasión por la vida” http://pasionporlavida.org/blog/ ahí encontrarán a modo de diario, no sólo la historia de mi querido amigo, sino de doce personas que nos cuentan lo fácil que es adquirir este virus y la forma en que valientemente la enfrentan cada día. Hay muchísima información que a nadie huelga. Un seropositivo no puede –ni debe- coartar su vida sexual y/o sentimental. No olvidemos que son seres vivos, NUNCA DEJARON DE SERLO, ninguna enfermedad por mortal que sea, tiene el alcance de cambiar nuestra condición humana, ellos necesitan y merecen más que muchos, el amor, el afecto el contacto de un cálido abrazo, de un beso húmedo y de un orgasmo estupendo. Eso aprendí en este blog, como un seropositivo continúa con su vida porque nada se acaba hasta que se acaba.

No saldrán indiferentes, es un gran esfuerzo por parte de una loable fundación latinoamericana, vale mucho la pena leer y compartir.

El tercer favor es que no lo duden, vayan a ver “Victorio”, hoy es el estreno nacional. El boleto vale no sólo por la internacionalmente laureada actuación de Roberto Sosa, también tiene un par de sorpresas. Por ejemplo, todos los miembros de la “mara salvatrucha” que aparecen en el largometraje, son auténticos, aceptaron participar entusiastas en la cinta traduciendo para ello, sus códigos, su indescriptible lenguaje. Por otro lado, el rodaje se realizó en Veracruz y el soundtrack  hip-hopero es cortesía de los grupos locales del estado, bien por ellos, este es un foro espléndido para hacerse escuchar. . . y tienen tanto que decir.

Gracias por leer, lo agradezco más que nunca.

América Pacheco.

* “Victorio” (Mejor Ópera Prima Largometraje Mexicano y Premio del Jurado a Mejor Actor en el Festival Internacional de Cine de Guanajuato, Selección Oficial XXXI Mostra de Valencia, España, Festival Internacional de Cine).

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