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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Girar la moneda
Por América Pacheco
5 de noviembre, 2011
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“¿En mérito de qué encantamiento, de qué magia, consigue tal hombre superar los límites del 
tiempo y de la muerte?”

Stefan Zweig

Para Anita, campeona en este fino arte.

La vida de algunas personas parece haber sido diseñada para atracar en un puerto predecible.

En ocasiones no se requiere imaginación desbordada o poseer dotes adivinatorias, para intuir qué le depara la vida a un individuo en específico. Por ejemplo: sabemos que un secuestrador consumado –tarde o temprano- terminará sus días en una prisión o derribado por la misma violencia que tejió en torno suyo, o que el destino de ese campesino sumido en la ignorancia,
el desamparo, la injusticia, la desigualdad y la pobreza, acabará engendrando hijos destinados a caminar el mismo sendero de miseria porque el abuelo de su abuelo así lo hizo. La lógica nos dicta que una persona parapléjica tiene posibilidades iguales a cero de convertirse en un atleta de alto rendimiento. Sin embargo, existen individuos que desafiando cualquier demoledor pronóstico en contra, son capaces de romper el un círculo perfecto. Existen personas que nacen con los recursos necesarios para reescribir su propio guión que pareciera haberlo redactado su peor enemigo y darle a su vida un giro inusitado. Este giro puede no ser virtuoso necesariamente (usando mi ejemplo inicial, quizá el campesino decida abandonar la siembra para convertirse en el consumado secuestrador).

A lo anterior, podríamos llamarle darle un giro a la moneda. Ese giro es mi tema de hoy. Del arrojo que se requiere para provocarlo.

Si me lo permiten, desearía utilizar tres historias que sirvan para ilustrar el tema de hoy.

El sordo de Bonn ( 1770 )

Leyendo el libro de Stefan Zweig “El misterio de la creación artística”, me reencontré –además de su deliciosa pluma- con el pincelazo más humano que he leído sobre el trágico genio de Ludwig Van Beethoven. Zweig no hace hincapié en su origen humilde, a su sobrevivencia a la muerte
siendo muy pequeño o en el alcoholismo de su padre. Prefiere señalar que una de las lozas más
pesadas que le tocó cargar a Beethoven la mitad de su vida, fue la obsesión patológica de su padre
en convertirlo en el nuevo Mozart y de las inevitables comparaciones subsecuentes.

Mozart poseía cualidades casi divinas. Su virtuosismo era desbocado, él no necesitaba ensayar, buscar ninguna melodía. De acuerdo con la investigación de Zweig, no existen borradores de Mozart. Todos y cada uno de los documentos de sus trabajos creativos están escritos de primera mano, desprovistos de erráticos trazos. El genio austriaco desconocía por completo el sentido del mínimo esfuerzo, el ensayo previo o dedicación en la creación artística. El arte fluía en él, cómo si cada una de sus composiciones se le hubiesen entregado con el único propósito de ser transcritas por su grácil mano. Ludwig era la antitesis absoluta. La contraparte oscura. Para él, el genio no le fue otorgado, tuvo que luchar titánicamente, esforzarse como ninguno. Cada una de sus sinfonías le dolieron y le costaron años enteros. Sus facultades en composición eran imprecisas, sucias, rebeldes (rebeldía que llevaba hasta sus últimas consecuencias, como por ejemplo, jamás inclinarse ante ningún miembro de la realiza), salvajes. “era menos divino (que Mozart) pero más humano… Beethoven debe de haber sufrido todos los dolores terrenales de un alumbramiento” acota Zweig.

Un músico aquejado de sordera, debe representar la maldición perfecta. Beethoven fue maldito desde los veintiséis años de edad. La sordera se convirtió en su consorte inseparable y fiel. Un sordo no puede ser músico, o dicho más correctamente, un sordo no puede componer música. Punto. Sin embargo, un sordo irascible aquejado de insalubre amargura, cirrosis hepática, pancreatitis crónica y crisis maniacas, giró su devaluada moneda para convertirse en uno de lo más notables precursores del movimiento romántico (junto a Werther, Goethe, Balzac, Byron), imponer mediante un lenguaje distinto nueve sinfonías, treinta y dos sonatas para piano, siete oberturas -entre otra destacadísima obra-; colocándose por derecho propio, en el inamovible pedestal donde reposa desde 1827. La libertad que obtuvo del mayor de los tiranos (de sí mismo), lo convirtió en el músico más prolífico e importante de todos los tiempos. El más grande, el más humano e imperfecto.

“He aquí un hombre o una mujer. Tienen el mismo aspecto que cualquier otro, duermen en camas como las nuestras, comen sentados a la mesa, van vestidos como nosotros. Le encontramos en la calle, acaso frecuentábamos el mismo colegio que él, y hasta puede darse el caso de que hayamos sido compañeros de banco; exterior-mente, ese hombre no se distingue en nada de nosotros. Pero de pronto ese solo hombre da cumplimiento a algo que nos está negado a todos nosotros. No vive sólo el tiempo de su existencia propia, porque lo que creó y realizó sobrepasa la existencia de todos nosotros y la vida de nuestros hijos y nietos. Ha vencido la mortalidad del hombre y ha forzado los límites en que, por lo común, nuestra vida propia queda encerrada inexorablemente”.

-Stefan Zweig

Egipto y su profeta (1,230 años A.C.)

Según lo que entiendo en el libro del Éxodo del Antiguo Testamento –aunque esta composición
esté plagada de simbolismos e interpretaciones diversas, mi observación de hoy será meramente
literaria- la figura del profeta más importante del judaísmo puede leerse bajo el ángulo que se
desee, como una historia fascinante y provista de los elementos propios de una impecable novela. Digo, que un bebé hijo de esclavos –condenado de nacimiento- sea arrojado a las violentos caprichos del Río Nilo, sobreviva a un desafortunado sumergimiento y a la ingestión de un avisado cocodrilo, para después ser venturosamente adoptado por la hija del Faraón, que gozó de una educación de príncipe, que sin pedirlo haya tenido un lugar en la línea sucesoria faraónica, para que de la noche a la mañana decida renunciar a todos sus “inmerecidos” privilegios para volver a su origen de esclavo a cumplir el destino de su estirpe, no puede menos que atraparnos a leer su historia completa con todo y epílogo. Mito o no, profeta o no, héroe o no, leyenda fantástica o culto; Moisés podría considerarse como el padre máximo de los giros de moneda. Cambió el rumbo de su destino aparentemente trazado más veces que cualquiera.

El primer giro –involuntario, claro está- fue el convertirse en un príncipe, siendo esclavo su origen.

El segundo giro, fue renunciar a su investidura real, así como su privilegiada vida en la corte, para sufrir en piel y huesos, las condiciones infrahumanas que padecía el pueblo hebreo: trabajar hasta morir en cadenas. En este periodo, asesina a un soldado, por lo que huye de Egipto convirtiéndose en forajido.

El tercer giro, posee una lectura simbólica: su conversión en pastor de ovejas. De acuerdo a textos antiguos, para la cultura egipcia, los pastores pertenecían al último escalafón de la dignidad social. Éste tan noble oficio, era considerado repulsivo, sólo apto para criminales y proscritos. Si Moisés ejerció esta “degradante” tarea durante la bicoca de 40 años, movido por algún mandato divino, es tema que no lo demerita un ápice. Sencillamente lo realizó. El salto de sus realidades se antoja cuántico. Cuarenta años deben ser suficientes para que cualquier hombre olvide el significado del poder ilimitado para conocer la humildad en su estado más puro.

El cuarto giro es el que lo convirtió en súper héroe (no se pierdan esta analogía de Moisés vs. Supermán) . Liberó a un pueblo de manos del opresor más implacable. Para ello, no hizo uso de revueltas armadas, no señor, de ninguna manera. El pastor, fue llamado a una arriesgada misión y para cumplir con ella, se le otorgaron súper poderes que incluían la facultad de separar el mar rojo en dos partes, diezmar a la población opresora con la generación espontánea de 10 mortíferas plagas, la prestidigitación entre otras asombrosas monadas.

El quinto giro es el que lo convirtió en El Profeta. Si Moisés oía voces o si padecía de cualquier tipo de esquizofrenia funcional, a nadie importa (no a mí, en todo caso) su ascensión al Monte Sinaí le aseguró su nombre grabado en oro en el consciente colectivo de prácticamente todas las culturas occidentales. Moisés tiene el mérito de haber conseguido unificar la devoción de su pueblo al mismo punto: monoteísmo. Fundamentó la legislación judaica en cinco libros que componen la Torá : Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio –aunque existan cruentas controversias debido a la atemporalidad de su autoría.

Quizá para muchos, su mérito más grande consista en haber instaurado una de las religiones más influyentes en el destino de nuestra humanidad, y si lo anterior se considera una ventura o calamidad, no es el tema de hoy. Como personaje, tiene mi admiración entera por su capacidad de cambiar la brújula de su destino al punto cardinal opuesto, de intercambiar la luz más iridiscente
por la cueva más inhóspita sin titubeos y hacer girar la moneda en cualquier ruleta. Me gusta el loco profeta, con todo y su fábula imprecisa.

La niña de tierra caliente (1950)

Era medianoche, María se despertó con sobresalto de alguna pesadilla. Cuando miró a su alrededor en la oscuridad de la habitación, cayó en cuenta que la verdadera pesadilla era su cotidianeidad. La mayoría de las personas son rescatadas del sueño más atroz, por la consciencia de la realidad. El problema de María consistía precisamente en su realidad tan triste como pocas. Cerró los ojos apretadamente, pidiendo el deseo de ser transportada a otra habitación lejos de ahí, cualquier otra. Nunca pidió mucho, sólo quería una habitación sin espanto. Tenía diez años cuando entendió claro y conciso, el concepto de la profunda decepción. Ella seguía estando en ese cuarto maloliente donde dormían hacinados 9 de sus hermanos (aún desconocía que sumarían doce en total). Las roídas paredes de adobe seguían estando donde las recordaba. Las vigas del techo (que no eran vigas, en realidad) lucían la podredumbre habitual. Sin que nadie se lo dijera, supo que continuaba viviendo en esa olvidada comunidad del estado de Guerrero y que sería mejor para ella conciliar nuevamente el sueño porque en un par de horas, tendría que preparar su puesto de venta de sombreros en el pueblo. Miró con tristeza los huaraches que descansaban mejor que ella a un lado de su catre. Nunca había dormido en una cama, ni tampoco le habían presentado un par de coquetos zapatos en toda su vida. “No me gusta” -pensó en voz alta- “no me gusta mi familia, esta casa, el calor, el polvo, la marginación este pueblo, ni la pobreza de mis padres”. . .se tapó con la sábana temerosa. No estaba segura si había pensado o gritado. Temió que el padre Amado la hubiera escuchado desde la iglesia. No sería la primera vez que gracias a su imprudencia de niña rebelde, la obligaran a pasar –otra vez- cuatro horas bajo el sol de medio día, de rodillas, sosteniendo con sus manos dos pesados tabiques. Recordó con angustia que su último acto rebelde le había costado ser colgada en el árbol de su casa el suficiente tiempo para quedar inconsciente. Recordó los gritos de su madre, pidiendo que por favor la bajaran, que iban a matarla, que ya era suficiente. Lloró en silencio prometiéndose a sí misma que nunca, nadie más –ni siquiera su padre- volvería a colgaría de ningún otro árbol. Que comería tres veces a día para dejar de robar del plato a cualquiera de sus hermanos. Se prometió escapar, lo repitió una y otra vez sin parar hasta que el gallo del panadero anunció que era hora de irse a trabajar otra vez sin desayunar.

De mis tres ejemplos anteriores, María es mi heroína favorita por varias razones: cumplió todas sus promesas y dio un giro magistral a su moneda al convertirse en la primera de doce hermanos en tener las agallas de huir y cambiar su destino. Se convirtió en docente en la máxima casa de estudios de este país: la Universidad Nacional Autónoma de México. Aunque creo que su mérito más grande, es que jamás permitió que su origen desafortunado la acomplejara lo suficiente para impedirle convertirse en lo que quiso ser desde niña: Una mujer feliz. María es una mujer con un espíritu límpido, intacto, con capacidad ilimitada para emanar amor, comprensión, empatía y compartirla sin remilgos a cualquier persona que lo necesite, aunque no lo pida. Amo su sonrisa, porque aprendió a reír sola. Amo que ame, porque creció desprovista de ese alimento básico para que cualquier humano crezca completo. Amo a María porque no existe mejor madre en este mundo que ella. La amo profundamente, porque es mía.

Cuando lea estas líneas, seguramente se apenará por ver su nombre ligado a dos leyendas universales, pero no me importa. A ella sí la he tocado. Me gustaría terminar este texto agradeciéndole con todo lo que tengo, el haberme enseñado con su ejemplo que existen los giros, que todos podemos hacer uso de ellos, que nada está escrito en definitiva. Sólo hay que saberlo hacer. El tamaño del giró dependerá del grado de arte que seamos capaces de gestar desde nuestro interior.

Gracias infinitas María Elva, por enseñarme a girar en el aire sin temor a la caída.

América Pacheco.

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