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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Gracias, pero no
Por América Pacheco
6 de enero, 2012
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Para todos los que quedaron atrás.

Recuerdo que la primera vez que ejercí el derecho a pintar mi rebeldía en rojinegro estandarte, no tenía ni quince años. Fue la primera vez que dije un NO rotundo sin importarme las consecuencias futuras.

Todas mis vacaciones de la infancia, mi hermano y yo éramos arrastrados al pueblo natal de mi madre. Si ustedes nunca han tenido a mal poner un pie en las humeantes tierras de Tlapehuala, Guerrero,  han perdido la oportunidad única de conocer la sucursal #146 del infierno al servicio de la creación: 40 grados de calor seco, aridez, turbas de puercos salvajes corriendo entre las tristísimas y polvorientas calles y un lánguido río Balsas, eran nuestra recepción de bienvenida 2 veces al año. Ojalá las condiciones climatológicas de estas tierras objeto del desdén de nuestra madre naturaleza hubiesen sido todo el problema. Mi familia materna nunca se ha distinguido por pertenecer al lado luminoso de la luna. Un par de excepciones son rescatables de la estirpe de mi abuelo Tomás, pero un par de excepciones no son suficientemente poderosas para justificar la salvajada de sufrir nuestras vacaciones en ese lugar tan inhóspito. Cada regreso era lo mismo. Regresábamos enfermos de calor y de tristeza que nos alcanzaba para todo el mes, sólo por mirar las lágrimas de mi madre, quién la pasaba peor que todos juntos. De pequeña miraba a lo lejos y no entendía las razones de tamaño masoquismo de volver al lugar de tus peores recuerdos para ser tratado como un animal. Afortunadamente, dejé de ser esa niña que sólo miraba y no entendía. Crecí y aunque mi capacidad de entendimiento no estuvo satisfecha en su totalidad, tuve el valor de decirle a mi familia que no estaba dispuesta a pasar un día más de mis vacaciones venideras en ese pueblo. No lo pisé en todas las vacaciones. No he vuelto en 24 años.

Desde ese día hasta hoy (con más suerte que talento), he procurado encaminar mi vida hacia cualquier lugar que no sea aquel en el que me sienta mal o a disgusto. Aplico esta misma conducta para alejarme a pasos redoblados de cualquier persona que no me haga feliz. Me equivoco muchas veces, he dado la espalda a gente que la mitad del mundo considera maravillosa, pero si a mí me pone mal, sencillamente tomo mis maletas y abordo el primer tren de media noche.

La naturaleza masoquista –desde un muy ligero y particular punto de vista- nos impide disfrutar del cáliz del bienestar y nos imposibilita a entregarnos con desparpajo a lo bueno de la vida. Sacrificamos nuestro estado de ánimo con tal de no contrariar nuestras relaciones de afecto o de entorno social. Victimizamos nuestra existencia para depositarla –cual bocadillos- en una bandeja pública de la que cualquiera se puede servir.

Los psicólogos Alexander Lowen y Wilhelm  Reich, estudiaron profundamente el carácter masoquista en la conducta humana desarrollando tesis interesantes y que me gustaría compartirles.

Motín a bordo.

El engranaje del que se alimenta el placer es tan diverso como ideas en cerebros humanos, cada quién decide de qué elementos se compone el placer a nuestra medida, sin embargo, el engranaje del carácter masoquista, se distingue por componentes cuya única intención parece un sofisticado diseño de ingeniería cuya misión no es otra que el autosabotaje. El masoquista estropea desde su interior la sensación de placer, para trastocarlo en el sentido contrario: displacer. Lowen y Reich lo dicen de mejor manera:

“..el masoquista sufre una intolerancia específica a
las tensiones psíquicas y una excesiva producción de displacer,
mucho mayor que cualquier otra neurosis..”

Que a nadie le extrañe conocer o cohabitar con gente con esta tendencia a negarse a la felicidad. Mi más claro y fehaciente objeto de estudio lo encontré en mi propia familia. Quizá de manera sistemática -y gracias a ellos- he procurado alejarme de este tipo de conductas en cuanto las torretas internas me anuncian su presencia. Quizás, mi mayor miedo sea parecerme a mi familia.

Aprendí a identificar estos rasgos conductuales con esta guía práctica:

•    Proclividad crónica al dolor, son plañideras profesionales, su lenguaje está salpimentado con lamentos de su inacabable mala estrella.
•    Proclividad al auto menosprecio. Son auto displicentes, hacen del masoquismo moral su carta de presentación.
•     Proclividad a la tortura propia y ajena. Encuentran un espejo humano para reflejar parabólicamente su dolor.
•    Proclividad al aturdimiento, a equivocarse y mostrar una torpeza que la mayor parte de las veces se traduce como característica natural del individuo.
•    Proclividad a sostener vínculos poderosos con objetos.  Intiman profundamente con objetos simples que aunque parezcan insignificantes, para estas personas son vitales.
•    Síndrome de espasticidad.  Este síntoma, se entiende como una alteración motora que se identifica por los –a veces- incontrolables espasmos en los tendones, o bien dicho de otra manera, como reflejos constantes en las manos o temblores (por citar un ejemplo).

Recurrentemente padecen tensiones nerviosas seguidas de una inmensa angustia por ser capaces de gobernar esta tensión, sin embargo, los artilugios que utilizan difícilmente les funcionan. Acaban sumergidos hasta el cuello en arenas movedizas, donde sus pataleos desesperados, se tornan en las lianas que los hunden hasta el fondo.

 

Mamita querida.

La raíz de un gran número de desequilibrios conductuales, están estrechamente vinculados con la relación que hemos sostenido en la infancia con la autora de nuestros días. Otra particularidad de los masoquistas,  es que en la rifa del destino, se les obsequió una madre tirana. Ya sé que todos ustedes adoran a sus madres, y que la mayoría defenderá su honor a rajatabla. Pero no podemos cerrar los ojos a la realidad. Existen madres que ejercen la noble investidura, aunque en su interior resida el Gran Satán Mejorado. Conozco mujeres que son capaces de hundir en lo más oscuro del abismo a su descendencia sin el menor remordimiento. Los educan para la profesión de la nulidad, los dominan hasta ahogarlos y matar en ellos, lo que podría haberlos convertido en individuos funcionales en su forma más básica… La opresión que ejercen las madres sobre un futuro masoquista, es crear en ellos un fuerte vínculo de co-dependencia. Son tratados como vasijas de cristal cortado que nadie puede tocar (cualquier cosa podría dañarles), se preocupan por ellos desmesuradamente, lo que los desconcierta al recibir al mismo tiempo, agresiones y maltrato psicológico (o físico). La madre los educa para guardar en el receptáculo más recóndito, sus verdaderas emociones, los castran de libertad y autoestima. La mayoría de ellos poseen una personalidad afable y dócil -con esta careta disfrazan al niño aterrado que vive dentro-, navegan con cautela, cuidan meticulosamente sus pasos, y desarrollan su intelecto a niveles sorprendentes para observar con recelo a los que lo rodean. Lo terrible es que suelen ofrecerse como carne de cañón para el ejército de sádicos que transitan en esta vida en búsqueda de su contraparte ideal: ellos, los masoquistas.

 

Placer mata dolor.

Desde el pensamiento clásico, se ha profundizado en qué métrica debe considerarse “normal” para determinar qué carajos es la felicidad. Cada civilización ha traducido la felicidad de manera distinta a cualquier otra, incluso, entre las mismas civilizaciones se pueden encontrar posturas discordantes.

Aristoteles (Estagira, 384, A.C.) afirmaba que la felicidad debía ser la aspiración suprema y el objeto del deseo primario de nuestra especie. Cordura y virtud. La felicidad como aquello que nos hace diferentes de los animales: la racionalidad a nuestro servicio. Para el filósofo griego Epicuro (Samos, Atenas, 341, A.C.) en cambio, la felicidad se abrevia en una idea abstracta y contundente: La felicidad como ausencia del dolor.

El teólogo y filósofo Baruch Spinoza (Amsterdam, 1632) escribió en “Breve tratado acerca de Dios, el hombre y su felicidad” que ésta última consistía en descubrir todo aquello que nos obligara a evolucionar de la misma manera que rechazar sin concesiones, cualquier elemento que nos disminuyera en capacidades. Extender el pensamiento hacia cualquier dirección que consiguiera crecer nuestro interior. Usar la alegría como capital de fuerza o combustible, porque la pesadumbre sólo indicará merma energética.

Para el escritor alemán Friedrich Nietzsche (Röcken, 1844, -gran representante de la influencia femenina como pilar cultural y formativo-, tenía una opinión distinta. Para Nietzche, el dolor era necesario para identificarnos como entidades vivientes. Rechazaba el gozo como algo fácil de obtener, su fascinación por el héroe que descubre por medio de la lucha y el sufrimiento la autorrealización existencial mediante la  ineludible estela de dolor que deja consigo el más agrio combate, lo hizo célebre.

“El hombre, el más valeroso de los animales y el más habituado al sufrimiento, no repudia el sufrimiento en sí: lo quiere y hasta lo busca a condición de poder encontrarle un sentido, un objeto.” F. Nietzche.

Evidentemente, yo no poseo ninguna de las cualidades cognoscitivas de estas poderosas mentes que han alimentado a otras millones durante siglos. Sin embargo, tengo muy claro que es lo que deseo y lo que no. Me niego rotundamente a consentir mi “destino”  aunque éste parezca ineludible. Rechazo tajantemente ser objeto del sadismo de un tercero, de la misma manera que rehúso abusar de un espíritu endeble, aunque su cabeza sea colocada en mis manos en lustrosa bandeja de plata.

Existen miles y millones de causas ajenas a nuestro alcance que pueden afectarnos de manera irreversible. Estas millones de causas, pueden causarnos el sentimiento de pérdida física o emocional de impacto incalculable. Ante ellas, nada puede hacerse. He decidido no contribuir a que estas hijas de puta me alcancen. Decidí hace muchos años decir rabiosamente NO a pasarme mal un solo día de mi vida, no señor, no me sentiré mal un solo instante a causa de mi propia mano traicionera. Me he equivocado tanto, tantas veces…pero voy mejorando la técnica. Me esfuerzo por reinventar mi entorno las veces que sean necesarias. Cambiar como una veleta la dirección del camino. A veces no encuentro las mejores maneras para hacerlo. Nací desprovista de esa gran virtud llamada sutileza, así que pido perdón a cada persona que haya lastimado con mis dagas de franqueza o con algunos de mis más sonoros NO.

No sé con certeza de qué materia prima se componga la estructura molecular del alma.

Pero algo que me suena familiar con la tranquilidad del espíritu, me inunda de pies a cabeza cuando corto de tajo cualquier factor que me enferme de lágrimas o desasosiego. Tampoco me entrego de lleno al hedonismo, mi ambición más grande en este tenor, es encontrar el punto de equilibrio adecuado.

Por lo pronto, a ustedes que me han leído con o sin bostezo hasta estas líneas finales, les agradezco su paciencia por todos mis desfiguros emocionales y que he plasmado con regularidad en este espacio. Uno de mis objetivos de este año hacerlo con menor frecuencia. No son mis psicólogos, aunque disfrute este desahogo como contadas cosas en mi vida. Gracias por permitirme desnudarme ante sus ojos lectores.

Me provoca tanto placer su lectura, porque me aleja de cualquier tipo de tristeza, así que no tengo ni cómo pagarles su contribución a mi cruzada personal por ser  feliz un día a la vez.

Los abrazo con cariño. Feliz 2012.

 


 

América Pacheco.

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