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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Guess who's coming to dinner . . .
Por América Pacheco
23 de diciembre, 2011
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“El nacionalismo es la cultura de los incultos.”

Para Santa Claus, que nunca hizo caso a mis cartas.

El Tabú.

Joanne Drayton es una hermosa chica proveniente de una familia acomodada norteamericana quien decide llevar a cenar a casa de sus padres al que se convertirá en su futuro marido: John Prentice. John, podría considerarse, bajo la observación de cualquier lupa, como un excelente partido; a pesar de su juventud, goza de un impresionante currículum académico, de una exitosa carrera como médico, así como juventud e innegable apostura. El padre de  Joanne, Matt Drayton –un juez con tendencias liberales y reformistas- espera nervioso de la mano de su esposa y su inseparable vaso de whisky, al próximo integrante de la familia. Cuando la puerta del hogar Drayton se abre de par en par para recibir al invitado, comienza ante nuestros ojos el verdadero conflicto de esta aparentemente inofensiva historia romántica. . . John Prentice es un encantador y apuesto hombre…negro. Joanne no tuvo reticencia alguna en enamorarse de un hombre de diferente raza, precisamente gracias a las ideas que su padre parece olvidar. Creció en un hogar en el que la justicia y la equidad, formaban parte de los principales conceptos ideológicos y morales. Sin embargo, no todo es lo que parece.

El principal opositor a la unión matrimonial de la pareja, es precisamente el señor juez, tirando por la borda toda una vida como un entusiasta defensor de la igualdad entre individuos. Aunque no es el único. Al patriarca Prentice, padre de John, le indigna profundamente que su único hijo decida deshonrar a la familia enamorándose de una mujer blanca, echándole en cara con desilusión y furia, toda una vida de sacrificios y pobreza para hacer de él un hombre de bien.


La cinta “Guess Who´s Coming to dinner” se filmó en 1967, los protagonistas Sindey Poitier (John Prentice), Spencer Tracy (Matt Drayton ) y Katherine Hepburn (Mrs. Drayton) convirtieron esta pieza cinematográfica en una de las joyas más memorables de la década de los años sesentas. El guión (ganador del premio de la Academia el mismo año) abordó con elegancia y destreza, el tema del racismo y la doble moral reinante en la sociedad norteamericana, estando aún en pañales la lucha por la igualdad racial emprendida principalmente por figuras afroamericanas como Martin Luther King.

Considero que uno de los mayores aportes de esta cinta a nuestro entendimiento sobre la discriminación racial  -o dicho más correctamente- de la aceptación social de las uniones interraciales, es que el racismo no avanza por un solitario carril. La discriminación avanza con holgura en un camino de sentidos contrarios. Los negros (o afroamericanos, o la raza negra o como quiera que deba llamárseles en este absurdo mundo de sana corrección política), también desprecian que sus hijos se casen con gente blanca. Voilá.

Angelitos Negros.

La semana pasada estuvo circulando  un video que realizó la CONAPRED, en el que exhibe a un grupo de niños mexicanos (no se sabe a ciencia cierta el tamaño del rango de muestra) contestando preguntas relativas a dos muñecos (uno caucásico y el otro oscuro) sentados frente a ellos. Lo destacable del video, es que las respuestas de los chiquillos indignaron a más de una conciencia. Las preguntas eran sencillas: ¿Cuál te gusta más?, ¿Cuál es el bueno, cuál el malo?, ¿En cuál confías más y por qué?, etc… Todos los niños sin excepción, contestaron que –a su parecer-  el muñeco blanco era el único poseedor de nobleza, belleza y el que les inspiraba confianza. En contraste, el de piel y ojos oscuros, no les gustaba, ni se sentían identificados con él (a pesar de que casi todos los niños eran de piel morena).

El estudio que realizó con tibieza la CONAPRED, no descubrió de ninguna manera el hilo negro. En la década de los años cuarenta, una pareja de expertos en psicología social llamados Phipps Clark y Kenneth B. Clark utilizaron el mismo método en niños afroamericanos en Estados Unidos. Su investigación planteaba la inclinación étnica de los infantes y el grado de conciencia de su propia identidad racial.

Más adelante, Mary Goodman y el célebre psicólogo de Harvard, Gordon Allport, extendieron a un mayor espectro de muestra en la nación norteamericana mostrando interesantes resultados:

1.- Los niños blancos prefieren a los niños blancos.

2.- Los niños afroamericanos prefieren a los niños blancos.

3.- Los niños afroamericanos tenían la autoestima más baja.

 

Gracias a la poderosa difusión de estos resultados, Goodman llevó a instancias de la Suprema Corte de Justicia, pruebas contundentes de que a consecuencia de la segregación racial en las escuelas elementales, los niños negros presentaban una autoestima alarmantemente baja, y que a la larga, se convertirían en problemas sociales de impacto demoledor. Los prejuicios raciales y la  discriminación, traen consigo violencia e injusticia (el 17 de mayo de 1954, se determinó que las escuelas separadas era perjudicial para los niños y la nación, por lo que se ordenó la terminación de la discriminación en las escuelas de Estados Unidos). Todo este trabajo aportó oro puro al movimiento más importante en derechos civiles en Norteamérica.

 


Haciendo una analogía con el nuestro, es fácil identificar paralelismos conductuales. Todos sabemos que los individuos que no entran en rangos raciales caucásicos (negros, mestizos o indígenas),  padecen graves rezagos en terrenos laborales, socioeconómicos, políticos, de salud pública, educativos, e incluso,  morales.

Viviendo en un país en el que el 90% de los habitantes son mestizos con herencia indígena, resulta ilógico que esta abrumante “mayoría” muestre conductas propias de las minorías étnicas. Pero que no nos sorprenda, la lógica nunca es consistente en terrenos del comportamiento humano. El conflicto social de la sociedad en este país es de complejidad vasta. Si nos dejáramos llevar por la primera impresión que nos deja el video de marras, podríamos concluir que debido a la exposición de nuestros niños a la influencia televisiva -donde no encontrarán identidad mestiza ni mucho menos indígena que los represente con dignidad-  y a los prototipos que la habitan, terminan por identificar a la raza blanca como “superior” para asociarla con el éxito, porque en ella “confían más”. Pero la discriminación social va más allá de muñeco blanco-muñeco negro.

 


Conozco la historia de un chiquillo de siete años que heredó de su abuelo algunas características fisonómicas que han resultado contraproducentes en su corta vida: ojos azules, piel blanca y cabello rubio. El acoso y agresión al que se enfrentó en kínder y en primer año de primaria por los niños de su clase, obligó a su familia cambiarlo de escuela dos veces. Llegaba golpeado, aterrado: “¡Me dicen extraterrestre, monstruo y extranjero!” vociferaba, mientras se colgaba llorando al cuello de su madre. A su familia (que no cuenta con recursos para pagarle una escuela en la que sea visto como uno más del montón) les ha costado mucho trabajo integrarlo, enseñarle a quererse y asumirse diferente, pero sobre todo, que comprenda que los chicos que lo han aterrado durante años (todos ellos morenos)  no son malos, como también desvincular la asociación natural que ha hecho el niño agresión- color de piel.


En México no existe el racismo.

 

Hace una década, el escritor, guionista, locutor de radio, periodista y pionero de la movida tapatía Luis Usabiaga, realizó un performance gráfico en la sección “El Pasón, periodismo fumable” publicada los viernes en el Diario Milenio. Lo notable del performance, consistía en mostrar una foto de un hombre con marcado aspecto indígena y bigote estilo “Cantinflas”, bajo el siguiente titular: “En México no existe el racismo, comentó este pinche naco”. Usabiaga  había bosquejado con diez palabras, la maqueta de la discriminación imperante en nuestra chabacana cultura popular, que aunque se niegue, la mayoría de nosotros practica.

Invito a reflexionar a todos aquellos quienes me leen, si nunca han ejercido la discriminación hacia el jovenazo que les limpia el parabrisas en Insurgentes y Reforma, o si nunca se han cambiado de acera al ver caminar en contraflujo a un sujeto de marcado aspecto indígena, de extracción social baja y con el pelo hecho un homenaje al puercoespín.  Supongo que nunca  han pronunciado frases como: “Mira a ese pinche naco”, “Marco está tan feo…es prieto” o  “ese jardinero me quiere ver la cara, es un indio ladino”.

Todos conocemos alguna familia que muestra con orgullo al nuevo descendiente a los tíos o sobrinos con frases como esta: “¡miren a mi Lupita, está bien güerita!”, cuando la niña Lupita sencillamente es menos morena que sus padres. Típico que si les haces el siguiente comentario: “es morena como su madre “ se indignan y recalcan: “NO es morena, es güera, ¿Qué no la estás viendo?”. No es nice ser prieto…de hecho, seguramente seré juzgada agriamente por el innoble uso del vocablo anterior.

 


Uno de mis mejores amigos nació en Irán. Si ustedes lo vieran caminar por la calle, no podrían adivinar su origen: posee tez blanquísima, ojos verdes y cabello castaño. Su suerte termina cuando decide tomar un avión. Los agentes de aduanas le sonríen con amabilidad únicamente el tiempo que tardan en abrir su pasaporte. El trato que recibe es de persona non grata, sea cuál sea el país que visite. Es pintor egresado de una de las academias de arte más prestigiosas de Europa, pero eso no importa; su origen lo etiqueta como un fundamentalista peligroso, así que es tratado como tal cada vez que viaja.

 

La doctrina del racismo afirma que la sangre es la marca de la identidad nacional-étnica y sostiene que las características innatas determinan biológicamente el comportamiento humano. Juzga el valor de un ser humano no por su individualidad, pero exclusivamente por su pertenencia en una “nación colectiva de raza”

 –Fundamentalismo Nazi-

Los estereotipos raciales son peligrosos porque se ejercen bajo el manto de principios ideológicos que no han permitido que nuestro mundo transite con armonía a lo largo y ancho de nuestra historia. El racismo existe en todos los continentes, aunque los mandatarios de países desarrollados como Francia o Alemania afirmen lo contrario. La raza no es determinante para juzgar la bondad o maldad de los individuos. No todos los negros son malos o talentosos, ni todos los indios son buenos o todos los musulmanes son terroristas. Ninguna raza posee patentes exclusivas de virtudes o vicios. Es una irresponsabilidad brutal el uso del prejuicio para otorgar o negar derechos civiles, no podemos permitir que esta irresponsabilidad salga de nuestro vocabulario, ni se inculque en nuestros hogares.

Así que si la próxima vez que su hija les pregunte emocionada ¿adivinen quién viene a cenar esta noche? …piensen que quizá el invitado sorpresa sea su futuro yerno. Mi sugerencia es respirar profundo y corran como el juez Drayton (interpretado soberbiamente por el primer actor Spencer Tracy) por un whisky.  Nadie sabe qué pueda pasar y cualquier persona puede atravesar el resquicio de esa puerta. Que sea bienvenido. . . ¿no creen?

 

América Pacheco.

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