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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Historias bizarras y extremas de México
¿Alguien sería capaz de negar que en México cualquier situación excéntrica puede suceder y cualquier absurdo -EL QUE SEA- tiene licencia?
Por América Pacheco
13 de septiembre, 2019
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Hace algunos ayeres llegó a mis manos un libro hilarante: “Historias extremas de América: hechos insólitos en el encuentro de España con América”, del escritor hispano Rafael Domínguez Molinos. Este libro no es otra cosa más que un compendio de historias que reúnen las aventuras estrambóticas que padecieron los conquistadores españoles al enfrentarse al descomunal choque cultural de conocer las estrambóticas costumbres del salvaje Nuevo Mundo. Estas historias fueron extraídas de cartas, viejos diarios y escritos de la época que el autor se dedicó a investigar durante lustros.

Curiosamente, las anécdotas más irreverentes y humorísticas se desprenden de los capítulos relacionados a nuestro país. En especial hay uno que es mi favorito: El Sambenito. La historia la recuerdo de memoria más o menos así: en medio del infame apogeo de la Santa Inquisición en México, un indígena pobre, vago y aspirante a vendedor ambulante trataba de ganarse la vida a como diera lugar; lamentablemente, su desconocimiento absoluto del idioma español dificultaba la misión de obtener dinero suficiente para iniciar un ambicioso negocio en la vendimia callejera. Una ocasión, cuando vagaba por la plaza Santo Domingo, observó una procesión inusual: una turba de gente vociferante acompañaba a un pobre desgraciado que encabezaba la procesión que lo conducía al antiguo palacio de la inquisición que se encuentra en la Plaza de Santo Domingo (y que hoy cobija al Museo de la Tortura) a ser procesado contra algún delito que jamás conoceremos. La masa a su alrededor rugía toda clase de vituperios que nuestro anti-héroe no entendía un carajo, excepto una palabra que escuchó repetir una y otra vez: “¡Sambenito!”. Quedó fascinado con semejante escena. El muchacho de marras era analfabeta, pero no idiota, ya que de alguna manera entendió que la jocosa palabra se refería al atuendo que portaba el hombre que encabezaba la procesión. Y no se equivocaba. Corrió a su casa para hacerse de los materiales necesarios para fabricar el atuendo. Su lógica le indicaba que la gente admiraba mucho al hombre de la vestimenta extraña, de otra manera no caminarían detrás de él con tanta devoción. Observó que incluso algunas mujeres lloraban a su paso. Había encontrado el insight de compra infalible en el siglo XXI: el aspiracional. Todos querrían igualar la popularidad del condenado y querrían comprar su propio atuendo. Era un plan brillante: vendería Sambenitos y al fin sería un hombre acaudalado. Y totalmente adelantado a su tiempo

Lo que nuestro amigo ignoraba es que el sambenito era una prenda obligada a ser usada por penitentes católicos para mostrar público arrepentimiento por sus pecados, y no simbolizaba otra cosa más que infamia. Nuestros venerables amigos de la Inquisición española vestían con estas prendas a los condenados por el tribunal inquisitorio durante su procesión, juicio y condena.

Como ya habrán podido intuir a esta altura del relato, cuando el pobre desgraciado salió a las calles del centro a gritar a todo pulmón: ¡Sambenitos, Sambenitos! mientras mostraba las fantásticas prendas de elaboración casera, fue aprendido de inmediato para ser llevado al Santo oficio a ser juzgado por sedición contra Dios y su inmaculada iglesia.

Este largo y quizás innecesario preámbulo es traído a colación porque los libros México Bizarro 1 y 2 (Editorial Planeta), autoría de Alejandro Rosas y Julio Patán, no son otra cosa que un recordatorio genial: el México moderno, el ejercicio de su cultura y personalidad nacional sigue siendo representado por elementos tan deprimentes y divertidos como el desgraciado vendedor de Sambenitos.

Gracias al equipo organizador del Hay Festival Querétaro tuve la oportunidad de entrevistar a los dos autores de México Bizarro y las cosas se salieron de control.

Llegué media hora antes de nuestra cita en la sección de entrevistas de la sala de prensa del Gran Hotel. Quise ganarle el tiempo para poder charlar con ellos un poco más de los 10 minutos asignados porque se me dio la gana y porque #SoyMexicana.

La primera pregunta que se me ocurrió hacerles es qué sortilegio satánico logró que, dos personas de oficio tan opuesto lograran la hazaña de escribir un libro al alimón. Julio de inmediato aclaró que su proceso creativo no trabaja de esa manera. Lo que estos dos paladines de la escritura hicieron fue simple: hicieron una lista de las historias más relevantes e insólitas y seleccionaron cuáles desarrollarían cada quién en formato de columna periodística. El material final es un viaje retrospectivo a diferentes épocas que han dejado marcado en el libro de la identidad nacional con plumón fluorescente en la categoría indiscutible de pueblo surrealista.

“La verdad, el libro -qué más que un libro, ya es un concepto- salió de una borrachera. Aproximadamente dos meses al mes, Julio, nuestro editor y yo solemos tener borracheras bizarras en las que después de ingerir cantidades moderadas de alcohol, gustamos de platicar de historia”, espetó Alejandro Rosas. En medio de sus delirantes disertaciones sobre personajes tan importantes en la construcción histórica de nuestra cultura popular como la Paca, Carlos Salinas, Luisito Rey, El Poeta Caníbal, El Chupacabras, El Mochaorejas, el Pozolero de Guamúchil, La Mataviejitas, el bochornoso cortejo fúnebre de la pierna de Santa Anna, entre tantísimos personajes e historias que dan para 1 siglo de borracheras, el editor tuvo la epifanía: “¡Ahí tienen un libro, huevones! Cada quién tiene su nicho, sus seguidores, si unen esfuerzos, puede ser un éxito”, y lo fue, porque los señores Rosas y Patán han antologado en dos volúmenes las historias que representan con singular maestría y humor nuestra propia corte de los milagros. Y si su huevonada no lo impide todo parece indicar que estamos ante una serie que no la tiene ni Obama.

Tuve el descaro de confesar que me parecían Weird couple ever. Y fueron incapaces de negarlo. Ambos son escritores, sí, pero se desarrollan en diferentes disciplinas (Julio conductor de TV y radio, principalmente, y Alejandro como historiador). Julio tiene fama de mamón y Alejandro de encantador. Aún así, ambos son amigos entrañables y comparten un potente vínculo: el humor negro y el ejercicio de una crítica mordaz que distingue la trayectoria de ambos.

Lo que Bizarro da, etimología no presta

Aunque los puristas (o gente desqueacerada, da lo mismo) los han fustigado por el incorrecto uso del término bizarro, por su definición literal: bravo, osado, arrogante. La reinterpretación del lenguaje español ha colocado a este arcaico vocablo en el terreno que le corresponde darles cobijo a los fenómenos de lo extraño o absurdo. ¿Alguien sería capaz de negar que en México cualquier situación excéntrica puede suceder y cualquier absurdo -EL QUE SEA- tiene licencia?

Rosas y Patán aseguran que somos el país dónde los ídolos nunca mueren (el ejemplo de la leyenda urbana de Pedro Infante y Juan Gabriel viviendo la vida loca mientras sus fanáticos lloran una muerte fingida), el país de la cumbia del encanto, la nación de los presidentes que afirman estar convencidos de ser la reencarnación de Querzalcóatl (Saludo y beso hasta el cielo, JOLOPO) y de los que se asumen como el nuevo Benemérito de las Américas (Holi AMLO). En México tienen cabida las esculturas más feas que patear a un centennial sin el salvonducto del eufemismo (Un saludo-udo a la Cabeza de Juárez), y el mismo que escupió al mundo al borrachín que se orinó en la llama eterna del Arco del Triunfo. También eso somos: bizarros.

Corran por su ejemplar y ayuden a financiarle la cruda a un escritor dipsómano.

BIBA MEJICO.

*Epílogo

Llegué tarde a la fiesta que ofreció la Editorial Sexto Piso en el marco del Festival y busqué el lugar perfecto que sirviera de torre de control: la barra. Esta se encontraba hasta el final del establecimiento donde casualmente también se hallaban disertando Julio y Alejandro en compañía de Trino Camacho. Honestamente no me separé de este inusual grupo de inadaptados porque compañía más divertida, no existe. En medio del baile y jolgorio, se acercó a Julio un joven de dudoso estado etílico para preguntar de bocajarro:“¿Eres Jis, verdad? Dame tu autógrafo, anda”. El pobre Julio nos volteó a ver como suelen mirar los corderos que son separados de sus madres al nacer y solamente atinó a contestar:

-“Este..no, mira, lo que puedo hacer es conseguirte un autógrafo de él”, arguyó señalando a Trino, quien a esas alturas hacía esfuerzos para no escupir el trago de risa.

-“Ya tengo el autógrafo de Trino. No te hagas, sí eres Jis. Dame tu autógrafo”, insistió con la sutil desvergüenza que nada más poseen los niños y los teporochos.

En un acto inusitado de bondad y respeto a la oligofrenia ajena, Julio asintió resignado y procedió a firmarle un autógrafo al fanático del monero tapatío que, a esa hora de la madrugada, seguramente dormía la mona plácidamente. Las carcajadas que soltamos el trío de idiotas fueron tan sonoras que supongo que le hicieron sospechar a esa pobre alma que estaba siendo timada. Pero no pude verlo. Estaba demasiado ocupada llorando de risa.

No lo sé, pero quizás fui testigo de un capítulo de México Bizarro 4: El mexicano promedio en estado de ebriedad confunde a todos los pelones con Jis. Y si eso sucede, quiero mis regalías. Y las exigiré con bizarría. Faltaba más.

@amerikapa

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