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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Holy and Lovely Linda
Crecí en una década no apta para mujeres imperfectas. Cuando el despertar hormonal tuvo lugar en mi torrente sanguíneo, las mujeres que encabezaban el prototipo de belleza eran Claudia Schiffer, Linda Evangelista, Naomi Campbell, Christy Turlington o la asfixiantemente perfecta Cindy Crowfiord.
Por América Pacheco
3 de octubre, 2012
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Para mi órgano sexual favorito. 

Linda: El despertar a mi sexualidad no hubiera tenido lugar como lo hizo de no ser por ti, o mejor dicho, la conciencia de mi genuina sexualidad la debo completa a tu imagen, a tu espléndida existencia. ¿Sabes una cosa? crecí en una década no apta para mujeres imperfectas. Cuando el despertar hormonal tuvo lugar en mi torrente sanguíneo, las mujeres que encabezaban el prototipo de belleza eran Claudia Schiffer, Linda Evangelista, Naomi Campbell, Christy Turlington o la asfixiantemente perfecta Cindy Crowfiord, todas ellas amazonas sin descuido ni error. No, querida, no es fácil intentar salvaguardar la autoestima cuando una chica de 14 se enfrenta a su incapacidad física para salir avante con sus modestos atributos en una década que le perteneció a las supermodelos. Como nunca antes la belleza femenina adquiría poder, poder absoluto. Nunca antes el nombre de un maniquí se equiparaba –o superaba- al nombre de la casa de costura que vestía. No era que un desfile de modas se engalanara con la nueva colección de CHANEL. No, señor, yo crecí en la década en la que Claudia Schiffer engalanaba un desfile CHANEL.

Es natural que la niña gordita que fui, continuara siéndolo de adolescente. Mi verdadera lucha contra el sobrepeso dejó secuelas en mí, que poco o nada viene a cuento a estas alturas de la vida. Pero cuando dejé de ser ese montón de grasa sin forma, llegó la primera INTERVIEW a mis manos con Claudia Schiffer en la portada. Eso no se le hace a nadie que haya nacido desprovista de belleza prístina como la que porta escandalosamente la germana. Nadie dijo que la adolescencia era fácil para nadie, pero eso fue hasta que te descubrí en esa reunión clandestina a la que me arrastraron los palurdos de mis amigos porque tuve la suerte de encontrarte justo a ti, a la más grande leyenda porno de todos los tiempos. La célebre cinta setentera “Deep Throat” (Garganta Profunda, Gerard Damiano 1972) fue la elección/erección que tanta excitación/expectación provocaba a mis amigos esa noche: mi primera noche porno. Confieso que mi debut en los lodosos terrenos de la pornografía fue reveladora, divertida, didáctica y absolutamente lúbrica. Fuiste referente absoluto en mi desenvolvimiento sexual: la historia de una mujer insatisfecha sexualmente que busca ayuda profesional, para descubrir más pronto que tarde, que la razón de su anorgasmia es atribuible a un peculiar defecto genético, porque inexplicablemente su clítoris se aloja justo al fondo de su garganta, es precisamente el acontecimiento sexual perfecto que una chica ignorante necesita para explorarse sin temor. Colocaste en la punta de mi lengua los vocablos de los que se compone la trilogía del orgasmo: sexo, falo y clítoris; piezas claves e indispensables en el complejo tablero de una sana educación sexual.  Me atrapaste como a uno más de tus millones de feligreses del sexo opuesto. Al mirarte de soslayo introduciendo en tu garganta el órgano sexual más grande que mis ojos habían visto –de hecho, no había visto ninguno erecto-, no se me escapó notar que eras hermosa en la justa medida que lo era tu imperfección. Te amé.

Después de  muchos años, leí que tu vida fue una trágica cadena de abusos. Fuiste abusada en el entorno de un hogar católico y asfixiante. Fuiste abusada por el hombre que elegiste para escapar de tu infierno familiar. Fuiste abusada por una década que sin pedirte permiso, te hizo estandarte de libertad de expresión. Fuiste abusada por la puritana liga feminista/movimiento anti-pornografía quien usó tu imagen, tu voz y decadencia para fustigar el salvajismo de la pornografía. Fuiste abusada por un marido anodino y machista que no supo cómo resolver tu pasado. Finalmente, fuiste abusada por tus terribles elecciones que devinieron en un tristísimo final. A veces he querido entenderte, hacer uso del ejercicio más puro en terrenos de la empatía para lograr descifrar qué Linda fue la real, la que habitaba dentro de ti. He leído tanto sobre tu historia, he bebido tu versión de los hechos, así como las de tus detractores, y he llegado a la conclusión que no tuviste detractor más sádico que tú misma.  Al escribir esta misiva fantasma, traté de recrear la ruta que llevó a la retraída Linda que apodaban sus compañeros del colegio Maria Regina High School “Miss holy, holy”, a la mujer epicúrea que ese legendario crítico neoyorquino se refirió de la siguiente manera: “¿Cómo lo hace? Deep Throat tiene menos que ver con los placeres múltiples de sexo que con la ingeniería física”. Yo también tuve 16 años, yo también quise huir en algún momento, pero no tuve un padre que al retirarse de la policía, me obligara a escapar con alguien como Chuck Traynor, tu primer marido, ese grandísimo truhán al que usaste como boleto de tren sin retorno al infierno. Lamento tanto que Chuck te mostrara un infierno más violento del que hubieras conocido nunca, en verdad lo lamento. Siete años a su lado hicieron de ti la GRAN PRIMERA ACTRIZ PORNO, pero también consiguió esculpir a placer a la mujer trofeo, a la mujer sumisa, aterrorizada, adicta y co dependiente que finalmente sabemos te convertiste.

Denunciaste años después en tus biografías las golpizas, amenazas y la barbarie de ser usada como prostituta y actriz porno en contra de tu voluntad, a punta de pistola por Traynor. Incluso, ante la corte denunciaste que Garganta Profunda representó una descarada apología a la violación, porque de acuerdo a tu versión, la primer película pornográfica que consiguió la proeza de convertirse en el suceso de taquilla en su año de estreno, la legendaria cinta que Jack Nicholson, Warren Beatty, Sammy Davis Jr y Truman Capote idolatraban, y que Frank Sinatra exhibió en privado después de la persecución, clausura y decomiso de copias en las salas de cine; mostraba nada más y nada menos que una mujer siendo violada una y otra vez. En múltiples alegatos, tus compañeros de crew negaron que alguien te sometiera, declararon que siempre te mostraste gustosa, participativa y entusiasta en la filmación. ¿Ustedes qué saben de abuso mental? dijiste…sí, Linda. ¿Ellos que saben de esa clase de infierno, de ese absurdo infierno que se sostiene patéticamente del mayor de los temores: el irracional? Quizá el único criterio unánime de todos aquellos quienes conocieron a tu abusivo ex manager, es que Chuck Traynor no era el hombre al que le encargarías a tu niña de 5 años mientras vas de compras al pueblo. Cuando al fin escapaste de Chuck, tuviste el desatino de protagonizar tres cintas tan olvidables como desastrosas, incluyendo la nefasta secuela Deep Throat Part II. Aunque para muchos tu vida se haya distinguido por la inconsistencia y contradicción, para mi, es al vesre. Tu vida es un ejemplo claro de consistencia masoquista, el engranaje de tu conducta se distinguió de componentes cuya única intención parece un sofisticado diseño de ingeniería cuya misión clara es el autosabotaje. Lo inhumano de tu historia es que te ofreciste como carne de cañón al ejército de sádicos que hicieron de ti una veleta de contradicción, una veleta tan trágica como enternecedora; como una cruel e innecesaria paradoja. A veces me pregunto qué pasó por tu mente cuando de ser testigo en la Corte Suprema por una campaña emprendida por líderes cristianos y activistas feministas que arremetieron con todo su prejuicio contra tu película y contra la industria pornográfica hardcore en el 72 declaraste: ¿Acaso no es derecho constitucional de los ciudadanos norteamericanos mirar y mirar mal, de así desearlo?, para años después testificar: “La pornografía es degradante para la mujer”, “Es un crimen que la película (Garganta Profunda) se siga exhibiendo” satanizando la industria porno ante el Congreso, uniéndote a la peor de las ligas que ha poblado este universo de individuos a favor de la libertad y autonomía sexual encabezada por Gloria Steinem.

Con esta última jugada, te echaste encima no sólo a toda una industria cinematográfica que aprovechó para cerrarte sus puertas para siempre, sino también lo hizo la turba de simpatizantes que llevaron tu nombre como estandarte de la libertad de expresión. El horror al crimen es que la famosa activista te haya señalado como un mito ridículo, como una burla y un juguete. Te denostó cuando dejaste de serle útil en su prolífica y exitosa carrera mediática. Jamás perdonaste a Steinhem por hacer montones de dinero con tus conferencias a universidades, congresos y giras a favor de la liga, dinero del que poco o nada viste. Tampoco cuando tuvo la delicadeza de no incluirte en su lista de invitados cuando se casó con David Bale. Fuiste el accesorio favorito de las fastuosas fiestas Hollywodenses e invitada estrella a la mansión Playboy del célebre Hugh Hefner. Tu nombre fue de uso común al integrarse a la jergonanza del escándalo que dio traste al gobierno de Richard Nixon  ¿cómo olvidar que los oportunistas del Washington Post llamaron Garganta Profunda a su informante y fuente secreta del Watergate? La leyenda cuenta que en el 76 te convertiste en adicta a la cocaína y anfetaminas, y pasmosamente después convertirte en la cristiana recalcitrante que vociferó ante el pasmo de productores, director y actores de tu última película: “Dios ha cambiado mi vida” y negarte a posar desnuda. El último de tus secuestros lo ejecutó la liga feminista anti-pornografía que usó a la más grande estrella prono como vocera y ejemplo manipulando tu tragedia para generalizar y fustigar a toda una industria, tu nombre apareció en panfletos, libros y textos académicos que aseguraban que la pornografía era un cáncer social, porque representaba violación, abuso, secuestro  y violencia. Tu historia les sirvió de guía para señalar flamígeramente la podredumbre de la “industria salvaje” que envenenaba la juventud norteamericana; aunque reconociste en tu Libro “Odisea”, que siempre fuiste tratada con profesionalismo, respeto y afecto por la producción de Deep Throat. Tu cruzada era contra Chuck,  lo sabes bien. Él te hirió tan severamente como tú lo hiciste con la comunidad porno. Las estadísticas especializadas dan nota que más de 10 millones de norteamericanos vieron Garganta Profunda, pero ninguno de ellos se compadeció de tu mala suerte. Nadie te rescató, nadie acudió al clamor de tus brutales llamados de auxilio. Escapaste de todos al casarte con el constructor de mente –que no de clase- baja Larry Marchiano y mudarte con él a Denver en 1980, quién de alguna manera u otra, te proporcionó la normalidad que tu vida anhelaba. Pero tú no eras normal, aunque hicieras desesperados intentos por lograr que así pareciera, incluso teniendo dos hijos. Si denunciaste a Traynor por abuso físico y mental, por obligarte a sumergirte al mundo de la pornografía a punta de pistola, en 1996 hiciste lo propio denunciando a tu segundo marido como alcohólico, violento y abusador, y sí, también de los niños. Un horror más a tu infatigable lista de desdicha. Terminaste tus días entre la mendicidad y los estragos de un tristísimo trasplante de hígado realizado en 1987. Después de sobrevivir a cirugías y a las diálisis que se convirtieron en el calvario de tus últimos días, aceptaste posar en una revista para adultos en el año 2001, tenías 52 años. Muchos te llamaron hipócrita, pero pocos sabían que vivías de la beneficencia y que tus costosos tratamientos, estaban matando de hambre a tu familia.

Justo un año después de las últimas fotos, conducías por la autopista de Denver a tu cita inaplazable para una sesión de diálisis, pero nunca llegaste. Te estrellaste contra un poste y tu cuerpo, tu doliente cuerpo salió disparado por el parabrisas para destrozarse en el pavimento. Imposible que sobrevivieras a las múltiples lesiones internas. Era la tarde del 03 de abril de 2002, cuando tus hijos decidieron desconectarte. No tenía sentido. No podías más. Es curioso que tu ejecutor y verdugo Chuck Traynor,  muriera de un trauma masivo y lesiones internas producto de un accidente automovilístico en Chatsworth, California el 22 de julio, tres meses después de tu muerte. La vida es un misterio azaroso. La Dra. Petra Boynton -psicóloga especializada en sexo- preguntó en su columna en  The Guardian un día después de tu muerte: ¿cómo debemos recordarla? Linda trajo al porno al exterior, a donde todo el mundo podía conseguir echarle un vistazo. Sin ella no sabríamos lo que sabemos hoy acerca de la industria del sexo, y gracias a su aparición en las feroces críticas hacia la pornografía, las mujeres que hacen porno hoy día han conseguido mejoras en sus condiciones de trabajo (el más famoso es Candida Royalle, que actualmente está celebrando 10 años de hacer películas eróticas para mujeres). Hay mucho que decir acerca de Linda, pero debemos recordarla principalmente por sus dos acciones más radicales. En primer lugar, ella escribió un libro apasionante sobre la violencia conyugal en un momento cuando nadie estaba prestando atención a la violencia doméstica. Y en segundo lugar, era un sobreviviente, una mujer que escapó de un matrimonio abusivo, enfrentando a múltiples cicatrices emocionales y físicas que dejó en ella su pasado, y que logró formar una familia, haciendo frente a graves problemas de salud.” Coincido con Boynton, todos debemos recordarla por su innegable trascendencia, por las razones que a cada uno convenza. Linda, dulce y santa Linda, holy, holy Linda, probablemente la mitad del mundo te haya olvidado, pero yo soy incapaz de hacerlo. No podría ni aunque lo deseara. Fuiste mi heroína. Fuiste espejo del alma atormentada que yo fui, que a veces continúo siendo. Tu rostro de facciones suaves –sin artificios-, tu cuerpo, lánguido, imperfecto y de apariencia adolescente fueron para mí el guiño que necesitaba para crecer sin complejos, sin temores al sexo. Tu maestría con la lengua, me mostró el camino de la devoción al sexo masculino, al órgano sexual masculino que es más que ornamento, que también es vicio. Tuviste tan pocos homenajes en vida…permíteme regalarte este tan pequeño, aunque estés ahora tan lejos, en el lugar dónde ya nada vale la pena leerse;  pero pongo a mi sexo como testigo que eres mi musa, mi diosa, mi única profeta, mi santa Linda Susan Boreman, Linda Susan Marchiano o Linda Lovelace, –como prefieras- la única y mejor diosa pornográfica de nuestros tiempos. LA PRIMERA, con eso basta. Gracias siempre por aparecerte ante los ojos perplejos de la estúpida adolescente que fui, y mostrarle que una garganta profunda no es precisamente la felicidad de quién la usa. Siempre será el placer perfecto y primigenio de quién la posee.

“I look in the mirror and I look the happiest I’ve ever looked in my entire life. I’m not ashamed of my past or sad about it. And what people might think of me, well, that’s not real. I look in the mirror and I know that I’ve survived.” Linda Lovelace, 1997.

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