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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Humanitos, a fin de cuentas
Por América Pacheco
29 de septiembre, 2011
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Para Kasvin, mi amor más grande comprimido en seis letras.

Para Ernesto Godoy Lagunes, el humanito mayor.

 

¿En alguna ocasión se han arrepentido por haberse dejado llevar por la más agria tristeza? ¿Se han arrepentido –por ejemplo- de haber escupido esa impostergable verdad a su padre en la sobremesa de navidad y que devino en la ruina familiar del 2009?

¿Desearían no haberle gritado con todos sus pulmones a su madre por no entender que en este siglo ya no estamos para reclamos moralistas? ¿Le mintieron arteramente a esa dulce chica de la universidad que los amaba con locura y se arrepintieron seis años y sus lunas?

¿Se han dado de topes en la cabeza por no haberle dicho un “te amo” a ese pequeño una tarde de abril cuando se despidió para irse a casa de su abuela y al que no han vuelto a ver en dos años?

¿Quisieran volver el tiempo atrás, deshacerse del resultado de su ira y luego de su cobardía por no haber dicho a tiempo un “lo siento” que hubiera arreglado la catástrofe de sus vidas?

¿Alguna vez se han dejado llevar por el más genuino llamado de sus emociones, de sus instintos más primarios?

Si la respuesta a las preguntas anteriores es positiva, me permito informarles que ustedes y yo, son –somos- seres humanos y nada más. Es natural arrepentirse de nuestras lamentables acciones impulsivas; pero también lo es cometerlas.

Leyendo detallados estudios del psicólogo Theodore Ribot, encontré algunas joyas que nos ayudan a entender de manera simple, el complejo proceder de las emociones humanas. En primera, nos ayuda a diseccionarlas en dos vías: primarias y secundarias.

“nuestra personalidad envuelve en su profundidad el origen de la gran trinidad afectiva constituida por el miedo, la cólera y el deseo: son los tres instintos nacidos directamente de la vida orgánica: instinto defensivo, instinto ofensivo, instinto nutricio.  Desde este punto de partida se mantuvieron el miedo y la cólera, y se agregaron la alegría y la tristeza, cuatro emociones que poseen también los mamíferos superiores, y quedó entonces conformado un cuadro de cuatro emociones primarias, con su respectiva variedad de manifestaciones”

Las emociones primarias son propiamente aquellas que traemos a cuestas por su naturaleza evolutiva. Son la consecuencia de sentimientos no conscientes, son ecos ingobernables cuya guarida es el cerebro, heredadas de nadie sabe cuándo, de quién sabe quién, pero que tienen el mérito de haber sobrevivido a entornos hostiles y ser parte de nuestra esencia, de nuestra personalidad. La mayoría de nosotros podemos dar cuenta de ellas y jactar de conocerlas gracias a su invasión en nuestra mente. Aunque no siempre las recibamos de la mejor manera, porque no siempre son nuestras aliadas.

De acuerdo con Ribot, las emociones primarias son cuatro:

“1. Cólera: enojo, mal genio, atropello, fastidio, molestia, furia, resentimiento, hostilidad, animadversión, impaciencia, indignación, ira, irritabilidad, violencia y odio patológico.

2. Alegría: disfrute, felicidad, alivio, capricho, extravagancia, deleite, dicha, diversión, estremecimiento, éxtasis, gratificación, orgullo, placer sensual, satisfacción y manía patológica.

3. Miedo: ansiedad, desconfianza, fobia, nerviosismo, inquietud, terror, preocupación, aprehensión, remordimiento, sospecha, pavor y pánico patológico.

4. Tristeza: aflicción, autocompasión, melancolía, desaliento, desesperanza, pena, duelo, soledad, depresión y nostalgia.”

Si pudiéramos hacer un rudo auto análisis de los errores que hemos cometido  lo largo de nuestro paso por estos tiempos turbulentos al dejarnos llevar irracionalmente por alguna de estas cuatro emociones y sus -virulentas ramificaciones- bien podríamos escribir una dolorosa novela.



 “Las emociones primarias suelen estar acompañadas de claros indicios físicos. Cuando usted está deprimido/a, su cuerpo se moviliza (o se desmoviliza) para desconectarse. Y cuando es feliz, su cuerpo se moviliza para asumir compromisos y acciones positivas. Se activan determinados músculos para apoyar ciertas acciones, y su cerebro envía mensajes especiales a sus glándulas endocrinas (que controlan la producción y la liberación de hormonas) y a su sistema nervioso autónomo (que regula los órganos sobre los cuales usted no ejerce control voluntario, como el corazón y el estómago). “

Ahora bien, estas son sólo las primarias. Las secundarias también son cuatro:

“1. Amor: aceptación, adoración, afinidad, amabilidad, amor desinteresado, caridad, confianza, devoción, dedicación, gentileza y amor obsesivo.

2. Sorpresa: asombro, estupefacción, maravilla y shock.

3. Vergüenza: arrepentimiento, humillación, mortificación, pena, remordimiento, culpa y vergüenza.

4. Aversión: repulsión, asco, desdén, desprecio, menosprecio y aberración.”

Muchos expertos coinciden es que ambas ramificaciones no se presentan en el individuo de forma aislada. Somos un combo de órganos y piel con vertientes insospechadas. Facultativamente, somos catálogo de combinaciones imposibles de toda la pandilla de emociones arriba citadas. Tantas, como nuestra imaginación tenga gasolina en el tanque.

Así las cosas, al vernos presas de las consecuencias del desatino de nuestros exabruptos, podríamos decir a nuestro favor que “somos humanos”. Y no nos faltaría razón.

A los seres humanos no se nos debería juzgar tan severamente por dejarnos llevar por lo incontrolable: Las emociones humanas. Los instintos.

Cabe aclarar, que hay niveles y medidas de impacto, todas deben de comprenderse de forma aislada. El llevar al límite los instintos es tema de otra reflexión.

Este largo preámbulo viene a colación por la clasificación de “criminal” que nuestros flamantes ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, le otorgan a cualquier mujer que decida NO traer al mundo a un hijo que NO DESEA. No quiero hablar sobre estadísticas, sobre las raíces o consecuencias que se traducen en una mujer preñada sin desearlo. He leído toda la semana análisis impactantes que desgranan meticulosamente el tema. Para eso están los expertos, yo no lo soy. Me gustaría hablar desde la postura de la que me considero absolutamente conocedora: la de madre y humana.

No voy a tocar el tema de la pobreza, de la paupérrima educación sexual de nuestra población, de las condiciones sociales o éticas que rodean al aborto.

Porque si la pobreza o ignorancia (por citar sólo un ejemplo) fueran la causa raíz de los abortos en este país, mujeres con sobrada educación sexual, condiciones de vida favorables y con buena posición económica, no recurrirían a estos métodos. Y vaya que son clientes frecuentes de médicos que les realizan en cómodos y asépticos consultorios, cualquier tipo de método efectivo para interrumpir su embarazo. La diferencia es que no forman parte sustancial de la estadística. No se mueren. No se desangran durante dos días ni tiran en una bolsa negra el feto plena luz del día en la Avenida Taxqueña.

Las mujeres nos embarazamos por una infinidad de razones. Pero cuando no es deseado, sólo es una: el instinto irrefrenable (y no siempre consciente) de procrear, de coger. Lamentablemente, este instinto no siempre nos ataca en los momentos precisos con las personas adecuadas.

¿Alguna vez han sentido el deseo ingobernable de tener sexo con una persona? ¿de copular con alguien sin freno?

Podría jurar que prácticamente todas las personas sexualmente activas que me están leyendo, viajaron hasta un episodio de su vida que bien pudo ser ayer. El llamado de las hormonas es una necesidad imposible de describir en simples caracteres. Es una fuerza intangible pero poderosísima. Es más allá que la simple irresponsabilidad de no cuidarse, de no protegerse, de no pensar. Hace tiempo, conocí a una chica que su médico le advirtió que JAMÁS podría embarazarse. Su historial médico la condenaba a la muerte inminente si decidía hacerlo. Años después se embarazó. Tuvo que decidir. Evidentemente está viva y no es madre. ¿Cómo explicar que una mujer brillante y perfectamente consciente de la fragilidad de organismo, de su quebradiza salud se haya embarazado sin desearlo? Naturaleza humana…no hay mucho qué pensar.

No es coincidencia que las mujeres quedemos preñadas en nuestro ciclo más fértil. Y eso, es más poderoso que la educación sexual. Un momento de locura basta. De nada valen tantos años de control natal. Es un error, una irresponsabilidad, dirán muchos. Así es. Todos debemos pagar el precio por ello. La cuestión es, ¿realmente es necesario traer un hijo al mundo por un error, por una irresponsabilidad, por una noche de calentura, por una idiotez?

 

Traer a un hijo al mundo es lo de menos. Ojalá alimentarlo o vestirlo fuera el principal problema a resolver. Un ser humano para crecer como árbol rozagante desde la palma de las manos hasta la punta de los pies, no sólo necesita comida. Requiere una dosis diaria de fantasía y comedia. De atención y dulzura. De dureza y abrazos. De fe y promesas. De consejos y amor infinitos. De no ser así, un niño crece raquítico del alma, con el corazón sombrío e infeliz.

¿Quién puede garantizar que un niño va a obtener esto mínimamente?, ¿quién los protegerá de los rapaces, de la miseria, de una vida de animales?, ¿quién  será capaz de brindarle todo esto a cada hijo no deseado?

¿Los jueces se harán responsables? ¡Por supuesto que no!

¿Por qué mejor no se ocupan de legislar eficientemente sobre temas educativos, alimenticios, sanitarios, derechos humanos, o en seguridad, por ejemplo?

Ya nacidos les valen madres. Ya nacidos, no les importa que esos niños se mueran de hambre en las esquinas. Es apabullante ver a esos niños muertos en vida, con los pulmones llenos de solvente y soledad. Ya nacidos, ¿quién les garantiza que van a recibir las condiciones necesarias para arañar un futuro? La respuesta a todas estas preguntas, sólo las puede contestar la madre. Nadie más. Ergo, ella y nadie más debe decidir sobre su cuerpo. Porque sólo ella cargará con el peso de las consecuencias de una irresponsabilidad.


Cuando yo cumplí 17 años me embaracé de Kasvin, mi hijo mayor. Nadie más que yo decidió traerlo al mundo. Pude abortar ilegalmente, pero no lo hice. Y me embaracé protegiéndome. En casa siempre hubo anticonceptivos que mi madre traía del hospital. Aún así me embaracé. Algo falló cuando no debía haber fallado. El llamado de la perpetuidad de la especie fue evidentemente más poderoso. Lo tuve porque yo supe que podía. Lo disfruto y lo sufro. Lo demuestro cada día. Las mujeres sabemos. Nos conocemos, nadie como nosotras conocemos plenamente con qué armas contamos. Las mujeres decidimos si queremos heredarles a nuestros hijos nuestro infierno personal o el colectivo. Si una mujer decide renunciar a lo irrenunciable, háganle caso. Sabe por qué lo hace, el instinto materno también trabaja en sentido contrario. Sabemos cuando no podemos hacerlo. Sabemos cuando no podemos ser madres, nuestra incapacidad para amar al producto de una compleja maravilla biológica. Mi pugna es porque todas las mujeres puedan decidir si el camino de la maternidad es el que deben recorrer. Que nadie las obligue.

En ocasiones al cerrarles la puerta a este mundo, les estamos brindando el mayor acto de amor. No por ello debemos ser catalogadas como criminales. Interrumpir un embarazo muchas veces, es un elogio a la vida. A una vida digna. A una vida sin culpa.  No a nosotras, a ellos, nuestros hijos.

No hay nada más triste que los ojos de un hijo no deseado, no amado. Miren a esos chiquillos en los semáforos, en las coladeras, en los basureros. Y me refiero a ellos porque son los que están a la vista. Ustedes y yo conocemos algunos que viven en fortalezas de lujo. Abandonados en una habitación llena de juguetes y vacía de caricias.


Para funcionar en nuestra versión más básica, necesitamos contacto humano, estímulos emocionales diarios. Cuesta tanto trabajo amar a un hijo sin dañarlo y cuesta mucho más hacer todo lo que está a tu alcance para darte cuenta que no es suficiente. Que la maternidad no da tregua, no da respiro, que debes cuidarlos a cada segundo porque en cualquier distracción pueden ser dañados de por vida. Imagínense la vida del hijo producto de una violación, de la pobreza o del odio. Arrumbados en el rincón del olvido, de la negación, del pecado, huérfanos de caricias, del rechazo de quién más debería amarlos.

 

¿Quién es tildado de criminal por dejarse llevar por el miedo, por la tristeza? Somos humanos. Como humanos empaticemos con el resultado de nuestras emociones e instintos básicos aunque estos no sean afortunados. Porque mientras siga existiendo esa chispa que mantiene a la evolución de pie, mientras no se erradique nuestra humanidad, nos dejaremos llevar una y otra vez por el más antiguo de los instintos: el de la reproducción.

Humanitos somos, a fin de cuentas.

América Pacheco.


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