Infancia (in)feliz - Animal Político
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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Infancia (in)feliz
Claro que fui una niña feliz. Como todo niño, lo fui por periodos cortos, y lo sé gracias al olfato (el sentido más desarrollado que poseo). Los aromas de la infancia empaquetados al alto vacío han sido un auxiliar indispensable en este necesario ejercicio de memoria.
Por América Pacheco
19 de mayo, 2020
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Motivada por razones de estricto interés de la terapeuta que mantiene a raya mi conteo neuronal, comencé a recordar viejas heridas de la infancia. El pasado noviembre cumplí nueve años de escribir esta columna que ha dado espacio y desahogo a un relicario de traumas que a nadie importan, pero que ha servido para construir una fama bien merecida de stripper profesional. Mis amados lectores gozan de palco de lujo a mis encueres emocionales en este espacio como en ningún otro. En noviembre de 2011 inauguré Pluma, Lápiz y Cicuta con un relato entrañable por lo naïv de su manufactura, sobre todo; pero también porque fue el primero de muchos ejercicios en el que decidí asomarme a la infancia. Este ejercicio lo retomaría con timidez en crónicas estrechamente vinculadas a mi padre y que dieron colofón al epílogo de Pasajera en trance.

No necesité llegar a la adultez para comprender que tuve una infancia traumática e infeliz. Durante la sesión de la semana pasada, expliqué a la terapeuta (que a efectos literarios llamaremos Laura Palmer) que los desfases de mi memoria se esmeran por conservar fragmentos de postales que muestran a una niña de tristeza prototípica. Laura cuestionó si no existían en el archivo general de la emoción recuerdos de tesituras opuestas; y la respuesta quedó en el aire. Los últimos días han sido de reflexión introspectiva gracias a una pregunta que no ha dado tregua.

Claro que fui una niña feliz. Como todo niño, lo fui por periodos cortos, y lo sé gracias al olfato (el sentido más desarrollado que poseo). Los aromas de la infancia empaquetados al alto vacío han sido un auxiliar indispensable en este necesario ejercicio de memoria. Mis abuelos maternos son originarios de un pueblo perdido en tierra caliente Guerrero: Tlapehuala. En esta tierra hostil pasamos mi hermano y yo prácticamente todas nuestras vacaciones escolares. El primer recuerdo vinculado a la felicidad está estampado con imágenes del taller del abuelo. Tomás, el patriarca de la familia Ramos, nunca tuvo suerte en su oficio de campesino y cuando cuatro de sus doce hijos aún eran pequeños decidió cambiar de giro. Durante cuatro décadas fabricó sombreros artesanales de palma. Actividad que tampoco sacó a la familia de la pobreza, pero le ayudó a sobrevivir. La casa de mis abuelos era tan humilde que carecía de puertas, excepto una: la de la entrada. El piso era de tierra, el techo de gruesas vigas de madera antiquísima, las paredes de adobe y las camas de otate. La casa era lúgubre, en cierto sentido estético, pero tenía alma y olor propios. No contaba con servicio de agua potable y mucho menos una estufa; pero esa casa rectangular y de una sola planta siempre olía a pan recién horneado, a granos de maíz, a aporreado, y a carne de puerco. Mi abuelita hacía tortillas de nixtamal en una suerte de horno de piedra y el agua de su pileta era cortesía del río Balsas.

Recuerdo haber visto a gente llevarle agua en sendas cubetas. Pero a ninguno de sus nietos nos importaban las incomodidades extremas, como bañarnos con agua helada y a jicarazos. Éramos felices comiendo cantidades obscenas de paletas de nanche, devorando las tortillas hechas a mano retacadas de frijoles puercos y el dulce de calabaza, piloncillo y miel que desayunábamos cada mañana. Nos arrullaban los grillos y las mentadas de madre del tío Trinidad Rojas, el panadero de la familia que además era un alcohólico empedernido. Yo lo adoraba. Mi pobre abuela vivía preocupada de sabernos metidos en su casa-panadería. Estaba segura de que regresaríamos repitiendo entre carcajadas salvajes maldiciones. A mí jamás me importó su aliento alcohólico, o sus jocosos insultos a la virgen y al padre del pueblo. Tenía la sonrisa más noble de la familia y siempre llenó mis manos (y el estómago) de rosquillas de fresa, galletas de canela y panecillos azucarados. Nos peleábamos para ser elegidos en la importante tarea de llevarle de comer a los puercos tres calles abajo.

La única incomodidad que en verdad me afectaba era el calor. En semana santa la temperatura rebasaba los 40 grados, así que la opción de permanecer dentro de cuatro paredes podría considerarse como un acto suicida, así que se podía ver la turba de mocosos corriendo en la calle esquivando puercos salvajes. Pero mi lugar favorito no eran las calles del pueblo, sino el taller de sombreros. Aún soy capaz de recordar el olor intenso de la palma después de su proceso de secado y blanqueamiento. Me fascinaba sentarme en una piedra para contemplar la elaboración 100% artesanal de una de las tradiciones típicas más antiguas de la región. Los sombreros se trenzaban, ripeaban y se limpiaban antes de pasarlos por un proceso de armado en unas máquinas Singer del año de nuestro señor Don Porfirio. Podía mirar durante horas ver nacer una copa nueva. Mi parte favorita era la evolución del armado y engomado, porque una vez que se tenía el sombrero hormado y planchado, se le cubría con una capa de blancol. Creo que el blancol fue mi mona de guayaba. No recuerdo a qué huelen los tacos de canasta que no he comido en seis meses, pero sería capaz de reconocer ese olor en una competencia de productos químicos Mi Alegría.

El taller se encontraba en el camino que separaba la pileta del baño, ahí, en plena intemperie. No me importaba caminar entre alacranes o iguanas porque durante años creí que mirar una alimaña aterradora diez minutos era suficiente para hipnotizarlos a voluntad: “no me atacarás, bichito” repetía cinco veces mientras miraba fijamente al chingado animalejo. Y puedo firmar ante fedatario público que mi récord médico no incluye picaduras de artrópodo alguno. Pero ver un sombrero con barbiquejo, bellotas color marfil y con las iniciales T.R., e imaginar exóticos destinos para cada uno de ellos, era todo lo que a los siete años concebía como felicidad.

Esta tarde tropecé por casualidad con el ensayo Magia y felicidad. de Giorgio Agamben. Algunas reflexiones que leí entre sus páginas ayudaron a entender el trenzado y armado del sombrero que simboliza mi felicidad infantil. De acuerdo con Agamben la primera experiencia traumática de un niño es cuando enfrenta su primer contacto con el principio de la realidad. Sostiene que, nosotros, los adultos perdemos la capacidad de creer en la magia. Para el adulto promedio, la felicidad únicamente puede ser alcanzada a través de nuestros méritos y fatigas, mientras que a los niños nada les provoca tanta felicidad como el manto protector de su personalísima fantasía. Magia y felicidad sostiene que vivir bien y vivir feliz son dos elementos distintos. Para vivir feliz, los adultos necesitamos recuperar un trozo de esa manta y experimentar experiencias inexplicables y fuera de lo normal. De alguna manera, concebir uno de los preceptos más abstractos del ser humano -la felicidad- como epifanía, magia o incógnita, y lograr el milagro de desasociarla de nuestras capacidades adquiridas, si no, entenderla como la consecuencia de la presencia de del tufo del azar, del ábrete sésamo, de un encuentro fortuito, del genio de la lámpara, de una dádiva celestial, de la puta gallina de los huevos de oro es una gozadera apasionante. Imaginar la felicidad como una recompensa producto de la fortuna, la fantasía y no de la virtud, es suficiente para sentarme frente al teclado y traerles este texto.

Agemben afirma que es muy probable que el infinito pozo de tristeza en el que los niños se sumergen inevitablemente a lo largo de sus primeros diez años provenga justo de la conciencia de no ser capaces de hacer magia: aquello que podemos alcanzar a través de nuestros méritos y de nuestra extenuación no puede, de hecho, hacernos verdaderamente felices. Sólo la magia puede hacerlo.

El día que crecí lo suficiente para descubrir el lado oscuro de la historia familiar, lo que encubrían y resguardaban esos muros de adobe, se murió toda la magia que unía el candor de mi niñez a ese viejo taller, a la panadería del tío Trini y a las rosquillas azucaradas. El último día que me tocó llevar restos de pozole a los puercos de la abuela y presencié por error -y horror- el sacrificio de uno de esos pobres infelices, supe que no volvería jamás. Este año cumpliré tres décadas sin poner un pie en el pueblo dónde ya reposan para siempre los restos de mis abuelos.

Crecí con tanta culpa y rencor por razones que no hablaré ahora, que olvidé lo único que jamás debí apartar del recuerdo: nadie debería de olvidar la sabiduría pueril de los primeros años de vida. Racionalizamos tanto nuestros objetivos de plenitud, que cuando caemos en cuenta de que somos felices, ya hemos abandonado ese puerto. De alguna manera me entusiasma pensar que, si construyo nuevamente la confianza en la existencia de la magia, seré capaz de penetrar en esa compleja red que protege la conciencia de una felicidad extraviada. La magia ha formado parte del catálogo de súper poderes prácticamente en cualquier cultura. Desde Moisés hasta Superman. Me intriga zambullirme en mi interior para descubrir si aún soy capaz de recuperar antiguos poderes y talentos. Y sí, antes de que un listo venga y me lo diga, entiendo que ponerme mística a estas alturas del Apocalipsis quebranta uno los fundamentos primarios que han hecho de mí la mujer que reconozco en el espejo, en las letras que pergeño en soledad.

Tengo claro que, para rescatarme, no es necesario regresar al viejo rincón del abuelo (y aunque quisiera, porque la vieja choza construida de arcilla y palma desapareció una generación atrás). Tengo la intención de levantar las paredes de un taller propio. Quiero experimentar con los matraces que olvidé romper y que, por razones atribuibles a la buena suerte, aún se mantienen completas (opacas, pero de una pieza) para recuperar mis antiguos poderes adivinatorios y la habilidad de hipnotizar alacranes e iguanas. Quiero viajar en el tiempo para traer el recuerdo de Alejandro parado en el resquicio de su habitación mientras me miraba con las cejas arqueadas preguntando algo que no alcanzaba a escuchar a causa del estado semi narcotizado en el que acostumbro a amanecer cuando he dormido como una chiquilla sin culpa.

Quiero ese recuerdo para meterlo en un talismán que me permita recordar que éramos felices y no lo sabíamos. Me gustaría recuperar todas las hechicerías del viejo baúl de madera y ser capaz de alejar por completo toda la tristeza de una niñez a la que me resisto a recordar rota e infeliz.

@amerikapa

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