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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Inside Old Boy. Nos fallaste Spike Lee
Nunca estaré satisfecha con la secuela de cualquier película que pertenezca al exclusivo pedestal de mis afectos. Spike Lee hizo una buena cinta que pudo haber alcanzado notas artísticas si no hubiera perdido la brújula.
Por América Pacheco
4 de abril, 2014
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Old Boy portada 2

Durante una extensa charla en torno a una taza de café, hace más de cuatro años sostuve una férrea defensa del film surcoreano Old Boy (2003, Park Chan Wook). Mi interlocutor de esa noche mostró repugnancia cuando intenté explicarle que el director -haciendo uso de una exquisita e implacable violencia-, construyó el retrato más perfecto y sofisticado que nunca jamás tuvo la venganza. Mi intención era claramente adoctrinarlo en la Iglesia de los Insurrectos de Old Boy de Los Últimos Días, secta en la que me desempeño como líder vitalicia y recaudadora de fieles desde hace una década. Sólo conseguí el rechazo más virulento que he sorteado en mi existencia recaudadora de almas, porque mi prospecto desarrolló un rechazo compulsivo y necio por el film que ocupa un lugar irremplazable en mi listado personal de obras maestras de la cinematografía. Lo anterior viene a cuento porque cuatro años después de esa charla, el sujeto de marras accedió milagrosamente acompañarme a ver Old Boy. El trato fue simple: ver ambas versiones al hilo y, al final, debatir acerca de las diferencias técnicas y narrativas del trabajo de ambos directores. El resultado de nuestros debates fue el siguiente:

* Warning – alerta de spoilers *

Oldboy 2003

Dicen que la historia no siempre es como la pintan

Oh-Daesú (Min-sik Choi ) vs Joe Doucett (Josh Brolin)

El protagonista de ambas cintas es un padre de familia secuestrado sin razón aparente durante una demencial borrachera justo el día del cumpleaños de su hija. La cinta coreana no brinda antecedentes del protagonista; no se esfuerza por crearnos un juicio. Durante la secuencia inicial de Oh Daesú en una estación de policía -detenido por disturbios en la vía pública-, el gancho de empatía con el hilarante borrachín es automático y honesto. El hombre es un tipo ordinario, quien es rescatado por su mejor amigo para no perderse el cumpleaños de su amada hija. El director coreano no concede un dato adicional, un flashback, o un antecedente de quién es el protagonista. Desconocemos si el personaje es un criminal o un alma noble, pero inexplicablemente un genuino afecto nos embarga de inmediato.

Josh Brolin

Joe Doucett es un ejecutivo publicitario de buen nivel, irresponsable y al borde del despido. Vulgar, disfuncional, patán acosador, mal padre y alcohólico repugnante, de tal suerte que ni su único amigo accede a abrirle la puerta durante una noche de profuso aguacero. El primer paso fallido de Spike Lee fue sembrar rechazo al respetable por su héroe antes del minuto 10. Desdeñar el trazo de un personaje entrañable, y devenirlo en otro a quien nadie confiaría su gato hidráulico un par de horas, fue sólo el primero de innumerables tropiezos del guión.

Oh Daesú permanece encerrado 15 años en un inmundo lugar sin tener puta idea de las razones de su cautiverio. No sabemos si su prisión es una cárcel, una casa de seguridad, o una tapicería; el director no se conforma en provocar ese desconcierto y neurosis a la víctima, también lo induce a nosotros, nos convierte en testigos expectantes. Teniendo a la televisión como única compañera de celda, Daesú se desdobla. Él diálogo interno comienza a tomar el control de su coherencia de una manera perturbadora, casi demencial; filosófica, a veces poética. Su vida comienza a transitar entre el odio, al delirio onírico, de la alucinación al llanto, del suicidio a la sed de venganza. Su razón de ser muta en una obsesión por descubrir al captor y vengarse, ya no de la atroz privación de su libertad, desea masticar y escupir en pedazos al que fue capaz de asesinar a sangre fría a su esposa haciéndolo parecer a él como único culpable. Recuperar a su hija no es prioridad, su corazón yace pétreo y lo sabe. El Oh Daesú liberado intempestivamente no es más aquel simpaticón y abotagado dipsómano a quien nunca más extrañaremos, porque la melancolía del monstruo, su profunda pena nos convierte en el mismo reflejo que escupen los cristales del último piso de la torre más alta. También nosotros anhelamos venganza. También nosotros deseamos que mastique, escupa y destripe al causante de su desdicha. También queremos que duela.

 Old Boy 2013

 

Doucette -carente de la ternura salvaje de su antecesor-, permanece en cautiverio la friolera de 20 años y, a diferencia del tambaleante Oh-Daesú -que sufre desmayos y lapsos psicóticos al exponerse a los rayos solares y a los dos primeros seres humanos con quienes tiene oportunidad de interactuar en 15 años- corre, golpea, discute, amenaza y dialoga con la misma naturalidad que utilizan los oficinistas al pedir cigarros mentolados en el OXXO. Sus 20 años en cautiverio sólo sirvieron para que desarrollara una habilidad epistolar cursi e infumable. Ducette deambula del mamarrachismo al insoportable prototipo del soldado universal. Y sí, más cabrón que Van Damme.

Yoo ji post

 

Mi villano favorito

El ejercicio de observar a detalle ambos trabajos cinematográficos al hilo, me confirmó que Occidente y oriente usan distintos planos al momento de construir al antagonista, pero sobre todo, en la manera de proyectar la crueldad en piel y rostro de un villano. No tengo ningún inconveniente en asegurar que Woo-Jin es el mejor villano del celuloide en los últimos diez años. Woo-Jin es un encantador millonario que bien podría dilapidar su fortuna comprando yates en Saint-Tropez, sin embargo, dedica su existencia -sin escatimar tiempo o recursos- en armar pieza por pieza el proyecto de venganza más sofisticado y elegante del que se tenga registro. Cuida cada detalle, lo esculpe en elegante violeta y negro, lo atesora como lo más preciado, metódicamente y sin retrasos. Lo modela con sus propios dedos, lo envuelve en listones de seda. La más grande proeza del guión original es el giro de tuerca emocional cortesía de los motivos de Woo-Jin, que nos hace tropezar de frente contra un fiel guardián de la pureza del amor. Pocas historias son capaces de confundirte en tesituras tan complejas y brillantes. Nuestro villano derrocha omnipotencia y fragilidad: humanidad y dulzura en combo perfecto. Los motivos del lobo se visten de tabú, incesto, enfermedad mortal, pero nunca del ropaje pestilente de la maldad. Su venganza le devolvió a su Némesis la pertenencia más importante que él mismo había olvidado recuperar. Cuidó del mayor tesoro de su enemigo para devolverlo intacto, puro, bondadoso. Y le entregó en sus manos la decisión de aprender a vivir como él aprendió a hacerlo, antes de perderlo todo, antes de la tragedia. Le ayudó a recuperar su libre albedrío; recogió a un hombre anodino y lo transformó poderosamente haciéndolo evolucionar. La metáfora de su dolencia cardiaca es elocuente, sabe que su venganza también debe pagarse con dolor propio, muerte lenta.

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Spike Lee no quiso o no pudo entender que la estructura de la trilogía de Park Chan Wook es el secuestro, no la violación. Mientras que en la versión coreana, la venganza es ejecutada con maestría mediante el método del secuestro, en la del norteamericano es a través de la violación -en cualquier tipo de sentido- explícita. El villano del remake carece de elegancia. Existe un abismo de diferencia entre la sofisticación y el amaneramiento. Adrian Pryce (Sharlto Copley) es un repulsivo millonario desprovisto de móvil o coherencia. Es imposible empatizar con un personaje profundamente traumatizado cuyo objeto de venganza es el menos responsable de su tragedia. La repugnancia inevitable a la figura de Adrian, muestra la doble moral del pensamiento gringo, en la que la ambivalencia no tiene cabida; no es políticamente correcto mostrar indulgencia al tabú.  La venganza que ejecuta vilmente a Doucette es insostenible, porque su estupidez es equiparable a su bestialidad.  De este villano no hay lección qué aprender. O quizás sí: que todos los aristócratas son psicópatas, violadores y asesinos en potencia.

Portada Oldboy

El Soundtrack

La importantísima asignatura del soundtrack era clave para el remake, porque en la versión original significó mucho más que un OST. La música original del genio coreano Jo Yeong-wook fue un personaje más, y no precisamente secundario. El laureado compositor Yeong-wook convirtió a cada uno de sus tracks (cada personaje tiene su propio tema) en secuencias emocionales que proyectan la quintaesencia de los protagonistas. El sonido del teléfono, las campanas del sueño, el llanto nocturno son plenamente identificables, evocadores. El violín y piano de “Cries and whispers (Woo-Jin´s theme)” son insuperables, la atmósfera inquietante de melancolía de los acordes nos induce a sensibilizarnos con el horror. Incluso a perdonarlo. La escena  más violenta se enmarca con la belleza incandescente de Four Seasons- Concerto No. 4, Winter. Pero nunca vemos a cuadro la tortura, solo la inferimos porque Vivaldi nos la impregna con el furor de sus violines.

El trabajo realizado por el murciano Roque Bolaños se nota estructurado y perfecto para una cinta gore (de hecho, lo es, uno ve pedazos de ser humano –y no humanos- por ahí desperdigados a la menor provocación), así que se esforzó por componer 17 impecables tracks. I will find you” (tema principal de la secuela), habita tres océanos de distancia de The last waltz” (Mido´s theme). Se agradece el esfuerzo, pero al compositor español también le quedó grande el traje, su trabajo es notable, pero carente de vida propia, sin eco alguno que resuene en nuestra memoria.

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Hace unos cuantos meses, tuve la oportunidad de disfrutar un programa especial realizado en honor de los 10 años de Old boy, mi parte favorita fueron los momentos captados por la cámara durante la exhibición de la cinta en Cannes en el año 2004. Podemos observar en la pantalla del teatro las majestuosas montañas que cierran la última secuencia. Comienzan a desfilar los créditos, mientras las luces de la sala se encienden. Un público visiblemente conmocionado se levanta en frenético aplauso. Park Chan-Wook luce incrédulo, de pasmosa sonrisa e intenta agradecer las lágrimas de la afortunada audiencia que tuvo la oportunidad de contemplar un final perturbador y espeluznantemente conmovedor. Recuerdo perfectamente esa contienda, porque mi indignación fue enorme cuando la Palma de oro a mejor película fue otorgada al inmamable Michael Moore y su Fahrenheit 9/11. Afortunadamente, Quentin Tarantino, Tilda Swinton, Katlheen Turner, Emmanuel Béart, Tsui Hark, entre otros, decidieron que este film merecía el segundo en importancia y prestigio: el Gran Premio del Jurado.

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Nunca estaré satisfecha con la secuela de cualquier película que pertenezca al exclusivo pedestal de mis afectos. Spike Lee hizo una buena cinta. No filmó un bodrio, eso es necesario reconocer. Su versión pudo haber alcanzado notas artísticas si no hubiera perdido la brújula, si se hubiera atrevido a explorar sin miedo la brumosa tesitura del incesto, brindarle al mismo un puñado de pureza. Quizás si hubiera respetado las aristas de la original, y contarla a su manera, estaríamos hablando de su obra maestra. No es que al cine norteamericano le sea ajeno el fino arte de la provocación, lo hacen incluso con mucha frecuencia. La diferencia estriba en el método. Provocar causando repulsión no es necesariamente la ruta más sabia. El reto estriba en provocar hasta al más indiferente e inducirlo a la empatía, identificarlo con la luminosa monstruosidad de la trágica dupla Oh-Daesú Woo-Jin. La fonética del leguaje de la violencia no es de fácil interpretación, sin embargo no podemos olvidar que es el mismo idioma que hemos usado en nuestro paso por la tierra y que reafirma nuestra condición de humanos imperfectos. Los reflejos que nos obsequian los cristales o espejos, no son los únicos capaces de mostrarnos el rostro de nuestra tantas veces ruin naturaleza. En ocasiones existen personajes a quienes podemos amar y odiar al mismo tiempo, porque nos muestran sin piedad la copia al carbón de nuestros pecados, nuestras vergüenzas y nos recuerdan nuestra personalísima búsqueda por dejar en el olvido a esa bestia que nos reflecta. Que nos fascina.

Eso lo aprendí hace tiempo de Old boy. Gracias por siempre, Park Chan-Wook.

 

América Pacheco.

 

 

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