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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Julio
Por América Pacheco
18 de enero, 2012
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Quizá ustedes no lo sepan, pero me he quedado sin lágrimas. Me refiero a lágrimas auténticas y naturales. Debido a un delicado problema oftalmológico, mis ojos se secaron como falda de tehuana en el tendedero. Desde la semana pasada y hasta nuevo aviso, tendré que usar cierta solución para su lubricación diaria y sano funcionamiento -el uso fraudulento en caso de requerir lagrimeo para conseguir ese calculado aumento de sueldo 2012, es absolutamente discrecional-. Y si saco a colación este tema, no es para nutrir la memorabilia de los datos inútiles que únicamente importan a la autora de mis días, sino para justificar honradamente mi irregular colaboración en este espacio. No puedo pasar más de 15 minutos viendo el monitor de mi computadora…de verdad…es insoportable el dolor.

Aviso que me tomaré unos días de merecidas vacaciones la próxima semana, por lo que haré mi mejor esfuerzo para dejarles algo digno de lectura el jueves entrante. El día de hoy –y abusando de su comprensión lectora- me tomaré la licencia de compartirles un texto que escribí el año pasado, justamente en las últimas vacaciones que recuerdo haber tomado (sobria y cabalmente). Mi crónica es inédita en Animal Político, así que sólo aquellos despistados que llegaron a rebotar de casualidad a mi anterior blog, recordarán…así que no se sientan timados. Daré intermitentes señales de vida durante mi viaje, no hay nada que disfrute más que compartir mis delirantes crónicas gráficas.

*****

Aeropuerto de Copenhagen, Dinamarca. Llegadas internacionales 17:00 hrs, 6 grados bajo cero.  El vuelo número AF5690 proveniente del Aeropuerto Internacional Charles de Gaulle, París, Francia. Mi hijo, nuestras maletas y yo, salimos a la zona de recepción de viajeros. Mis ojos buscaron esa silueta tan familiar a mi memoria…pero fue él quién me encontró. Ahí estaba, detrás de mi, vestido de negro y disfrazado como personaje de South Park.  Le pregunté “¿cómo me reconociste?-“vi una caja de huevo El calvario y escuche unos guajolotes…me dije: -tiene que ser ella-“. Nos abrazamos con cariño fronterizo en la hermandad pura.

Flash Back. La primera vez que recuerdo haber visto a Julio, fue en el año de 1990, yo tenía catorce años y él sólo nueve. Era un insoportable, ruidoso y pateable escuincle con corte de cabello estilo Iván Drago y pantalones de MC Hammer que corría y destrozaba el mobiliario de mi casa en complicidad de mi hermano, el diablo encarnado de exactamente la misma edad. El primer recuerdo que tengo de Julio es mi propia imagen corriéndolo a gritos de mi habitación.

Su rostro pálido, su pequeña estatura, su frágil constitución, así como su aparente inocencia, lo obligaron a desarrollar una maldad temprana (era eso o ser blanco de abuso de los chicos más grandes del barrio). Mi hermano y él se complementaron asombrosamente, ambos pequeños, pero con una creatividad para la maldad, que continúa siendo leyenda en el barrio donde crecimos los tres. Lo odié (así como a mi hermano) toda mi adolescencia. Nunca salía de casa y siempre se las ingeniaba para poner de pésimo humor a mi padre. O los encontraba viendo porno en la videocasetera o haciendo experimentos peligrosos con los líquidos y polvos que él usaba para las reparaciones domésticas. A pesar de que lo corría a gritos, que me burlaba hasta el cansancio de sus mocos escurriendo por su nariz, de sus estrambóticos looks noventeros, así como de sus espantosos cortes de cabello, él nunca me contestó de mala manera, nunca una grosería; simplemente me miraba y sonreía de esa forma tan infantil que aún conserva.

Aprendió a tocar magistralmente la guitarra desde adolescente y botó la escuela, decidió meterse al Centro de la Imagen a estudiar Fotografía, pero por azares que a nadie importan a estas alturas, eligió el camino de la animación, efectos especiales, postproducción de cine, video y televisión como el vehículo ideal para su incansable creatividad.

Dejé de odiarlo al paso de los años, en lugar de ello aprendí a quererlo con amor profundo, tal como lo hago con mi hermano, crecimos prácticamente juntos y lo admiro como a poca gente en el mundo. Ha tenido el privilegio de tocar con maestros de la talla de John Zorn (San Idelfonso), Sonic Youth (Salón 21), Pauline Oliveros (Auditorio Blas Galindo) y Yoshida Tatsuia (Foro Alicia). Asistí a verlo tocar la guitarra cuando improvisaba free jazz en conocido bar capitalino, y lo visité en Barcelona, cuando realicé mi primer viaje trasatlántico. Alejó de su vida a todo aquello que conocemos como arraigo: su familia, sus amigos, su casa, para embarcarse en una aventura que aún no termina. Su talento lo ha llevado a trabajar para las agencias de publicidad más importantes de Europa. Ha vivido en Milán, Amsterdam, Barcelona y ahora, Copenhagen.

Salimos del aeropuerto para tomar el metro de la ciudad danesa, mismo que no cuenta con torniquetes, conductor, ni mucho menos dónde introducir los boletos. Ese es el primer voto de confianza al ciudadano. Tú sabes que debes comprar el boleto de viajero -que cuesta la friolera de 45 coronas (310 pesos mexicanos)- pero nadie te pide mostrar el boleto, nadie lo exige sin embargo, todos lo compran. Julio vive en las cercanías de la estación del metro Forum y el camino a su departamento nos regaló una bella estampa de la Ciudad: Copenhagen está adaptada calle por calle para el uso de las bicicletas. Los carriles para ellas privilegian a los automóviles, nadie les pone candados, pernoctan confiadas de que sus dueños volverán por ellas cuando estos salgan del trabajo, escuela o los bares.

Ambos recordamos una anécdota que ya es célebre entre el grupo de amigos en común. Hace 8 años en una borrachera monumental en nuestro barrio, amanecimos todos en estado de ebriedad en casa de una chica a la que “El Choco” (impresentable sujeto) quería impresionar, ante la insistencia de la mayoría para preparar los chilaquiles que nos ayudaran al “bajón”,  “El Choco” se ofreció a ir al mercado para comprar el epazote –ingrediente básico- para la preparación del manjar de marras, para ello, salió en bicicleta para regresar de inmediato. Transcurrió cerca de una hora y simplemente no llegaba. Cuando todos nos preocupamos en serio por él, tocó la puerta. La desoladora estampa que nos regaló cuando abrimos la puerta fue apoteósica: su rostro cubierto de lágrimas, un hilillo de sangre corriendo por su cuello y el epazote marchito sostenido fuertemente por una de sus manos, cual naturaleza muerta, aún nos arranca lágrimas de risa. Lo habían asaltado y quitado la bicicleta de la chica que le gustaba. Estas historias no suceden en Dinamarca, ahí la violencia es igual a cero y no existe el vandalismo o el robo a mano armada, ni siquiera con una navaja como la que usaron con “El Choco”.

La primera imagen hilarante cortesía de este lugar, fue al salir de nuestro segundo bar en mi primera noche en la ciudad: es impresionante como la gente toma prácticamente hasta la inconsciencia, pero nadie, absolutamente nadie se rompe la madre cuando se sube a su bicicleta para regresar a casa, incluso los que van acompañados y no pueden más con su humanidad, son llevados sanos y salvos, transportados en unidades adaptadas para llevar a un segundo pasajero recostado.

 

Julio me explicó que la cultura ecológica que permea en este lugar es absoluta. No reciclar la basura es prácticamente un delito que nadie desea cometer. En cada complejo habitacional se cuenta con 8 contenedores distintos para separar la basura y reciclarla en su mayoría. Si cometes la osadía de no hacerlo –por ejemplo- los vecinos dejan una nota bajo tu puerta y te invitan a no hacerlo más, te retiran el habla y si regresas al camino del bien, vuelven a ser tan cálidos y amables tal y como es su peculiar naturaleza.

Mi visita de 10 días me mostró muchos contrastes en las costumbres y sociedad danesas. Caminando por sus hermosas avenidas en compañía de Julio, aprendí a entender. En la Dinamarca invernal amanece a las 9 de la mañana y anochece a las 5 de la tarde, la luz del sol es un privilegio que los pueblos nórdicos agradecen con toda el alma. Aman el sol y hacen todo por disfrutarlo. La gente paga puntualmente sus impuestos, no obstante que cada ciudadano DEBE contribuir con el 50% de sus ingresos brutos, y aunque se lea desolador, no lo es. No pagan ni media corona más por servicios médicos, educativos, vivienda o seguridad. Sus impuestos tienen una alta valía, pero reciben una justa distribución de beneficios. Respetan al máximo el equilibrio natural de su sociedad, no contaminan, privilegian a la familia y sobre todo, a los niños.

La avenida principal de la ciudad se llama Hans Christian Andersen, uno de los héroes más venerados en esas tierras. El Tivoli es el lugar más visitado por el ciudadano común así como por el turismo, su estructura de ensueño, sus hermosos jardines. Para el que no lo sepa, el Tivoli es un centro de juegos y diversiones espectacular. En esta ciudad hay más jugueterías que zapaterías o tiendas de ropa, hay más niños en la calle que autos en las avenidas. Legoland  es otro de los lugares consentidos por el pueblo en general. Entré a la juguetería más grande del centro para comprar los regalos de navidad a mi hijo de 6 años y me llevé algunas sorpresas. La primera es que no hay guardias de seguridad, puedes entrar con las manos llenas de bolsas, subir a cada piso sin pagar tus juguetes y nadie te mirará con recelo. Eres libre como niño porque confían en ti. La segunda es que el 80% de los productos que contienen la juguetería son dirigidos a fomentar la creatividad de los infantes: dibujo, pintura, construcción, armado, modelado, diseño, etc. Casi no hay muñecos de acción, pero eso sí, hay muchos cómics, tiendas enteras de ellos.

Una amiga me dijo que Dinamarca encabezaba la indigna lista de países que acostumbran la caza de focas, lo cuál me hizo reflexionar un punto. Obvio no estoy a favor de la matanza indiscriminada de esta especie, sin embargo, al menos no permiten que sus niños mueran quemados en guarderías, o de hambre en las coladeras (podría argumentar).

Julio y yo recordamos nuestra infancia en el lejano barrio de nuestro pasado, los amigos en común, los imbéciles vecinos que aún sobrevivían, de los borrachos sin remedio, de las jóvenes promesas que resultaron los más tristes fiascos, las bellezas prostituídas y de nuestros amores perdidos. Mi última noche en Copenhagen fue delicioso insomnio. Mis últimas horas las pasé en sus brazos y su cama. Le pregunté cuando iba a terminar la carrera, su búsqueda frenética de la nada.

Me miro con esos ojos infantiles y media sonrisa. Contestó que no sabía la respuesta . . . que hacían falta todavía China, Japón, Singapur, pero que por ahora Dinamarca estaba bien, por mucho tiempo más.  Lo alcancé una vez en Barcelona, otra en Copenhagen . . .y si algo tenemos claro él y yo es que no importa en qué hemisferio se encuentre, en qué latitud o huso horario. Nos seguiríamos viendo, buscando, encontrando. Esa, es nuestra única certeza.

Ya de regreso en México, me conecto al messenger. La ventana brillante se abre ante mis ojos. Es Julio, el mensaje es simple: “Hola nena, te extraño. . . ¿cuándo regresas?”

Yo sólo sonrío, la charla se antoja larga.

América Pacheco, Enero de 2011.

 

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