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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Keep Calm & Be Proud
La homosexualidad como desorden biológico es, quizás, la mentira mejor contada desde aquella que obligaba a los niños a ser bautizados so pena de vivir hasta el devenir de los tiempos en la oquedad del limbo.
Por América Pacheco
28 de junio, 2016
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Podrán censurar palabras, pero el homofóbico seguirá saboreando nuestra desaparición en silencio. La homofobia no nos odia por la semántica, considerada o peyorativa hacia nosotros. Nos odia por lo que somos. Homosexuales. Jotos. Putos. Que buscamos la felicidad, el éxito, los sabotajes, la desilusión, el afecto, el placer, el amor, de formas diferentes a los bugas”.

Wenceslao Bruciaga

 

Cómo muchos de mis lectores saben, he sorteado periodos crónicos de bloqueos creativos que han hecho de mi ausencia en este espacio una constante. Gracias de antemano a todos los que perdonan mis ausencias y se tomen la molestia de mantener frente a sus ojos este nuevo texto. Hoy, regreso a este entrañable espacio para hablar sobre un tema del que no soy experta, ni mucho menos gozo de credenciales que avalen algún tipo de autoridad moral o didáctica. Espero que todos los eruditos en la materia sepan perdonar esta humilde aportación.

La ignomiosa masacre en Orlando puso en la mesa de discusión del mundo entero una de las asignaturas sociales con mayor atraso en nuestra escala evolutiva: la homofobia. Yo, que no sé nada de nada y que los grados de heterosexualidad/homosexualidad que detalla la escala de Kinsey me parecen más confusos que la trigonometría, me considero negada a entender las justificaciones que lleven a un ser humano a ultimar a otro de su especie por la sencilla razón de llevar a pasear su sexualidad por caminos diversos y rampantes.

Decodificar la naturaleza sexual y/o de género de nuestra especie, se antoja una chamba destinada a nutrir las complejas investigaciones de biólogos, sexólogos o de Madame Zazú, pero no de la que suscribe. ¿Realmente necesitamos entender las pulsiones sexuales de nuestro vecino, amigo, hermano, sobrino o hijo para aceptarlo, para obsequiarle la luminosidad de nuestro amor? ¿Es menester aceptar a alguien por su condición humana? “Mario es gay, pero es buena persona” ¿En serio? Lo anterior denota la misma imbecilidad que “Pedro es buena persona aunque sea cocainómano, narcotraficante o ladrón” equiparar esta ridícula aceptación tal cuál se tratara de anomalía social o genética no ayuda en nada a anular la homofobia, tan solo la cubre con velo de tul. Se sigue transparentando, a la vista de todos. La corrección política es sin duda la ayuda que rogamos a un compadre jamás recibir. Es darle razón a las tristemente célebres declaraciones de Benedicto XVI: “La homosexualidad es un desorden objetivo. La Iglesia Católica debe acoger con respeto, compasión y delicadeza a todas las personas homosexuales, pero exigiéndoles también que vivan en castidad”.

La homosexualidad como desorden biológico es quizás, la mentira mejor contada desde aquella que obligaba a los niños a ser bautizados so pena de vivir hasta el devenir de los tiempos en la oquedad del limbo. Nadie puede elegir su identidad sexogenérica. Un homosexual no se hace y por más teorías que promueven que la identidad sexual es producto de la esfera cultural y social del individuo, nadie posee la facultad para decidir que nuestro organismo experimente una incontrolable ebullición hormonal por la bella Andrea o por el guapo Andrés. O por ambos.

¿Por qué verlos como rareza? O peor aún ¿por qué racionalizar su conducta? La primera pareja gay en obtener un contrato matrimonial en este país se divorcia y los titulares exhiben la nota como un fenómeno de circo. ¿Cuántos heteros se divorcian diariamente en el mundo? ¿Acaso la comunidad gay tendría que ser diferente, elegir mejor, conseguir matrimonios perfectos? ¿Un gay casado bajo las leyes mexicanas tiene prohibido fracasar en su búsqueda de la realización personal? Mientras nuestra obtusa mentalidad los siga percibiendo como la falla de San Andrés, no avanzaremos significativamente en términos de igualdad social, humana, ni mucho menos constitucional.

No nos equivoquemos, ni nos perdamos en la fácil salida del estereotipo, camaradas. Si tu vecino es gay no significa que será más culto, más sensible, ni necesariamente tendrá mejor gusto literario. Un hombre o una mujer gay serán tan libres, atascados, drogadictos, brillantes, perdedores, promiscuos tanto como nosotros lo seremos, lo somos o jamás lo fuimos.

Ellos también tienen puños para defenderse o elocuencia para combatir con palabras. Han requerido toneladas de valentía para sobrevivir en este mundo que se ha esforzado por mostrarles al paso de los siglos su mayor crueldad, la más abyecta fatalidad. Hace algunos días, el periodista y escritor Wenceslao Bruciaga escribió una reflexión que ejemplifica mejor mi perspectiva: “No soy indigente como para andar recibiendo limosnas semánticas. Por favor, prefiero que me griten puto a que simplemente no me dejen ser homosexual en la calle o dónde se me de mi regalada gana”. Mientras nos sigamos perdiendo en diatribas semánticas y no entendamos que los apelativos son la punta de un iceberg descomunal, no ayudaremos a erradicar de raíz la ignorancia. Llamar gente pequeña a los enanos no ha disminuido de fondo la discriminación que sufre la gente aquejada de enanismo.

Gracias a que he tenido el privilegio de cruzar experiencias de vida con personas como Alberto Gonze, Alejandro Borges, Gerardo Olatchea, Carlos Carrasco, Luis Usabiaga, Roberto Marmolejo, Wenceslao Bruciaga, Ana Francisca, Oscar Mendoza, David Escamilla, Fabrice Benais, Lázaro Azar, David Iván, Bjorzh Sánchez y Florentino Fuentes he podido aprender que ser homosexual o bisexual no es una elección, tampoco una maldición, o un fallo genético. Tampoco son raza única. Pertenecen a la nuestra, pueden ser tan sublimes o tal viles como nosotros. Ellos también tienen sus propias luchas, tan legítimas como las nuestras. ¿Cuál es la puta diferencia?

A título personal entiendo a la homosexualidad como una orientación, una naturaleza inalienable. Igualito a nacer con ojos verdes o con el cabello rizado. Nadie eligió nacer con ojos grandes o vestidos de pies a cabeza con la piel cobriza.

Todos aquellos que vivieron dentro de un clóset por años o décadas, lo saben bien. Pudieron haber escondido su naturaleza al mundo en silencio, incluso sin atisbo de sospechas. Pero cuando todos dormían y caminaban en la penumbra rumbo a la ventana, de madrugada, sabían que su naturaleza era eso que gritaba por salir en el reflejo del cristal. Que no podían ser otra cosa, que serían aquello que escondían hasta el último día de su vida y que más valía que lo dejaran escapar antes de ser tragados por la desdicha.

Al final de cuentas todos (ellos, nosotros) somos esa imagen que nos espía en el espejo de nuestro baño, en la ventana de la alcoba. Somos la misma materia que la oscuridad escupió al mundo. Eso somos: la misma criatura que arrojó las entrañas el útero de nuestra madre y que no podemos cambiar en su intrínseca esencia.

Vivamos en paz, carajo, nada nos cuesta.

 

América Pacheco.

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