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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
La estética del amor
Volver a los clásicos para entender la naturaleza que ilustra nuestra realidad, es con probabilidad un ejercicio demodé, pero no necesariamente una idea disparatada o fuera de contexto.
Por América Pacheco
19 de octubre, 2012
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—¡Ojalá, Agaton, que la sabiduría fuese una cosa que pudiese pasar de un espíritu a otro, cuando dos hombres están en contacto, como corre el agua, por medio de una mecha de lana, de una copa llena a una copa vacía!- Sócrates.

 

Para Antonio B, mi amor constante.

Para Fedro G, mi amor maestro.

Para Liesbeth A, mi amor sin fronteras.

Para Roberto M, mi amor demediado.

Para Eduardo H, mi amor guardián.

Para Rafael T, mi amor de Melmac.

Para Xiomara M, mi exploradora de abismos.

Para Víctor V, mi amor dragón. 

Volver a los clásicos para entender la naturaleza que ilustra nuestra realidad, es con probabilidad un ejercicio demodé, pero no necesariamente una idea disparatada o fuera de contexto. La historia puede no ayudar a entender el presente, pero el pensamiento elevado y la lucidez del genio son atemporales, y si algo ha distinguido a los sabios que nutren los vestigios de nuestra herencia filosófica-literaria-artística, es que habitaron una época que no les correspondía. Hace unos días, me hicieron una pequeña entrevista desde Bélgica para documentar un proyecto. El proyecto giraba en torno al amor. Sin dudarlo, traje a cuento “El Banquete” de Platón, libro al que considero el máximo referente para documentar un tema tan complejo, sin desbocar en el profundo abismo del lugar común.

El Banquete (380 A.C.), es una obra clásica autoría del filósofo griego Platón, perteneciente a los tiempos en los que el cristianismo no había ejercido su voraz imperio como autoridad absoluta en el maniqueo discurso sobre la naturaleza y propósito del amor. Trescientos años antes del monopolio cristiano, Platón ejecutó una insuperable obra maestra a modo de diálogos, salvaguardando con ello –literariamente-, el pensamiento del más grande filósofo griego y entrañable maestro- Sócrates, poderosa influencia en la filosofía universal antigua y contemporánea. Producto de este puntual registro, Platón legó al mundo una concepción amplísima del amor puro (claro, del platónico.)  El Banquete, es toda una aventura voyeur en la que en privilegiada primera fila, podemos degustar el genial derroche de lucidez entre la conversación sostenida entre el poeta y dramaturgo Agatón (anfitrión de la comilona) y sus distinguidos comensales: Sócrates, el célebre comediante Aristófanes, el filósofo Erixímaco, el militar aristócrata Alcibíades -entre otras distinguidas personalidades-, quienes festejaban bajo los influjos de Baco, las gloriosas fiestas Leneas. La profundidad y poética del intercambio en la charla de estas cínicas lumbreras, obsequió a la literatura el legado más espléndido que exista en torno al amor. Erixímaco, toma la palabra y exhorta a los comensales a componer alabanzas a Eros, excelso Dios del Amor, con el incontrovertible alegato de que a pesar de su intrínseca influencia en la perpetuación de la vida, extrañamente, vivían una época huérfana de gestas poéticas a la altura de su exquisitez:

“… ¿No es cosa extraña, que de tantos poetas que han hecho himnos y cánticos en honor de la mayor parte de los dioses, ninguno haya hecho el elogio del Amor, que sin embargo es un gran dios? Mira lo que hacen los sofistas que son entendidos; componen todos los días grandes discursos en prosa en alabanza de Hércules y los demás semidioses; testigo el famoso Prodico, y esto no es sorprendente…En una palabra, apenas encontrarás cosa que no haya tenido su panegírico. ¿En qué consiste que en medio de este furor de alabanzas universales, nadie hasta ahora ha emprendido el celebrar dignamente al Amor, y que se haya olvidado dios tan grande como este? “

La embriaguez del enamoramiento. La desmemoria de la pasión. Todas y cada una de las representaciones amorosas, en sus facetas más sublimes, se nos van presentando en voz de los interlocutores sin que el hilo narrativo nos desvíe del punto de partida: el amor: a quién y por qué.

Sócrates aduce que la connotación negativa del amor es improcedente, porque de existir, sería contravenir la esencia intrínseca de los dioses, que el amor mismo es una deidad y los dioses, no conciben la frontera de lo moralmente bueno o malo, no como nosotros, los humanos. El amor es inherente al propio entendimiento. A la tozuda razón.  Fedro, por ejemplo, concibe el amor como fuerza primigenia, creadora, como el dios más antiguo y venerable. El amor como culto necesario en el equilibrio existencial y necesario como insuflación bondadosa para la supervivencia del bien de las naciones y prosperidad del individuo.

Aristófenes y el castigo de los dioses.

Quisiera citar y compartir con ustedes el discurso de Aristófenes porque ilustra con precisión el concepto del amor a mi medida:

»En otro tiempo la naturaleza humana era muy diferente de lo que es hoy. Primero había tres clases de hombres: los dos sexos que hoy existen, y uno tercero compuesto de estos dos, el cual ha desaparecido conservándose sólo el nombre. Este animal formaba una especie particular, y se llamaba andrógino, porque reunía el sexo masculino y el femenino; pero ya no existe y su nombre está en descrédito. En segundo lugar, todos los hombres tenían formas redondas, la espalda y los costados colocados en círculo, cuatro brazos, cuatro piernas, dos fisonomías, unidas a un cuello circular y perfectamente semejantes, una sola cabeza, que reunía estos dos semblantes opuestos entre sí, dos orejas, dos órganos de la generación, y todo lo demás en esta misma proporción. 

El sol produce el sexo masculino, la tierra el femenino, y la luna el compuesto de ambos, que participa de la tierra y del sol. De estos principios recibieron su forma y su manera de moverse, que es esférica. Los cuerpos eran robustos y vigorosos y de corazón animoso, y por esto concibieron la atrevida idea de escalar el cielo, y combatir con los dioses…”

“…Júpiter examinó con los dioses el partido que debía tomarse. El negocio no carecía de dificultad; los dioses no querían anonadar a los hombres, como en otro tiempo a los gigantes, fulminando contra ellos sus rayos, porque entonces desaparecerían el culto y los sacrificios que los hombres les ofrecían; pero, por otra parte, no podían sufrir semejante insolencia. En fin, después de largas reflexiones, Júpiter se expresó en estos términos: Creo haber encontrado un medio de conservar los hombres y hacerlos más circunspectos, y consiste en disminuir sus fuerzas. Los separaré en dos; así se harán débiles y tendremos otra ventaja, que será la de aumentar el número de los que nos sirvan; marcharán rectos sosteniéndose en dos piernas sólo, y si después de este castigo conservan su impía audacia y no quieren permanecer en reposo, los dividiré de nuevo, y se verán precisados a marchar sobre un solo pie…” 

»En seguida mandó a Apolo que curase las heridas y colocase el semblante y la mitad del cuello del lado donde se había hecho la separación, a fin de que la vista de este castigo los hiciese más modestos. Apolo puso el semblante del lado indicado, y reuniendo los cortes de la piel sobre lo que hoy se llama vientre, los cosió a manera de una bolsa que se cierra, no dejando más que una abertura en el centro, que se llama ombligo. En cuanto a los otros pliegues, que eran numerosos, los pulió, y arregló el pecho con un instrumento semejante a aquel de que se sirven los zapateros para suavizar la piel de los zapatos sobre la horma, y sólo dejó algunos pliegues sobre el vientre y el ombligo, como en recuerdo del antiguo castigo…”

Hecha esta división, cada mitad hacia esfuerzos para encontrar la otra mitad de que había sido separada; y cuando se encontraban ambas, se abrazaban y se unían, llevadas del deseo de entrar en su antigua unidad, con un ardor tal, que abrazadas perecían de hambre e inacción, no queriendo hacer nada la una sin la otra. Cuando la una de las dos mitades perecía, la que sobrevivía buscaba otra, a la que se unía de nuevo, ya fuese la mitad de una mujer entera, lo que ahora llamamos una mujer, ya fuese una mitad de hombre; y de esta manera la raza iba extinguiéndose. Júpiter, movido a compasión, imagina otro expediente: pone delante los órganos de la generación, por que antes estaban detrás, y se concebía y se derramaba el semen, no el uno en el otro, sino en tierra como las cigarras. Júpiter puso los órganos en la parte anterior y de esta manera la concepción se hace mediante la unión del varón y la hembra. Entonces, si se verificaba la unión del hombre y la mujer, el fruto de la misma eran los hijos; y si el varón se unía al varón, la saciedad los separaba bien pronto y los restituía a sus trabajos y demás cuidados de la vida. De aquí procede el amor que tenemos naturalmente los unos a los otros; el nos recuerda nuestra naturaleza primitiva y hace esfuerzos para reunir las dos mitades y para restablecernos en nuestra antigua perfección. Cada uno de nosotros no es más que una mitad de hombre, que ha sido separada de su todo, como se divide una hoja en dos…”

“..Estas mitades buscan siempre sus mitades…”

“.. Preciso que todos nos exhortemos mutuamente a honrar a los dioses, para evitar un nuevo castigo, y volver a nuestra unidad primitiva bajo los auspicios y la dirección del Amor. Que nadie se ponga en guerra con el Amor, porque ponerse en guerra con él es atraerse el odio de los dioses. Tratemos, pues, de merecer la benevolencia y el favor de este dios, y nos proporcionará la otra mitad de nosotros mismos, felicidad que alcanzan muy pocos. Que Eriximaco no critique estas últimas palabras, como si hicieran alusión a Pausanias y a Agaton, porque quizá estos son de este pequeño número, y pertenecen ambos a la naturaleza masculina. Sea lo que quiera, estoy seguro de que todos seremos dichosos, hombres y mujeres, si, gracias al Amor, encontramos cada uno nuestra mitad, y si volvemos a la unidad de nuestra naturaleza primitiva. “

La belleza del discurso de Aristófanes me conmueve hondo. Imaginar nuestra especie como dolientes mitades que buscan con prisa, sin reposo, a su otro yo, con el fin de alcanzar la perfección dual más allá de una limitada connotación romántica, me coloca en una perspectiva límpida e ideal. No somos lo mismo, quizá jamás lo seremos, quizá sólo seamos capaces de aspirar a la armonía que componen los sordos ecos de nuestro desconsuelo sin comprender del todo al amor como fuerza motriz, a la pasión como locura, enfermedad, destino y consecuencia del ejercicio irracional de los sentidos.

Al paso de los días y los años, concibo ahora el amor como el adagio del acoplamiento, pero no como suplantación del otro, porque jamás seremos el otro. Erramos tanto al intentar apropiaremos del pensamiento, de la entidad corpórea del objeto de nuestra adoración, cometiendo un atentado a nuestra naturaleza, rechazando nuestra génesis y maldición  helénica.

La estética del amor en el que concibo como ideal es en términos generales, una máxima misteriosamente olvidada por el sapiens, infectada desde sus raíces por los contaminantes de la involución generalizada en nuestros días de escasas glorias. ¿Dónde están las gestas, los banquetes de alabanza al amor? ¿Acaso hemos dejado de necesitarlo?

Aristófanes afirmó hace más de dos mil años que “el amor es lo que da paz a los hombres, calma a los mares, silencio a los vientos, lecho y sueño a la inquietud.’ Él es el que aproxima a los hombres, y los impide ser extraños los unos a los otros; principio y lazo de toda sociedad, de toda reunión amistosa, llena de dulzura y aleja la rudeza; excita la benevolencia e impide el odio. Propicio a los buenos, admirado por los sabios, agradable a los dioses, objeto de emulación para los que no lo conocen aún, tesoro precioso para los que le poseen, padre del lujo, de las delicias, del placer, de los dulces encantos, de los deseos tiernos, de las pasiones..” Pero sólo basta echar un vistazo adentro, afuera, arriba y abajo para darnos cuenta que casi todos lo hemos olvidado. Casi todos.

El amor ha dejado de ser tema de festejo oneroso de bondad, la pretensión arrogante es ahora el tono de los cantos, la métrica de las loas de nuestro tiempo. El odio y el perdón representan mercancía negociable, sobre todo éste último. ¿Por qué nos hemos convertido en criaturas mercenarias del perdón, cuando al proceder de la misma bolsa embrionaria del amor, es de naturaleza inalienable? Hace unos días, durante la entrevista vía remota, procuré lograr transmitir en un idioma que no me pertenece, estas líneas.

Los dioses han desaparecido horrorizados. Los humanos hemos tomado el control de la especie, embriagados de megalomanía. Así como hemos olvidado nuestra primitiva perfección, también lo hicimos con la promesa del castigo. Si los dioses volvieran y desataran su furia contra nosotros, probablemente arrebatarían a Italo Calvino de la quietud de su reposo eterno, para obligarle a ver con sus propios ojos a una humanidad entera haciendo involuntario homenaje a su fantástica historia del vizconde aquel cuya humanidad vagaba desconsolada entre los bosques y riachuelos, con un ojo, una pierna, y la mitad del corazón.

E. me mandó la presentación final de su proyecto y debo confesar del resoplo tibio de la felicidad que acuse de recibo desde Bruselas…me encantaría compartirlo con todos, algún día. Me complace mucho que mis palabras, las hayan conservado en español. El idioma en el que entiendo agudo y preciso al amor.

Epílogo: Hace algunos años, atracaste en mi puerto en temporada de angustias, a partir de entonces, tragedias, retos, esperanzas, complicidades, despedidas, mal entendidos y dolorosas certezas nos han rebasado, nos han dejado atrás, a pesar de las ventiscas y tornados de la locura que insisten en tocarnos. Seguimos, aunque distantes, pero seguimos, nuestra armonía sigue vibrando a unos pasos. A veces estamos tan cerca. A veces tan lejos. Somos opuestos, siempre lo hemos sabido, lo que contraviene las reglas estéticas y de consonancia. Nunca sabré si en efecto somos mitades, o somos más bien absurdos e irreales. Espero que recuerdes que una vez te dije sobre el innegable poder de los vocablos, de las palabras sencillas, primigenias, que nunca hay que dejar de pronunciarlas, porque su magia carece de caducidad. Bueno, pues, es mi turno: Te quiero. Perdóname. Seamos felices. Tú sabes quién eres.

 

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