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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
La-Muerte-Cría-Buitres
Por América Pacheco
27 de octubre, 2011
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  Para todos mis muertos, que no son pocos.

 

  “Sólo quien ha visto a la muerte a los ojos, sabe que un beso lleno de humo es todo lo que se debe esperar de la vida” -Bruno  Vallarta-.

 

Hace algunas semanas, llegó a mis manos la novela “Cría Buitres”. La leí de inmediato a pesar de que tengo en mi haber una pila de libros pendientes y que no dejan de acumulase en mi recámara. Creo haber hecho lo correcto, porque me encontré con una historia que merece contarse, reseñarse, leerse, guardarse. Quizá la leí sin reparos debido a mi sequía literaria en el campo de la novela policiaca. Confieso que la última novela del género que leí, fue Complot Mongol, del gran Rafael Bernal, hace más tiempo del que me atrevo a confesar. Además, como un plus, este libro venía respaldado de buenas críticas y credenciales a la vista (obtuvo el Premio Nacional de Novela, Jorge Ibargüengoitia 2011).

 

La Novela.

La historia es oscura, salpimentada de intriga y humor negro. Coquetea sin reparos con la necrofilia y el absurdo. Proclama sus loas a la muerte mediante el conducto existencial de sus trágicos personajes jugando con una analogía brutalmente efectiva como cierta. Si algo consigue reunir en una misma canasta a Almudena Torrevieja, fotógrafa, Nicolás Durán, Sargento de la Procuraduría de Justicia, Bruno Vallarta, célebre escritor, Joaquín Santoyo, periodista del Canal Once, y Sebastián Corzo, embalsamador de cadáveres de la SEMEFO; es su asombrosa semejanza con los buitres.

Los buitres son animales complejos y fascinantes. Son carroñeros y nunca depredadores. Se les han atribuido facultades místicas porque en diferentes culturas, se les ha considerado como animales con la capacidad de oler la muerte. Lo cierto es que no huelen la muerte, más bien, poseen una vista poderosa, paciencia y absoluta certeza para detectar cadáveres. No tienen garras afiladas que les sirvan para asesinar presas (de ningún tipo). Tampoco gozan de velocidad de descenso o vuelo sigiloso. Son incapaces de cazar, no podrían atacar a una persona que pudiera defenderse. Un buitre merodea un ejemplar en sus últimos minutos de vida, sólo esperando. Son recompensados con un lúgubre banquete por ejercer la paciencia y el oportunismo con maestría;  sólo por su capacidad ilimitada de esperar en silencio a la muerte.

Como Almudena y su perenne obsesión por fotografiar cadáveres. Como Nicolás, sacando ventaja de la degradación, de la corrupción, del mínimo error del criminal, no para hacer justicia, sino para desgarrarlo con su odio. Como Sebastián, quien rodea su único mundo de cuerpos inertes, para regalarles su última prosa, su última caricia. O como el -a mi gusto- más entrañable de los personajes de esta trama: Bruno Vallarta, brillante escritor que ha construido un notable imperio literario, usando su elocuencia e ironía para desmembrar la obsesión humana más temida: la muerte.

Bruno Vallarta es el sabio profeta. El amaestrador de buitres salvajes. Bajo su tutoría se conducen los discípulos que buscan encontrar la iluminación opaca que el conocimiento de la muerte privilegia a unos cuantos. Su evangelio dicta: “Todos moriremos. La muerte es lo único obligatorio en esta vida; todo lo demás es volitivo, incluso vivir. Uno puede acabar con su vida, abjurar de ella, pero jamás podrá rechazar a la muerte. Creo, igual que Ciorán, que todos llevamos dentro no sólo nuestra propia vida sino también nuestra propia muerte”

“La muerte es lo único que podemos confiar ciegamente, lo único que jamás ha fallado. El amor, la razón, el valor, los dioses, todo y todos han fracasado alguna vez. La muerte jamás. Ningún ser vivo se ha escapado a su abrazo”. Su teoría sobre el suicidio de dios es deliciosa y se disuelve con gentileza en nuestro paladar: “Para mí que el dios se suicidó hace muchos años. Era inmortal, pero también todopoderoso. Y lo único más poderoso que su inmortalidad era su voluntad. Y esta fue activada por la terrible culpa que da la creación frustrada, el reconocimiento de su propia pequeñez. Esta sensación de derrota adquiere dimensiones infinitas, dejando el suicidio como única alternativa. Muerto el dios se quedaron a  cargo de la tierra deidades menores: ángeles y espíritus nobles pero incapaces. Eso explica el caos”.

Sebastián y Almudena son estampas de lo anterior. Su fascinación por la muerte que comparten no es enfermiza –como se pudiera intuir-. Ambos poseen la cualidad de vivir a través de la muerte porque les da consuelo. Porque sus ojos la contemplan con naturalidad, sin velos de uso exclusivo del prejuicio. Para la mayoría de las personas nos resulta prácticamente imposible contemplar la muerte como parte del movimiento natural de la vida. Se nos enseña desde pequeños a tomar las riendas de la vida, a triunfar en ella, pero crecemos desprovistos de educación alguna sobre la muerte. Sabemos con certeza que es inevitable, pero se nos inhabilita para contemplarla sin miedo. Es tabú la enseñanza -en edades tempranas- de que esta, nuestra vida, tiene un final.  Almudena, por ejemplo, se desplaza con belleza, con talento y plasticidad, entre ese movimiento irreversible que provoca la muerte a su implosión. Tal y como haría un buitre carroñero. Los ojos de Almudena (quienes son un personaje más, dentro de la historia) se humanizan más que nunca cuando la vida –ese vestido que le estorba, que la despoja de comodidad- le suelta la mano a la muerte. Ciorán sabía. Vida y muerte habitan la misma cuenca sin techo.

Sebastián, es una sombra exánime. Reflejo sin luz propia que se sostiene desesperadamente de las asas de la literatura y la muerte. . .convirtiéndolas en la única compañía que puede contemplarlo sin asco. . .las únicas con las que pude compartir lecho sin sueño. Imantado amorosamente a  ellas. Su visión romántica y absurda sobre el tributo que cree le corresponde ejecutar, provoca la búsqueda, la huida frenética. Su imbecilidad es de una villanía involuntaria. Sin embargo, su irracionalidad enfermiza -en complicidad de la más puta de las ninfas: el azar-  lo obliga a escapar de la bolsa negra de su gris cotidianidad, de la helada plancha de su desesperanza, del embalsamiento de su propia existencia.

La Ciudad de México es escenografía perfecta para el desarrollo de esta novela tan ingeniosa como absurda. El autor dibuja con sutileza no el crimen en sí, incluso, el autor material del asesinato que se convierte en el eje del thriller se desdibuja imperceptible, a pies puntillas. El lector repara en ello en el capítulo final, cuando ya nada importa. Cuando el lector descubre la identidad del asesino, lo agradece ampliamente porque no es menester saberlo. Es un regalo que no esperaba recibir ya, sencillamente porque lo había olvidado.

El hilo narrativo que sostiene a estos buitres, es firme. La prosa fluida, el estilo digerible. Todos los mecanismos literarios se ejecutan con precisión, haciendo de esta novela policiaca una historia que no permite ser abandonada hasta la página 265.

 

El autor.

 


Mención aparte merece el inclasificable autor de esta novela publicada en agosto de este año por Plaza y Janés (Random House Mondadori). Porque no puede llamársele de otra manera a un sujeto que porta máscara, enormes orejas color rosa y que responde al nombre de @DonRul.

Sí, leyeron bien, con arroba. Causa gran sorpresa que un conejo anónimo y anómalo, publique su primer libro en una de las editoriales más importantes del país, y que rompiendo cualquier lúcido pronóstico, gane el Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia 2011.

Mérito en lo absoluto despreciable, para alguien que se autodefine como oportunista e intolerante a la lactosa. Que presume como su frase favorita -autoría de Chava Flores-: “de haber sabido, ni nazco”. Alguien que se disfraza de conejo rosa para salir a combatir el crimen desorganizado…que declara sin empacho que escribe y dibuja porque es más barato que consultar a un psicólogo y menos pedante que pegarse un tiro. Lo anterior sin mencionar, que goza de una enorme popularidad en Twitter a causa de su corrosivo sentido del humor, de su incansable cruzada por joder al vecino más vergonzoso no importando su nombre, posición social, curul, fuero o domicilio conocido..

Pero no se crean, su legendaria profesión de paladín justiciero sólo es leyenda urbana.

 

El usuario conocido como @DonRul tiene nombre, apellido, trabajo remunerado y perro que le ladre. Es evidente que no compartiré con ustedes los generales del autor por razones de seguridad nacional, discreción profesional, así como secreto de confesión a mi conferido. Si quieren regalarse un placer culpable, échenle un ojo al sitio del libro y si se les antoja descargar un capítulo, pueden hacerlo en este link:

Los más de 19,600 seguidores que tiene en su haber, agradecen sus irreverencias que arrancan carcajadas aunque los obligue a un consumo temprano de pañales para adulto cada día que ven pasar su avatar rosado por su Time Line o que visitan su website.

Los invito a sumergirse al mundo fantástico donde los buitres y humanos pueden coexistir en un mismo párrafo, en un mismo espacio. En donde transitan sin arrobarse ni lastimarse, porque no  esperan la muerte el uno del otro, porque son tan iguales, porque son el mismo. No olvidemos que “Todos somos buitres volando alrededor de un cadáver. La iluminación consiste en descubrir que ese cadáver es el nuestro”. Asómense a este mundo. También acá hay espejos.

América Pacheco.

 


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