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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en Negocios Internacionales, escritora amateur, colaboradora del diario Milenio, La ... Especialista en Negocios Internacionales, escritora amateur, colaboradora del diario Milenio, La Mosca en la red y Replicante. Sin filiación política debido a su dislexia crónica, amante del chocolate. Sólo desea no morir joven. Síguela en Twitter: @amerikapa (Leer más)
Leaving Fearland
La mayor aportación de este documental y de las denuncias que han inundado los medios de este país en las últimas semanas es, sin duda, que se abrió el debate sobre las razones por las que una víctima de cualquier tipo de violencia sexual acepta continuar teniendo contacto, cercanía o incluso, manifestaciones de amor hacia su perpetrador.
Por América Pacheco
1 de abril, 2019
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Hace semana y media me atreví a ver por fin el documental Leaving Neverland del cineasta inglés Dan Reed y que causó estupor e indignación desde su estreno en el Festival Sundance el 29 de enero de este año. Sin embargo, las redes comenzaron a rugir hasta su estreno en HBO.

Para todo aquel que viva de forma permanente bajo una piña debajo del mar, y no tenga idea de qué documental trata este espacio, les doy contexto: Leaving Neverland es el testimonio visual de cuatro horas de duración que cuenta la historia de Wade Robson y Jimmy Safechuck, dos de los chicos que fueron abusados por el ídolo del Pop Michael Jackson a los 7 y 10 años respectivamente. Ojo que utilizo la afirmación “fueron abusados” y no “presuntamente abusados” como dicta el canon de la presunción de inocencia por una personalísima razón: les creo totalmente. Al margen de que los testimonios de ambos tuvieron influencia de peso para absolver a Michael Jackson en los careos judiciales y posterior juicio realizado al cantante en 2004, su testimonio actual, como hombres maduros, padres de familia y esposos, merece mi credibilidad absoluta por los hechos que destrozaron su infancia y su adultez funcional.

Hace algunos días leí en la -impecable- reseña del colaborador del periódico español ABC, Hugues, lo siguiente: “…el relato me parece demasiado prolijo, demasiado simétrico y bien compuesto que lo hace sospechoso. El arco de emociones es muy similar en los dos y está tan bien construido, es tan elocuente, como para explicar retractaciones y omisiones”. Por supuesto que estoy de acuerdo. Incluso, también considero que el documental es carente de ética en innumerables sentidos, como afirma Hugues. Sin embargo, las víctimas de abuso infantil -al igual que sus abusadores- detentan patrones identificables desde Deimos, la segunda luna de Marte.

Los niños cuya inocencia fue destrozada por un pedófilo guardan secretos no para su beneficio propio, sino para el beneficio de sus padres. El perfil del pedófilo es claro en este sentido: intimidar mediante una amenaza a la integridad del niño o a la de sus progenitores. Hacer lo correcto para un adulto rara vez es fácil. La complejidad de lo anterior se multiplica cuando lo correcto debe emanar de un infante. Apoyándonos en el sociólogo francés Pierre Bourdieu y su profundo análisis sobre «violencia simbólica», quizás sea más fácil entender el complejo infierno de manipulación del que tiene que emerger –al fin- la denuncia pública al agresor.

De acuerdo a Bordieu, la violencia simbólica se caracteriza por ser una violencia invisible, soterrada, subyacente, implícita o subterránea. Los individuos que la ejercen recurren a medios muy sofisticados o personalizados para ejercer su poder sobre otros, como una deuda, un favor, una acción que impacte en la vida cotidiana de la víctima. En el caso de MJ y sus onerosos obsequios a los chiquillos que veían en él la personificación de un Dios del Olimpo en carne y hueso, construyó en su psique una obligación inacabable que acabó convirtiéndose en una deuda personal. “Dar es también un modo de poseer” y, en esta posesión implícita de los pequeños, participaron gustosos sus propios padres (verdaderos monstruos), quienes, “cegados” por el lujo y prebendas que su mediocre existencia jamás les permitió siquiera soñar, ayudaron vergonzosamente a construir la célebre “generosidad” del cantante y que devino en el escándalo de pedofilia del showbiz estadounidense más mediatizado de los últimos veinte años.

El argumento más usado por los detractores del documental y que, es sin duda la debilidad más grande del testimonio de Wade y James, es la devoción y apoyo público a MJ que hicieron patente por más de veinte años, identifica un síntoma inobjetable de la violencia simbólica: a pesar de que las víctimas tengan «creencias morales socialmente inculcadas», este tipo de violencia sutil transforma las relaciones de sumisión y eufemiza el abuso y lo transforma en afecto, amor intenso y devoción desmedida. Este tipo de violencia es tan sutil y refinada que pasa desapercibida para cualquiera, incluso para las víctimas.

El Rey del Pop está venturosamente bien muerto y nadie en su sano juicio moral buscaría resarcir un daño imposible de anular. La mayor aportación de este documental y de las denuncias que han inundado los medios de este país en las últimas semanas es, sin duda, que se abrió el debate sobre las razones por las que una víctima de cualquier tipo de violencia sexual acepta continuar teniendo contacto, cercanía o incluso, manifestaciones de amor hacia su perpetrador.

La violencia simbólica y la violencia concreta son capaces de coexistir sin contradicción alguna. Las personas que viven con ella nunca la olvidan. La suprimen. La traspapelan. La colocan dentro de la vasija más opaca y la colocan en la repisa más alta de su alacena. No la etiquetan para alertar a otros que dentro de la vasija se encuentra el peor de los venenos conocidos por el hombre, pero no lo hacen por maldad o falta de valentía. Esconder el peor de sus heridas los sumerge en el más dolorosa de las culpas como no tienen idea. Saben, en la profundidad de su sentido común que tienen que alertar a otros, pero esto los acerca peligrosamente a un dolor tan oscuro e insoportable. Y la culpa los visita cuando duermen o los despierta de madrugada en un bucle atroz e infinito. Escapar del planeta miedo es una hazaña heroica porque la atmósfera no es respirable para todos los organismos.

Este texto está dirigido sobre todo a los que se han encargado de denostar a priori el silencio y a la aparente complicidad de las víctimas que, después de años deciden levantar la voz: no todos tienen la fuerza de los grandes, camaradas, entendamos eso. Para algunas almas rotas, el simple subirse al banquito que les permitiría alcanzar la vasija envenenada, los arrojaría a un abismo sin retorno. Los invito a consultar los índices de suicidio relacionados con abuso sexual en este país. Se llevarán una sorpresa por tan triste estadística. El instinto primitivo de sobrevivir es más fuerte en otros. Aprendamos a rechazar a priori cualquier forma larvada de violencia, porque es mortífera en cualquiera de sus facetas. Coloquémonos del lado de la justicia, reprobemos frontalmente y al unísono cualquier tipo de explotación violenta. Creámosle a las víctimas hoy más que nunca.

Ustedes no saben del dolor de gritar – al fin- que fuimos objeto de abuso, de violencia y que ni siquiera la gente que te trajo al mundo sea capaz de creerte o defenderte. Porque quien te abusó, quizás es de la familia. A lo mejor es un hermano, el tío que salvó a la familia de la miseria. El sacerdote que bautizó a tres generaciones. El escritor que ganó el Alfaguara. O la estrella más grande del Pop del último siglo.

Y si eres tú, amado lector, una víctima de abuso sexual, quiero que sepas algo: Yo sí te creo.

 

@amerikapa

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