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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Left Luggage (Nunca te vayas sin decir te quiero)
Por América Pacheco
28 de abril, 2011
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“And if my thought-dreams could be seen

They’d probably put my head in a guillotine

But it’s alright, Ma, it’s life, and life only”

-Bob Dylan-

Para Eduardo y Martina, donde quiera que estén.

 

-Eres una basura, cabrón.

Adrián le escupió la frase a Mario con auténtico desprecio.

-No la jodas,  no sólo eres el mejor abogado que conozco, además eres mi amigo desde hace 15 años, no puedes dejarme sólo en esto, ¡esa pinche vieja no puede burlarse de mi y quedarse tan tranquila,  tienes que ayudarme a hundirla! –le respondió Mario en un tono de súplica histérica.

-Sí, somos amigos y por lo mismo te digo que eres una basura, cabrón –le contestó Leonardo mirandolo con pasmo- ¡chingada madre, lo que quieres hacerle a tu mujer no es de caballeros, ni de hombres ni de humanos! Me conoces y sabes que nunca me prestaría a una bajeza como la que estás planeando…¿acaso has perdido la razón?

Mario estaba lívido. Todo la furia del mundo podría verse reflejada en su irascible rostro, sus ojos irradiaban cólera pura. Había descubierto la infidelidad de su esposa Caterina muy pocos días atrás y desde entonces, sin dormir, no había dejado de elucubrar mil y un modos distintos de venganza.

Ambos estaban en el despacho de Adrián, Mario le había pedido una cita urgente porque necesitaba poner en marcha su plan cuanto antes.

-¿Te has puesto a pensar el daño que puedes provocarle a tu hijo con tus pendejadas? ¡sólo tiene tres años, piensa en él antes que en tu estúpido orgullo! Además, no la jodas, tú llevas años engañandola, no entiendo como han podido llegar los dos a este punto. – Arremetió Adrián, intentando disuadirlo de su locura al recordarle su nada honorable papel de esposo devoto. Fue inútil.

Adrián conocía perfectamente la historia de Caterina y Mario, incluso, había sido testigo de su boda hace casi seis años atrás. Mario había conocido a su ahora esposa en uno de sus múltiples viajes al extranjero. Era Holandesa y no tenía familiares en México más que su hijo, marido y familia política. Ella soportó –estúpidamente- las infidelidades de su marido durante más de cuatro años, intentó dejarlo tantas veces, pero su cobardía siempre fue más grande que su dignidad.

Ante la negativa de su amigo, Marió salió del despacho azotando la puerta con furia.

Había transcurrido un mes cuando Adrián se enteró -por el periódico local- de que Mario hablaba en serio.

Su plan era de una sencillez diabólica: secuestrar a su hijo y humillar públicamente a su mujer.

Lo primero que hizo fue plantar micrófonos en casa, contratar a un detective que la siguiera a sol y sombra, escuchar todas las conversaciones  -y por supuesto- esperar el momento perfecto. Así se enteró de la siguiente cita de su esposa con su amante en un hotel barato a muy pocos kilómetros de casa. La siguió, pero no fue sólo.

Contrató a un fotógrafo, al reportero del periódico local y le pagó 3,000 pesos a cada uno de los cuatro policías que lo escoltaron en su patrulla.

Esperó el momento preciso para tomar por asalto la habitación, sacar a su esposa desnuda, exhibirla ante los flashes, llevarla a la delegación acusándola de adulterio, para dejarla encerrada toda la noche en una asquerosa celda. Todo lo anterior haciendo uso de la más vergonzosa impunidad. Le importó un carajo las súplicas de Caterina, sus lágrimas, las miradas lascivas de los policías, ni mucho menos las sonrisas estúpidas que recibió en la delegación acompañadas de los murmullos de “pinche güerito cornudo”.  Pagó una generosa suma al reportero para que hiciera una nota atroz. “Prostituta extranjera, es descubierta por su destrozado marido” rezaba el encabezado.

Caterina no volvió a ver a su hijo. Cuando regresó a la que fue su casa, no había nadie, nada, en casa de los abuelos la misma historia, el plan de Mario estuvo metódicamente calculado…se gastó en ello una verdadera fortuna. El dinero no era problema, el problema era su estúpida venganza.

Ella dedicó cada día de su vida durante dos años buscándolo con el corazón destrozado, sin dinero, sin simpatías, sin casa, sin alma.

Regresó a Europa para conseguir dinero, el apoyo de su famila, la fuerza que le hacía falta para seguir luchando ante la estela de corrupción que su marido se encargó de sembrar puntualmente a cada paso que daba al alejarla de su pequeño. Los dos años se conviertieron en cinco, cinco años de vacío, de impotencia.

Perder un hijo, por la razón que esta sea, duele como la muerte porque cada segundo parece infinito. Cualquier padre que haya perdido al suyo sabe que de ninguna manera exagero.  En este caso -que me parece gravísimo- el único consuelo de Caterina era que su hijo al menos estaba con su padre y abuelos. Existen seres que darían un dedo por un consuelo semejante. Hombres y mujeres cuyas entrañas les gritan que les falta lo más importante, lo que les da brújula a sus pasos, músculo a su sonrisa, pero tienen que vivir con el horror de no saber siquiera si su pequeño aún respira.


 

Como madre, jamás entenderé a aquellas personas que vociferan devoción por sus hijos, cuando sus vergonzosos hechos los descubren como monstruos sin entrañas. Los observo hincharse el pecho orgullosos de pagar las cuentas para procurar su bienestar, pero al mismo tiempo, ser capaces de infligirles un daño irreversible movidos únicamente por el egoísmo, por la revancha. Porque se necesitan poderosos fundamentos para justificar la separación de su madre o padre de manera temporal o definitiva.

Líneas arriba, mencioné que el plan primicio de Mario era secuestrar a su hijo. Tampoco exagero al utilizar el término, existe el secuestro parental. El secuestro (según la RAE) es “La retención indebida de un bien o una persona, para exigir dinero, rescate u otros fines”, luego entonces, es un delito, una vejación al ser humano y cuando este es provocado por algún progenitor, se convierte de facto en recuestro parental. Cuando un pequeño es objeto de un secuestro parental, no sólo se le aleja indefinidamente de su madre o del padre, también se le obsequia una estancia permanente en el salón de la melancolía, la tristeza, de la más injusta soledad.

Guardo profundamente en mi memoria una cinta europea que vi ha hace muchos años (estelarizada por Isabella Rosellini llamada “Left Luggage” traducida al español como “Nunca te vayas sin decir te quiero” Jeroen Krabbé,1988) porque caló profundo en mi sensible naturaleza maternal, tanto, que adopté la simpleza de la moraleja principal como una máxima que practico religiosamente al día de hoy.

La película puede resumirse en la historia de dos familias judías unidas por un sutil lazo representado por un encantador niño de cuatro años llamado Simcha y su joven nana Chaja. La familia de Simcha es practicante de la vena más ortodoxa del judaísmo, mientras que Chaja siendo estudiante de filosofía, le tienen sin cuidado las tradiciones de una religión que sencillamente no practica, pero su padre Silberschmidt -obsesionado con las maletas que tuvo que esconder durante la ocupación nazi, en las que despositó su historia, los objetos más preciados de su familia- otorga al film una metáfora demoledora, misma que sirve para darle título. El abandono de las maletas guarda un simbolismo simple: todos tenemos equipaje emocional que abandonamos, o en el peor de los casos, cargamos toda la vida. Sin embargo, lo punzante de la historia es la pérdida irreparable del entrañable Simcha.

Al terminar de ver la cinta, entendí cual era (sigue siendo) el peor de mis miedos: perder a mi hijo, bajo cualquier circunstancia (con el tormento adicional de no poder despedirme, besarlo, decirle que todo estará bien, que la oscuridad no será eterna).

Pienso en la historia de Caterina (que viví tan de cerca), la de Simcha, en la de tanta gente que conozco, que quiero, que amo, que injustamente padecen la tragedia de haber perdido a sus amados hijos. La peor parte es que los considero inmerecedores de padecer un dolor tan grande, porque que a su lado, hace parecer al infierno dantesco una insípida bufonada.

A todos ellos, les dedico este texto con mi absoluta empatía . . . con la esperanza de que su pena termine pronto, quiero pensar en ello porque estoy segura que el amor forma eslabón por eslabón, una cadena que sirve para devolver cualquier alma, por muy perdida que se encuentre y que nos toma por asalto cuando lloramos en las soledades nocturnas.

La perdida de Simcha me dejó un ritual que conservo desde 1998. Antes de colgar el teléfono, de salir al trabajo, de ir al supermercado, al médico, a la farmacia, al bar o a la cantina, siempre los beso (porque ahora tengo dos hermosos hijos) mientras les digo que los amo. El mayor dice que exagero, pero no me importa. Quiero que sepan que si un día no vuelvo, o si el destino me castiga con una partida –pido de rodillas que sea breve, que sea mía- el último recuerdo que tengan de mi, sea ese sutil murmullo emitido de lo más profundo de mi sentir. Que sepan que los amo desde que los ví por vez primera y que lo seguiré haciendo hasta que este cuerpo, no sea más que un montón de polvo que no quiera llevarse el viento.

América Pacheco.

Epílogo:

Caterina recuperó a su pequeño Ernesto después de seis años de incansable búsqueda, así como de una batalla legal encarnizada. Cuando lo tuvo en sus brazos, él ya no la reconocía. Lloraba angustiado porque no quería irse a su lado, para él era una perfecta desconocida. En ese instante comenzó su segunda –quizá- más ardua batalla: recuperar el amor, las caricias y la dulce sonrisa de su propio hijo. Hace casi 15 años de esta historia, el corazón de Caterina ganó definitivamente la batalla. Que su historia sirva para inspirar a todos aquellos que aún duden que los tiranos, todos, serán derrocados tarde o temprano.

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