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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Lost in Amsterdam
Si ustedes me preguntan cómo fue mi primera experiencia en un coffeeshop holandés, uno de los espacios recreativos más famosos de Europa, podría contestarles que sencillamente pasó sin pena ni gloria. Cuando a la droga se le arrebata la insignia de prohibición y se echa de lado su deliciosa característica trasgresora, queda poco entre los dedos qué acariciar.
Por América Pacheco
25 de febrero, 2014
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Portada Lost in Amsterdam

Para Glenn Vanhecke.

“Leef en laat leven” (Vive y deja vivir)

                                                -Dicho popular holandés-

La  noche del 30 de enero de 2014, por primera vez en la historia de mis tropelías francófilas, me alegré de abandonar París para sentir bajo la suela de mis botas el frío asfalto de la capital de Bélgica. Cero grados centígrados y una espesa niebla me dieron la bienvenida. París no fue un sueño. Días irregulares. Buenos. Desconcertantes. Terribles. Pero me alegré de dejarlos atrás. Kristof me rescató de lo que se pudo haber convertido en la más agria vacación de mi historial, por lo que tocar base en su país natal dio carpetazo a una pequeña pesadilla. Tomamos un taxi a Ternat, pequeño paraíso perteneciente al sector flamenco (Flandes) del país; país donde habita la comunidad más entrañable de mi vida. El segundo hogar. La otra familia: mis queridos Aelbrechtjes. El plan era simple: recuperar juicio y calor antes de emprender camino a Amsterdam, Holanda. Todo estaba listo: Laurentz Aelbrecht se encargó de reservar una casa en el corazón de Los Países Bajos, así  como de comprar los boletos para el ecléctico grupo que conformamos Jonathan, Glenn, Lore, Ben, Kristof y la que suscribe, para la fiesta más espectacular de la  temporada. Supe que todo iría por buen camino cuando el simpático taxista marroquí -entusiasmado por mi exótica nacionalidad-, intentó esbozar un par de frases en español y condonó 4 euros de nuestra cuenta por nuestro recorrido de más de 20 kilómetros. Digo, comparado con el furioso taxista parisino que intentó llamar a la policía por haberle pedido una parada adicional en un maldito cajero automático una cuadra antes de nuestro destino de 5 kilómetros, el marroquí se asemejó a mi tío Roberto.

Durante el trayecto de Bruselas a Ternat recibimos mensajes para acudir sin excusas a una fiesta que estaba en su apogeo, que más que fiesta era la despedida de un amigo cercano que probaría fama y fortuna en Australia. Imposible rehusar. Y así  fue como conocí las fiestas organizadas por las huestes juveniles de Ternat, y debo decirlo: qué  chingonería. Bailé como la imbécil que soy y fiel a la leyenda que me precede, bebí como alcohólico ruso sin desembolsar un euro gracias a la simpatía que suelo despertar en extraños y que permanece siendo el mayor misterio de mi vida. Volví a fumar. Volví a abrazar a extraños que me invitaban tragos de la nada, sólo por ser yo y sonreír como lo hago. Todas las experiencias de traslados entre los países europeos que he tenido la oportunidad de visitar habían sucedido a bordo de aviones o trenes, pero nunca en automóvil; y la primera notabilidad que guardé para estas crónicas personales es la ausencia de fronteras o casetas de cobro. Entre Bélgica y Holanda es posible transitar vía terrestre sin que existan retenes que salvaguarden las porciones limítrofes de cada país, vaya, ni siquiera existen casetas que te señalen que estás abandonando la frontera. No hay peajes. Ese fue el primer síntoma de libertad que pude gozar. Holanda me tomó desprevenida. Apareció frente a mis ojos sin previo aviso ni alerta.

Amsterdam letrero

Aproximadamente a las 8 de la noche arribamos a la que sería nuestra casa durante 4 días: una extraña y estrechísima construcción clásica de cuatro pisos ubicada a sólo 6 metros de un coffeeshop, a 2 kilómetros del espectacular Sistema de Canales del Siglo XVII (patrimonio de la humanidad) y a 8 metros del epicentro del barrio rojo (Rosse Buurt). La estrecha construcción se componía de 5 habitaciones, cocina, enseres domésticos, bolsas de basura, televisión de pantalla plana, cable, baño con tina, sala comedor, teléfono, Wi-Fi, calefacción y hasta vecinos. La entrada de la casa -un dúplex, para ser exactos- era compartida con una casa habitación común y corriente. Los dueños del inmueble no se andan por las ramas. Nos dejaron en el comedor una simpática guía para el cuidado de la propiedad, pero también de nuestra seguridad personal. El mapa de ubicación incluía instrucciones precisas de qué hacer en caso de emergencia médica, los números telefónicos de emergencias policíacas, acciones precisas en caso de desmayo, colapso nervioso, ataque de pánico o shock, preguntas frecuentes, horarios de recolección de basura, ubicación del supermercado más cercano y los consejos de la abuela necesarios para sobrellevar con armonía el trato con los vecinos de la cuadra. Una chulada.

Reglas 1

Pude observar durante largo tiempo a los simpáticos vecinos a través de la ventana de la cocina. Un par de gemelos que a efectos literarios llamaremos Hansel y Gretel, nos observaron sin interés durante su cena. Sin sobresaltos. Sus padres sabían que del otro lado del muro un grupo de turistas fumaban algo más que tabaco, pero no representamos jamás una alerta que atentara contra su moral. Nunca cerraron su ventana (entre la suya y la nuestra, sólo existía la frontera de un par de metros). La mamá de Hansel y Gretel sirvió leche tibia a sus pequeños frente a nuestros ojos mientras el fuerte aroma de un porro de Utopia Haze perfumaba la estancia. Esa fue mi segunda lección de libertad y tolerancia que se respira en el Rosse buurt: viven dejándote vivir.

Party 1

Un par de horas después, una minivan nos recolectó en la puerta del hogar de Hansel y Gretel para trasladarnos al  Openning Beach Party Bloemendaal XXXL. ¿Una fiesta de playa en pleno invierno? La respuesta es sí. ¿Una locura? Claramente. ¿Espectacular? No esperen mi respuesta, sólo echen un vistazo a las celebraciones nocturnas del descomunal Bloemendaal:

Durante el siglo XIV, Amsterdam gozó de celebridad europea gracias al próspero comercio que allanaba sus puertos. La diversidad racial de su territorio dejó de convertirse en un conflicto social desde la época dorada del comercio de diamantes. Esa sensación no-estructural puede percibir más allá de su anómala -pero bellísima- estructura arquitectónica. También puede apreciarse entre las sudorosas pieles de inclasificables razas y tonalidades que danzaban enajenadas, siguiendo el ritmo del espectacular show cortesía de un DJ que no paró de cantar durante horas.

party 2

Pero algo no funcionaba bien –no para mí-. A pesar de que los asistentes -las mujeres, principalmente- de esa noche sólo se cubrían con indumentaria propia para una fiesta de playa (a esas alturas nos encontrábamos a -2 grados), nadie parecía interesado en tocarse el uno al otro. El lugar carecía de mesas o sillas, no existía tregua para la conversación, el reposo. La cadencia hipnótica de la música no bastó para detonar el cachondeo propicio a tanta lujuria visual. La lubricidad parecía el invitado non grato de la jornada. Seis horas de baile me bastaron para comprobarlo. Me sentí perdida. Quizás yo era la del  error. Quizá los latinos disfrutamos distinto. Quizás no estoy preparada para la vida nocturna de Amsterdam. Quizás de eso trate la evolución. A las cuatro de la mañana, Kristof y yo dijimos basta. Nuestro organismo no soportó más bullicio, DJ’s, alcohol, ni zombie-cuerpos agonizantes. Los chicos decidieron quedarse. Kris no se encontraba en condiciones de darle indicaciones coherentes al taxista. La responsabilidad de regresar a casa fue entonces toda mía. Creo que este es el momento de anunciar dos revelaciones de interés global. La primera: yo no hablo holandés (neerlandés). La segunda: el flemish/neerlandés (la lengua  que habla la mitad de Bélgica) NO es lo mismo que el holland/neerlandés. Son parientes, pero son como esos tíos políticos que no entienden tu vida, ni les interesa (como claro ejemplo de lo anterior, Glenn intentó pedir un bocadillo en un restaurante de comida rápida y la chica del mostrador entendió que mi querido amigo deseaba llevarla a la cama). El taxista primero pensó que éramos alemanes, después, intuyó que nos encontrábamos demasiado drogados como para deletrear la calle de nuestro domicilio. Mientras  que el noble señor se esforzaba infructuosamente por entender la jerga incomprensible de mi acompañante, y yo me imaginaba durmiendo bajo el puente del canal Potterstraat, recordé que fiel a mi costumbre de retratar cada cosa que como o lugar donde me encuentro en caso de dar aviso a las autoridades, le mostré la foto de la dirección de nuestro alojamiento.

–  ¡Ah! -respiró aliviado el chofer- ¡No es Vinnen Wieringerstraat #5, es Binnen Wieringerstraat #5!
Mierda. Tanta angustia por una puta B.

Zona Roja Ok

Un  par  de días después, tuve la oportunidad de experimentar mi primera vez en un coffeeshop. En compañía de Glenn, Laurentz y Lore, me sumergí en un pequeño establecimiento ubicado en la avenida Nieuwendijk, misma que me recordó en su estructura y longitud a la calle de Madero, Centro Histórico de la Ciudad de  México. Nieuwendijk, a diferencia de Madero, no alberga relojerías o tiendas de ropa, lo que podemos encontrar en su lugar, son racimos de coffeshops, restaurantes, tiendas de souvenirs, así como distribuidores de semillas de cannabis en cualquier modalidad, sabor, diseño, gusto o tonalidad imaginable. Nuestra elección fue Lost in Amsterdam, extraño espacio donde la gente como uno puede beber, escuchar música o ligar con el vecino de mesa, es decir, las mismas prácticas nocturnas de cualquier bar convencional del mundo, con la diferencia que en estos lúdicos espacios (de hecho, prácticamente en cualquier otro coffeeshop) puedes comprar o fumar mariguana sin esperar que una alarma ensordecedora aparezca. Ante las airadas protestas en contra de que en México se legalice la mariguana por temor a un peligroso incremento en los índices de mortandad o desequilibrio social producto del consumo de drogas, puedo decirles que Amsterdam tiene para nosotros un par de lecciones al respecto.

Canna Shop Ok

El aspecto de los clientes de un coffeeshop es fronterizo al de un puñado de niños de edad preescolar en una fiesta plagada de beodos que bailan la suavecita a las 3 de la mañana. El comportamiento del respetable es de entumecimiento, relax y el sopor inconfundible del tutti siamo benne. En un recorrido nocturno al Barrio Rojo a las 11.30 de la noche será difícil encontrar multitud de almas deambulando. Las estrechas callejuelas y avenidas son invadidas por la quietud, la calma. No gritos. No disturbios. Sin violencia o música en altos decíbeles. La ciudad parece muerta a la medianoche, porque nadie se encuentra en condiciones de violentar la benevolente libertad de la capital holandesa. La ciudad más libre del mundo arrulla a sus habitantes y turistas con el murmullo inconfundible e hipnótico de Lullaby. La mayoría de las personas que tienen el hábito de fumar mariguana sabe que mezclarla con alcohol no es la decisión más sabia. Si en verdad deseas degustar cannabis blue chesse necesitas tener tus sentidos alerta y sin estimulantes ajenos. Es más fácil encontrar en las mesas de los coffeshops bocadillos o malteadas de chocolate que un vaso de whisky. De hecho, si el establecimiento ofrece bebidas alcohólicas, no puede obtener licencia para vender cannabis o ningún producto derivado de la misma. Así de simple.

carreola ok

Los habitantes del Rosse Buurt lo saben. Y lo saben de tal manera que no provoca conflicto dar un paseo a sus hijos en carriola en el epicentro del Red light Zone. Ahora que lo pienso, el evento más extraño y peligroso que recuerdo no fue el campechano sujeto que patinaba en absoluto estado de pachequés junto a niños en carriola, sino descubrir a una mujer que vociferaba vía teléfono celular, mientras atravesaba sin pena ni congoja y a toda velocidad el crucero más peligroso que reconozco después de Periférico y Tlalpan, a bordo de una bicicleta, con un pequeño pasajero de aproximadamente dos años sin protección de seguridad de ningún tipo. Es más factible que una bicicleta te arrolle a mitad de la calle, o que el tren urbano te convierta en papilla de mariachi, que ser víctima de la violencia producto del consumo de estupefacientes.

mujer con celular

Si ustedes me preguntan cómo fue mi primera experiencia en uno de los espacios recreativos más famosos de Europa, podría contestarles que sencillamente pasó sin pena ni gloria. No existe récord en mi currículum vitae el haber pagado tan poco dinero por mi estancia en un bar. Pero no fue producto de la incomodidad. El ambiente era afable, la mesera derrochaba amabilidad y la compañía sin duda deliciosa. Pero cuando a la droga se le arrebata la insignia de prohibición y se echa de lado su deliciosa característica trasgresora, queda poco entre los dedos qué acariciar. Es el equivalente a pensar que el apetito feroz se estimula al comer un gansito al tanto se toma consciencia plena de sus ingredientes y aporte nutricional.  El  encanto se esfuma. Eso fue mi noche: un delicioso desencanto. Extrañé la voz de mi hermano murmurando: “aguas, cabrones, no nos vayan a cachar los tiras”.  Quizás sea yo quien no me encuentre preparada para manejar la evolución.

Zona Roja 2 (3)

Si alguien me pidiera resumir en breve la locura de mi vida, utilizaría una reciente anécdota personal: mi última noche en Amsterdam decidí no acompañar a Glenn, Lore y Laurentz a cenar a pesar de su insistencia. Media hora después de su partida, recapacité y salí a tomar un paseo en soledad. Porque caminar por las estrechas calles de cualquier ciudad sin presión alguna por llevar más de 15 minutos observando un guijarro en el asfalto no tiene precio. La soledad ofrece ventajas que ningún cochino dinero puede comprar. Turismo sin causa. Turismo con uno mismo. A esa clase de turismo emprendo gustosa, me confieso adicta. Recorrí de cabo a rabo Nieuwendijklastraat, giré a la izquierda en Leidsegracht, me confundí de ruta en un callejón de Overtoom, me escabullí de un par de sujetos que deseaban tocarme en la calle Marnixtraat, hasta que di con un lugar que me ofreció un guiño, cortesía de mi querido amigo Camilo Molfino: Restaurante Argentino Madre María. Tomé asiento y ordené un buen bife. Mesa de dos, cubiertos para uno. De pronto, escuché una voz familiar:

-¿América?- Miré sorprendida a un sorprendido Glenn, que me encontró sin buscarme gracias al inconfundible guiño del azar.

De los 20, 200 o 2,000 restaurantes de la zona, elegí el mismo en el que mis amigos disfrutaban un buen corte de carne. La mesa terminó siendo de cuatro. Ninguna otra anécdota puede ejemplificar mis tropelías. Da lo mismo si me abandonan en un aeropuerto, si me encuentro perdida en una ciudad extraña, confundida en una estación de trenes, o parada en una esquina a punto de ser asaltada; siempre acabo siendo rescatada, descubierta por una fuerza noble, por un ángel, por la familiaridad del desconocido o por mis entrañables amigos. Siempre he dicho que padezco el síndrome Blanche Dubois: dependiendo sin querer o pedir de la bondad de los extraños.

Casa Aelbrecht

A mi vuelta a Ternat, fui recibida en el precioso cobertizo donde Jonathan Aelbrecht da refugio, noches de cine y cerveza a sus amigos cercanos en medio del bosque. Ahí estaban reunidos mis compañeros de francachela belga. Todos me preguntaron emocionados si me había gustado la vida nocturna de Amsterdam. Contesté con solemne honestidad:

– Prefiero mil veces las fiestas de Ternat.

Creo que me creyeron porque se miraron entre sí, orgullosos.

Ternat 2

Ternat es un pequeño poblado de menos de 15 mil habitantes que no aparece en el top ten de lugares indispensables para el turismo europeo. Supongo se debe a que no existen hoteles ni taxis en ese pequeño territorio perteneciente al Brabante Flamenco, cuyo aspecto de día es el de un paraíso sin parangón gracias a sus jardines exquisitos, mientas que por la noche te hace jurar que Silent Hill existe. Amo Ternat porque ahí vive Veerle, quien adora tanto como yo el vino blanco. Porque Amelie y Jessica -dos niñas de corazón quebradizo- me abrazan y se emocionan cuando me miran -a pesar de no entender un carajo de lo que digo- y aún así me dejan ganar en sus juegos de mesa y dibujan caballos nomás pa’ mi. Amo Ternat porque ahí viven Jonathan, Laurentz y Elisabeth, los hermanos más hermosos de toda Bélgica. Por los chistes de ácido nítrico cortesía de Papá Jacques. Por la calidez inusitada de Raymonde y Elisa, y porque en ningún lugar del mundo puedes encontrar un lugar más confortable para charlar como en la cocina de los Aelbrechtjes.

Las fiestas en Amsterdam pueden derrochar sofisticación primer mundista, y aunque ustedes no me crean, prefiero mil veces dos mil la calidez única de la camadería flamenca con sus tres besos del hola y el adiós. Si alguien me pidiera elegir la locación ideal para una noche de risas o para beber hasta la catatonia, diría en voz alta y sin dudas que el lugar perfecto es el cobertizo de Jona, que muestra a modo de guiño a quién lo entienda, un letrero justo en la puerta de entrada cuya frase escrita en español es elocuente: “Mi casa es tu casa”, en medio del bellísimo bosque de ese bondadoso paraíso olvidado del odio y locura del mundo. Donde nunca me he sentido perdida.

Y eso es tanto por decir…

 

América Pacheco

 

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