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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Luv: el vocablo de las golondrinas
Casi cuatro meses sin escritura y un pulmón filtrado. La culpa sin tamiz. El dolor de la verdad. El llanto de un pecho que necesita de los cuidados de su nuevo mejor amigo: el antibiótico. La niña que se escondía en la oscuridad para negarse a madurar, ahora necesitaba hacerlo a fuerza de neumólogo para sobrevivir, escribiendo o no. Pero respirando mejor, sin duda.
Por América Pacheco
11 de noviembre, 2013
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Pére Lachaise, febrero 2012

Pére Lachaise, febrero 2012

“It’s funny how the music put times in perspective,
add a soundtrack to your life and perfect it
whenever you are feeling blue keep walking and we can get far
wherever you are”.

    Nujabes Luv Sic

    

        A touch of madness is, I think, almost always necessary for constructing a destiny.

        Margueritte Yourcenar

 

Para Mateo, pedacito de pan dulce… O para Nina, estrellita vespertina.

 

El pasado domingo 27 de octubre, mientras esperaba ser atendida por un médico en la sala de urgencias de un hospital, recordé una anécdota, un viejo texto y una olvidada pasión. La primera evocación que atrapé con dificultad en el aire –a causa del insoportable dolor en mi pecho- fue la noche de navidad de 1984. Recordé a la extraña niña que fui, sentada en el sillón de la enorme sala de mi tía Tere junto a un incólume tío Miguel. Estábamos solos. Todos mis primos jugaban en algún lugar remoto de la casa, entretanto mis tías corrían como vacas sin vaquero en la cocina; pero yo, fiel a mi costumbre de alejarme compulsivamente de todas las personas de mi edad, decidí acompañarlo a ver la televisión. Lo que miré en pantalla esa noche alteró mi infancia para nunca ser la misma. En el canal 11 se transmitía un especial de cuentos animados de navidad, y aunque no guardo memoria alguna acerca de cuántos capítulos se transmitieron esa noche, recuerdo a modo de epifanía el primero de ellos: “El gigante egoísta”, de Oscar Wilde.

Recordé mi llanto provocado por la soledad del gigante. Entendí a la soledad tan fronteriza al egoísmo. La soledad y el egoísmo del gigante fueron todos míos. Esa noche nació el culto personal que conservo intacto al día de hoy. Oscar Wilde, además de encabezar en automático mi lista de escritores favoritos, desbancó a los súper héroes de historieta para salvarme de la infancia, mi terrible infancia. Y su tumba en el cementerio de Pére Lachaise se convirtió asimismo en la Meca personal de mi único fervor.

Quizás esa niña-golondrina de ocho años no fue capaz de entender que Wilde alimentaría la fuerza motriz necesaria para utilizar el camino de la escritura como plataforma de supervivencia evolutiva 25 años después, o que algún día bautizaría su primer blog “Desde la Cárcel de Reading”, como guiño al entrañable poema en prosa Balada de la cárcel de Reading, escrito tres años antes de la muerte de Oscar,  o que daría título a este espacio “Pluma, lápiz y cicuta” a modo de homenaje a uno de sus ensayos más logrados: Pluma, lápiz y veneno”; pero de  lo que mucho entendió esa golondrina fue que ese heroico rescate del polvo, de la tragedia, del olvido y de la brutal indiferencia, se lo debía por completo al más grande genio literario irlandés. Ese egoísta atormentado. Él se convirtió en el primero de incontables hachazos en el corazón.

ElGiganteEgoista2

-Tu oxigenación es normal, aunque presentas febrícula moderada. Necesito sacarte una placa para ver el estado de tus pulmones-

La artificiosa amabilidad de la doctora Hernández me despertó con violencia de este recuerdo tan fugaz y atemporal como un sexenio, después de realizar esa peculiar exploración metódica y mecánica que usan los hijos bastardos de Hipócrates para asegurarse que su paciente no va a entregar el espíritu en su guardia de fin de semana. Luego de sobrevivir a la humillación de cruzar la sala de urgencias hasta servicios de radiología portando una bata que mostraba sin pudor ante camilleros imbéciles mi espalda libre de pecado, y de obtener los resultados de una placa torácica, la doctora-cyborg determinó que el insoportable dolor en mi pecho que me llevó a rastras a su regazo era el resabio de una vieja bronconeumonía que casi terminó con mis días anteriores al sexo y al uso del pecado como metáfora del exceso sin arrepentimientos. Nunca es tarde para aprender algo nuevo: el dolor en el pecho no siempre es amor incontrolable o angustia culposa. El dolor que te quiebra en dos y te convierte en una chiquilla de 6 años a quien no le importa llorar en medio de una plaza llena de gente, también significa que en cualquier momento puedes estar muriendo.

Pensé en la niña-golondrina de ocho años y en un probable síndrome de Brique, somatización a domicilio cortesía de la culpa por abandonar aquello que más ama y que prometió jamás hacerlo en esa tumba parisina. Si existen castigos por abandono de promesas, probablemente estaba padeciendo con bravura uno de ellos. Casi cuatro meses sin escritura y un pulmón filtrado. La culpa sin tamiz. El dolor de la verdad. El llanto de un pecho que necesita de los cuidados de su nuevo mejor amigo: el antibiótico. La niña que se escondía en la oscuridad para negarse a madurar, ahora necesitaba hacerlo a fuerza de neumólogo para sobrevivir, escribiendo o no.  Pero respirando mejor, sin duda.

Desde mi reciente experiencia hospitalaria hasta hoy no he dejado de pensar en las absurdas razones por las cuales un ser vivo abandona lo único que lo convierte en uno de verdad. Pienso y no suelto.  Este año pasará a la historia de mi vida como el año de las pérdidas irreparables, así como el de las recompensas impagables. El lado oscuro de la luna y su brutal alborada. El año del eclipse cabrón sin eufemismo que valga una misa. Quizás argumentar que vivir permanentemente con un dolor en el pecho que no te deja razonar, contribuya en cierta manera a justificar el no ser capaz de escribir media cuartilla. Pero yo sé de cierto que no es más que una apreciación 4×4  de  muralla descomunal. Más allá del lugar común que reza que un escribano debe ser capaz de transmutar la cotidianidad en prosa y ensayo, es notorio que no encaja en personas que no estamos hechas de esa clase de materia genial y productiva. Mis limitaciones me rebasan. Es sano reconocerlo en voz alta una que otra vez.

Lo hago en este instante. Ustedes disculpen. Es transitorio.

Y volverá la golondrina, golondrina, golondrinita…

I hope.

Wake Up

 

Epílogo LUV II

Después de cuatro años de ausencia de abrazo y complicidad, realicé un viaje relámpago a Querétaro para resarcirme con mi querida amiga Gaby Carapia de semejante afrenta al cariño que le profeso. No necesité explicar o abundar en detalles para recibir el mensaje correcto gracias a su generosidad sin límite. Ella sólo necesitó utilizar un solitario  vocablo con esa lucidez y afabilidad que la arropa con amorosa elegancia. Me explicó la naturaleza del vocablo único que yo necesitaba escuchar para entender, entenderme, dejar de compadecerme, y evitar desviarme de la ruta correcta que me identifica como ser vivo más allá de mi pasión por la escritura. Como alguna vez expliqué en este espacio en otro texto, en otro momento; existen vocablos cuya poderosa fonética necesitan ser pronunciados en todos los tonos porque todo lo salva, todo lo rescata y lo resucita. Actuarlo no basta. El ejercicio de este vocablo es fundamental, así como su canto.

Sí.

Me sentí otra vez como esa niña-golondrina de ocho años desvalida y vacía. Pero también me supe rescatada dos veces por un gigante.

Miré para cualquier lado: arriba, abajo, a lado y en específico muy adentro.

Sí, lo tengo. Y lo que es mejor: lo practico.

Y a veces –muchas tantas- me sobra.

Mientras termino este párrafo, disfruto de un generoso obsequio auditivo cuyo título ostenta el vocablo. El soundtrack perfecto de esta cruda temporada. Porque a veces la música te pone en perspectiva ayudándote a perfeccionar tu vida, añadiéndole la banda sonora correcta que te acompaña y reanima a seguir caminando cuando te muerde la tristeza. Como una película intraducible, como un libro irresistible. Como un canto que te hace el amor vibrando al ritmo de la noche cuando toda la ciudad dormita  inconsciente.

Esta es la mía por ahora y lo seguirá siendo por mucho tiempo mientras lo que me rompe en dos permanezca latiendo: Luv (sic)

 “Ser amado es una simple desventura; la verdadera desgracia es no amar”.

Albert Camus

 

América Pacheco, Noviembre 2013.

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