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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Me saludas a la tuya
Por América Pacheco
11 de mayo, 2012
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Para mi abuela ( y la tuya también).

“Cuando me vaya a morir te voy a mandar a ti,  para que me traigas a la muerte, con tus calmas en una de esas, hasta duro un año mas…” – Mamá de Javier-

 

“En la noche das miedo y en el día das lástima, desgraciado”. –Mamá de Julio-

 

Me choca el 10 de mayo (homenaje en vida a Ricardo @dodosito Rivera)

Me choca la parafernalia que se construye en torno al día de las madres: la ciudad intransitable a cualquier hora del día, los llenos totales en mi taquería favorita, el patético himno de las mártires del perpetuo socorro autoría de la brasileña Denisse-chingatumadre- de Kalaffe que contamina buenas conciencias en TODAS PARTES, la cursilería positivista propia del buenaondismo hueco del que jugoso provecho sacan los listillos, pero sobre todo, más que todo, ME CHOCAN los festivales infantiles escolares.

Mientras recorría la chulada de 25 kilómetros que separan mi casa del colegio de Titch, -el último de mis pecados- recordé con escalofrío lumbar de por medio, mi última vergonzosa participación en un espectáculo escolar en día de las madres. Qué horror, carajo.

La vida jamás me alcanzará para recordar qué baile regional tuve a mal participar, el nombre se me escapa por completo; pero recuerdo como si fuera ayer mi esplendoroso vestido. Que no se confunda, esta inusitada lucidez no es atribuible a un chispazo prodigioso de mi desprestigiada memoria, claro que no. Lo recuerdo vívidamente, porque mi madre envejeció 5 años en el afán por conseguirmelo. Una madre que trabaja como ella lo hacia (dos turnos: dando clases en la UNAM y atendiendo emergencias en un Hospital General de Zona del IMSS), jamás iba a disponer del tiempo ni entusiasmo en cumplir los caprichos del estúpido personal docente de la primaria a la que asistía su hija; sin embargo, en un acto solo atribuible al milagro de la ubicuidad, mi señora madre consiguió una costurera, 10 metros de tela, montones de listones, holanes y todos los piquetes de alfiler imaginables, para conseguir una noche antes del evento, el pinche vestidito blanco de tehuana, que costó además de correrías y desvelos, el equivalente a una estancia de 2 días en un spa de lujo en Valle de Bravo.

 

 

El segundo recuerdo imborrable, corresponde a la mañana del festival. Los niños fuimos citados una hora antes para el ensayo general. Corrí -tarde- y sola al colegio. Dos cuadras antes de llegar, lo vi de lejos. Me alegré tanto cuando corrió a mi encuentro por la sencilla razón que hacia 3 días que en casa no sabíamos nada de él. Me alegré saberlo sano y salvo. La sonrisa se desvaneció de mi rostro cuando lo tuve a poco más de un metro. Mi perro “Duque” tenía la costumbre de saltar como canguro cuando estaba feliz, y todo indicaba que esa mañana lo era. Duque era un perro doberman. ¿A ustedes les ha brincado encima una y otra vez un perro de esta raza? Si su respuesta es afirmativa, podrán entender el porque de mi súbito cambio de gesto.

Toma 1: Tocan la puerta. El padre camina con prisa para abrir. Pega un brinco involuntario de susto –y un gritito bastante mamila-.  Lo que encuentra frente a él, es a una niña convertida en un arroyuelo de lágrimas, con el vestido lastimosamente manchado de lodo (había llovido), bañada en sangre y que podría haber representado la versión de “Carrie: el inicio ” región 4, producción de Hugo Stiglitz.  El bendito perro, la había lastimado -sin querer, pero profundo- en su desaforada manifestación de euforia, en su mano izquierda.

Toma 2: La madre corre espantada a la sala al escuchar el inconfundible llanto. Al mirar el aspecto de su hija, pega otro grito, pero en contraste al del marido, nada mamila. Este navío va cargado de espanto, ira y frustración. Todo en combo. Después de años de no asistir a festivales infantiles de sus hijos por atender enfermos y accidentados en urgencias,  lo último que imaginó es que en su primer descanso de 10 de mayo en 3 años, terminaría suturando una mano, sacando heroicamente manchas de sangre y lodo del otrora vestido blanco, para después  secarlo, volverlo a poner a su inconsolable hija, castigar y amarrar al perro, pendejear a su marido tres veces por masticar vacunamente su concha de chocolate y no cooperar en nada,  llegar corriendo al colegio a buena hora, sentarse bajo un sol inclemente, además de sonreír estoicamente mientras sus manos temblaban, pero sin emoción.

Toma 3: El portarretratos que adornó durante años el escritorio del padre, desapareció una soleada mañana de abril del año 2001. En ella se podía apreciar a una chiquilla de cara y ojos hinchados (que portaba una mueca que mal dibujaba una sonrisa) que portaba en su brazo izquierdo una venda asombrosamente blanca que contrastaba con el indescifrable tono del vestido, en lo que parecía un baile regional. Nadie ha vuelto a tener noticias de esa horrenda foto.

No more festivals sympathy.

 

 

Antes de salir de casa rumbo al festival infantil  de mi hijo, dejé este status de FB:

Agendar un festival a las 8 de la mañana en la escuela del granuja, significa un crimen de lesa humanidad por parte del personal docente. Si así me van a festejar, no quiero ver los bailes de la turba oligofrenica de 1o. B., porque sé que me provocarán una embolia. Ni hablar, no pude enfermar a propósito al güero. Me largo de este Mercado de Lágrimas. Felicidades a mi.”

 

¿En qué clase de tienda de aparatos descompuestos de la mente se encuentran en rebaja ideas semejantes? ¿Ocho de la mañana? No digo que planear festivales a esas horas, que no son horas para festejos, les resulte funcional o estratégico, de otra forma, dudo mucho lo harían, pero en verdad… ¿les parece sensato?

Desgraciadamente, no hay plazo o distancia que no se cumpla o recorra cuando no hay voluntad, pero sí compromiso. Llegué cuarenta y cinco minutos tarde con un genio que ustedes no desean conocer (esto excluye a mi ex marido, que bien sabe de este humor intraducible en caracteres desprovistos de efectos especiales (–¡Hola, Aldito, saludos a la familia!-)

Lo primero con lo que me topo al bajar del auto, es con una engorrosa fila. Si esas sufridas madres llegaron a tiempo, tenían 45 minutos haciendo fila india en tacones. Respiré, me callé y esperé con estoicismo ser conducida a mi lugar. Cómodamente sentada, leo en el programa que me entregaron minutos atrás con una sonrisa colgate: “Café literario de 10 de mayo”. Ay cabrón, -pensé en voz alta- esto será peor de lo que imaginaba. Lo fue.

El programa se  componía de 6 espectáculos interpretados por los infantes, y 6 declamaciones de poesía por las valientes maestras de nuestros herederos.

Ho-rror-al-cri-men.

“Solo el valor de una madre”, “A mi madre”, “Madre mía”, “Alegría”, “Un Ángel”, “Un poema para mi madre”. Carajo, en mis tiempos, se desgañitaban los Proto-Demóstenes de ocho años con chuladas como “Mamá, soy Paquito” y la maravilla etílica convertida en verso de “El brindis del bohemio”, que jamás destacaron por su calidad literaria, pero al menos obligaban al declamante a utilizar un ápice de esfuerzo interpretativo; en contraste, las maestras declamaron con la misma elocuencia que utilizan los repartidores de pan bimbo cuando leen en voz alta al tendero el surtido del día. La selección “literaria” elegida por el profesorado abrumaba por su melcochosa e insana cursilería.

Hubo dos momentos cumbres que me dejaron malsanamente divertida. Cuando la maestra  de cuarto año (llamémosle a efectos literarios “Sarita”) leía con descuadre el poema “A mi madre”, fue interrumpida en cuatro ocasiones por un conato de llanto y quiebre de voz. Interrumpió su lectura un par de ocasiones, para al final (después de llevarse la mano al rostro tratando de disimular un grito mamila) salir corriendo como seguramente lo hacen las mujeres con dudas y soluciones, con defectos y virtudes con amor y desamor…Evidentemente yo reí como la imbécil que soy, aunque las otras madres aplaudían con desaforado entusiasmo, visiblemente conmovidas. Por mi cabeza se asomaron dos teorías: o Sarita salió huyendo de casa a los dieciséis  años llevando todas las joyas de la abuela bajo el brazo, o su señora madre reposa en una lápida, víctima de un infarto (quizá provocado por la huida de las joyas, no de la hija), eso no lo podría asegurar.

El último de los incidentes, también tiene que ver con mi jodidez mental. Mientras los chicos de sexto interpretaban en inglés una canción de la conocidísima Adele –según dijeron, yo no la conozco, lo siento-, una de las chiquillas de la primera fila comenzó a interpretar con su dermis facial, la versión infantil e incluyente de la transformación del Dr. Banner en Hulk. Se empezó a poner verde limón y a ejecutar esos conocidísimos gestos que usan los borrachos cuando están a punto de expulsar la pizza hawaiana de media tarde.  Salió corriendo llevándose la mano al rostro tratando de contener un vómito que seguramente hubiera arruinado nuestro desayuno recién servido. Por mi cabeza se asomaron dos teorías: o estaba siendo víctima de un imperdonable pánico escénico provocado por el ridículo más grande de su corta vida, o la chica estaba embarazada. Da igual.

El Síndrome Sara García (SSS).

 

 

Leyendo los poemas del programa del día, reflexioné en el sobadísimo Síndrome de Sara García (SSS por sus siglas en español).

Para todas las personas provistas de dos dedos de frente, no les resulta ajeno que nuestra sociedad esta marcada con el  plumón indeleble del matriarcado. Las mujeres son las que mandan en el hogar, paguen las cuentas o no (evidentemente hay excepciones, como padres maravilloso que educan, mantienen, cuidan, bañan, arrullan y se sacrifican, pero esos no nos importan, que se consigan su día. Gracias por participar). Es inalienable e inmutable. Las reinas del hogar son las que gozan de las mayores canonjías emocionales en este país. Ojo, no quiero decir que gocen de privilegios laborales, sociales y demás cúmulo de desigualdad que seguramente ya están anotando como imperdonable omisión las feminazas que tienen a mal leerme de vez en cuando. A ninguna entidad humana en nuestra sociedad se le prodiga tanto sentimiento de culpa como a las cabecitas blancas del hogar.

Pero la culpa no la tiene el indio, sino el que lo hace su compadre, su esposa, o suegra, reza un clásico de banqueta.

Basta con ver cualquier película mexicana de Sara García o de Marga López para entender el arraigo del fenómeno. Es increíble que discursos diseñados para guiones fílmicos que datan de SESENTA AÑOS atrás, se sigan oyendo por los pasillos de nuestro hogar. Hace años que no veo telenovelas, pero podría apostar mis dos dedos índices, que las actrices que representan a las madres de las buenísimas protagonistas, siguen mirando al cielo con ojos de huevo cocido, mientras sus ojos se humedecen, sentenciando:  “pero madre sólo hay una, y síguele buscando ruido al chicharrón, porque un día de estos se te va romper”.

La hija –buenísima- la mirará con hueva infinita mientras hace su maleta para escapar de esa cochina vecindad, en el auto deportivo del galancete de feria que se ligó en un antro de la condechi y que le ha prometido cambiarle la vida. Pero dos capítulos antes del final, se le verá regresando con dos mocosos desarrapados, para pedir perdón ante el lecho agonizante a la que bien mirado podría ser Aurorita Molina, quien con sus ojillos de huevo cocido mirando al techo, contestará. “¿Qué acaso no soy tu madre y estoy aquí para perdonarte?”. Si estos hipotéticos diálogos han dejado de contemplarse en nuestras telenovelas –calidad de exportación-, pido anticipadas disculpas. Pero reitero mi compromiso de apostar mis preciosos dedos índices.

Lean estas perlas que tuve que soplarme el día de ayer:

Cuéntame un cuento, madre, que me quiero dormir escuchando tu voz, asido de tu mano; como Hansel y Gretel, seré en sueños tu hermano, aunque en sombra andaremos tras de la misma senda y escribiremos juntos nuestra propia leyenda, y tal vez, como chicos, dejarás de sufrir.

****

Dios bendice las madres,
las más hermosas mujeres
porque en sus vidas nos alientan
los más puros quereres.

Las que sienten el peso
de los deberes del día
y se entregan en martirios,
con su amor y simpatía.

Dios bendice las madres
que se entregan a diario
por el dolor de los hijos
en el cotidiano Calvario…

Dios bendice las madres,
en su santo derroche
de cariño sin tacha,
de pasión sin reproche…

Las que impregnan el alma
de una fe tan intensa
que se hicieron muy dignas
con su eterna recompensa…

Dios bendice las madres,
las que santas y tiernas,
por su amor se merecen
ser queridas… madres eternas…

¿Así o más claro?

Socialmente hablando, ser madre es una distinción divina, un galardón sin recompensa, un sufrimiento eterno, y una inagotable fuente de perdón hacia sus sucios vástagos. El SSS OBLIGA a que las mujeres que portamos a modo de estrella de David zurcida en nuestro brazo izquierdo, el título de mártir. Es menester confiar, apoyar, entender, sacrificar cualquier sueño, aspiración personal, pasional y cualquier acto egoísta, en pos del bienestar de nuestras criaturas. Es un círculo vicioso interesante, porque las mujeres que no se sometan a este canon, son marcadas con la letra escarlata de hienas, porque “hasta las perras defienden con su vida a sus críos” (mi abuela dixit), y son apartadas del camino del buen decir, pensar y querer.

“Sólo el amor de una Madre resistirá, por cualquier tiempo de prueba.”

Sin embargo, el SSS ataca con puntería de Robin Hood al subconsciente de los hijos, todos y cada uno de los sacrificios cometidos en su nombre y representación. Las madres que han hecho de la renuncia y el sufrimiento un estilo de vida, no pierden la oportunidad de escupirlo al rostro de su descendencia con ojitos de huevo cocido. Lo reprochan veladamente todo el tiempo. Usan el lenguaje cifrado del chantaje emocional para hacerlo. Son cabronas, imperfectas, entonces,  si lo son, ¿por qué elevar a rango divino a una mujer terrenal con más defectos que virtudes, como cualquier ser humano? La capacidad reproductiva no nos convierte per se en semidiosas. Es demasiada responsabilidad para nuestro género. Muchos irresponsables utilizan este argumento para desatenderse de sus hijos y vivir la vida loca, porque ¿quién mejor que una madre para educar a los chamacos?, “mientras la tengan a ella, nada les faltará”, lo peor de todo es que las mujeres –en complicidad- lo aprueban, lo secundan, lo fomentan. El sentimiento de culpa por haberlas abandonado, los coloca en el rango del hijo ingrato, sentimiento que año con año tratan de paliar, llevándolas a Casa Bayón a comprarles metros de tela para que les hagan sus calzonzotes; al fin y al cabo, que a ellas les hace feliz seguirlos atendiendo como cuando niños.

¿Cuántas madres conocen que les dejan a sus hijos al ex marido para que ellos se hagan cargo mientras dedican un año sabático de su vida a terminar la  carrera que dejaron trunca porque se embarazaron en 4º semestre? Cuéntenlas con los dedos de la mano izquierda y por favor avísenme, estoy recabando datos duros, reales, con nombres y apellidos. Podría apostar que las mujeres que hacen ésto, lo consiguen incluso sin ayuda del ex marido: trabajan, estudian, mantienen y subsisten con sobrada dignidad.

Lo críptico de todo esto, es que las principales manos que moldean a las hordas de machos insufribles, somos precisamente nosotras, las madres abnegadas que sufrimos un calvario para hacerlos unos hombres de bien. Nosotras somos los que les enseñamos el modelo a seguir. No podemos arrepentirnos de traerlos al mundo, porque eso nos convertiría en una arpía no digna de nuestra noble investidura; porque no está bien quejarse, porque no está bien querer brillar por méritos propios, porque nuestro deber es educarlos y dejar todo, porque Dios nos va a recompensar en la otra vida.

Los poemas, las películas, las telenovelas nos enseñan sistemáticamente que una madre debe perdonar lo inadmisible, pero ninguna habla de que a la madre deba perdonársele todo. Una madre no puede equivocarse, elegir mal, provocarse un aborto, abandonar a sus hijos. Estamos diseñadas con material irrompible e incorruptible, las defectuosas no merecen un lugar en la escala de valores que sonríen en los comerciales del Canal de las Estrellas. Esas mujeres son parias sociales y nadie habla de ellas en voz alta. Nadie las festeja.

En fin, esas son ideas mías y seguro me caerán mentadas de madre. No se apuren, ya me acostumbré, el SSS me hace los mandados.

Cuando terminó el festival de la criatura celestial, la directora nos sugirió al micrófono que compartiéramos con los miembros de nuestro hogar el material literario que se había leído ese día. Que todos en casa leyeran y meditaran en el precio incalculable de la maternidad. Saliendo del colegio, tiré a la basura todo el folder.

Abracé a mi chiquitín y lo felicité por su participación, se había esforzado por aprenderse “Woman” de John Lennon y cantarla –vergonzosamente- a todo pulmón. Me hizo prometerle que jamás lo dejaría participar en otro festival. Lo prometí sin chistar, lo suyo es el baile, no el canto.

Lo tomé de la mano y mientras caminábamos a casa de mi madre, pasamos por el mismo lugar donde 25 años atrás, mi perro me había destrozado el inmaculado vestido de tehuana. Le enseñé mi cicatriz que aún alcanaza distinguirse. Rió como poseído por Satán cuando le conté de la aparición de Carrie en el resquicio de la puerta e imité la cara que hizo su abuelo al mirarme.

“¡Otra vez mamá, otra vez… ¿qué cara puso Víctor?”

Volví a imitar a mi padre, prácticamente todo el día. ¿Qué acaso no soy YO su madre para hacerlo feliz cada día de su vida?

América Pacheco.

 

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