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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Mira, mamá: sin miedo
Los perros, a diferencia de otros animales domésticos como los gatos, te mantienen conectado con la realidad y tu espacio en el mundo. Te exigen atención. Te piden salir de la cama. De la cocina, del edificio, a la calle y al parque. Y siempre te llevarán de regreso a casa porque es la primera ruta que su instinto les obliga a memorizar.
Por América Pacheco
24 de septiembre, 2020
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El amor por los perros lo heredé de mi padre. En casa siempre tuvo cabida un perro, desde antes de atesorar el primer recuerdo infantil. Después de la muerte de Fuhërer (don’t even ask, lo heredé con ese nombre) decidí darle un respiro a una nueva adopción; amé muchísimo a ese pequeño tirano y tardé años en sanar su partida. Todo cambió cuando conocí a Ixquic, la perra filosófica. Ixquic es la incomparable mascota de mi mejor amiga y desde que tuve la fortuna de dejarme querer por ella, le pedí a X que, si algún día decidía cruzarla, yo estaba en la lista para adoptar un cachorro. Tuve que esperar 5 años para que Ixquic decidiera regalar su virginidad a Micky, un perro que conoció casualmente en el Parque de las Américas. Amy nació hace casi cuatro años un 5 de noviembre. Estuve pendiente del parto y desde que la vi en la foto que le tomó al nacer la hija de X supe que era perfecta para mí. De una camada de siete, nunca tuve dudas que la pequeña rata moteada con una corona en el lomo sería la compañera y heredera del amor más puro que soy capaz de dar.

Amy Pawhouse

Elegir a Amy como parte de la familia vino a corroborar que mi instinto se mantiene intacto para ciertos sectores en la línea de producción de mis afectos. No sólo heredó la belleza de su madre, también trajo consigo una capacidad de amar a extraños inaudita y generosa, así como una inteligencia envidia de la NASA. No hay miembro de la familia o amigos cercanos que no la ame y no hay persona con un gramo de alma que no sonría cuando realiza alguno de sus célebres actos circenses. El único defecto que admito en contra de Amy es un carácter medroso. A veces teme desproporcionadamente a espacios cerrados, a la soledad, pero, sobre todo: al agua.

Viejas leyendas cuentan que, desde que los lobos menos agresivos comenzaron a vivir en asentamientos, se formó un poderoso vínculo entre los humanos y los caninos que permanece invicto hasta nuestros días. La fascinación ha sido mutua por miles de años. Una notable característica de los perros es que son de las contadas especies animales no xenófobas en términos generales, todo lo contrario: los canes son xenófilos. Su naturaleza hospitalaria los convierte en mejores criaturas que nosotros, humanos imperfectos. A diferencia de la forma en la que los humanos brindamos/condicionamos nuestro afecto; los perros nos aman sin juicios ni expectativas. Su conexión con nosotros es simple: su amor es absoluto, desprovisto de consecuencias ni rivalidad.

El exilio yucateco que comenzó en julio me obligó a dejarla al cuidado de mis padres mientras encontraba tiempo, rumbo y hogar. Decidí ir por ella a la CDMX una vez que encontré un lugar adecuado y motivada por dos factores contundentes. Primero, su salud comenzó a menguar de forma alarmante después de la muerte intempestiva de uno de los perros de la familia. Amy dejó de comer, jugar; de ser feliz. Segundo: julio y agosto fueron dos meses de intensos cambios internos y externos que influyeron en obsequiarme la peor depresión en lustros. Me sentí infeliz por doscientas cincuenta razones. Una de las más poderosas consistió en haber abandonado a mi perra y verla apagarse lentamente. Lejos de mí.

Tomé un vuelo sin pensar. No creerán lo que pasó después.

La noche anterior al vuelo, X me pidió de favor recoger una cafetera del estudio de su exmarido y traerla a Yucatán. Me incomodó un poco saber de último momento la encomienda porque ya había realizado el check in y mi vuelo no incluía maleta documentada. Queridos lectores, ustedes deben de saber que no se trataba de cualquier tipo de cafetera. Al margen del valor sentimental que posee al ser herencia de Don Raúl, difunto padre de X, estamos hablando de una cafetera digamos que peculiar. La única ventaja a mi favor era que el boleto de vuelta incluía una maleta en cabina, mientras que yo viajé sin equipaje, así que tomé aire y pensé que la cafetera cabría perfectamente en una maleta mediana y si no la aceptaban por el peso, bueno, se documentaba y santo remedio. ¿QUÉ PODRÍA SALIR MAL, SI ES DE DOMINIO PÚBLICO QUE DIOS ME ODIA?

Los aeropuertos me hacen llorar

Llegué a las 4:30 de la mañana al aeropuerto con Amy, su documentación de cumplimiento sanitario, cartilla de vacunación, un tatuaje nuevo en el brazo derecho (porque F, el exmarido de X, no me dejó salir de su estudio sin él) y una cafetera Pavoni en la maleta. Después de una exhaustiva revisión de documentos y posterior aseguramiento de la transportadora, mi perra estaba lista para viajar a conocer la tierra de Cucho. Antes de dejar a Amy temblando y hecha un mar de llanto, les advertí al staff de la aerolínea: oigan, en la maleta traigo una cafetera ¿HAY ALGÚN PROBLEMA? Ante su negativa, en verdad creí que después de algunos malentendidos kármicos, el Dios que todo lo empala, sodomiza y calcina decidiría darme un respiro. Una breve tregua. En el exacto momento de la concepción de ese pensamiento es donde todo comenzó a valer madre.

A todos los pasajeros del vuelo 756 nos mandaron al control de salidas internacionales (al extremo opuesto de la Terminal 1), lo que provocó un desplazamiento digamos agotador porque la maleta que improvisé de la casa materna era mucho más parecida a un bolso para boliche oversized que a una pieza de equipaje convencional: huelga decir que no tenía rueditas, por lo que requería el cabal uso de los dos brazos (recordemos que el recién tatuado, no estaba disponible) y la cafetera era un artefacto muy pesado. Llegué sudando a la zona de control sanitario. Una vez que llené el formato miré el reloj: faltaban 25 minutos para las seis de la mañana, y el avión despegaba a las 06.28 a.m. Perfect timing. Me acerqué a la franja donde el staff de seguridad monitoreaba la temperatura de los viajeros, justo antes de los rayos X y de la cabina que detecta la última vez que le mentaste la madre a Trump o que comiste papaya maradol en el desayuno. Al momento que me colocaron la luz infrarroja en la frente, la pistola comenzó a sonar, la muy hija de puta: BIP, BIP, BIP.

Señorita, tiene que refrescarse. En esas condiciones, el termómetro no va a darle luz verde. Escupió con desgano el indolente policía aduanal. MADRE SANTÍSIMA DE VERACRUZ. ¿Refrescarme? ¿Y eso cómo se hacía en esas circunstancias? ¿Sería un momento adecuado para tomar un baño? Venía empapada de sudor cortesía del tapabocas y de la chamarra de piel que traía puesta. ¡Me arrepentí tanto de haberme abrigado! Pero vivir en Yucatán hace sentir las madrugadas chilangas como un atardecer danés. Me quité la chamarra, pero no paraba de sudar. Me acerqué otra vez para ser rechazada nuevamente por el BIP, BIP, BIP del termómetro infrarrojo. Lo intenté cuatro veces con el mismo resultado: BIP, BIP, BIP. Eran las 05:55 cuando exigí que me tomaran la temperatura con otra pistola láser. La quinta vez funcionó. Hice fila y después de pasar el retén de la cabina satánica, uno de los oficiales exclamó mirándome con gravedad: ¿Es suya esta maleta? -Ajá- contesté con inseguridad. Ábrala, por favor.

Desde que fui escaneada por rayos gamma, supe que algo saldría mal. Pude ver como un agente llamó a otro y ambos a un tercero cuando el monitor les mostró el contenido de la maleta. No entendían qué tenía dentro.

Es una cafetera. Protesté con falsa calma. Pregunté en mostrador si podía viajar con ella y contestaron que sí. Complementé sin recibir respuesta. Sacaron la cafetera, hablaron a un supervisor y la analizaron como Salt Bae a un filete mignon. El supervisor finalmente sentenció:

La densidad de esta cafetera no permite subirla a cabina. Llévela a documentar, por favor. ¡¿Cómo?!, ¿¿y por qué no me dijeron antes?? ¡Falta media hora para que salga el vuelo!

-Pues si pierde el vuelo es su responsabilidad. Salga de la fila, por favor.

En una circunstancia diferente hubiera elegido una de dos opciones: armar un pleito de dimensiones Noróñicas o tirar la cafetera en la basura. Poner en riesgo a mi perra ya documentada NO era opción viable. Pero dejar la herencia de don Raúl tampoco, así que salí corriendo de regreso a mostrador. Todo se derrumbó dentro de mí cuando al fin llegué con la tercera parte del pulmón izquierdo colapsado y vi la fila interminable de gente esperando documentar. Quedé paralizada segundos sin saber que hacer. Y sin aliento.

Güerita ¿qué le pasó? El de la voz era uno de los empleados aeroportuarios con chaleco amarillo fluorescente que transportan maletas en carritos. Le expliqué sin aliento la situación de la cafetera y de la perra documentada. Me jaló de la mano y dijo: Usté no se preocupe, yo le ayudo. Corra.

Me llevó hasta el final del mostrador. Al parecer conocía al empleado de la aerolínea. –Oye, ayúdala, no seas cabrón. Su perra ya está documentada y la regresaron a meter la maleta al avión.

-Újule, mano, pero ya cerramos documentación de equipaje del vuelo a Mérida. No puedo.

El santo varón del chaleco amarillo no se dejó achicopalar. Ándale. Piensa en la perrita, ayuda a la güera, pásala como equipaje extemporáneo.

Y pues sí, me dejaron documentar la maleta en tiempo récord. Todo por la imagen de una perrita perdida y sin dueño. Les di las gracias llorando antes de correr como atleta de alto rendimiento de regreso a salidas internacionales.

Al retorno del control sanitario, mi agitación se había triplicado, así que no fue una sorpresa que la puta pistola ladrara otras tres veces BIP, BIP, BIP, ante la lectura de mi temperatura. Busqué al mismo ser que me había rechazado veinticinco minutos antes y le rogué que me dejara pasar. Que le constaba que ya había pasado por el mismo procedimiento y que si venía sudando a chorros es porque había recorrido el aeropuerto desde salidas nacionales a internacionales tres veces corriendo.

Me dejó pasar obsequiándome una mirada de bagre del mercado de Jamaica.

Justo al momento de atravesar por segunda ocasión la cámara húngara, escuché en el altavoz que el vuelo a Mérida estaba por concluir el abordaje. Hasta ese momento caí en cuenta que, con todo el ajetreo, no había reparado en qué puerta sucedería el embarque. El filtro de las salidas internacionales (de dónde emergí como la Sirenita) correspondía a la sala 26. Miré la pantalla. La puerta a la que tenía que desplazarme era nada más y nada menos que la puerta 10. Para todo aquel despistado que no sepa de qué distancia estamos hablando, hágase a la idea que cada puerta que separa la sala internacional de la nacional se cuenta en años perro. De acuerdo con cálculos basados en las matemáticas que reprobé desde secundaria, estamos hablando de un kilómetro de distancia. O doscientos metros. Da igual. Creo que corrí a todo gas hasta la puerta 14. Quise vencerme en la puerta 16, pero la sola imagen de mi perra llorando me inyectaba diez metros más de carrera. Me vencí por completo en la puerta 11. No fue falta de amor. A esas alturas de la carrera ya tenía a cuestas el 50% de los síntomas de COVID-19. Antes de mi partida a CDMX comencé a experimentar un dolor intenso en los ojos. El día anterior había recorrido la Narvarte buscando un oculista, sin suerte. Tuve que ser atendida vía WhatsApp por una amiga oftalmóloga que estaba azorada con los síntomas de dolor e hinchazón que presentaba, sobre todo en el ojo derecho. Ustedes imagínense la estampa que les tocó presenciar a los dos pobres empleados de la aerolínea cuando vieron llegar a una mujer escurriendo sudor, con 40 grados de temperatura, con dificultad para respirar, tosiendo, con los dos ojos rojos y uno a punto de salir de su cuenca. Al primer intento de usar la pistola para tomarme por doceava vez la temperatura y el BIP, BIP, BIP que llevaré como ringtone hasta la tumba, los convencí de dejarme subir al avión con el argumento sin fisuras de haber pasado ya dos controles sanitarios hasta ese momento. Además, mi perra estaba documentada. Mi aspecto obedecía al estrés y a la bicoca de haber corrido con tapabocas los 200 metros planos. Estoy convencida que accedieron a dejarme subir al avión por Amy. Los animales mueven montañas. Anótenle ahí.

No fear, honey

Desde que vi transitar la transportadora de Amy en la banda de equipajes del aeropuerto de Mérida me convertí en otra persona. Al menos en una mejor. La perrita visiblemente escuálida y tímida que tocó la puerta de La Mejorada ha cambiado por completo la dinámica de este hogar. Llegó a levantarnos de nuestro anquilosamiento físico y mental. Los perros, a diferencia de otros animales domésticos como los gatos, te mantienen conectado con la realidad y tu espacio en el mundo. Te exigen atención. Te piden salir de la cama. De la cocina, del edificio, a la calle y al parque. Y siempre te llevarán de regreso a casa porque es la primera ruta que su instinto les obliga a memorizar. Aunque te resistas, te devuelven la movilidad de las piernas y te recuerdan que tus pulmones respiran mejor al aire libre. Te involucran en su dinámica única de compañerismo. Adoran devolverte al mundo de los vivos.

La sencilla acción de acariciar a un perro equilibra los niveles de hormonas del estrés, ayuda a regular la respiración y disminuye la presión arterial. Innumerables investigaciones han demostrado que las caricias liberan oxitocina (hormona asociada con el vínculo y el afecto), tanto en el perro como en los humanos, su sensibilidad hace eco en nuestras emociones, empatizan con ellas y disminuyen los niveles de cortisol. Hace poco leí un estudio sobre las reacciones endocrinas que provoca a un perro reunirse nuevamente con su dueño después de una separación y quedé impresionada con los resultados. Para un perro, su dueño es el elemento de bienestar más importante de su entorno. El estudio identifica los parámetros fisiológicos del contacto positivo entre humanos y animales de compañía. La implicación es que, si las reacciones fisiológicas son mutuas, los perros experimentarían los mismos beneficios psicológicos de estos cambios neurofisiológicos que los humanos. Un win-win total: sus extraordinarias habilidades para escuchar y demostrar amor incondicional tienen un papel determinante de ciertos neuroquímicos. Las concentraciones de beta-endorfina, oxitocina, prolactina, beta-feniletilamina y dopamina aumentan entre ambas especies después del reencuentro. Fascinante.

Desde que Amy vive en Mérida, la casa está llena de vida. J, mi roomie, cayó redondo ante su embrujo. Juega con ella con la pelota, la acaricia durante sus periodos de trabajo u ocio, la saca a correr al parque y se tomó la molestia de enseñarle a dejar de tenerle miedo a la piscina. Un logro que nadie jamás había obtenido debido al terror que siempre ha experimentado al menor indicio de agua más allá de su bebedero.

El fin de semana pasado que nos prestaron una casa en la playa, Amy nos regaló a todos una enorme lección de valentía. El primer día se dejó meter a la piscina ya sin ataques de pánico. Y seguimos con el mar. Conseguimos meterla a la orilla sin provocarle un colapso de ansiedad, dada su temerosa naturaleza. Pero el segundo día, F la subió al Kayak mientras X, J y yo permanecimos a una distancia prudente, pero dentro del mar.

En las cálidas aguas de Uaymitún, Yucatán, es posible ver a pocos metros de la orilla pandillas de peces y mantarrayas. Parvadas de pelícanos vuelan junto a tu cabeza y con un poco de suerte, podrás ver incluso, delfines. X, J y yo vimos alejarse a F con Amy en el Kayak hasta que fue difícil distinguir sus figuras. Rebasaron la tercera boya al tanto que el sol iba escondiéndose en el horizonte.

En algún momento del viaje de regreso, Amy nos identificó en el mar. Paró sus orejas y se colocó en la punta del Kayak. Cuando nos tuvo a poco menos de diez metros de distancia, saltó con garbo al mar. AL MAR ABISAL. La perra temerosa de mosquitos y hormigas de la piscina saltó al hogar de las mantarrayas. Las pequeñas aletitas que asemejan a un tiburón diminuto que caracterizan a las mantarrayas le importaron poco. Nadó junto a los peces que danzan en líneas de tres para despistar a los pelícanos. Llegó a J y se dejó abrazar. Me acerqué lo suficiente para que nadara hasta mis brazos. Pensé que lo que deseaba era ser rescatada. Pero no. Me besó toda la cara para zafarse de inmediato. Brincó al agua sin prisa y se encaminó a la orilla. Emergió del mar con tranquilidad y se sacudió el agua salada. Entonces se quedó mirándonos en posición de esfinge; esperando de alguna manera que nosotros hiciéramos lo mismo: usar como vehículo el mayor de nuestros miedos con el propósito de alcanzar nuestro lugar seguro. Aquel al que pertenecemos.

Epílogo

Anoche no pude dormir. Tuve pesadillas por tercera noche consecutiva. El estudio que he tenido los últimos días sobre el miedo y sus múltiples manifestaciones han provocado sendos conflictos sobre las decisiones que tengo o no que tomar en virtud de mi salud mental. Desperté a las cuatro de la mañana cansada de no poder sacudir como arena de la piel la angustia, cerré los ojos e intenté un recién aprendido ejercicio de proyección mental. Pensé en esa tercera boya en el mar desde la que saltó Amy. Traté de visualizar que con mis manos podía contener el llanto, el dolor y frustración de los últimos meses para convertirla en una esfera flotante. Imaginé mis pies tocando la blanca arena de la playa de Uaymitún con la esfera entre mis dedos. Caminé y después nadé hasta la tercera boya para colocar una cuarta. Llevo 48 horas caminando con la espalda al océano con menos miedo que ayer. Aún cierro los ojos porque los animales marinos me atemorizan más que el desencanto del amor. Espero que la esfera flote lo suficiente hasta dejarme llegar a mi propia orilla. En la que nada volverá a hacerme daño. Al menos nada de lo que dejé flotando en ese salvaje mar de Yucatán.

@amerikapa

 

Crónica dedicada a la sociedad del Glaucoma.

 

 

 

Fuente: “Dogs’ endocrine and behavioural responses at reunion are affected by how the human initiates contact”.

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