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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Monsieur D.
Por América Pacheco
14 de marzo, 2012
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«Je pense, donc je suis»,


Para Antonio Pacheco, por su privilegiado pensamiento cartesiano.

No  me  lo  tomes  a  mal, D. pero volver echar un vistazo a tu obra, resultó toda una proeza del azar. En algún momento que mi  memoria selectiva ha preferido omitir, cayó a mis manos ese viejo escrito tuyo, pero lo que sí recuerdo perfectamente, es la razón por la que dejé inconclusa la lectura (no me juzgues severamente por ello, por favor, prometo explicarlo al final de esta carta). La casualidad me empujó a chocar con tu libro hace tres días, y al hojearlo supe que te descubrí a destiempo. De cualquier manera, nunca es demasiado tarde para formular ciertas preguntas. En  cuanto  lo encontré, comencé a leerlo ahí mismo, entre las cajas y el polvo que obligan  las  mudanzas. Estuve en el ánimo adecuado para releerte, para terminar  tu discurso sobre las ingobernables dudas que nos asaltan a traición a la media noche, y que podría jurar, toman por sorpresa al suicida, mientras observa con ojos vacuos y perdidos, las vías del tren.

Tu discurso -que concebiste y publicaste como un prólogo a un compendio de tres tratados de ciencias- quizá  no  sea el trabajo más trascendente que legaste al mundo, sin embargo, es el que te dio celebridad como filósofo, complementando tus sorprendentes descubrimientos en terrenos matemáticos, físicos y científicos. “El discurso del método” es una obra que desborda humanidad, la que enseñó a un nuevo siglo a dejar de dar por hecho y a estructurar la crítica mediante la duda metódica, (porque la certeza empírica nunca es total),  la que mostró que para aceptar la verdad, es mandatorio primero demostrarla mediante el tamiz de la duda. Inauguraste el pensamiento moderno con el consejo de que hay que dudar hasta  de  la  existencia  del  propio cuerpo, y que nuestro  deber  es descubrir la verdad sustentándola con evidencia a prueba de cualquier tipo de objeción.

Desde el primer párrafo se hace patente la lucidez de tu pensamiento vigente hasta nuestros días:

“El  buen  sentido es lo que mejor repartido está entre todo el mundo, pues cada cual piensa que posee  tan  buena  provisión  de él, que aun los más descontentadizos respecto a cualquier otra cosa,  no  suelen  apetecer  más  del  que  ya  tienen. En lo cual no es verosímil que todos se engañen,  sino  que más bien esto demuestra que la facultad de juzgar y distinguir lo verdadero de  lo falso, que es propiamente lo que llamamos buen sentido o razón, es naturalmente igual en todos  los hombres; y, por lo tanto, que la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos  sean  más  razonables que otros, sino tan sólo de que dirigimos nuestros pensamientos por derroteros diferentes y no consideramos las mismas cosas. No basta, en efecto, tener el ingenio bueno; lo principal es aplicarlo bien“.

Con cadencia narrativa, tu discurso invita a apreciar la gentileza  de  las  fábulas -porque sirven para  despertar nuestro ingenio-; a construir acciones memorables –que son las que cuentan las historias-, porque  leídas con discreción,  ayudan a formar  un  juicio más noble. Explicas que la lectura de todos los buenos libros simulan conversaciones con los mejores ingenios de tiempos ya perdidos, por eso, al buscar refugio en los viejos libros, siempre saldremos ganando. Leerte nos enseña  que la elocuencia dota al practicante de fuerza y  belleza incomparables; que la poesía tiene delicadezas y suavidades que arrebatan; que las matemáticas son habitadas por  sutilísimas invenciones que pueden ser de mucho servicio, tanto para satisfacer  a  los  curiosos, como para facilitar cualquier arte y menguar el trabajo de los hombres;  que  los escritos, aquellos que tratan de las costumbres, encierran enseñanzas y
exhortaciones  a  la  virtud, todas muy útiles; que la filosofía  proporciona medios para hablar con verosimilitud de todas las cosas y que incluso, el estudio de la superstición y de la farsa, valen la pena recorrerse para conocer su justo valor y no dejarse
engañar por ellas; enseñaste a un nuevo siglo a creer que nada está completamente en nuestro poder, más que nuestros propios pensamientos.

Tu erudición nos legó el plano cartesiano, en el que de manera clara, graficaste para comprensión del que quisiera verlo, que necesitamos un punto de partida para edificar cualquier tipo de conocimiento, máxima absolutamente aplicable a otros terrenos que rebasen la frontera de la mera aplicación geométrica-analítica.

Creo que un gran acierto de tu discurso, es que fue escrito con una  tesitura filosófica-literaria sencilla y sobre todo, autobiográfica. Uno de los mayores errores que cometemos (yo, al menos) al juzgar la edad media, es de clasificarla como penumbra, barbarie y oscurantismo. Quizá la causa más importante de este error de juicio, es la luminosidad apabullante y riqueza incalculable del renacimiento que obnubiló cualquier grandeza gestada en el siglo que despidió de portazo. La tonalidad de tu pluma inauguró la nueva filosofía europea del siglo XVI, abriste una bóveda cuya llave y combinación encontró Kant dándole un virtuoso colofón, que le sirvió para abrir un nuevo portal y continuar enriqueciendo el modus philosophandi del hombre moderno. Tu trabajo pasó a la historia como la gran –y primera- obra filosófica escrita en francés, iluminando el sensible espíritu renacentista, como un imponente faro de los nuevos tiempos.

En la página final de tu discurso, suplicaste al lector que tu obra fuera examinada, juzgada, rebatida, cuestionada hasta el último concepto. Pediste que te hicieran llegar por medio de tu librero, las cartas que contuvieran las dudas e inquietudes para darles respuesta personal. Dijiste que te agradaría contestar en la medida de tu entendimiento, y de no saber las respuestas a nuevas teorías, usarías el tiempo que te restara por vivir para continuar enriqueciendo tu conocimiento de la naturaleza humana. Estabas convencido de que tú no inventaste nada; sencillamente buscaste incansablemente la verdad para terminar siendo convencido de su razón.

Al inicio de este ejercicio epistolar, mencioné que te encontré a destiempo. Por un momento pensé que si te hubiera leído hace lustros, hubiera bebido de las matemáticas  con soltura, saborearlas como tú lo hacías; las entendería como la ciencia del orden y medida, como bellas cadenas de razonamientos, tal y como tú las llamabas, pero tu voz me dio respuesta sin pedirlo en una de tus notas:

Yo mismo estoy persuadido de que si, en mi mocedad, me hubiesen enseñado todas las verdades cuyas demostraciones he buscado luego y no me hubiese costado trabajo alguno el aprenderlas, quizá no supiera hoy ninguna otra cosa, o por lo menos nunca hubiera adquirido la costumbre y facilidad que creo tener de encontrar otras nuevas, conforme me aplico a buscarlas”.

Dejaré de lamentarme por llegar tarde, trescientos setenta y cinco años, para ser exactos. Dudo mucho que tu librero continúe disponible para hacerte llegar la pequeña carta que contiene mi duda que persistió a pesar de que seguí tus cuatro reglas fundamentales para revelar verdades:

1) No admitir cosa alguna como verdadera si no se la había conocido evidentemente como tal, cuidando de evitar la precipitación y la prevención, admitiendo exclusivamente en el juicio aquello que se presentara tan clara y distintamente al espíritu, que no tuviera motivo alguno para ponerlo en duda.

2) Dividir cada una de las dificultades a examinar en tantos fragmentos como fuera posible y necesario para resolverlas más fácilmente.

3) Conducir por orden, comenzando por los objetos más simples y fácilmente cognoscibles, para ascender poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento más complejo, suponiendo un orden entre aquellos que no preceden naturalmente los unos a los otros.

4) Efectuar recuentos tan completos y revisiones tan amplias para estar seguro de no omitir nada.

Tú creías en dios a pesar de ser un notabilísimo hombre de ciencia,  incluso, dedicaste una buena parte de tu discurso a demostrar la existencia del alma en los hombres. No sé si eras tan políticamente correcto como tus historiadores afirman, o tan temeroso de comparecer ante la poderosa llama inquisitoria en la que Galileo tuvo que abjurar de su propio genio, de su honor y del trabajo al que el dedico toda su vida, con tal de salvarse de una terrible condena. Probablemente son ideas mías, pero en tu hipótesis del genio maligno, percibo cierto tufo escéptico cuando supones que quizá a este mundo lo maneje una deidad omnipotente, colmada de tal malignidad y astucia, que se complace en engatusar a los hombres a cada paso. Ignoro si tu hipótesis fue un juego intencional o una argucia dialéctica en la que “el  genio  maligno y sus artes de engaño simbolizan la duda profunda de si en general la Ciencia es posible”. Sin embargo, para desmoronar la hipótesis del “genio maligno”, se requiere la comprobación científica de la existencia de un dios en el que no creo. Porque si creyera en su existencia inobjetable, afirmaría que es un auténtico y desalmado hijo de puta. Esta es verdadera la razón por la que abandoné el discurso del método hace tiempo, mi profundo ateísmo me cegó de intolerancia ante tu férrea convicción sobre la existencia divina. Los años han pasado de tal manera que reconozco que tengo más dudas que certezas. Quiero empezar a despejarlas contigo.

Tu célebre máxima «pienso, luego  existo», marcó la pauta de que para pensar, es  preciso  ser;  porque al estar invadidos de dudas, es incontestable la verdad de lo que se está pensando. Me parece que su un individuo se conduce racionalmente y embadurnado de latente escepticismo, ha elegido una buena forma de transitar en esta brecha oscura, impredecible, tenebrosa,  -y contadas veces luminosa- a la que llamamos vida.

Ojala pudiera llegarte de algún modo mi carta que contiene no sólo mi duda razonable, sino también una felicitación doble. La primera, es por haberle regalado al mundo el libro que moraba entre el polvo y el olvido de mi librero, y la segunda, porque en unos días se cumplen cuatrocientos dieciséis años del nacimiento de uno de los más grandes genios que la tierra ha tenido el privilegio de llevar como pasajero: tú, René Descartes y no quería que esta fecha tan importante, quedara en el olvido.

Gracias por: Dióptrica, La geometría y Los meteoros, Meditaciones metafísicas, los Principios de filosofía, Las pasiones del alma, El discurso del método, por la ley de la inercia, por el plano cartesiano, por tu contribución del método científico. Gracias GEOMÉTRICAS, monsieur D.

“El universo es como un libro en donde está escrita la verdad suprema. Y para entender la lengua en que está compuesto, no hace falta más que la razón misma del hombre, la matemática aplicada a la experiencia”

– René Descartes-

América Pacheco.

Bibliografía: “Discours de la méthode (René Descartes, Francia, 1637)”, traducción de Juan Carlos García Borrón, Editorial Bruguera, 1984. “Las pasiones del alma”, Barcelona, Edicions 62.

 

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