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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Música de azar
Hace pocas semanas, recibí un regalo espléndido: un paquete literario que incluía montones de libros de cierto escritor neoyorquino, Paul Auster.
Por América Pacheco
7 de septiembre, 2012
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“Algo sucede y, desde el momento que comienza a suceder, nada puede volver a ser lo mismo”: Paul Auster

Parsimonia

Para mi flamante moneda que continúa en el aire sin decidirse a bajar.

Mi  nombre es América Pacheco, nací en la ciudad de México, el 8 de agosto de 1976 y la génesis de mi arribo a este mundo, así como rítmico andar de mi pasos a lo largo de estos treinta y seis años, son prueba irrefutable de que el azar es un prodigio que sirve para colocarnos en rutas enigmáticas, en las ruta precisas. El tema del azar rondó de manera insistente en mi cabeza durante meses, incluso, tan noble tópico salpimentó no pocos textos anteriores, pero tenía que llegar un nuevo cumpleaños y el último de mis viajes, para echar a andar la maquinaria de mi individual naturaleza/conciencia azarosa.

Mis padres se conocieron a consecuencia de una broma de la casualidad en la estación del metro Hidalgo hace 38 años, ella usó el transporte público esa noche, porque el día anterior había reñido con su prometido por una estupidez indefendible en cualquier corte internacional. Él, jamás tuvo que haber entrado a ese vagón del metro, ya lo había perdido. Pero era -es- tan necio, como para haber hecho uso de fuerza innecesaria (nadie lo esperaba en ninguna parte) y obligar a ese par de puertas abrirse a como diera lugar. Como si en el interior del vagón se le estuviera esperando con apremio. Como si supiera. Se conocieron gracias a que las puertas no se abrieron solas. Y bien pudieron no hacerlo.

Las personas más importantes de mi vida no llegaron: rebotaron. Jamás fueron esperadas o requeridas. Giraron por la calle que no debían para socorrerme o salvarme de alguna tragedia. Me levantaron del asfalto en uno de mis múltiples caídas, rescatándome de romperme el cráneo o de ser atropellada. Abrieron mi perfil en esa red social a la que me registré echando por tierra años de negación y rechazo al uso de nuevas tecnologías. Me dieron la bienvenida en ese trabajo cuyo responsable de reclutarme no fue el departamento de RH; lo hizo la casualidad. Estuvieron sentadas en alguna mesa en aquel desayuno al que asistí de último minuto -y no del todo convencida-, cuando tenía asuntos más importantes que resolver. Me buscaron para avisarme que -sin dolo- se habían quedado con mi cambio de los cigarros, la noche que -a regañadientes- accedí a ir al cumpleaños de un perfecto desconocido, hecha un impresentable esperpento. Sepan también que mis mayores aciertos, las decisiones que me llenan de orgullo, las de suma valía, son auténticos portentos accidentados.

Hace pocas semanas, recibí un regalo espléndido: un paquete literario que incluía montones de libros de cierto escritor neoyorquino. Días después, un ilustrísimo afecto, me regaló el último ejemplar que faltaba en mi colección personal del mismo autor. El día que hice la maleta para mi reciente viaje, fiel a mi costumbre de ir desfasada, tomé –al azar- tres libros de la pila donde se amontonan mis interminables pendientes de lectura. Sin prestar atención en títulos, los introduje en el maletín de mano (la arbitraria elección obedeció a la oscuridad y grosor, impensable elegir los 2 kilos que supongo pesa el Baghavad Gita). Un Celular + avión perdidos en combo, un fallido debut al mundo de la diabetes por causales atribuibles a sobresaltos e innumerable ramillete de vergüenzas después, me acomodé aliviada en el  asiento 18-A del avión para respirar sin taquicardia después de 24 enajenadas horas de tensión apocalíptica. Respiré hondo. Ya nada podía salir mal, finalmente me dirigía a cumplir la misión encomendada. Abrí el maletín y saqué mis 3 libros. Cuando los  tuve frente, la carcajada fue estruendosa: TODOS parecían sacados del  mismo lote y TODOS pertenecían al mismo autor: Paul Auster, sí, el  mismo escritor norteamericano nacido en New Jersey en el año 1947, que convirtió al azar en leitmotiv personal y colosal metáfora de su fecunda contribución literaria.

Elegí como primera lectura “El  cuaderno rojo”, breve compendio de narraciones anecdóticas que documentan coincidencias experimentadas por el autor o gente estrechamente cercana a él. Justo Navarro, realizó un delicioso  prólogo acotando que la característica más notable en este trabajo literario, es el solvente manejo del “idioma del azar, el idioma de la casualidad y las coincidencias, el idioma de los encuentros fortuitos que se convierten en destino.” Tal cual. Auster se obsesionó con estos prodigios a causa de un peculiar incidente sufrido en su adolescencia mientras participaba en un campamento. Paul y Ralph caminaban en grupo a un medio metro de distancia uno del otro durante una expedición al bosque, de pronto una tormenta eléctrica cayó sobre sus cabezas. Sus guías pidieron a los chicos hicieran una fila para atravesar una alambrada que los conduciría a un claro cercano con el afán de salvaguardarlos de las peligrosas lanzas provenientes del cielo. Mientras Ralph pasaba bajo la valla de alambre, cayó un rayo. Ralph se desplomó frente a la turba aterrorizada de chiquillos. Pero ninguno como Paul. Un turno o mejor dicho: medio metro lo salvó  de  ser  alcanzado  por  el  rayo  que  mató a Ralph frente a sus ojos. Existen altas probabilidades de Ralph pudo haber alcanzado prosperidad en el camino de su hipotética larga vida, nunca lo sabremos. En su lugar, el chico Paul vivió para contarlo y convertirse –dicho sea de paso- en uno de los  autores más importantes de la narrativa norteamericana.

El mundo es un misterio azaroso.

Fernando

Fernando  y  sus  cinco  hermanos, decidieron aportar parte o la totalidad de sus ahorros para adquirir un departamento a sus padres y procurarles el hogar propio que la necesidad les impidió obtener. Reunieron lo suficiente para el enganche de un inmueble ubicado en la colonia Roma. Poco después de haber entregado el dinero, se percataron que habían sido víctimas de un fraude orquestado por la inmobiliaria  que resultó ser, una empresa fantasma. De la noche a la mañana, desapareció la empresa llevándose consigo, el patrimonio de puñados de familias, no solo la suya. Una mañana, algunos meses después del incidente, Fernando se dirigía al trabajo y se topó con un accidente vial. O utilizaba una ruta alterna, o llegaría  tarde a una  importante  junta de trabajo. Notó con desagrado  que la intempestiva desviación lo obligaría a cruzar exactamente por las calles donde se encontraba el complejo habitacional  objeto  del  timo. De nada le serviría evitar cruzar la zona como en tantas otras ocasiones hizo en  meses  anteriores. Pero esa  mañana, entendió que nadie puede evitar su destino. Reconoció en  sí mismo, su calidad de marioneta con delirios de grandeza, autonomía, libre albedrío, e ilusa  creencia de que  los hombres poseen control absoluto de su propio destino. Ese  día dejó de lamentarse y abandonó en un cesto de basura la culpa por haber sido el responsable de contactar a la inmobiliaria; porque el edificio donde se ubicaba el departamento que pudo haber sido de sus padres, no existía más. Corría el  año de 1986 y el terremoto había convertido al edificio un montón de escombros. A veces existen tragedias o pérdidas ajenas, que simbolizan la salvación de nuestra baladí humanidad.

El mundo es un misterio azaroso.

Abril, 2010.

Lo  conocí  en  marzo  de  2010 en París, Francia. Avi nos presentó durante mi primera noche de paseo en mi ciudad favorita. Fue imposible separamos los días subsecuentes. Bailamos, cantamos, nos tomamos montones de fotografías con la cámara de Nico, salimos a hurtadillas de casa de Anabelle con dos botellas de vino tinto, escalamos un muro de madrugada con el estúpido propósito de encontrar la entrada secreta a Pére Lachaise dejándonos llevar por una leyenda de su la infancia, nos indigestamos juntos, e hicimos alarde de la clase de entendimiento que suelen desarrollar los amigos después de años intentando ser hermanos ante el estupor de Avi. Nos quisimos a primera vista. Tres semanas después de mi retorno, sucedieron tres eventos destacables. Primero: el 08 de abril fue nota en todos los diarios del orbe: el padre del punk había muerto en Londres. Segundo: descubrí que a mí me pasa lo que a cualquiera, porque seguramente todos los días uno se enamora del hijo del empresario, diseñador, cantante, productor y el histórico manager que revolucionó la música londinense al descubrir a los Sex Pistols: Malcolm Mclaren. Tercero: mi primer texto publicado vio la luz días después en un diario de circulación nacional: Milenio Diario. Entrevista exclusiva y fotografías del sepelio en Londres llegaron a mis manos. “El pequeño Malcolm” significó mi debut en este camino que recién inicia gracias a que caí de bruces con la persona correcta.

El mundo es un misterio azaroso.

Match Point.

No es mi costumbre apersonarme en reuniones propias de autistas snob o en aquellas completamente ajenas a mi círculo cercano. Pero a cada santo le llega su jolgorio y capillita. Gracias a que huí de la primera y que acudí a la segunda, choqué con dos de las mujeres que hoy día representan mi mayor orgullo, el refugio emocional necesario y ejemplo personal de auténtica evolución femenina. Imposible no mencionar la poderosa influencia que representan en mis decisiones tomadas en los últimos años.

Hace siete meses, escribí de cuando extravié un día de mi calendario. Hoy, desde esta humilde tribuna, reflexiono que además del caudal de experiencias adquiridas a consecuencia de la fortuna de perder días como guantes, a ese giro de tuerca en términos de tiempo, espacio, causa y efecto; es inevitable pensar que estos accidentes son necesarios para desatar la teoría del caos. Al rediseñar nuestros planos perfectos de vida, dejándonos llevar por las notas sinfónicas del azar. Una nueva trayectoria a modo de adagio, recompone los errores que creíamos que lo eran, para reconfigurar el lenguaje musical de cualquier melodía que pudo sonar desangelada, extraña o a destiempo. Ese día, durante mi extravío, entendí que la intervención de cada individuo en la composición del medio ambiente es lúdica, creativa e inacabable. Que sin querer o desear, somos transeúntes temporales de los caminos, avenidas, túneles, escaleras y estrechos senderos; estamos aquí y ahora para bordar, tejer y estampar en complicidad millones de caóticas historias. Todas invisibles. Todas a la vista. Todas a modo de señales porque este, nuestro mundo, es un misterio azaroso.

Viene ahora a mi mente la última página del prólogo de “El cuaderno rojo” y citaré a continuación para su completo disfrute.

“Una vez Paul Auster fue de excursión al bosque y encontró el idioma al que mucho más tarde trataría de traducir al mundo, el idioma cómico y aterrador: encontró el idioma del azar, el idioma de la casualidad y las coincidencias, el idioma de los encuentros fortuitos que se convierten en destino. Gracias al azar, Paul Auster se hacía novelista mientras descubría la música del azar: traducía al mundo el idioma que había descubierto hacía muchos años en una excursión al bosque: el idioma del azar. Pero el idioma del azar también es  el idioma de la fragilidad: hay coincidencias y casualidades con las que te mueres de risa y casualidades con las que te mueres. Descubrir el poder del azar es descubrir que somos terriblemente frágiles y vulnerables, que dependemos de la casualidad, que una coincidencia estúpida puede destrozarnos en un segundo. Que una palabra estúpida oída por casualidad también puede fulminarnos. Recordar que las personas son terriblemente frágiles es una obligación moral: Paul Auster dice que es cazador de coincidencias por obligación moral. “

Auster, en su carácter de impecable artífice de la eventualidad narrativa, cazador de coincidencias y mi padrino mágico; me ayudó como nadie a revalorar a mi tan vapuleado bad timing (se acabaron mis quejas por arribar a deshora a lo que más he deseado o amado en la vida). Además de ratificar mi postura que afirma que el hubiera no existe, porque sencillamente es una puerta que no abrimos o no alcanzamos abrir a buen tiempo, al fin entiendo que mi percepción ha estado equivocada durante años: no señor, no es que invariablemente llegue tarde a todo, a todos. Más bien, siempre llego demasiado pronto al hall del azar.

Quizá no les importe, pero la música ambiental y el té que se sirve en tan confortable salón, son exquisitos.

Salud.

 

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