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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Ni de aquí ni de allá
Por América Pacheco
8 de julio, 2011
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A Miguel Cane, Sepand, Christophe, Anton, Paula, Maura, Fabrice, Avi , Julio, Pipaul, Sergé y a todos mis amores que viven el exilio.

Yo no sé a dónde voy, ni de dónde vengo. Sólo sé que no soy ni de aquí, ni de allá”

-La India María-.

Los viajes son un recurso poderoso para mi buen funcionamiento vital, orgánico, social y emocional. Debo hacer un viaje dos veces al año (mínimo) para funcionar como debo y quiero. Lo curioso es que (aunque pocas personas lo saben), el primer viaje que hice al extranjero fue recién cumplidos los 33 años de edad. Antes de esa fecha, nunca antes había viajado más allá de Puebla, Quintana Roo, Acapulco de las Guayabas, Cuautitlán y zona conurbada. Las razones por las que no viajé antes ni yo misma soy capaz de responder con claridad (aunque mi padre no se canse de afirmar que los pendejos no tenemos excusa).

 

Justo en la víspera de mi cumpleaños treinta y tres, sufrí una fuerte depresión. Me vi en el espejo, recorrí la biografía de  mi vida y con tristeza descubrí que tenía un puñado de planes sin realizar ya sea por desidia, por mis innumerables sentimientos de culpa, autosabotajes y principalmente, a consecuencia directa de todas y cada una de las pésimas decisiones que he tenido a bien tomar. Finalmente, decidí acabar con esa racha impresentable intempestivamente: sin consultar con nadie, una mañana cualquiera compré un boleto de avión a París.

 

El por qué de la elección de la capital francesa, lo conté puntualmente en mi primer texto publicado en Animal Político y sería ocioso enumerar la cantidad de experiencias que heredé de mi primer viaje, o el amplio panorama que se extendió en mi futuro irreversiblemente. Pero lo que sí vale la pena destacar en negritas, es que el hecho de mayor trascendencia y valía, es que a consecuencia de mi segundo viaje a Europa, ustedes me están leyendo en este instante.

 

Esa rara facultad que tengo verme inmiscuida en situaciones extrañas, fuera de toda lógica y sobre todo, para conocer personas que nadie en su sano juicio imaginaría, me llevó a convertirme -gracias a una noche de copas, en amiga entrañable de Fab, el hijo de Malcolm McLaren (Ex-manager de los Sex Pistols y llamado “padre del punk”) semanas antes de que el genio inglés falleciera.  ¿El resultado? mi texto debut en el mundo de las letras, se tradujo en la crónica de la relación afectiva entre los McLaren y la crónica del sepelio con fotos incluidas publicada en Milenio Diario y “La Mosca en la red” de Hugo García Michel.

 

Desde ese artículo, no me he permitido dejar de escribir. Por mi pluma han pasado crónicas de temas tan disímbolos entre sí, como variedad de dulces en confitería: borracheras, ceremonias milenarias, conciertos, películas, obras de teatro, movimientos sociales, poesía barata, reproches airados, argumentos de vida, entrevistas y hasta felicitaciones cumpleañeras. Uno de los artículos que mejor define mi ruta literaria es en el que doy testimonio de la génesis de mi nombre. He dado opinión sobre temas intrascendentes a gente que le importa un comino que lo haga, pero que por razones misteriosas me sigue leyendo cada semana.

 

Dejé de escribir mis crónicas de viaje, por recomendación de un par de amigos y que no viene al caso ahondar, pero esta semana vinieron a visitarme de golpe muchas de ellas. Al parecer, mi cerebro a sabiendas de mi deficiente y escasa retentiva,  mandó una oleada de recuerdos para evitar que se difuminen por siempre jamás de mi memoria. Trabajo en ello.

 


Hace unos días, platiqué con una amiga que fue invadida por una crisis de identidad resultado de haber repartido su vida durante veinte años en dos ciudades separadas por el atlántico, y sumado a ello, tuvo que aumentar a tres los distintos territorios en los que ahora divide su hogar. Le dije, -porque lo creo- que su crisis es un verdadero privilegio, el conflicto en sí es una auténtica fortuna, o debería serlo. Que lo que confunda tu arraigo sea el amor por distintas demarcaciones geográficas es una auténtica joya de la corona.

 

Lo que me llevó a pensar. . .¿Cuál es mi arraigo? ¿Cuál es el hogar que reconozco? ¿Dónde nací?¿ Dónde nacieron mis hijos?

 

En mi caso, no existe respuesta. No estoy a gusto en dónde vivo, nunca lo estuve y no es lo que quiero. Sólo pienso en mi siguiente viaje, viajar es el objetivo personal que ocupa el preponderante número uno en mi lista de actividades impostergables, inaplazables. Intenté infundir en mis hijos poco a poco el mismo sentimiento, desafortunadamente, ellos no portan el mismo espíritu anómalo de su madre. Al parecer, sí pueden reconocer el hogar que yo jamás pude encontrar en ningún lado.

 

Estuve a punto de abandonar todo lo que reconozco como débil arraigo para llevar mis huacales y cajas de huevo a vivir permanentemente en la remota ciudad de Copenhaguen, Dinamarca. La decisión de no hacerlo tiene tantos matices como justificaciones huecas y es mi deber confesar que a la postre me amargó no haber tomado las riendas en ese sentido. Hace poco, un agudo vacío se coló a modo de humedad inclemente en el techo sin impermeabilizar de mis emociones más cursis, el hueco empezó a convertirse en un insondable hoyo negro. ¿Por qué carajos me siento feliz en cualquier lugar, menos en mi país?  ¿para qué comencé a viajar y hacer más profunda mi oquedad? ¿por qué no me quedé en Dinamarca?

 

 

Hasta que en ese oscuro bar capitalino, el dueño de unos ojos claros y sonrientes, me miró con una sorna mal disimulada para decirme (con ese acento que no pertenece a ninguna parte) sin atisbo alguno de piedad: eres una escritora sin estilo, en lo poco que te he leído no te encuentro gran talento”.

 

Le di un trago a mi whisky con toda calma. Hice un recuento de todas y cada una de las decisiones que me colocaron en esa charla a lado de ese hombre encantador una noche cualquiera. Concluí que volvería a hacerlo sin duda: tropezar, deprimirme lo suficiente para decidir viajar de una buena vez por todas, gastar cada euro desembolsado en cada uno de mis cuatro viajes trasatlánticos. Todo, repetidamente, con tal de llegar a este mismo punto. Repetiría cada acto, perdería ese avión a Barcelona, regresaría a la fiesta de cumpleaños de Anabell para enfermarme por mi ingesta desmedida de foi gras, me tomaría toda esa cerveza en el mejor bar que existe en las Ramblas, sufriría otros nueve grados bajo cero ¡claro que sí!

 

Absolutamente todo, con tal de escuchar de labios de ese hombre encantador la palabra “escritora”. Aunque a su juicio, sea tan mediocre, pero escritora, al fin y al cabo. Esa etiqueta, como pocas, me encanta colocarla en mi perfil de vida. Me llena de colores. Y se la debo a un viaje.

 

Planeo un viaje más. Tengo vuelo sin reserva confirmada y un itinerario lleno de lugares desconocidos. No sé si en el camino encuentre mi hogar, el arraigo del que me reconozco huérfana; pero por ahora eso no me importa. Bienvenidos sean Gijón, Madrid, Morogues, Berlín, Air France, Vueling, aeromoza de piernas interminables, doce horas de vuelo, Aeropuerto de Barajas, Charles de Gaulle…Agendaré otra cita con mi indomable pánico a las turbulencias. Estoy alistando motores una vez más.

¿Quién se suma a la aventura? Hay tanto por escribir. . .

América Pacheco.

 

Epílogo.

Tengo una experiencia curiosa. En un viaje a Francia que realicé el año pasado, conocí a un rozagante gato que reposaba su espléndida anatomía en una banca del cementerio de Pére Lachaise. Poco tiempo después, descubrí que @MissRoxyMusic también lo había fotografiado en 2009, y en un viaje en otro tiempo, @antheamx retrató al hermoso minino en el mismo cementerio. Damas y caballeros, con ustedes el  gato atemporal de Pére Lachaise.

 

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