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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Otro día (beyond lost highway)
Por América Pacheco
26 de mayo, 2011
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Por: José Ignacio Solórzano.

 

Para “La Tetona Mendoza”, “Cartujo”y  la pequeña Mowgli.

Esa mañana de sábado era su brusco despertar después de un atemporal delirio viscoso. La carretera había quedado muy atrás acompañando celosamente a la oscuridad.

Abrió los ojos en una habitación luminosa, rosada y tibia. Con sobresalto volteó a su alrededor recibiendo ráfagas de recuerdos imprecisos que la cegaban más que la luz filtrada por el ventanal. Caminó temblorosamente hasta el espejo que colgaba junto a la puerta. Entonces pudo contemplarse como una bizarra versión de sí misma. Lo comprobó al mirar su propio reflejo: lucía como un improvisado bosquejo hecho a lápiz; bruscos e inestables garabatos de ella trazados de prisa. De pronto, llegó proveniente de alguna parte, el inconfundible olor a malta que la transportó al otro día.

Bajó las escaleras lentamente meditando en su interior que todo viaje es surrealista y la potencia del ácido es cortesía de la química cerebral del individuo que lo genera de manera salvaje  y repentina.

Recordó que era el día siguiente del frenético trip. En el desayunador encontró a sus compañeros de aventura, juntos contaron su propia versión de la noche de pesadilla, aunque cada uno de los viajeros contó una historia distinta. La interpretación de los tiempos y los símbolos adquirió resonancias traducidas en distintas lenguas, en casi melodiosos acentos, algunos timbraron -incluso- mediterráneos, narrativos.

Ella era otra, lo supo al descubrir su naturaleza ficticia, hecha toda ella trazos inacabados y por el penetrante olor a malta que la arropó en la habitación rosada. Nadie parecía alarmarse de su aspecto. Suspiró resignada, era consciente que pudo haber despertado siendo cualquier cosa. Una maldita cucaracha, por ejemplo.

La pequeña Mowgli brillaba de manera extraña, tal y como deben de hacerlo las hermosas lámparas antiguas. Al hijo pródigo de Jerusalén lo vestía una extraña sonrisa en frecuencia alfa e intraducible. Miró de reojo al hombre del bastón. Respiró con alivio al no encontrar en él ningún aspecto aterrador, sin embargo, notó que en su entrepierna retozaba  Diego Fernández de Ceballos asombrosamente aquejado por algún poderoso embrujo nahual, porque la forma así como el tamaño de su cuerpo era exactamente al de un diminuto perro chihuahua.

Nada mal –pensó-  al menos en este mundo paralelo, la justicia parecía perfecta. Se dejó llevar al entender que no había ruta de escape. Simplemente habían cambiado de escenario. Por otro lado, saberse imperfecto esbozo le resultó gratificante, nunca antes se sintió tan liviana. Le había costado toda una vida girar sin tregua para comprender su propia esfericidad.

Leofric y L. Godiva se presentaron como los legítimos dueños de la hermosa casa laberíntica de enormes ventanales. Les anunciaron que eran bienvenidos, que eligieran el asiento más confortable porque los invitados a la celebración pagana llegarían in situ en cualquier momento. Les ofrecieron generosos vinos y viandas. Se conducían con la elegancia propia que gozan sólo las familias de alcurnia.  Godiva cambiaba los cuadros de un lugar a otro, nerviosamente. Se sentiría muy decepcionada si algún invitado no quedaba complacido con la imagen que le tocara contemplar desde cualquier ángulo. “Todo saldría perfecto”  se repetía a sí misma una y otra vez.

El hombre del bastón contemplaba con fijeza hipnótica el dibujo que decoraba el ala derecha de la estancia, justo debajo de los crucifijos y santos morelianos.

 

Por: José Ignacio Solórzano.

 

Los invitados llegaron en cuestión de segundos-horas-minutos, no podían asegurarlo tan a la ligera. Disfrutaron fascinados la belleza embaucadora de las mujeres, cuya edad mutaba, subía-bajaba, según el número de pasos que las alejara de la terraza. Pero sobre todo, miraban incrédulas la simpatía desbordante mostrada por el hijo pródigo de Jerusalén, sus perfectos modales, elocuencia y simpatía, lo convirtieron en el compañero de charla que todos querían conservar.

Cuando tuvo suficiente del vértigo del jardín, corrió a bailar con el inigualable Hunter S. Thompson, Renard y con una auténtica pantera negra. Al final comprendió que todos los insólitos personajes que la acompañaban, guardaban entre sí una similitud en el trazo. Tal cual hubieran sido dibujados por el mismo artista pero con diferente estado de ánimo.

Por: José Ignacio Solórzano.

 

Se dio su tiempo para sostener una aguda charla sobre filosofía y cobardía aplicada en redes sociales, salas de conciertos y arrabales con un fugaz cometa.

De pronto, ya no pudo continuar.

Una fatiga descomunal –con marcado acento irlandés- la depositó con sutileza en el enorme diván color vino maupas que decoraba el pasillo más oscuro del último laberinto.

Antes de cerrar los ojos, en el último parpadeo previo al sopor, alcanzó a distinguir en el diván de enfrente, al hijo pródigo de Jerusalén, quién miraba con dilatadas pupilas – empapado todo él de lascivia- a un sensual y provocador pájaro piedra, por lo que no se percató como lo tragó de un mordisco, una pesada, profusa niebla.

Por: José Ignacio Solórzano.

 

Despertó bruscamente –una vez más- por la escandalosa discusión de tres conocidas voces.

Cuando abrió los ojos se dio cuenta que seguía en la misma carretera del otro día, dentro del mismo auto verde. El copiloto maldijo: “carajo, nos pasamos el libramiento a Toluca”.

Mierda, ahí vamos de nuevo –masculló rabiosamente-.

La oscuridad cayó rotunda mientras avanzaban en un auto sin luces, pero invadido por completo de un penetrante olor a malta, inconfundible perfume.

 

Epílogo.

La  historia verdadera guarda esperanzas en encontrar a la vuelta de la esquina un final feliz. El maestro José Ignacio Solórzano (Jis) y el blasfemo Ari Volovich nos están preparando un libro de aforismos ilustrados respaldado por una prestigiada casa editorial. Muchos ya deseamos ver el resultado de esta creativa dupla.

Agradezco profundamente al muy querido Pelacuas por el privilegio de permitirme usar sus viñetas en la ilustración de este texto.

 

Por: José Ignacio Solórzano.

 

Les dejo un avance de las Blasfemias de Ari Volovich, ilustradas por el gran JIS.

Enjoy it.

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