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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
De cómo perder el miedo a la oscuridad a martillazos
El abuelo era un viejo cabrón. Y propinó a mis primos los sustos más sobrecogedores de su infancia. A diferencia de Doña Susana, abuela de Gerardo, el abuelo no les contaba historias satánicas. Sus métodos de tortura eran distintos: los colocaba en fila frente a él, práctica que podría jurar le traía recuerdos de sus tiempos en la milicia.
Por América Pacheco
21 de noviembre, 2016
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Paso 1: Si algo suena, es que hay fantasmas

Mi abuela, mujer que nació con el siglo; que salió de un pequeño rancho en las afueras de Salvatierra, Guanajuato, con su madre a buscarse la vida en la Ciudad de México; que sobrevivió a la Revolución y a la Cristiada; que corrió de la casa a su marido infiel, mi abuelo, a balazos, y que vivió 91 años en absoluta intensidad. Que nunca tuvo miedo a la oscuridad, ni a los aparecidos, ni a los villistas, ni a Calles. Que gobernó su casa con puño de hierro, pero me enseñó a escribir, a leer (sobre todo a leer), y a hacer cuentas, sacar la raíz cuadrada y dominar la regla de tres.

Mi abuela, que se desesperaba porque yo le tenía miedo a la oscuridad y a los fantasmas, y lo tuve por muchos años. Escéptica ante el psicoanálisis (“esas son cosas de judíos”), optaba por la terapia de choque.

Amaba los apagones, porque así podía prender velas y contarme historias de aparecidos. Y sabía muchas. Pocas cosas le causaban más felicidad que contarme la historia de la Llorona mientras su rostro aparecía y desaparecía entre la penumbra y la luz de las velas. Y luego asegurarme que si no se me quitaba lo collón, la Llorona vendría por mí.

Contaba también la historia de las monedas. En el terreno donde estaba nuestra casa había existido otra casa, y en esa casa había un gran patio y en el patio, aseguraba ella, habían enterrado a un tipo junto con varias urnas repletas de centenarios.

Mi abuelo, antes del episodio de los balazos, había cavado en el patio buscando el dinero y nunca había encontrado nada. Cuando mi bisabuela compró el terreno, contaba mi abuela, por las noches (en especial las noches sin luna) se podía oír a un aparecido que caminaba por el patio y contaba sus monedas. ¡Chas, chas, chas! Mi abuela sacudía en su mano varias monedas de a peso de las de antes, las grandes. Y por debajo del ruido de sus monedas, se podía oír con claridad el castañeteo de mis dientes.

¿Te da miedo, chamaco?

Sí, mamá Güerita– como le decía yo por sus cabellos que habían sido pelirrojos.

No seas pendejo- replicaba, haciendo sonar los pesos de nuevo. –Y ahora- continuaba –veme a traer las sábanas que se quedaron colgadas al fondo del patio.

Y allá iba yo, en la oscuridad, temblando, con los ojos cerrados para no ver al hombre de las monedas, o a la Llorona, o a los colgados de los que siempre hablaba. Apresuradamente juntaba las sábanas y volvía corriendo con tal celeridad que en más de una ocasión me estampé contra un muro o contra la puerta de la cocina. 

Paso 1, inciso b) El maya cascarrabias

Juan, mi abuelo, hombre adusto como ninguno, nació en Mérida, Yucatán, en 1902. En mi memoria infantil vive el recuerdo de un hombre de mentón cuadrado, espaldas anchas, estatura promedio, ojos verdes, gafas negras de pasta y poseedor de unas enormes y espléndidas orejas. No sé con certeza si es a mi abuelo a quién debo la primera de muchas manías: acariciar obsesivamente las orejas ajenas, pero no cualquiera, para ser objeto de mi fascinación estas deben contar con lóbulos generosos, sonrosados y suaves. Como las de Don Juan. El abuelo y yo nunca tuvimos una conversación real. Al menos no ocurrió durante mis primeros 15 años de vida. Solamente aquellos que lo llegaron a conocer podrían entender la razón por la cual jamás me acerqué a él más allá de un metro. Llegué a abrazarlo en alguna navidad y nada más. Don Juan no era un hombre que gozara aquello que en algunas culturas desarrolladas es conocido como la calidez humana. El primer recuerdo que tengo de él corresponde a aquellas mañanas que llegaba a visitar a mi madre para tomar café con ella a las 7 de la mañana. Nunca visitó a su hijo, mi papá, visitaba a mi madre –a quién adoraba-. Después de desayunar solamente con ella, se sentaba en la sala, junto al ventanal principal de la casa a leer el periódico de principio a fin. No sé cuántas veces lo observé con auténtico pavor. Yo quizás tendría cuatro o cinco años, el recuerdo es impreciso, sin embargo, la postal de su figura endemoniadamente circunspecta, mientras aquella niña se acercaba con sigilo para mirar de cerca sus enormes orejas, permanece indeleble en mis ganglios basales.

La génesis del abuelo continúa siendo un misterio para algunas facciones familiares. Sabemos que nació en Mérida, que sus orígenes son españoles y que odió a su padre con tanto ahínco que llegó al extremo de registrar a sus tres primeras hijas con el apellido de su madre, y negarles el Pacheco porque podía. Nunca llevó a sus hijos o a su mujer a su tierra. La única información disponible hasta el momento es que escapó de casa desde pequeño para jamás volver. Había sido soldado en su juventud y toda su vida fue un lector voraz. Decidió ganarse la vida manejando un tráiler que, al paso de los años, paso a ser de su propiedad. En uno de esos viajes que realizó por toda la república conoció a Vicenta, la dulce rubia que se convertiría en la mujer de su vida, mi encantadora abuela. Se estableció con ella en Puebla y ahí vivieron hasta 1960. En 1961 la familia compuesta por sus siete hijos se mudó a la Ciudad de México.

El terror que causaba mi abuelo en aqueos y troyanos continúa siendo tema de análisis en reuniones familiares. Era intolerante a la estupidez humana, racista y fiel acólito del silencio y la severidad extrema. La única pregunta que su único hijo varón recibió por su parte cuando regresaba de viaje, era:

¿Cuántas novias tienes?

Dice mi padre que nunca tuvo idea clara qué contestar a semejante pregunta a los nueve años. Así que procuraba contestar algo que tal vez lo hiciera feliz:

Tres, papá, tengo tres novias.

El abuelo lo miraba largamente. Después de un rato, le hacía señas para que se largara. Jamás supo si esa era la respuesta que él necesitaba. A veces contestaba que dos, o una, pero el resultado era el mismo cada vez.

Esa se convirtió en la única comunicación que sostuvieron durante toda su infancia. La segunda ocurrió cuando reprobó un examen en la preparatoria.

¿Cómo que reprobaste, cabrón?- Sin esperar respuesta, le dio un golpe con el puño cerrado. Lo noqueó por completo. Jamás volvió a golpearlo. Aquella ocasión fue el primer y último golpe que el abuelo le propinó durante toda su vida. Cuando le pregunto a mi papá si considera que el abuelo se arrepintió de aquel knock out, siempre obtengo la misma respuesta:

Supongo. Cuando desperté, acostado en mi cama, había un billete de diez pesos sobre el buró. Él estaba en el umbral observándome y señaló el billete. –Para que te compres algo– le dijo. Y salió dando la vuelta. Otra vez sin esperar respuesta.

Cuenta mi padre que el abuelo lo llevó a innumerables viajes al interior de la república en el tráiler. Recorrieron juntos todo el centro y norte del país. Sin embargo, durante todos los días y noches que viajaron en aquel viejo tráiler, no intercambiaron palabra alguna. Ni una sola.

Existe una anécdota de esos viajes que no se cuenta en voz alta por lo vergonzoso del hecho, pero en uno de esos extensos viajes de Puebla-Nuevo Laredo mi papá moría de ganas de ir al baño, pero era tanto el miedo que le tenía a su propio padre, mirarlo de frente, que prefirió callar y aguantar todo lo que pudo. San Luis Potosí fue el límite. El chiquillo rubio de 10 años tuvo que viajar el resto del camino a Tamaulipas empapado de orines, lágrimas y vergüenza. El abuelo era un villano implacable. Hasta yo lo sabía sin conocer detalles. Esa era la razón por la que salía despavorida cuando volteaba a verme sorpresivamente, mientras yo intentaba verlo un poco más de cerca. Jamás pude soportar su helada mirada. Bueno, casi nadie podía

Paso 2: Nuestra Señora de ¿Qué chingados es eso?

En la oscuridad todo tiene otro peso, otra textura. La geografía de una casa, o de una calle, por mucho que las conozcamos, cambia en la penumbra. Los objetos que nos son familiares parecen haber cambiado de lugar. Entrevemos siluetas pero no las podemos referir a nada conocido. Los sonidos viajan de otra manera, los olores se intensifican. El miedo se encarna o, en el mejor de los casos, la desconfianza se implanta.

La habitación de mi abuela era muy sencilla, comparada con la de mi madre o la mía. Una cama, un buró, un tocador con espejo y un armario; una silla donde se mecía y que yo juraba haber visto muchas veces mecerse por sí sola. Arriba del armario estuvo, desde mis primeros recuerdos de infancia hasta el día que me fui de casa con 26 años de edad, una pequeña imagen de la virgen de Lourdes. Era, supongo, de porcelana. Yo no la tocaba, y prefería no verla. Su manto blanco me la hacía aparecer como un fantasma. Mi madre y mi abuela gustaban de ir al cine, y a veces yo no iba con ellas fuese porque la película era ‘impropia’ para niños, o porque el tema no me interesase.

Me quedaba a solas y en la casa no sonaba otra cosa que la televisión de mi cuarto, que yo ponía a todo volumen para contrarrestar el silencio que, pensaba, presagiaría la llegada de Lloronas y colgados. Mi abuela insistía en que todas las demás luces de la casa estuviesen apagadas “pa no gastar corriente, mijo”, y sacudía la cabeza decepcionada cuando yo insistía en tener la luz de mi cuarto encendida hasta que volvieran. “¡Collón!”, refunfuñaba. A veces me olvidaba de dejar mi puerta cerrada y juraba que por el pasillo veía pasar la estatuilla de la virgen de Lourdes, arrastrando su blanco manto. Mi abuela volvía y yo le contaba mis visiones. Ella entraba a su cuarto y poco después regresaba para asomarse, y decirme con una sonrisa cruel, “no está exactamente en su lugar y yo no fui quien la movió”. Se quedaba mirándome el tiempo justo para reírse por dentro al ver cómo se me erizaba el cabello.

Paso 2, inciso b): ¡A la chingada, pinche Papa!

El abuelo no era religioso, al contrario: era ateo consumado y si algún placer tenía en la vida, -además de consentir a su mujer con chocolates y regalos-, era insultar la imagen de Juan Pablo Segundo. El desprecio por sus archienemigos eran de las pocas cosas que solían sacarlo de su ostracismo. La dulce abuela –católica apostólica y romana- tuvo que vivir más de medio siglo con un hombre que escupía víboras y ajos contra el máximo gánster del Vaticano, cada vez que algún noticiero daba cuenta de alguna aparición suya en Mozambique o Roma. Le daba igual. Sin embargo, el viejo cabrón tuvo la desgracia de atestiguar tres visitas papales. Y no le quedaba de otra. La casa de mis abuelos se ubicaba a escasos kilómetros de la Basílica de Guadalupe, por lo que no tuvo escapatoria. A pocas personas he escuchado proferir la cantidad de insultos más escalofriantes como a él frente a la televisión. Se cagó doscientas veces en los antepasados de Karol Józef Wojtyła, lo acusó de maricón, pedófilo y drogadicto otras doscientas. Las paredes de la casa retumbaban y que los vecinos no llamasen a la policía debería de considerarse como el primer milagro del pinche Papa. Era un espectáculo que al paso del tiempo aprendí a apreciar a cabalidad. Era un maldito punk, el viejo.

A pesar de que mi padre fue siempre el consentido de mi abuela, no heredó el carácter dulce y conciliador de Vicentita. Para mi desgracia, heredó el 95 % de la personalidad de Don Juan. Lo anterior lo descubrí en 1985. Nadie –excepto yo- sabe a ciencia cierta la razón, sin embargo, adquirí un lóbrego pavor a la oscuridad. Y para acabarla de chingar, de los 7 a los 10 años padecí sonambulismo. No puedo imaginar la cantidad de sobresaltos que propiné a los integrantes del hogar, con aquellos gritos desaforados cuando me descubría afuera de casa parada, frente a la puerta en medio de la oscuridad de la madrugada. Existen métodos convencionales para paliar, entender y curar el trastorno de la parasomnia, sin embargo, la familia Pacheco se distingue por la terapia de choque como método de enseñanza, por lo que mi padre, en lugar de llevar corriendo a su pequeña hija a realizarle un electroencefalograma de oferta, la llevó de la mano y sin prisa a contemplar en pantalla grande Alien, el octavo pasajero a los cines zodiaco.

Surtió efecto. Bueno, de alguna manera: abandoné de bote pronto el sonambulismo para abrazar con miedo y vergüenza la enuresis. Es decir, comencé a orinar las sábanas todas y cada una de las noches durante 1 año. Pero jamás volví a despertar fuera de casa.

Gracias, abuelo, lo hiciste de puta madre.

Paso 3: La mano huesuda 

Hay quien nunca supera el miedo a la oscuridad; hay quien lo supera, pero no se da cuenta ni cómo ni cuando; hay quien en general lo supera, pero en realidad preferiría tener encendida aunque fuese la lámpara del celular. Yo puedo decir que el miedo a la oscuridad desapareció la primera vez que compartí las tinieblas con alguien por razones de calentamiento mutuo. No hay aparecido que nos pueda distraer si estamos concentrados en el encuere, cosquicale, lengüeteo, mordisqueo y exploración de turgencias y cavidades. Ya puede ulular la Llorona o resonar la hucha de los centenarios, que uno está en lo que está y no es cuestión de decepcionar a la compañera.

Pero algo queda en el interior más profundo, en aquellos rincones que no queremos visitar muy seguido. Admito que también me autoapliqué la terapia del terror inducido: Poe, Machen, Lovecraft, películas como El Exorcista y El Resplandor y series como Galería Nocturna o Kolchak. Si no te quedas frío de un soponcio, entonces ya lo más probable es que puedas recorrer sin broncas la distancia entre la cama y el baño sin conatos de infarto o micción prematura, sin oír suspiros o lamentos, sin imaginar que los mosaicos adquieren forma de rostro humano.

Toda la terapia del terror fílmico y literario no logra, lo sé, reducir ese último resquicio, ese rincón poco explorado que te hace gritar como mandril y saltar como pulga cuando lo inesperado, lo primigenio, lo viscoso, lo susurrante, cuando la mano huesuda se extiende desde lo más espeso de la sombra y se posa con suavidad e intención sobre tu hombro.

Tendría yo 20 o 21 años y volvía de una fiesta, a altas horas de la madrugada. Lo cual quiere decir que me había caído como costal de papas del carro del amigo que me había dado ride de la fiesta o cantina donde había pasado la noche, me había arrastrado hasta la puerta de la casa, había dedicado 10 o 15 minutos a encontrar mis llaves y luego encontrar la jodida cerradura, y finalmente me había incorporado para dar apariencia bípeda por si mi madre se levantaba al oír mi escándalo. Mi propio olor a tequila fue guiando mis pasos hacia mi cuarto. Pero me detuve a medio camino. Dudaba de si de plano visitar el baño -con la preocupación de que una ruidosa guácara despertase a madre y abuela- o de plano llegar hasta la cama para caer encima como King Kong desde la antena del Empire State.

A mitad del pasillo percibí esa sensación que el aire en torno a uno cambia en densidad. Sentí en mi nuca el inconfundible peso de una mirada. Por el rabillo del ojo percibí el lento avance de una figura blanca que flotaba en mi dirección y, en menos de un segundo, la mano huesuda que se posaba con autoridad sobre mi hombro.

Los viejos miedos se estrellaron a toda velocidad en el interior de mi cerebelo, provocaron un desplome brutal de mi temperatura, cerraron mi garganta que no pudo liberar el terror por la vía del grito, y en cambio abrieron de par en par las esclusas de mi sobrecargada vejiga. Mientras el cálido líquido descendía por mi pierna, la voz cascada mi abuela llenó la noche: “¡Ay mijito, qué bueno que ya llegaste”.

Paso 3, inciso c): ¿Con cuánto dinero murió en la bolsa Benito Juárez, pendejo?

El abuelo era un viejo cabrón. Y propinó a mis primos los sustos más sobrecogedores de su infancia. A diferencia de Doña Susana, abuela de Gerardo, el abuelo no les contaba historias satánicas. Sus métodos de tortura eran distintos: los colocaba en fila frente a él, práctica que podría jurar le traía recuerdos de sus tiempos en la milicia.

-A ver, cabrones, voy a descubrir que tan buenos son en la escuela.

Ninguno de ellos tenía fuerza para escapar o llorar. Tener a Juan Pacheco Méndez frente a ellos, era el equivalente cuántico a tener a un asaltante apuntándote con un revólver. Nunca hubo escapatoria a la fuerza ciclónica de su mirada. El terror adicional de los primos no era gratuito. No tuvimos un abuelo normal que hiciera preguntas del tipo: ¿En qué año se independizó México? O ¿quiénes fueron los héroes de independencia? ¿Cuál es la capital de Chiapas?

No. Sus preguntas eran célebres por culeras: ¿Qon cuánto dinero murió Juárez en el bolsillo? ¿Quién firma los billetes de veinte pesos? ¿De color tenía los ojos Napoleón Bonaparte? ¿Cuál era el nombre completo de Carlota? ¿Cuál es la población actual de África?

Al día de hoy, no conozco las respuestas, menos una parvada de mocosos que lo miraban aterrados. Su frase: “¡El que es perico donde quiera es verde y el pendejo donde quiera pierde y ustedes, pendejos, nacieron para perder!” aún debe resonar en la memoria de mi primo Miguel, su víctima favorita.

El abuelo Juan enfermó de Alzheimer antes de cumplir los ochenta años. Antes de perder la noción de la realidad, Vicenta logró convencerlo de llevarla al altar. Fui testigo de la boda de mis abuelos y a veces me gusta pensar que el abuelo ya estaba deschavetado, porque no concibo la razón por la cual se dejaría arrastrar a una iglesia a cumplir con uno de los sacramentos que despreciaba como a ninguno. La última vez que salió a la calle solo, se extravió tres meses. Una de sus hijas pudo localizarlo en el Convento de Capuchinas de Salvatierra Guanajuato. Si alguien le hubiera contado al abuelo que unas monjas lo cuidarían y lo rescatarían de morir a la intemperie en medio de la carretera a Irapuato, se hubiera muerto en ese instante de indignación. O se hubiera lanzado a las vías del metro. La iglesia que tanto odió acabó por despedirlo de este mundo con generosidad.

Existe un antes y después del Alzheimer. La enfermedad de Juanito logró el mérito de conectarme con mi abuelo, aunque él ya no viviera dentro de aquel cuerpo macizo y asombrosamente fuerte para un hombre de su edad. Se convirtió en un niño caprichoso y risueño al que había que perseguir por la casa para ponerle el pañal y sacarlo de la cocina para evitar que le propusiera matrimonio por enésima vez a la cocinera de mi tía Malena.

Amé a mi abuelo profundamente porque dejé de temer acercarme a él. Tuve la oportunidad de charlar con él largamente de cosas sin sentido. Su pensamiento y conversación dejaron de ser lineales para convertirse en siluetas coloridas e inacabables. Disfruté mucho su aroma tan peculiar a talco y plátano. Recuerdo la primera vez que me acerqué a limpiarle restos de fruta de la comisura de sus labios con una servilleta. También fue la primera ocasión que esos hermosos ojos verdes miraron a los míos con una mezcla de calidez y agradecimiento.

-Te quiero, Juanito –le dije mientras acariciaba su oreja derecha- y él correspondió al amor de su nieta con una sonrisa torcida. La primera de nuestra historia. La misma sonrisa de mi padre. La sonrisa que le corresponde a ambos y que conmueve sin reservas a este negro corazón.

Paso 4: No perdamos la linda tradición de asustar a nuestros hijos

Susana, mi hija, heredó de su abuela el nombre y el carácter. Cuando tenía 7 u 8 años, y en medio de un apagón, la senté a mi lado para contarle historias de aparecidos. A los tres minutos bostezó y se fue a su cuarto para jugar, a solas y en absoluta oscuridad, con sus muñecas. O sus amigos imaginarios.

Paso 4, inciso d): ¡Mira mamá, sin llanto!

Kasvin, el primogénito de mis hijos nació antes de que yo cumpliera los 18 años. No tuvo la fortuna de conocer a su abuelo, sin embargo, heredó el agnosticismo y el pensamiento crítico que lo distinguió. Su archienemiga natural es la iglesia católica y heredó el placer de la blasfemia. Cuando cumplió 8 años, vimos juntos una aterradora película japonesa que cambió su vida para siempre: lo convirtió en devoto del gore. Nunca le ha temido a la oscuridad y ama la comida yucateca. También heredó la bondad de Vicenta. No puedo pedirle nada más a la vida. Ni loca que yo estuviera.

 

* Gerardo Cárdenas (@ElGerryChicago), escritor y periodista, reside en Chicago, pero no lo digan muy fuerte para que no se entere la Llorona. América Pacheco (@amerikapa), cronista mexicana, reside en Guanajuato, Guanajuato, pero no lo digan muy fuerte o me descubren las capuchinas.

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