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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Puterías lingüísticas
Si en verdad desean atacar la causa raíz de la programación homofóbica del lenguaje, el activismo más efectivo que puedo sugerirles humildemente, es ir a tocar las puertas de millones de hogares mexicanos, porque la homofobia es un grave problema educativo, no lingüístico.
Por América Pacheco
7 de julio, 2014
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Para mi deslumbrante ninja Sandra Arau Esquivel

 

El remordimiento crónico, y en ello están acordes todos los moralistas, es un sentimiento sumamente indeseable. Si has obrado mal, arrepiéntete, enmienda tus yerros en lo posible y encamina tus esfuerzos a la tarea de comportarte mejor la próxima vez. Pero en ningún caso debes entregarte a una morosa meditación sobre tus faltas. Revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse”.

Aldous Huxley

 

La Copa del Mundo Brasil 2014 logró lo que ni en sueños hubiéramos podido concebir los enajenados y silvestres amantes del fútbol: colosales diatribas intelectuales en torno al comportamiento de los aficionados nacionales en gradas cariocas, gracias a la eufórica expresión ¡Ehhhhh, PUTO!, propiedad intelectual y arrabalera de la porra mexicana sorrajada a traición a cualquier portero contrario a la escuadra tricolor al instante del despeje del esférico.

De poco o nada han servido los argumentos provenientes del ala moderada de los interminables debates en torno a que el cristiano que ladra un ¡Puto! no significa necesariamente que estemos frente a un homofóbico digno de arresto. La palabra ciertamente lo es, y nadie en sus cabales dejaría de reconocer que estamos frente a un monumento discriminatorio, como se supone que lo son los incómodos vocablos “negro, “pendejo” o “gordo”. Lo curioso del caso, es que estos ojos que los gusanos devorarán sin pimienta, han visto y leído a las mismas almas dolientes insultar a otros con despectivo lenguaje donde puta, zorra, marrano o hijo de perra son los vocablos más benevolentes, y no siempre usados con justicia.

El espléndido artículo “Despeje de putería” de Jorge F. Hernández en El País, nos desarma con sublime elocuencia: “Bien dice el poeta Julián Herbert: “puto no es necesariamente una palabra homofóbica, así como chingar no significa sólo fornicar y cabrón no significa nada más cornudo”. Si la FIFA se quiere enredar en etimologías (y más aún, inmiscuirse en el peso cultural de las palabras en español) ha de ponderar que si un árbitro colombiano le dice a un jugador tico que no sea pendejo, el sentido de la frase no tiene nada que ver con lo que eso significa en México, y si Messi espetara una alusión a la cajeta de la madre del Chicharito, la afición mexicana y del Manchester United lo entendería como el elogio de un postre”.

En las últimas semanas he bebido cada opinión de expertos lingüistas, psicólogos, escritores, periodistas, quienes se han desvivido en la ardua tarea de enseñar a la horda de salvajes sin alma (escalón en el que me encuentro cómoda y representada), acerca de la delicadeza en la programación neurolingüistica del individuo, la vinculación inalienable entre el uso de la palabra y su relación inalienable entre la autoconciencia y conducta mental-emocional. Es claro que les asiste toda la razón, lo sé, sabemos. Aprovecho este espacio para agradecerles genuinamente por combatir nuestra ignorancia con su sapiencia. El único exabrupto –creo yo- que cometen, es que han dirigido su beligerante ataque al enemigo incorrecto. Lo siento, camaradas guardianes de las buenas conciencias, aunque utilicen sabiamente el argumento estadístico de que México ocupa el segundo lugar mundial en crímenes de odio por homofobia, en este país nunca se ha registrado un sólo crimen por odio de género en un estadio de fútbol.

De acuerdo a estadísticas mostradas por la Comisión de Derechos Humanos, la mayoría de los crímenes de odio por homofobia documentados con nombre y apellido, son efectuados en el domicilio de la víctima, seguidos por la calle, hoteles y lugar de trabajo. Si en verdad desean atacar la causa raíz de la programación homofóbica del lenguaje, el activismo más efectivo que puedo sugerirles humildemente, es ir a tocar las puertas de millones de hogares mexicanos, porque la homofobia es un grave problema educativo, no lingüístico. Son loables y conmovedores todos los esfuerzos que muestran al denostar la barbarie del aficionado, de su soecidad humillante y la vergüenza que les ataca la dermis como roña cada vez que muestra su bajeza humana no sólo al llamar PUTO al portero, sino a desearle una muerte lenta dentro de un caldero de aceite hirviendo. ¿Quién educa a un homofóbico en casa? ¿La televisión, un estadio, un videojuego? ¿Cuántos hogares están visitando para intentar cambiar la programación lingüística del padre que le asesta a su hijo un “te prefiero muerto que puto”? ¿Creen que su furia es congruente al descargarla en redes sociales, porque ahí encontraron al verdadero enemigo?

Como en algún momento escribió mi respetadísimo amigo René González: “Se han hecho exhaustivos análisis lingüísticos diacrónicos y sincrónicos, juicios éticos y hasta estéticos. Muchos se han/nos hemos sentido con el derecho (y algunos hasta la obligación) de dar su opinión al respecto, pero ¿y los porteros?, ¿qué opinan al respecto?, ¿se sienten gravemente ofendidos e insultados?

¿Se han acercado a su portero de confianza? ¿Ellos no son una minoría válida? ¿Piensan representarlos por medio de algún organismo ciudadano independiente? Es ridículo, ¿cierto? El 90 por ciento de mis amigos homosexuales no se sienten ofendidos por el insulto de marras, lo cual no deja de ser un indicador digno de análisis -al margen de que el tamaño de mi muestra resulte miserable-, tiene la misma validez que todos los putos porteros del mundo, como toda minoría que se respete; sin embargo, muchos de ellos se manifiestan molestos al verse victimizados y convertidos en los tirones mismos del desgarramiento moral de quienes ni los representan ni les han pedido su opinión o su sentir. “Nadie les pidió su limosna semántica”, despotrica al respecto el escritor coahuilense Wenceslao Bruciaga.

Es imposible hacer entender a cualquier ser humano que no comparta la pasión por este deporte, por una camiseta, por la bandera de un club, la clase de pasiones que se desatan en un estadio de futbol. El llanto eufórico por un campeonato, o la insondable depresión por el descenso. En términos estrictamente personales, debo confesar que hace muchos años dejé de cederle una pizca de importancia a aquellas palabras dolosas que no sean emitidas por gente que me importe. Durante mi infancia, por ejemplo, fui una niña obesa y pendeja que reprobó 8 de cada 10 exámenes que tuvo ante su ojos, y no por ello he secundado los delirios del congreso tamaulipeco que subiéndose al tren de moda, discute la posibilidad de formalizar una iniciativa que sancione a funcionarios que utilicen el término “gordito” en público, y aunque el tema derroche imbecilidad, adquiere relevancia si se considera la poco honrosa inclusión de México entre los 10 países con mayor índice de obesidad a nivel global según la Organización Mundial de la Salud. Si la obesidad es un grave problema de salud pública en este país (imaginemos en este instante que el 32.8% de la totalidad de nuestra población es obesa, silvuplé) y el término denigratorio/discriminatorio es utilizado a mansalva de manera denigratoria en cada una de nuestras aulas educativas, no deja de parecer excesivamente ridícula la posibilidad de censurar el uso del vocablo en nuestro lenguaje. Pienso ¿Cuántos gordos por cada puto existirán en México? ¿A cuántos seres humanos estaremos lastimando cada ocasión que asestamos un “Me comí tres tlayudas, soy un marrano” en nuestro status de FB?

huxley

La corrección política de nuestro tiempo está soltando más y mortíferas dentelladas que el atacante uruguayo Luis Suárez. Ojalá censurar el idioma español sirviera de algo en disminuir la corrupción, el maltrato y la desigualdad de nuestros semejantes. Considero que la mutilación del lenguaje nos acerca a un futuro lastimero que las visionarias plumas de George Orwell y Aldous Huxley se esmeraron tanto en advertir. La expresión humana en todas sus vertientes es imperfecta así como entrañable. Los actos lastiman más que las palabras, tanto como la educación influye más en el comportamiento humano que la estructura lingüística del ciudadano más corriente que común. Un niño de seis años lo demuestra cuando a pesar de haber escuchado hasta la catatonia el mantra parental: “no debes mentir”, terminan por imitarlos, de tanto mirarlos mentir por nada a todos.

Acción mata neurolingüística, camaradas. Los violentos somos nosotros, no nuestras cuerdas vocales y sus ex-abruptos. Millones de seres humanos engrosan los índices de suicidio al no ser capaces de continuar sus vidas con un “fracasado, cobarde, inútil, gordo” autoimpuesto o sorrajado por un extraño a lo largo de su agónica existencia. ¿Dejar de utilizar palabras soeces o discriminatorias en nuestro lenguaje disminuiría de alguna manera algún índice de mortandad? Si siguiéramos la lógica que permea y emprendiéramos cruzadas contra cada palabra que pueda llegar a lastimar a un ser humano pensante, correríamos el riesgo de terminar por comunicarnos en monosílabos -aunque no estoy segura que el vocablo NO pueda llegar a ofender a una alma desvalida por su efecto deshumanizador-.

Según The Geneva Declaration on Armed Violence and Development 66 mil mujeres fueron víctimas de asesinato alrededor del mundo entre 2004 y 2009, de los cuales el 60 % de estos incidentes fueron perpetrados por su pareja sentimental o sexual. Probablemente la última palabra que escucharon estas mujeres fue un “te amo”. La lógica imperante en estas cruzadas delirantes indicaría que tenemos un enemigo potencial al cuál vencer. ¿Cuántos paladines se preparan para suprimir de nuestra lengua el vocablo amor en tiempos venideros?

love

Hace veinte años cayó a mis manos una historia fantástica escrita en 1932, en la que el autor imaginó con terrorífica precisión una sociedad dictatorial con máscara de democracia sofisticada, en la que el control absoluto sobre el comportamiento social se basaba en la inhibición de la expresión emocional, cuartando la libertad de expresión y suprimiendo la elección del menor de los deseos reconociblemente humanos. Una sociedad controlada por un magnánimo Estado Mundial funcionaba en un perpetuo y monótono estado de felicidad sin conceder al ser humano la oportunidad de elegir la infelicidad o el sufrimiento, porque el hombre civilizado ya no tenía necesidad de soportar nada que fuera seriamente desagradable. En esta entrañable obra literaria, la plástica felicidad del individuo como objetivo justificaba la manipulación de su libertad olvidando que su némesis, la infelicidad a dosis moderadas, así como el dolor profundo, el azar, el temor a la muerte, el olor del peligro, la frustración a cucharadas y los torrentes de angustia provocados por la natural incertidumbre son ingredientes necesarios para alcanzar una vida salpimentada de auténtica y gloriosa felicidad.

Que el dios que todo lo mutila, segrega, suprime y gangrena evite que estos ojos constaten que “las profecías parecen destinadas, verosímilmente, a realizarse” y que este mundo se convierta finalmente, en Un mundo feliz.

 

Preferimos hacer las cosas con comodidad.

Pues yo no quiero comodidad. Yo quiero a Dios, quiero poesía, quiero peligro real, quiero libertad, quiero bondad, quiero pecado.

En suma —dijo Mustafá Mond—, usted reclama el derecho a ser desgraciado.

Muy bien, de acuerdo —dijo el Salvaje, en tono de reto—. Reclamo el derecho a ser desgraciado.

Esto, sin hablar del derecho a envejecer, a volverse feo e impotente, el derecho a tener sífilis y cáncer, el derecho a pasar hambre, el derecho a ser piojoso, el derecho a vivir en el temor constante de lo que pueda ocurrir mañana; el derecho a pillar un tifus; el derecho a ser atormentado.

Siguió un largo silencio.

Reclamo todos estos derechos —concluyó el Salvaje.

Mustafá Mond se encogió de hombros.

Están a su disposición —”.

Capítulo XVII, Un mundo feliz, Aldous Huxley.

 

 

 

América Pacheco.

 

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