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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Resaca
Recuerdo haber despertado en el piso, semidesnuda o semivestida, da igual. La habitación donde desperté era minúscula: un lavamanos bajo a la ventana y el incómodo y estrecho camastro en el que al parecer me negué a dormir representaban el único mobiliario del lugar.
Por América Pacheco
16 de septiembre, 2014
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Resaca portada

“Hay sentimientos como vértebras: nos mantienen de pie y son endebles. Pablo estaba roto. Por eso, cuando se acomodó en una banca del Parque México, era incapaz de contener el llanto. Lloraba como quien suda caudalosamente, como quien se desangra: sus lagrimales parecían poros en un cuerpo afiebrado, venas en el brazo de un suicida. Le dolían sus pérdidas y además tenía miedo de haberse convertido en asesino: no sabía si sus manos habían matado a la vieja.

Estaba en un parque y nadie se detuvo a consolarlo. En lugar de conmoverse ante su dolor, las personas siguieron con sus ejercicios cardiovasculares, algunos incluso lo conocían, pero simplemente no se enteraron de que era Pablo quien sufría; así de invisible es el desconsuelo de los menesterosos”

 

El anterior fragmento se desprende de la última novela del escritor Luis Muñoz Oliveira cuyo título: Resaca, describe con elocuencia la atmósfera que impregna página a página la degradación en la que un ser humano corriente como ninguno, elige conducirse al abismo. El shock que sufre Pablo en su intento por sobreponerse al atroz efecto posterior a un salvaje trip etílico, trajo consigo una experiencia personal de la que poco he hablado en voz alta. Hace cinco años, durante mi primer y único viaje a Barcelona, sumé a la memorabilia de mis surrealistas andanzas, la borrachera más escandalosa registrada frágilmente en mi memoria, aunque no así la resaca del día siguiente; hay resacas tatuajes, y muchos de nosotros lo sabemos. Las fiestas de la Merced, son por mucho, las fechas más bulliciosas en Barcelona, porque durante una semana, el pueblo catalán y agregados culturales provenientes de toda Europa festejan al santo patrono de la ciudad San Jordi, con una andanada de festividades. De alguna manera asociada con los milagros auténticos, estas festividades arrojan sobrevivientes. En un viejo texto relaté brevemente aquella desquiciada borrachera de la que tuve conocimiento de mis actos gracias al relato de buenos amigos quienes atestiguaron con horror mis desfiguros.

Recuerdo haber despertado en el piso, semidesnuda o semivestida, da igual. La habitación donde desperté era minúscula: un lavamanos bajo a la ventana y el incómodo y estrecho camastro en el que al parecer me negué a dormir representaban el único mobiliario del lugar. La náusea cortesía de la resaca de los buenos días, me provocó la primera arcada del día. Mi maleta estaba abierta, la ropa en absoluto desorden y regada por el piso. Alarmada y profundamente asustada noté que la parte baja de mi blusa y mis jeans tenían manchas de sangre. Traté de buscar ayuda en mi memoria en vano: la insoportable migraña comenzó a fulminar mi organismo a fuerza de mareos, escalofríos y pérdida de equilibrio. Comencé a llorar en el piso, desconsolada. Las evidencias en la habitación, mi ropa y en los moretones de mis piernas, apuntaban a que había sido asaltada en la extensión más amplia y literal del vocablo. El dolor de mis extremidades comenzó a ser insoportable, pero la verdadera tortura brotaba desde adentro. ¿Cómo había llegado a repugnante habitación? ¿Dónde carajos estaba y quién me había lastimado?

Abrí con recelo la puerta de madera. Estaba cerrada por dentro. El estrecho pasillo de paredes agrietadas y las antiguas baldosas del piso, refrescaron mi memoria. Esa era la posada en la que había guardado mi equipaje la noche anterior en un arrebato desesperado por no encontrar el departamento del amigo que me hospedaría durante mi estancia en la ciudad. Al fondo del pasillo pude avisar el baño. Corrí descalza y sin mirar a los lados para lavarme. Ahí mismo tiré mi ropa semi desgarrada y manchada de sangre. Como pude tomé mis pertenencias para huir de aquel lugar que mi memoria se niega a olvidar. El miedo inmoviliza ferozmente al raciocinio, nos coloca en el pabellón de la ignominia y recrudece nuestra desolación. El no saber nos aniquila a pedazos, es caer dentro del agujero donde gobierna el espanto. La degradación de Pablo, la incertidumbre del crimen torturándolo en el Parque México, representan sin duda, la angustia paralela de aquel amanecer de pesadilla, y nuestra resaca gemela.

Resaca comienza relatando justamente el pasaje del parque, los seis capítulos subsecuentes -que dividen la novela en dos partes- dan cuenta al lector del ingenioso método utilizado por Pablo para transformar su vida de mediocre confort, en abyecto infortunio en un puñado de semanas. La tortura del crimen que Pablo no recordó haber cometido aunque todo a su alrededor así lo señalara, se convirtió en el fiel Virgilio que siguió sus dantescos pasos al paulatino descenso de su infierno. Yo tuve la fortuna de haber sido rescatada de mi tortura personal dos días después de mi huida del hostal mediante el regaño más cabrón he recibido en lustros. La sangre de mis ropas, los golpes en mis extremidades fueron resultado de mis endemoniadas correrías en las ramblas: robé una silla de ruedas, me desvestí en una plaza abarrotada de gente, mojé a un grupo de flamenco y ataqué violentamente a un grupo de turcos. Mis amigos –quienes me condujeron a rastras al Hostal- esperaron detrás de la puerta hasta que dejé de gritar como Linda Blair. Pablo no tuvo tanta suerte. O tal vez sí, no lo sé. Una secuencia inaudita de eventos desafortunados le enseñó que la confianza es un invento de los cínicos para aprovecharse de los inocentes. A cada lector le corresponderá la tarea de descubrirlo.

Sin duda, la embriaguez continuará protagonizando innumerables ejercicios narrativos hasta que el último de los escritores quede de pie sobre la faz de la tierra. La sordidez autobiográfica seguirá siendo material creativo inagotable. Y no va mal, es comprensible elegir relatar legendarios saturnales –reales o imaginarios-, porque los estertores humillantes del día siguiente carecen de atractivo. Sólo un perfecto imbécil o un valiente optaría elegir como ejercicio literario el lado oscuro del desenfreno, y pasar de largo el glamour de la verbena.

 

La segunda aportación al género de la novela que nos entrega Luis Muñoz Oliveira con su Resaca (Mondadori, Random House) aborda con valentía, mordacidad, soltura y pulcritud, la historia de cómo un hombre desprovisto de talento, clase o notabilidad relevante, edifica su propia hecatombe con una asombrosa presteza, haciendo uso de un prodigioso, único e invisible talento: la autodestrucción. ¿Quién escaparía a sentirse aludido?

Por mi parte, fui llevada de la mano a Barcelona.

 

América Pacheco, Septiembre, 2014.

 

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