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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
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Desde mi humilde trinchera debo confesar que lidiar con el dolor físico y mental que el covid trajo consigo, ha sido un puto infierno. Las noches son aterradoras. Es dolor, es vacío, y el silencio sepulcral, es angustia irracional y pérdida de autocontrol para las tareas más simples de la mente.
Por América Pacheco
26 de enero, 2022
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Nunca fui una persona de alergias. O al menos no en la infancia o juventud temprana. Mi primera alergia (al ácaro del polvo) la detecté a los treinta, y cohabitamos en armonía poco más de una década sin daños importantes qué reportar. Pero los cuarenta años trajeron a mi cuerpo múltiples cambios visibles e invisibles. Por ejemplo: la alergia al polvo comenzó a agudizarse y a provocar más que estornudos y escurrimiento nasal; de repente, comenzó a acentuarse en periodos primaverales, después también en invernales, para terminar convirtiéndose en cotidianidad. Era raro señalar un día del año en que no se me escuchara moqueando y estornudando por los rincones. Al parecer, actualmente tengo una gama más robusta de alergias que iré descubriendo sin prisas de la mano de un alergólogo. Pero realmente lo que me interesa compartir con ustedes es que este año lo cerré y lo comencé con un curioso cuadro alérgico que, combinado con el contacto que tuve con dos personas positivas a Covid-19, el 26 de diciembre tuve la negra amenaza del contagio rondando sobre mi cabeza. Pero no. Pero sí.

La primera prueba de laboratorio que hice antes de acabar el año resultó negativa, aunque festejé el 31 de diciembre con cara hinchada, cansada como policía auxiliar y una secreción nasal que jamás dio tregua. Ningún medicamento sirvió de mucho. Días más tarde regresé a nadar y una semana después tuve otra recaída con los mismos síntomas aparentemente por alérgenos y procedí a sacar por debajo de las piedras una prueba de antígenos que también arrojaría resultados negativos. Achaqué la reincidencia de síntomas a los químicos de la alberca o al frío que hubiesen dejado bajo el árbol una muestra gratis de influenza estacional y que pusieron a bailar un cumbión loco a mi sistema inmune. Pero comencé a sentir un insoportable dolor muscular y de articulaciones, cansancio inusualmente excesivo y una debilidad tal, que sentí al cuerpo como un títere que extravió sus hilos. Nunca había adolecido una vulnerabilidad corporal similar. Dejé a un lado las pruebas rápidas y pedí ser llevada nuevamente a un laboratorio por una PCR. 24 horas después tuve mi resultado: positivo.

El covid y el aislamiento constituyen un combo inherente, porque el aislamiento es fundamental para no poner en riesgo a otros; aunque cualquiera que haya estado postrado por cualquier tipo de enfermedad sabe que el distanciamiento de otros poco ayuda a la recuperación desde el estricto sentido anímico. La presencia es importante para cualquier convalecencia que se respete, y lo primero que te arrebata el c-virus es una mano que sostener. El enclaustramiento estimula el dolor y angustia porque esta enfermedad también causa un estrés psicológico cuyas lesiones visibles e invisibles se verán en los años que quedan por venir. El virus no se limita a colapsar pulmones, irritar músculos, órganos y articulaciones, provocar dolores diversos, tos, fiebre y dolor en el pecho; también se esmera en comportarse como un parásito que se nutre de tu vulnerabilidad y soledad que se aloja en tu cabeza y en ningún otro lado. Hoy leí un ensayo que afirma que cuando te infectas con el virus, el sistema inmunológico comienza a producir citoquinas (pequeñas proteínas que son cruciales para controlar el crecimiento y la actividad de otras células del sistema inmunitario y las células sanguíneas) entre otros elementos que provocan inflamación en diferentes puertos físicos. Al parecer, si el cuerpo no controla adecuadamente las citoquinas, puede comenzar a sufrir alteraciones en los nervios, invasión de células inmunitarias periféricas en el sistema nervioso central, y este deterioro de la transmisión nerviosa -entre otros ingredientes- se aprestan a preparar el coctel del trastorno psiquiátrico más socorrido de la pandemia: depresión.  Y esta depresión no siempre verá su final después que el enfermo alcance una recuperación física satisfactoria, en ocasiones lo acompañará por un periodo corto o largo de tiempo. Al momento de escribir estas líneas no existe consenso del alcance que tendrá en la salud pública mundial semejante cuadro. Aún hay demasiada ambigüedad en los estudios recientes y falta demasiada tela que cortar en la tienda de las enfermedades de última generación temporada primavera-verano 2022.

Desde mi humilde trinchera debo confesar que lidiar con el dolor físico y mental que el covid trajo consigo, ha sido un puto infierno. Las noches son aterradoras. Es dolor, es vacío, y el silencio sepulcral, es angustia irracional y pérdida de autocontrol para las tareas más simples de la mente. Ojalá solamente el virus nos trajera síntomas físicos. Durante 4 días tuve tal dolor en las articulaciones, que levantar un vaso requería un esfuerzo innoble por parte de mis dedos, y yo sólo podía llorar sin parar; además del dolor sofocante, el llanto provenía de una trepidante angustia en el pecho sin causa racional que la justifique. Únicamente tuve un día de saturación de oxigeno tan baja, que estuve a punto de causarle un infarto de preocupación a mi mejor amiga. Afortunadamente estoy vacunada, he tenido la enorme suerte de no tener que pisar un hospital de primera línea de atención a covid, y mi corazón se entume de tristeza por todas aquellas personas que sí lo han hecho, que fueron intubadas y tuvieron que lidiar con los colmillos del dolor incrustados en cada nervio y órgano del cuerpo, angustia, silencio abstracto y soledad absoluta. A los médicos les gusta comparar el dolor periférico con un concierto de rock. Es fácil escuchar el aullido de las guitarras y el redoble de los tambores mientras dura. Pero cuando la banda se va a casa, los pacientes con dolor continúan escuchando esa música.

He terminado la primera fase de mi tratamiento y el siguiente paso es realizarme una nueva prueba que sirva para determinar si continúo siendo un agente infeccioso activo o si puedo seguir viviendo en turbulencia normal. Los dolores en articulaciones han disminuido de tal manera que, durante el día puedo realizar tareas sencillas como acariciar a mi perra, levantar una botella de agua más de un minuto o escribir estas líneas. El cansancio aún no ha soltado mi mano, ni tampoco lo ha hecho la soledad, pero en contraste estoy recuperando el apetito. Mi única ambición se reduce a sortear con dignidad las noches, que son la peor parte del ciclo de cualquier padecimiento.

Y si ustedes me preguntan por qué comparto este parte médico no solicitado, permítanme aclarar que lo hago más por mí que por ustedes. Testimoniales de verdaderos sobrevivientes de covid existen -para desgracia- a puños, a miles y mejor contados. Decidí escribir este testimonio para no olvidar que durante el proceso de esta enfermedad también encaro otras pérdidas, cuyas secuelas tampoco se vislumbran claras, lo que convierte al arranque del 2022 como un tremendo reto de reinvención. Y en este momento resuena en la memoria las palabras de la escritora Lidia Yuknavitch: “El dolor y la pérdida pueden volver loco a cualquiera, pero incluso en el momento de tu fracaso, eres hermosa. Tú no lo sabes todavía, pero tienes la capacidad sin fin de reinventarte. Esa es tu belleza”. Y si a esas vamos, camaradas, lectores míos: reinventarme tantas veces en mi historia está a dos pasos de convertirme en la mujer más bella de la familia, del barrio y próximamente del planeta.

Gracias a todos los que se tomaron la molestia de escribirme todos los días para preguntar novedades. Cada uno de esos mensajes tomaron mi mano y llenaron esta habitación-caparazón-bunker de ese raro ectoplasma que culturas avanzadas llaman consuelo en este inolvidable concierto de rock.

@amerikapa

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