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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Sadako y las mil grullas de papel
Por América Pacheco
11 de agosto, 2011
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“¿Por qué tras haber hecho una buena acción se tienen ganas de seguir una  bandera, cualquier bandera?”

 E. Cioran.

 

A mi madre, símbolo personal de esperanza. Feliz cumpleaños a ella.

 

El día seis de agosto de cada año, a las 08:15 de la mañana, Japón recuerda. Japón se indigna. Japón llora, pero también venera y agradece. Como el mundo entero debe recordar (todos, somos el mundo) el sábado pasado se conmemoraron los 66 años del lanzamiento de las bombas atómicas que destrozaron prácticamente cualquier forma de vida en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en 1945. Es importante escribir sobre el tema, no sólo por la connotación histórica del hecho, sino también por la marcada distancia que diferencia las conmemoraciones y monumentos que los países involucrados (Japón y Estados Unidos), han utilizado para recordar a las victimas, simbolizar la derrota, la desgracia y la estela mortal que ha dejado a su paso la maldita guerra.

 

A pesar de que Estados Unidos tiene en su haber El Monumento Nacional a la Segunda Guerra Mundial (National World War II Memorial) y cuya construcción obedeció para crear (¡al fin!) un espacio conmemorativo a los estadounidenses que sirvieron y murieron durante la segunda guerra; este no es representativo ni en lo emotivo, ni en lo simbólico, debido a su tan reciente y polémica inauguración (abril del 2004). Por lo que me tomaré la licencia de ejemplificar las diferentes corrientes de expresión arquitectónica que separan a ambas naciones, tomando como referencia la escultura “Alzando la bandera en Iwo Jima” y la “Cúpula Genbaku”, que es el monumento más importante del Museo Memorial de la Paz de Hiroshima. Los anteriores ejemplos me parecen el instrumento perfecto para ilustrar mi personalísima apreciación, so pena de recibir críticas o rechiflas por parte de los puristas de los paralelismos históricos por lo desafortunado de mi analogía.

 

Vayamos por partes.

La ceremonia de conmemoración japonesa de la tragedia nuclear, se realiza anualmente en el Museo Memorial de la Paz de Hiroshima creado en 1954, un sobrio recinto construido por 140 mil ladrillos (el número de víctimas hasta el final de 1945, ni uno más, ni uno menos) que se distingue por características muy peculiares. Los cinco portales de cinco metros cada uno que constituyen  las Puertas de la Paz, (con la inscripción de la palabra paz en diferentes idiomas), y la Cúpula Genbaku; una estilizada escultura que muestra en su cúspide, la figura de una pequeña niña que sostiene entre sus manos una grulla de color dorado. Si ustedes se preguntan por qué eligió Japón, hacer depositaria del simbolismo más devastador de la tragedia más grande de su historia a una niña en vez de alguna tropa militar acaecida en heroica gesta, permítanme contarles la razón.

 

Sadako Sasaki nació el 7 enero de 1943, aunque su verdadero nacimiento ocurrió el 6 de agosto de 1945, cuando a los dos años de edad, sobrevivió milagrosamente a la explosión atómica lanzada en Hiroshima, su ciudad natal. Aunque su suerte no duró mucho tiempo. Cuando cumplió once años, tuvo que ser internada de emergencia al detectársele leucemia degenerativa. La noticia fue un shock para su familia, porque nunca antes había presentado la sintomatología propia de esta enfermedad. Su estancia en el hospital y su febril entusiasmo en la elaboración de grullas de papel, fue lo que determino su inmortalidad, sin importar el breve paso que tuvo en el mundo.

 

 

En la cultura japonesa, las grullas son el símbolo de la longevidad y salud. Y una de sus creencias más antiguas, dicta que si elaboran mil grullas de papel (práctica también conocida como origami), los dioses les devolverán mediante el frágil vuelo de esta ave, la salud perdida y larga vida. Sadako tenía la edad en la que el ser humano aún conserva la impertinente creencia en el poder invisible de los milagros, así que mientras moría lentamente, comenzó a elaborar sus propias grullas. No fue fácil. Hiroshima se encontraba inmersa en una catástrofe sin parangón. La pobreza y escasez aún era insoportable; algo tan simple como conseguir papel resultaba una labor titánica. Las prioridades del gobierno estaban enfocadas en la reconstrucción de sus ciudades, asegurar el alimento y  atención médica de los cientos de enfermos que, de súbito, empezaron a poblar sus camas de hospital (no olvidemos que las víctimas de radiación y mutaciones, se manifestaron entre los 8 y 9 años posteriores al bombardeo).

 

Cuando la chica se percató que la espantosa muerte de los enfermos crecía exponencialmente, decidió que no sería justo pedir sólo por la recuperación de su cuerpo. Arrancando literalmente el papel de las paredes, de las cajas de medicamentos y la recaudación de papel que obtuvo gracias a las donaciones de  familiares, amigos, maestros, compañeros de escuela y médicos, consiguió elaborar 644 grullas de origami. La muerte, cuya rapidez en sus alas de águila hambrienta jamás podrá equipararse al lánguido vuelo de la grulla esperanza, la alcanzó el 25 de octubre de 1955.

 

 

Sadako inspiró a un país entero por un absurdo gesto de valentía, inocencia y voluntad. Porque si la fiebre, el vómito, la perdida de piel, cabello y solidez corporal, no pudo apagar en ella la plegaria para que las víctimas de todo el mundo pudieran recuperar la salud y la paz, su pueblo estaba obligado a no hacerlo. La pequeña los tocó profunda y dolorosamente, prueba de ello es que las 356 grullas que le hicieron falta, fueron elaboradas y llevadas a su tumba. Niños y adultos de la ciudad las hicieron por ella, le ayudaron con su última tarea para que su alma pudiera descansar. Cuatro años después de su muerte, en el Museo Memorial Park de Hiroshima, se colocó una hermosa cúpula dedicada a todos los niños que murieron a causa del ataque nuclear. En la cima puede reconocerse a una chiquilla que con los brazos abiertos sostiene a una espléndida ave dorada con una breve, pero contundente inscripción:

«Este es nuestro grito, esta es nuestra plegaria:

paz en el mundo».

En uno de los origamis que realizó Sadako antes de morir, escribió un pequeño poema: “Escribiré paz en tus alas y volarás por toda la tierra”. El origami fue enterrado junto con ella.

 

Ahora bien. . .

 


La escultura llamada “Alzando la bandera en Iwo Jima”, es una impresionante representación en bronce y granito, inspirada en la archicélebre fotografía ganadora del Pullitzer en 1945, tomada por Joe Rosenthal (fotógrafo que no sólo se embolsó el  codiciado premio en tiempo récord, sino la celebridad más rápida del oeste). Esta imagen representa la instantánea de una de las derrotas más emblemáticas en la historia del ejército norteamericano durante la segunda guerra mundial. En ella, se muestra a seis marines levantando su orgullosa bandera en el monte Suribachi durante cruento combate de 40 días, donde el estrategia e ingenio militar japonés, fue más efectivo que la imponente armada norteamericana. Al término de este enfrentamiento, murieron más de 7.000 soldados americanos en las inhóspitas arenas de azufre de la remota isla de Iwo Jima. El simbolismo patriótico de la fotografía era tan poderoso, que el presidente Franklin D. Roosvelt mandó a traer de vuelta a los marines para el encomiable fin de recaudar bonos de guerra.

 

El memorial, se inauguró el 10 de noviembre de 1954 a manos del presidente Dwight Eisenhower en fastuosa ceremonia a la que asistieron tres de los sobrevivientes de la instantánea (cabe señalar que estos marines demostraron que Roosvelt no se había equivocado al traerlos de vuelta a casa. En la gira de que encabezaron, recabaron la bicoca de $26.3 billones de dólares en bonos de guerra).

 

Les confieso que prefiero mil veces contemplar un hermoso monumento dedicado a los caídos en batalla, que no parezca serlo bajo ninguna óptica. No sólo me parece más lúcido y congruente, me parece el homenaje más sensible que pueda hacerse in memoriam. Todos nosotros hemos visto muchos de ellos esparcidos por todo el mundo en forma de tanques de guerra, bustos de heroicos militares muertos en alguna histórica contienda, o como en este caso; una escultura de bravos soldados que con heroicidad sostienen con la vida que es suya, el símbolo del poderío fálico que están muy lejos de comprender y que además, sólo sirven para mantener en el subconsciente colectivo una innecesaria alegoría al belicismo. ¿Cuál es el propósito de venerar a las víctimas –ya sea civiles o militares- de una guerra, representando a la guerra misma?

 

La forma es fondo. Punto.

 

Testimonios de los sobrevivientes a la hecatombe nuclear, se traducen a 30 idiomas para difundir el mensaje. Narraciones desoladoras como la de Miyoko Matsubara ibakusha de Hiroshima (quien caminó entre cadáveres ambulantes, vísceras expuestas, cuerpos mutilados, con su propia piel hecha jirones) transmiten el mensaje correcto:

“Las armas nucleares no detienen la guerra. Las armas nucleares y los seres humanos no pueden coexistir. Todos debemos conocer el valor de la vida humana. Si no están de acuerdo conmigo en esto, por favor, vengan a Hiroshima para ver por ustedes mismos el poder destructivo de estas armas mortales en el Peace Memorial Museum en Hiroshima.”

Cada seis de agosto se celebra el día anual de la paz en todo Japón. Este año, asistieron 50 mil personas, representantes de 70 países, así como la ONU (Estados Unidos lo hizo por primera vez en el año 2010) y a pesar de que es una fecha de conmemoración oficial, es difícil encontrar alegorías nacionalistas por las calles, incluso; las calles lucen vacías. Los altos representantes de gobierno, políticos, estudiantes, trabajadores, amas de casa y niños nipones, dirigen sus pasos al monumento realizado en honor de una niña. Al hacerlo, no llevan en sus manos ninguna bandera. Depositan con respeto al pie de la Cúpula Genbaku cientos de miles de grullas de papel multicolores que parecen volar más rápido que las águilas voraces, porque los habitantes de esas tierras han gritado al unísono: “no repetiremos esta atrocidad”.

 

Cada año refrendan este deseo elaborando con sus propias manos estas grullas, que según cuenta la leyenda, vuelan hasta cada una de las almas que murieron hace 66 años, para obsequiarles mediante el delicado batir de sus alas, un cálido e intrínseco consuelo.  . .pero sobre todo, más que todo: paz.

 

América Pacheco.

 

* Nota: Después de la caída de Sadam Hussein, Irak ha reemplazado todas las estatuas y monumentos erigidos en memoria de victorias militares o héroes de guerra en sus parques y plazas, por un centenar de nuevas obras de arte. El pueblo iraquí espera que este gesto, sea el comienzo cívico de una nueva era de paz. La forma es fondo, y esta forma, es un gran inicio.

 

* Mientras Estados Unidos destina cientos de miles de dólares en proyectos nucleares y armamentistas, Hiroshima y Nagasaki hacen un incansable llamado a la paz y al desarme nuclear, ratificando acciones y exigiendo a su gobierno el compromiso del uso exclusivo de energía renovable para la estructura energética funcional de la nación. Fukushima se los recordó (aunque sólo represente el 30% de su obtención bruta).

 

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