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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Saudade et le Petite Prince
Por América Pacheco
25 de agosto, 2011
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“Todo cuanto vive, vive porque muda; muda porque pasa;
y, porque pasa, muere.
Todo cuanto vive, perpetuamente se transforma en otra cosa,
constantemente se niega, se hurta a la vida.

(Fernando Pessoa) 

Para Blanca E., que nos dejó en prenda una saudade terrible,
y para Adrián, su marido quien la padece como ninguno.

Les voy a recomendar que nunca hagan algo. Si confían en mí, sabrán ser juiciosos y llevar a cabo mi siguiente consejo al pie de la letra: si están absortos y envueltos en una insondable tristeza, no lean ni por distracción “Libro del desasosiego” de Fernando Pessoa o el Principito de Antoine de Saint Exupéry (a menos que les interese dejarse caer en un oscuro laberinto). Retomé la lectura nocturna en mis  noches insomnes, pero cuando no pude más con Pessoa, corrí a refugiarme en el cuento de Saint-Exupéry. Pensé tontamente que uno de mis cuentos infantiles favoritos podría rescatarme del calabozo, pero no fue así. Comprendí al terminar la última página del cuento, que había un vínculo secreto e imperceptible –aunque inequívoco- entre la obra del portugués y la del francés: la saudade.

La primera vez que escuché este sutil vocablo en conversación con un amigo cultísimo, me dio vergüenza preguntarle cuál era el significado. Y aunque me lo hubiera explicado, no hubiera sido capaz de comprenderlo en esa charla, o en ninguna otra. La saudade no se entiende si antes no la lleva uno en el torrente sanguíneo.

Saudade proviene de la lengua portuguesa y no tiene una contundente traducción al idioma español (a ningún idioma, de hecho). La raíz que lo origina, no tiene un consenso claro entre diversos análisis etimológicos que datan desde el siglo diecinueve. Sin embargo, el vínculo más fuerte que tiene, es en definitiva, con el lenguaje literario. Saudade es un virtuoso adjetivo, un galimatías fonético, rico en plástica que se amalgama como pocos en las más nostálgicas composiciones poéticas porque viste elegantemente y de pies a cabeza, a la más profunda tristeza.

No significa tristeza –que quede claro- la tristeza es sólo la rama del frondoso árbol. Saudade es una alteración emocional –o dicho más claramente- es un proverbio de las emociones. Es la ausencia de la felicidad, más que la cruda infelicidad. Saudade es el color del aura de la cultura portuguesa. Es la partitura de su incomparable canto.

Se le atribuye la raíz solitate (soledad) o saudá (del árabe: desánimo, mal de amor), entre otros arcaísmos medievales. Ninguna raíz es clara y por ende, no tiene traducción a ningún idioma.

La aproximación más tangible que tuve para entender pálidamente a  la saudade, es precisamente la que encontré en la obra del escritor portugués Fernando Pessoa. Aunque de ninguna manera es limitativo. Saudade es una corriente literaria, filosófica, filosófica e incluso, antropológica. Está impregnada en todas las manifestaciones artísticas portuguesas como lo son la pintura, filosofía y sobre todo: la música. Si desean chapalear por esta corriente anímica, están advertidos, aunque no es obra apta para masoquistas. Conmigo es más que suficiente.

Existe una canción autoría del escritor y dramaturgo Miguel Falabella de la que me tomaré licencia de extraer algunas líneas:

“Agarrarse el dedo con una puerta duele.

Golpearse la cara contra el piso, duele.

Torcerse el tobillo, duele. . . una bofetada, una trompada, un puntapié, duelen.

Duele golpearse la cabeza con el borde de la mesa, duele morderse la lengua, una carie y piedras en los riñones también duelen. Pero lo que mas duele es la saudade.

Saudade de un hermano que vive lejos. . .saudade de una cascada de la infancia.

Saudade de una ciudad. . .Saudade de nosotros mismos, cuando vemos que el tiempo no nos perdona.

Duelen todas estas saudades.

Pero la saudade que más duele es la saudade de quien se ama.

Saudade de la piel, del olor, de los besos.

Saudade de la presencia, y hasta de la ausencia consentida.

Tú podrías quedarte en la sala, y ella en el cuarto, sin verse, pero sabiéndose ahí.
Tú podías ir para el dentista y ella para la facultad, pero se sabían allí.

Tú podías pasar el día sin verla, ella el día sin verte, pero sabían del día de mañana.

Pero cuando el amor de uno acaba, o se torna menor, al otro le sobra una saudade que nadie sabe como detener.

Saudade es básicamente no saber. . .No saber más si ella continúa sufriendo en ambientes fríos.

Saudade realmente es no saber.

No saber que hacer con los días que son más largos, no saber como encontrar tareas que detengan el pensamiento, no saber como frenar las lágrimas al escuchar esa música, no saber como vencer el dolor de un silencio…

Saudade es no querer saber si ella está con otro, y al mismo tiempo querer.

Saudade es nunca más saber de quien se ama, y mismo así doler.

Saudade es esto que sentí mientras estaba escribiendo y lo que tú, probablemente, estés sintiendo ahora después de leer…

Quizá se pregunten a ustedes qué carajos les importa la saudade, sus orígenes etimológicos imprecisos, la obra de Pessoa, la canción de Falabella, El Principito o mi estado anímico.

Y les doy la razón. Toda la razón.

No les importa, no debería. Pero los acontecimientos a los que se ha enfrentado mi vida en tan solo una semana, han logrado acomodarme mullidamente en el diván del desamparo anímico y del que me está costando mucho trabajo salir. No puedo hablar de otra cosa, me siento incapaz. Deberán de tenerme paciencia. La última semana pasará a la historia como la más triste, la de las pérdidas irrecuperables, la del dolor punzante, afilado. Sé que no será la única y que mis perdidas emocionales seguirán creciendo porque ese es precisamente el ciclo de la vida. Por ejemplo, sé que veré caer a mis padres en las tenazas de la enfermedad o la muerte. Me hago a la idea, aunque cuando eso suceda, no desconozco que será un golpe para el que no existe analgésico alguno.

Pero por ahora sólo pienso en Blanca, sólo puedo pensar en Blanca.

Blanca fue víctima del crimen organizado. Intentó defenderse, de acuerdo a su naturaleza bronca y desafiante. El fin de semana la mataron sin piedad porque se resistió a un secuestro. Los secuestradores no sólo cargan a cuestas el delito del asesinato de la güera, también deben de agregar al costal la orfandad a sus dos pequeños hijos y la devastación de Adrián, su marido.  Muchas veces quisiera creer que existe una balanza que se encarga de otorgar un ejemplar castigo a las almas inmundas que son capaces de cometer barbaries de esta magnitud. Pero mi imaginación no es tan fecunda. Soy atea, así que ni siquiera tengo el consuelo del castigo divino, además, no me interesa. De nada le sirve la “justicia” a una familia que seguirá de luto por largo tiempo. Invito cordialmente a que algún voluntario devoto de cualquier deidad, santo, religión,  vaya hasta el lecho de esos niños para explicarles que existe un dios que todo lo ve, que todo lo vigila. Explíquenles que existe la justicia divina, la resurrección y la vida.

A mi se me acaban las palabras, se cierra mi garganta porque esos niños, pudieron ser los míos. Los de ustedes.

Prefiero sumergirme en esta violenta saudade que me aplasta por los costados, que me quema el pecho.

Así que si no les importa, quisiera dedicarles esta última parte de mi texto a los pequeños hijos de Blanca. En nombre de la güera, quisiera contarles el fragmento final del  Principito. Adrián, querido. . . léeles esta parte y dales en mi nombre, un largo beso en la frente a cada uno.

XXVII 

Han transcurrido ya seis años y es la primera vez que relato esta historia. Los camaradas que me encontraron se alegraron de verme vivo. Estaba muy triste, pero les decía: “Es la fatiga…”

Con el tiempo encontré algo de consuelo. Tengo la certeza que regresó a su planeta, pues, al despuntar el día, no hallé su cuerpo. Por las noches me gusta oír las estrellas.  Suenan como si fueran millones de cascabeles.

He aquí algo extraordinario. Olvidé agregar la corra de cuero al bozal que dibujé para el principito. No habrá podido colocársela nunca. Me pregunto: “¿Qué habrá sucedido en su planeta? Tal vez el cordero haya devorado a la flor…”

 

Muchas veces me respondo: “¡Seguramente no! El principito sabe cuidar a su rosa poniéndola todas las noches bajo un globo de vidrio, al tiempo que vigila celosamente a su cordero…” Y así me siento feliz. Y todas las estrellas ríen dulcemente.

Otras veces pienso: “Sería suficiente distraerse tan sólo una noche…, y olvidarse del globo de vidrio…, en ese caso el cordero saldría cuidadosamente a fin de no ser escuchado, y comería la flor durante la noche…” ¡Los cascabeles de pronto se transforman en lágrimas!

Es realmente un gran misterio. Para ustedes que seguramente aman también a mi hombrecito, nada en el mundo sigue siendo igual si en algún lugar, no se sabe dónde, un cordero que no conocemos ha comido, sí o no, a una rosa…

-Levanten los ojos al cielo y pregúntense: ¿el cordero se comió o no a la flor? Y verán como todo cambia…

Y ningún adulto comprenderá jamás que eso tenga tanta importancia, sólo para quienes hemos conocido al principito.

 

Para mí, es éste al mismo tiempo, el más bello y triste paisaje del mundo. El mismo que el que lo precede, pero lo repito para que lo miren con atención. Es aquí donde el principito apareció en este planeta y es también aquí donde finalmente desapareció.

Repasen esta imagen como para estar bien seguros que habrán de reconocerlo, si viajan algún día por el África, en el desierto. Si pasan por allí les pido: tengan la gentileza de esperar; no se apuren, aguarden unos instantes, exactamente debajo de la estrella. Si miran que un niño se les aproxima, ríe, tiene cabellos color oro, si no responde a sus preguntas, ya sabrán de quién se trata. Sean bien gentiles entonces. Escríbanme sin vacilar un instante, cuéntenme que el principito regresó… “

Niños: su madre voló hasta la estrella donde vive el principito. No teman, no sufran, no a causa de ella. Busquen esa estrella radiante que sólo podrán pillar por las noches. Si la descubren brillando en la oscura noche, es que su madre les hace un guiño luminoso, significa que les sonríe desde lo alto. Sonríanle de vuelta y duerman tranquilos. Sueñen con la flor, el cordero, el frágil príncipe y la rosa. Sigan soñando. Que nadie se atreva a borrar de ustedes esa maravillosa cualidad que sólo los niños o los príncipes interplanetarios tienen en sus bolsillos. No se contaminen de maldad. Crean en la magia y háganlo siempre.

 

No olviden hacer lo mismo que el piloto del cuento. Si ven a su madre, avísenme, denme razón. A mi también me hará bien saber que su estrella ha ido a visitarlos.

Por lo pronto yo me quedo aquí, acompañada de mi saudade. Espero que se vaya pronto, su naturaleza no es infinita.

Los abrazo, los llevo en el corazón.

América Pacheco.

 

“En el momento en que sufrimos, parece que el dolor humano es infinito. Pero ni el dolor humano es infinito, pues nada de lo humano es infinito, ni nuestro dolor tiene otro valor que el de ser un dolor que nosotros sentimos”.

 “El alma humana es víctima tan inevitable del dolor, que padece el dolor de la sorpresa dolorosa incluso de aquello que debería esperar”

-Fernando Pessoa-


Nota: Las hermosas imágenes corresponden a la impecable versión que hizo el ilustrador francés Joann Sfar a la obra de Antoine de Saint-Exupéry “El Principito”. Pásenle a echar un ojo http://www.blogdelibros.com/el-principito-de-joann-sfar/

No es que les importe pero esta maravilla, me lo regaló una de las personas que más quiero en el mundo en mi cumpleaños. Doy gracias infinitas.

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