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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Señora Venganza
Por América Pacheco
28 de julio, 2011
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Para Alex.

“Que dios se haya concebido en el papel de un moralista, es una de las mayores

tragedias de la raza humana ”

-Raymond M. Smullyan-

Secuencia inicial:

Un grupo de hombres y mujeres pertenecientes a una congregación cristiana, encabezados por su pastor, aguardan pacientemente a las afueras de una prisión femenil. La turba disfrazada de Santa Claus y que soporta de muy mala manera el gélido clima invernal, nos regala una postal cargada de humorismo involuntario. Las puertas de la prisión se abren para darle salida a  Geum-Ja Lee una espigada chica que portando un rostro pétreo, sin sonrisa; se acerca al grupo religioso que aprovecha para ejecutar jubilosamente un villancico a modo de bienvenida. La hermosa chica mira con ojos vacíos al pastor, quién de forma teatral le extiende un plato que contiene una primorosa pieza de tofú inmaculadamente blanca. La mira él, todo sonrisa,  y le dice con solemnidad “Es tradición que al salir, comas tofú de modo que vivas puro y no vuelvas a pecar”. La chica extiende su níveo brazo con desdén, toma el recipiente y lo tira sin miramientos al frío pavimento mientras le escupe al pastor: “¿por qué no te vas al carajo?”. Se da media vuelta ante la estupefacción de su comité de bienvenida, mientras la observamos alejarse lentamente. Es aquí, cuando da inicio  la primera partitura del poderoso soundtrack de esta genial pieza fílmica. Si algo le queda claro al espectador es que la chica no tiene la menor intención de purificarse y seguramente, la veremos pecar más de una vez.

 

 

 

Señora Venganza (Sympathy for Lady Vengaence, 2005, Park  Chan Wook, mejor película, mejor director, mejor actriz, Festival de Venecia) es una hermosa joya de la cinematografía coreana que da punto final a una de las trilogías más importantes de la última década (a título personal). A pesar de que la cinta más ovacionada del joven director surcoreano sea indiscutiblemente  OLD BOY, a esta, la última parte del ensamble, la considero más profunda y fina que sus antecesoras. Tal vez lo considero de esa manera, porque en mi carácter de atea irrestricta, el tema “pecado-expiación” coquetea con una de mis más notables obsesiones. Pero vayamos por partes.

La historia nos cuenta la tragedia de la virginal Geum-Ja Lee (Yeong-ae Lee), estudiante de bachillerato que ante un embarazo no planeado y el rechazo de su familia, decide refugiarse en los tentáculos de Mr. Baek, su antiguo profesor de inglés (el enorme protagonista de OLD BOY Min-sik Choi) sujeto que esconde más de una macabra perversión. Muy pronto, nuestra heroína descubre lo desatinado de su elección. Mr. Baek termina por involucrarla en el secuestro y asesinato del pequeño Geun, su alumno de tan sólo seis años de edad. Geum-ja, se  incrimina como la autora de los crímenes cometidos por su otrora protector, por dos poderosas razones, la primera: salvar a su hija recién nacida (quién es paradójicamente secuestrada por el torcido Baek), y la segunda: para purgar en silencio  y estoicismo, su imperdonable pecado.

 

 

Durante los trece años que dura su reclusión, Geum-ja construye un meticuloso y brillante plan para vengarse de Baek, hacer justicia y recuperar el amor de su hija perdida. Para conseguirlo, echa mano de su belleza prístina, así como de un irreconocible instinto manipulador para construir una intrincada red de eventos ejecutados por sujetos incondicionales que harán todo –incluso poner en riesgo su vida- para ayudarla a consumar su implacable venganza. La cinta nos lleva de la mano a oníricos paisajes e inolvidables secuencias decoradas de blanco y púrpura, de incienso y hemorragia, responsabilidad absoluta de la fotografía del maestro Jeong Jeong Hun y de la no menos exquisita banda sonora. El realismo mágico del guión contrasta con la frialdad inmutable de la protagonista, cuya única debilidad aparente, consiste en el intermitente fantasma del inocente Geun -que acompañado de su canica roja- la persigue en los fantásticos recovecos de su mente,  y su resentida hija Jenny, quién busca más de una respuesta al inexplicable abandono del que fue objeto.

 

El tema pecado-expiación, los castigos autoimpuestos con los que flagelamos cotidianamente nuestros errores en nuestra condición de seres humanos educados en doctrinas  moralistas (primordialmente cristianas), se llevan al límite en esta deslumbrante cinta llena de símbolos.  El primero de ellos, el vehículo que nos transporta durante esta aventura, es el pecado.

                
      

“Listen carefully. Everyone make mistakes. But if you committed a sin, you have to make an atonement for that sin. Atonement, do you know what that means? Big Atonement for big sins. Small Atonement for small sins”.

De acuerdo a nuestra rigurosa formación cristiana, los seres humanos somos proclives a cometer pecados. Y lo que yo entiendo como pecados, son ese cúmulo de acciones cuyo resultado es provocar sufrimiento a inocentes. Hasta este punto todo es razonablemente aceptable, puesto que el  fundamento básico de las conductas pecaminosas es el sufrimiento. De hecho, analizando más hondo, en nuestra cultura, es menester el sacrificio y la disciplina en la vida cotidiana para que el ser humano pueda alcanzar la felicidad. Estamos condenados a sufrir para ser felices, a luchar arduamente para valorar un don de la vida, a parir con dolor. Los hedonistas no tendrían ni tienen cabida en este mundo de penitencia. Nos horroriza pecar, pero aceptamos sin remilgos sufrir para alcanzar la felicidad. Para sustentar lo anterior Geum-Ja, nos regala un claro ejemplo: cuando ruega por el perdón de su hija y atrapa al asesino, se niega a ser feliz, porque “una pecadora no merece serlo”. Sin darse cuenta de que al haber sido tocada por el dolor cuando no era más que un ser noble e inocente, ella misma se convirtió en la expiación por la que tanto suplicó en sus oraciones, cuando sólo los fantasmas del pasado la consolaban.

¿Por qué carajos debe ser así?

Me niego a aceptarlo…vivir con dolor, sufrir  por errores pasados y rehusarse a ser feliz es una de los mayores atentados a nuestra propia naturaleza, y bien decía Goethe: “Al tratar de oponernos a la Naturaleza, en el mismo proceso de hacerlo, actuamos de acuerdo a las leyes de la naturaleza”. Tengo un libro entrañable en el que se afirma que los seres humanos tenemos que padecer, sufrir, pelear en contra de nuestras más primarias tentaciones, sudar una gama incuantificable de terribles dilemas morales,  sin que tengamos una débil certeza de que exista un mundo más allá de la muerte, con incertidumbre por la tierra prometida donde podamos disfrutar la recompensa. Sufrimos por complacer las leyes de dios sin tener un certificado con sello y garantía de la existencia del mismo (o si al menos estamos haciendo lo correcto a sus ojos o si todas nuestras acciones nos llevarán a ser lo suficientemente correctos para él). Vivimos una existencia en la que tenemos que comprobar que merecemos disfrutar, sonreír, vivir en paz.

La sencillez de pensamiento-acción no debería de empujarnos a cruentos antagonismos. No es sano vivir en una agónica y constante prueba de resistencia, caminando en penumbras, a hurtadillas. Nos abrazamos al pecado y a sus consecuencias, como un náufrago a su madera de salvación sin notar que está inservible y podrida. El pecado es ridículo, el equilibrio estriba en dar pasos en la vida sin provocar (de manera premeditada) daños a terceros. En el camino lo haremos invariablemente, pero necesitamos aprender a vivir con ello sin cilicios imaginarios. Me gustan estas dos frases, porque ejemplifican de forma poética, el sencillo principio que yo entiendo por vivir:

 

La gente NO debería cometer actos malvados, porque la verdad básica es que la maldad es sufrimiento, si eliminamos todos estos consejos de la bondad y el deber la gente recuperará el amor a sus semejantes”

“Toda esta charla sobre bondad y deber, estas perpetuas rumiaciones, irritan al oyente. Mejor sería que estudiaras como el Cielo y la Tierra mantienen su curso eterno, como el sol y la luna mantienen su luz, las estrellas su posición, los pájaros y los animales sus manadas, los árboles y y arbustos su estación. De este modo aprenderás a guiar tus pasos con el Poder Interno para seguir el curso que la Vía de la Naturaleza marca; y pronto dejarás de necesitar ir de un lado a otro aconsejando la bondad y el deber . . .El cisne no precisa de un baño diario para seguir siendo blanco”

–Lao-tse-

El final de Señora venganza, es una profunda alegoría que cicatriza con armonía una trilogía unida por los hilos de la desdicha,  de la inmisericordia, de la injusticia,  de la búsqueda estéril de paz y consuelo, por los errores cometidos -sin maldad- pero imperdonables. Esta cinta es mi favorita porque es robusta de lo que las dos anteriores entregas tanto adolecen. Es un puente, una puerta de salvación cuyo nombre es de prosa suave, sencilla: el perdón.

Secuencia Final:

Geum ja camina de noche entre callejones cargando un paquete entre sus manos, en una ciudad vacía, casi en penumbras. Ha dejado atrás el horror. A lo lejos, se ve a Jenny corriendo hacia ella, descalza, portando únicamente una bata blanca. Abre el paquete frente a los ojos de su hija y todos podemos contemplar un hermoso pastel cubierto de blanco e inmaculado betún. Geum-ja ha recuperado la luz de antaño, mira a la niña con ternura mientras le dice sonriente:

Be White. Live White. Like this.

Jenny sonríe, murmura: “You too . . .” al tanto que la nieve,  la blanca y pura nieve, comienza a caer pausada, rítmica, sobre sus cabezas. Ambas voltean al cielo con ojos cristalinos y llenos de esperanza. Entonces, Gem-ja embiste con fuerza el pastel, como si una mano invisible la  empujara con alevosía. Todo su rostro se hunde al fondo del plato con desesperación. La cámara se aleja y sólo nos resta contemplar a  Jenny abrazando a su madre con fuerza, dándole sin reservas todo su amor, todo su perdón.

Sí, a mí también me gusta Geum-Ja.  . .porque a fin de cuentas El cisne no precisa de un baño diario para seguir siendo blanco, ¿verdad?

América Pacheco.

Citas: El silencioso TAO. Raymond m. Smullyan.

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