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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Si yo hubiera . . . (Sliding doors)
Por América Pacheco
21 de abril, 2011
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Si las puertas de la percepción se depurasen todo aparecería ante el hombre tal cual es, infinito.

– William Blake.

María estaba cansada, abordó el metro en la estación Hospital General después de una jornada de guardia de en la sala de urgencias del hospital. Tenía 28 años, soltera, era una mujer guapa, de risa fácil pero esa noche su ánimo estaba alicaído. No dejaba de pensar en la pelea que había tenido con su novio la noche anterior. Los dos años de relación sentimental con José Luis habían sido de múltiples altibajos, sus planes de boda ya habían sido pospuestos dos veces ese año. Se sentía cansada y confundida. Tomó ese día el metro después de mucho tiempo de no hacerlo porque José Luis procuraba recogerla religiosamente todas las noches. María tomó asiento justo enfrente de dos preciosos gemelos de no más de cuatro años que viajaban con su madre. No pudo evitar enternecerse, sonreírles, esos chiquillos habían conseguido hacerla olvidar un poco su tristeza.

 

Transcurrieron cuatro estaciones, las bocinas anunciaron la estación del Metro Hidalgo. Cuando todos los pasajeros ya habían entrado al vagón, las puertas se cerraron aplastando dolorosamente al último pasajero que por un segundo, estuvo a punto de perder el metro. Este último pasajero de nombre Antonio, era un hombre de 30 años, elegante, alto, atractivo, fornido. Esto último le permitió abrir las puertas que aprisionaban su cuerpo con ambos brazos sin esfuerzo alguno..

 

Lo que llamó su inmediata atención, fue precisamente María, quien reía con esa hermosa y blanca sonrisa. Antonio pensó –tontamente- que la risa de ella la había provocado su aparatosa y triunfal entrada. Pero ella reía con los gemelos, no tuvo tiempo de reírse de él.

 

Antonio abordó caballerosamente a María, cuando se bajó en la estación de Tlaltelolco para no soltarla nunca. Se casaron seis meses después.

 

¿Qué hubiera pasado si María no hubiera peleado la noche anterior con José Luis?

Con toda seguridad, no hubiera tomado el metro al día siguiente y tampoco hubiera conocido a Antonio para casarse con él locamente enamorada.

También me pregunto: ¿y si Antonio no hubiera hecho el esfuerzo por abordar ese vagón para abordar el siguiente? . . .fueron un par de segundos los que marcaron la diferencia para que esta pareja se conociera esa noche.

 

Hace algunos años vi una película que me transporta a la historia de María y Antonio, una ligera comedia romántica inglesa llamada “Sliding doors” (título que en México se tradujo “Si yo hubiera”) protagonizada por Gwyneth Paltrow, John Hannah y John Lynch dirigida por Peter Howitt en 1998.

 

Helen (Paltrow) es una hermosa chica londinense que mantiene a su novio Gerry (John Lynch) escritor amateur quién trabaja en su primera novela, pero sin ánimos de terminarla nunca. Una mañana, sale rumbo al trabajo donde es despedida intempestivamente. Mientras esto sucede Gerry introduce a su amante Lydia (Jeanne Tripplehorn) al departamento que comparte con Helen para tener sexo. Helen, deprimida regresa a su casa, se introduce al metro pero en las escaleras del andén, casi tropieza con una niña, obstáculo que le impide alcanzar el vagón cuyas puertas se cierran justo en su rostro. Decide tomar un taxi, pero en el inter, es asaltada y va a dar al hospital; cuando al fin llega a casa, la amante se ha ido y no descubre la infidelidad de su pareja. Hasta aquí todo parecería una película predecible, pero no lo es.

 

Justamente en la escena del metro, la historia se bifurca. El director juega con la premisa: ¿qué hubiera pasado si Helen no hubiera perdido ese vagón?

En la historia paralela –a partir de la escena del metro-, se empiezan a contar dos historias diferentes- Helen esquiva a la niña, consigue detener las puertas y entrar al vagón, donde conoce al encantador James (John Hannah), llega a tiempo a casa para encontrar a Gerry con su amante, lo abandona, y comienza una nueva vida. Decide reinventarse, darse la oportunidad de salir con James -hombre emprendedor que la impulsa para que se independice abriendo su propio negocio- para finalmente enamorarse del perfecto caballero inglés.

 

Durante los 125 minutos que dura la cinta, se juega con el espectador con dos historias diametralmente opuestas. Mientras que en la real Helen, es objeto de engaños, humillaciones, un empleo sofocante y el más gris de los panoramas, en la paralela todo parece ser perfecto e ideal. Al final ambas historias desembocan al mismo puerto. Ella termina por descubrir la traición de Gerry, para abandonarlo rescatando de esa manera, su dignidad perdida.

 

Helen camina maleta en mano, rumbo al elevador. . .se abren las puertas para mostrar que James está en su interior y en una escena que hace homenaje a Monthy Paython -leit motiv constante de la cinta- sostienen un breve diálogo que como guiño al espectador, sugiere que es el principio de otra historia cuya trama conocemos. Su destino era conocer a James.

 

En múltiples ocasiones me he preguntado el por qué de las decisiones que han marcado el rumbo de mi vida. Cuando han sido pésimas, me he llegado a preguntar ¿y si yo hubiera hecho lo contrario? ¿Dónde diablos estaría ahora?

 

Sé que no soy la única que se hace esa pregunta. Algunas malas decisiones nos han costado dinero, prestigio, afectos e incluso vidas.

 

Paul Auster se obsesionó con las asombrosas casualidades que azotan a la humanidad con el caprichoso propósito de cambiar su rumbo per se y que llamó “la música del azar”, prueba tangible de ello es su libro ”El cuaderno rojo”, una maravilla de la narrativa.

 

El destino juega a veces con nosotros, porque a pesar de que nuestro presente es producto de las decisiones que hemos tomado a lo largo de nuestra historia, existen esas pequeños accidentes que no planeamos, que no los trabajamos, que no los pedimos y que sin embargo llegan de súbito a nuestra vida para tornarla en una tesitura que nos coloca en el lado opuesto del camino.

 

Viene a mi mente la trágica historia de Ricardo Aldape Guerra, ese tristemente célebre hombre encarcelado en una prisión estadounidense por el delito de asesinato. Delito que él siempre negó, alegando inocencia; durante 15 años estuvo esperando en el pasillo de la muerte (Death Row) su ejecución por inyección letal. Finalmente, las autoridades texanas decidieron dejarlo en libertad. Ricardo Aldape Guerra se convirtió entonces en un fenómeno mediático, siendo el primer mexicano en librar la pena de muerte. Obtuvo trabajo como actor un una televisora mexicana y su nombre era sinónimo de raiting. Lamentablemente su suerte le duró muy poco. Murió en un accidente automovilístico cuatro meses después. ¿Inocente? no lo sé, pero su destino lo alcanzó.

 

A veces me gusta pensar en eso, que tenemos un destino que aguarda por nosotros, que tal vez decidimos tomar el camino más pedregoso, el más difícil, el de los obstáculos más grandes, quizá los aparentemente insalvables, pero que al final, obtendremos lo que merecemos. El título de la cinta que sirvió de marco para hilar todas las historias aquí contadas: “puertas corredizas” me regala una metáfora entrañable: el hubiera no existe, simplemente es una puerta que no abrimos o no alcanzamos abrir a buen tiempo.

 

Y me gusta pensarlo precisamente por la historia de María y Antonio –la pareja con la que inicié este texto- porque cualquier falla logística que hubiera impedido que esa noche del mes de abril de 1974 en el metro Hidalgo, se hubieran conocido yo no estaría redactando estas absurdas líneas.

María y Antonio, eran y siguen siendo mis padres.

América Pacheco.

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