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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Te borro del Feisbuh
Estoy agotada de la sobrecarga informativa, de Trump, del ABC, de El País, del Reforma, El Universal, y sobre todo, del puto COVID-19.
Por América Pacheco
13 de mayo, 2020
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El fin de semana borré de mi teléfono dos apps: Facebook y Twitter. Confieso que la aplicación que más me dolió mandar por el tobogán de la alegría fue la del pajarito azul. Llevo meses, incluso años, padeciendo una insana adicción por Twitter. A Facebook lo abandoné hace mucho, es decir, dejé de ser usuario activo largo tiempo atrás. Mis últimas actividades se habían limitado a revisar notificaciones y contestar comentarios. Desde hace años dejé de frecuentar muros ajenos. A estas alturas del Social Network Way of Life, la única cualidad que aún le reconozco a Facebook es su gentil apoyo en recordarnos escrupulosamente el cumpleaños de nuestra tía Chole cada 365 días. Pero pagar una membresía carísima (nuestros valiosos datos sobre nuestro comportamiento digital) no vale una versión tan meliflua de Lupita Lara, camaradas. Conozco gente que asegura detestar la red social de mister Zuckerberg y, en efecto, es imposible descubrirlos interactuando con alguien. Pero mantienen la app en el teléfono porque el vouyerismo es lo de hoy. No publican nada, pero les gusta oler la fragancia del diablo. Hipócritas.

Al principio, pensé en desinstalar también Instagram y WhatsApp, pero no lo hice por dos razones cien por ciento justificables. La primera es que, a pesar de que mucha gente suele encontrar en Instagram su panacea, yo soy incapaz de permanecer ahí más de 30-40 minutos consecutivos. No logro explicar por qué. Amo subir fotos (sobre todo de mi perra, luz de mi vida) visitar los perfiles de mis amigos más cercanos, sobre todo de los que viven a cientos o miles de kilómetros de distancia. Pero huyo rápido. Difícilmente hago historias, hago videos en vivo cada que el Papa Francisco dona generosos cheques a países con hambruna. Mi imperfección no encaja en ese Olimpo social. No existe un miserable elemento de mi vida cotidiana que pueda subir y amerite competir en estética y clase a las nalgas de las Kardashian. Ok, 30-40 minutos es fine, pensé. No puede afectar demasiado mi salud mental.

Crédito de imagen: @giuliajrosa.

Con WhatsApp fue otra historia. Esta app se ha convertido en agua de tiempo. El café de todas las mañanas. La necesidad imperante. Prácticamente es la herramienta de comunicación prioritaria que utilizo para hacerle saber al mundo que estoy bien. Y, sobre todo, la que el mundo utiliza para comunicarme que lo está. Odio los grupos, pero pertenezco a puñados de ellos: los familiares, los laborales, los vitivinícolas, los de terapia. Mi vida sería incapaz de transitar adecuadamente sin Nalgódromo, Masturbatorio III, Jotas gonna jot, Tres lancheros muy picudos, Argüenderas, S.A., el Club de los Corazones aerodinámicos y Adiosito mi gabán. Larga vida al WhatsApp, para bien o para mal.

Decidir desintoxicarse de tus vicios virtuales suele tomarse a la ligera, pero es más difícil que abandonar a un marido golpeador. He visto a las mentes más brillantes de mi generación anunciar una esquela ridícula en 140 caracteres de “Adiós, Twitter” y verlos regresar con el rabo retorcido a los cuatro días solo para publicar una vergonzosa encuesta del tipo: “¿Me extrañaron?: a) No, b) Pégate un tiro, c) Hazte cristiano c) Tus fans lloramos.

Patético.

Estoy agotada de la sobrecarga informativa, de Trump, del ABC, de El País, del Reforma, El Universal, y sobre todo, del puto COVID-19. Tengo a tanta gente amada desperdigada por tantos rincones del planeta, que es insostenible mantenerme al día de tanto contenido breaking news por la mañana. Mis ojos me arden por la sobre exposición a la pantalla del iPhone. Siempre encuentro un pretexto para lograr superar el reto de acumular 11 horas de promedio de uso del celular diario. DIARIO.

Crédito de imagen: @giuliajrosa.

Con semejantes hábitos de consumo, ¿Quién puede trabajar, escribir, atender su tiendita, alimentar a sus mascotas, revisar las tareas de sus hijos, y no sé, quizás masturbarse o dormir?

Mientras escribo estas líneas he reunido 72 horas sin revisar mi timeline. Soy consciente que no entraré a Twitter solo por hoy; y aunque usted no lo crea, amable lector, no contar con la tentación de la app instalada al celular aporta más desconexión de lo que se pueda imaginar. Si eres capaz de levantarte de tu lecho a las 3 de la mañana y caminar en medio de la oscuridad hasta tu computadora y encenderla con el propósito de corroborar si #끝나지않은_이야기_뉴이스트_더녹턴 o #TodosSomosPlatanito continúan en la puja de los TT mundiales, o sí la pechugona descarada continua dándole likes a los tuits de tu marido, amiga, lamento informarte que necesitas ayuda profesional. Urgente.

Sí, ya sé que siempre nos quedará París y la opción de conectarte por “mobile”, pero la interfaz de Twitter o Facebook en versión web es casi tan desagradable como la cara lavada de Elba Esther. Y por mucho que la interfaz sea responsiva, sus características friendly tienen el mismo calibre del carisma del cuerpo embalsamado de Kim Jong-Un.

No sé sea víctima de un artero complot, pero cada vez que entro a cualquier red social desde el navegador del celular, no deja de aparecer en pantalla el pop-up que invita amablemente a disfrutar una mejor experiencia de la aplicación desde la app. Es como tener a tu puto dealer viviendo en la cocina de tu casa. A un adicto no le puedes ofrecer cerveza sin alcohol. Cocaína artesanal libre de gluten. Motita de libre pastoreo. A un adicto dale la mierda que desea o mejor desaparece. Así no se puede vivir.

Crédito de imagen: @pollynor.

Estoy tan harta de los reportajes especiales New York Times tanto como los retuits del Nopal Times que incomprensiblemente contaminan mi TL. Detesto al Proceso con la misma virulencia que a SDP noticias. El País me da tanta hueva como El soberano. Mi querida amiga Verónica Gonsenheim me recomienda con sabiduría infinita silenciar palabras o usuarios que desee evitar para mantener una sana distancia ante contenidos indeseables. Pero es inútil. De tantas palabras que ameritan silencio en mi cabeza, seguro acabaré leyendo exclusivamente tuits coreanos. Así no, Calderón. Para monólogos, los de la vagina.

Este alejamiento auto impuesto no necesariamente significa que estoy abrazando el judaísmo ortodoxo. Durará lo que tenga que durar. Pero si en días subsecuentes a la publicación de este texto tropiezan con algún tuit en que polemizo sobre la importancia de alejarse de la hiperconectividad o pontificando sobre los beneficios de la desintoxicación con agua de Tlacote, por favor denme unfollow y después bloquéenme. Lo mereceré más que nunca.

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