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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
The Passenger (Vol. II)
Soy una mujer que ama con toda su alma viajar, pero que en contraste, detesta con todas sus vísceras volar. El despegue, el trayecto y aterrizaje de un avión no son otra cosa que mi fobia más grande y provocan reacciones lamentables en mi organismo.
Por América Pacheco
13 de junio, 2013
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Passenger portada

Para Bélgica, con amor: Veerle, Elizabeth, Jacques, Jonathan, Laurentz, Lore, Glen, Chantal, Laurien  & Kristof

 

En el mes de abril de 2010 se publicó la primera de mis tantas crónicas de viaje en Milenio Diario; lo curioso -en términos estrictamente cronológicos- es que no haya sido la primera que escribí. Me explico. Durante algún tiempo mantuve bajo resguardo el primer relato de mis experiencias acontecidas en el Aeropuerto Internacional de Orly el mes de septiembre del 2009, es decir, un año antes de que se iniciara este personal y gratificante recurso catártico de compartir con ustedes las variopintas postales del paso de mi existencia por esos entrañables recintos llamados aeropuertos.

En un texto anterior, dejé muy claro que si alguien me pidiera auto definirme en un escueto vocablo, afirmaría sin pretensiones y con soltura que me considero un pasajero. Así, a secas. Soy una mujer que ama con toda su  alma viajar, pero que en contraste, detesta con todas sus vísceras volar. El despegue, el trayecto y aterrizaje de un avión no son otra cosa que mi fobia más grande y provocan reacciones lamentables en mi organismo. Al momento de abordaje comienzo a experimentar ese inconfundible cosquilleo que inicia en la punta de mis dedos con destino sin escalas a la nuca. Comienzo a experimentar un irracional temblor producto del pánico absoluto y no termina hasta que termina. Me invaden las alergias, los tics, la comezón, el malestar estomacal, la taquicardia y unas ingobernables ganas de llorar. En contraste a mi única fobia conocida, debo admitir que los aviones y los aeropuertos son de mis lugares favoritos en todo el mundo. Me resultan santuarios fascinantes. Las salas de espera, las pistas de aterrizaje, la atmósfera de los aviones y sus diminutas ventanas, son materia prima inagotable en la fábrica de historias que dotan de cualidades narrativas entrañables a cualquier bitácora.

En mi caso específico, los aeropuertos han sido protagonistas de primera línea, más que simples escenarios en la bizarra película de mi vida. La metáfora de un arribo o de una partida adquiere registros poéticos, trágicos, hilarantes o lastimosamente cómicos. Admito una debilidad por las  historias que se tejen en su interior el “adiós”, el “bienvenido”, el “hasta nunca”, la ambigüedad del “hasta pronto”. El abrir de las puertas y encontrar entre la muchedumbre el rostro de quien te espera. O buscar a tu alrededor y darte cuenta que no hay nadie, que nadie te acompañará. Gracias a ello, he recopilado y mantengo bajo resguardo generosas imágenes de todos aquellos que se han encontrado abajo esperando que descienda del cielo.

A consecuencia de mis dos últimos viajes, esta fascinación se ha extendido inevitablemente a las estaciones ferroviarias. El tren (gracias a su naturaleza marcadamente doméstica) ofrece caminos más amplios para el disfrute y observación de la mutación del clima o del bucólico paisaje. El tren le permite al viajero gozar del tiempo suficiente para intentar atrapar con su cámara la postal prometida a la tía Marthita, la que siempre soñó conocer la textura de la campiña alemana. En el tren es fácil tomarse el tiempo de charlar con el pasajero de a lado, a diferencia de la postura de elevador que la mayoría de nosotros adopta en los aviones, porque el sentido de urgencia por tocar un nuevo destino mengua, de alguna manera. El tren de Bussels Zuid-Gare du Nord que tomé hace unas semanas, me obligó moralmente a retomar la crónica del Aeropuerto Internacional de Orly, porque es necesario concluir todas las historias no resueltas. ¿Quién dice que el universo no se contrae e incluso rompe su lógica perfecta para conceder, a todo aquel que lo pueda ver, una generosa segunda oportunidad?

Paris Orly Airport, 2009

Orly

Lo busqué por todos los  pasillos sin poder encontrarlo, muy preocupada de que tampoco era posible localizarlo al teléfono. Una hora después, entendí que no llegaría. Decidí documentar mi maleta para ingresar a la sala de espera cuanto antes porque mis lágrimas saldrían en cualquier momento. Hice fila detrás de la impresionante mujer senegalesa que intentaba convencer al oficial de aduanas en dejarla abordar con un sospechoso frasco que contenía un viscoso menjurje del mismo aspecto de la mermelada de tamarindo (si es  que algo así existe). Miré con enfado a la necia mujer que no paraba de suplicar en jerigonza ininteligible (el oficial de aduanas y yo jamás supimos si lo que contenía el recipiente era la sopa de su madre, o el remedio para curar el cáncer), para que le permitieran llevar consigo el frasco que abrazaba con fuerza contra su pecho. Mientras tanto, la fila de espera crecía al infinito. Fue inútil. Sus  ojos se nublaron cuando le fue arrebatado lo que tal vez era un tesoro y acabó al fondo del contenedor de basura. Yo era la siguiente. “Señorita, no puede ingresar al avión con esto”, me dijo el apuesto francés señalando un estuche que encontró al interior de mi maleta. Me miró ligeramente asustado cuando no pude evitar reír a franca carcajada. Era el estuche de limpieza facial que me había costado el equivalente a una beca en la Sorbona y que encontró un digno final, al fondo del mismo contenedor de basura que la mermelada de tamarindo. Reí hasta ocupar mi lugar en el avión que me llevaría rumbo a Barcelona. Al ponerme los audífonos del ipod y descubrir que el shuffle había elegido Sunrise -pieza de piano compuesta por el pasajero que dejó un hueco irremplazable en ese viaje, recordé a la mujer senegalesa y la insondable tristeza de su rostro. En ese momento dejé de reír. Desvié la mirada hacia la ventanilla para observar el ala izquierda del avión. Los ojos que se nublaron en ese instante, fueron entonces los míos.

 

París Gare du Nord, 2013

G Du Nord

Recién desembarcada del tren número 9334 de la línea Thalys, proveniente de Brussel-Zuid, noté que mi enorme maleta color capuchino estorbaba a todas las siluetas itinerantes de nacionalidad múltiple que se arremolinaban en el andén número siete, así que preferí desplazarme hasta el pasillo principal de la estación. Habían pasado cuatro años desde la última vez que esperé en vano a Christophe en el Aeropuerto de Orly. Aquellos días en París simbolizaron la pequeña herida en el flanco izquierdo de mi pecho que jamás pudo regenerarse por sí misma. El azar se encargó de evitar que ambos reconectáramos los hilos que diferencian los sueños de las pesadillas. Por mi parte nunca deseé volver a tocar esa puerta o permitir abrirla de nuevo. Al colocarme en uno de los pocos lugares vacíos del andén, reparé en una joven rubia de aspecto alemán que recorría con evidente desesperación cada uno de los rostros masculinos que se acercaban al área de arribos, probablemente buscando a quién debería estar ahí para recogerla. La angustia de sus ojos brillaba por su elocuencia: llevaba esperando mucho más del límite de cualquier tolerancia. Un déjá vu acompañado de escalofríos dorsales resultó inevitable. Reencontrarme con Christophe resultó tan sencillo como absurdo. Ya he hablado acerca del poder Inalienable de los vocablos, de la fuerza de una explicación transparente. Estoy convencida que la franqueza posee propiedades de regeneración instantánea y que la honestidad apabullante trabaja probono al servicio de la cicatrización. Además, la composición de piano “Dispersions” enviada a mi correo electrónico días después del primer contacto (una melodía de cuya inspiración no significaba otra cosa que la reconstrucción del puente derribado a punta de promesas incumplidas) resolvió lo inasequible. Nos dimos una nueva oportunidad que nos colocaría en el mismo hito sin passwords crípticos ni expectativas malintencionadas.

G Du Nord pasillo

Diez minutos después, pudimos encontrarnos. Nos abrazamos en reconocimiento mutuo para intercambiar espejos por recuerdos en el pasillo principal de la antigua estación de trenes, precisamente frente a la joven rubia que miraba el descomunal reloj principal hecha un abismo de lágrimas. Salimos de la estación a tomar un trago con mi adorada amiga Florence a quien encontramos a unos pasos. Elegimos desplazarnos a Parc de Sceaux para hablar, caminar, fotografiar nubes, otra vez hablar, mirar el cielo a través de cortinas traslúcidas, y después continuar hablando. Esa tarde aprendimos que podemos continuar queriéndonos sin culpa, porque somos importantes en la vida del otro, porque somos sujetos infatigables en la búsqueda personal de nuestra propia plenitud, porque la puta mala suerte existe, y porque no puede ser de otra manera. Cerramos un incómodo capítulo inconcluso a fuerza de pureza, honestidad y olvido. Al despedirse, se ofreció llevarme a Gard du Nord para mi regreso a Bruselas dos días después. Acepté encontrarnos pero sin darle horario ni lugar específico. Si él deseaba despedirme, debería encontrarme con ayuda de su buena suerte. Cumplí esa vieja argucia cortaziana que utilizaban Lucía y Horacio en Rayuela para citarse sin citarse, bajo el riesgo de jamás encontrarse, aprovechando que París es el único lugar del planeta donde cualquier endemoniado cliché está permitido. Dos días después, me buscó tal y como prometió. Con tremendo alivio en el rostro pudo hallarme al fondo de un recóndito bar donde decidí refugiarme para escribir sin ser molestada. La vida, sí, es un misterio azaroso que decidió pagarnos una vieja deuda. Me acompañó hasta la puerta del vagón para desearme un buen viaje y despedirme con una última sonrisa que alcancé a ver a pesar de la opacidad de la ventana del vagón.

Durante todo el trayecto a Bruselas no pude sacar de mi cabeza a la chica rubia de la estación. Ustedes no saben de qué manera desee que nadie se hubiera interpuesto en su reencuentro. Que ese día ningún accidente automovilístico le hubiera cambiado la vida y que ninguna desafortunada tragedia le hubiera negado ser feliz en el abrazo del ser querido por el que sus ojos llovieron tanto la última vez que la vi de reojo desplomada en el suelo al final del andén número 7. Desvié la mirada hacia la ventana para extraviar mis pensamientos en el verdor del campo. Pero no, por supuesto que no lloré. Esta ocasión, yo sí volvería al amor que me esperaba de vuelta a mi patria.

América Pacheco.

 

Breve nota a Chistophe Cesaire: agradezco profundamente tu ayuda invaluable en la construcción de mis crónicas de viaje, porque nuestra pérdida en Orly abrió el portal que continúa dando entrada a los anónimos lectores que gustan de seguirle la pista a mis publicaciones. Jamás podré pagarte eso. Te doy la bienvenida a esta nueva etapa de afecto ilimitado, porque sin duda nos seguiremos encontrando y celebrando la felicidad que cada uno encuentre en sus respectivas rotaciones. Sigo en shock por Dispersions, me siento muy halagada por haber servido de inspiración (por pequeña que esta fuera) en la construcción de semejante pieza artística. Gracias por tanto jazz, por las emociones brillantes y honestas, por alegrarte tanto de mi felicidad y del amor que ahora me acompaña. Gracias por tu aportación a mi último descubrimiento acerca de la existencia de círculos perfectos que en un arrebato de rebeldía contra de las reglas geométricas más elementales, mutan violentamente en elipses, y aunque desconozco a ciencia cierta las consecuencias que suelen provocar esos prodigios matemáticos, nada me haría -nada me hace- más feliz que descubrir un fenómeno tan deslumbrante con mis propios e incrédulos ojos.

Je vous remercie,  monsieur le compositeur.

 

                    *No pierdan la oportunidad de disfrutar la belleza de Dispersions en este sitio.

 

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